En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
Segunda Parte
Capítulo XVII
Después de otra ligera pausa, continuó el jesuita:
— Era imposible que Hinestrosa desconociese la mano que había dado el golpe. En el momento en que el asesinato del Conde viniese a ser público, evidente era que el tercero de la intriga podía dar un testimonio que comprometiese gravemente la posición de la esposa del judío. Además, la presencia en Mérida de Don Juan de Zubiaur, y el encuentro de éste con el confidente del Conde, en ocasión en que el primero se dirigía a la estancia San Pedro, era un incidente por el cual con facilidad se hubiera descubierto la conjuración tramada, poniendo así en riesgo las cabezas de los hidalgos en ella comprometidos, y preparando a la provincia todo un grave conflicto con la Corona. Necesario era, pues, hacer desaparecer a este importuno testigo; y tal fue el punto que se sometió a la deliberación de la Santa Hermandad antes que luciese el sol que debía hacer patente la muerte del Gobernador. Don Juan de Zubiaur propuso y sostuvo que no había más arbitrio que ahorcar al tuerto Hinestrosa sin pérdida de tiempo.
— ¡He allí como un abismo llama otro abismo! —exclamó, afligido, Don Luis, viendo que se complicaba más y más la posición de su padre.
El socio, sin dar a entender que hubiese escuchado la exclamación del colegial prosiguió:
— Los jueces todos, a excepción de uno solo, convinieron en la necesidad y urgencia de la medida, y sin duda se habría llevado a cabo inmediatamente, si el que se opuso a ella desde el principio no hubiese alegado muy buenas razones en contrario. Don Alonso de la Cerda, que fue quien salió al encuentro de aquella temeraria resolución, se levantó y dijo: «¡Por la Virgen de Alcobendas, caballeros, que pretendemos falsificar el sagrado objeto de nuestra institución! Enemigo soy yo, y lo fui siempre, de toda medida violenta y arbitraria, y más tratándose de la vida de un semejante mío. Cuando convine yo en que era de imperiosa necesidad dar muerte al desventurado Conde de Peñalva, a quien Dios perdone sus gravísimas culpas y estupendos crímenes, hícelo, a fe mía, muy a mi pesar y animado ciertamente del deseo de librar a la provincia de un mal gobernante, contra el cual no quedaba ningún legal recurso. No me arrepiento por la parte que me ha cabido en este suceso; y todavía si el Conde no hubiese muerto, estaría en este momento buscando con eficaz empeño el medio y la ocasión de ejecutar la sentencia de este Tribunal. Pero hablemos claro. ¿Nos hemos constituido en jueces y ejecutores de cualquiera que nos venga a cuento? ¡Cuán cierto es que todo poder erigido por sí mismo o por autoridad de ley, propende siempre, como por instinto, a ensanchar su esfera! No, caballeros. Tengamos presente cuál ha sido nuestro objeto en esta comunería y el pacto que hemos celebrado al formarla. Convengo en que el testimonio de Hinestrosa puede sernos adverso; pero recordemos, lo primero, que es un testigo singular cuyo dicho desvirtuado como puede serlo por mil diversas circunstancias, nada influirá en ningún proceso que se intentase; y, lo segundo, que soy yo el justicia mayor que ha de suceder al Conde hoy mismo y no me faltarán recursos, sin tocar los extremos, para tener a raya a los cómplices del finado mandarín. Creedme, caballeros ¡por la Virgen de Alcobendas! que haríais mucho mejor en librar este negocio a mi cuidado y permanecer tranquilos.»
Pudo mucho en el ánimo de los jueces el razonamiento del leal Don Alonso, y convinieron todos en seguir su dictamen.
— No es poca satisfacción —observó Don Luis— hallar tanta rectitud y cordura en medio de procedimientos tan arbitrarios.
— Arbitrarios… sí… Esa es la palabra. Lo cual no quiere decir que fuesen injustos, pues yo creo que te refieres a las fórmulas únicamente.
Don Luis guardó silencio.
El socio continuó, después de haber permanecido cogitabundo algunos instantes, como para analizar allá en su conciencia los fundamentos de la observación que se había escapado a su interlocutor.
— Por fin vino el día. La servidumbre de Palacio no mostraba inquietud porque el Conde permanecía en cama hasta una hora muy avanzada. Como el desorden y el libertinaje estaban sistematizados, si cabe decirlo así, en aquella casa, ninguno extrañaba que después de los placeres de la mesa en una orgía nocturna y los excesos que le eran consiguientes, el sátrapa buscase descanso en el sueño. Hinestrosa, como el valido del mandarín, se paseaba en el salón principal, haciendo para sí muy envidiosos comentarios sobre el feliz éxito de la intriga en que había representado el papel poco honroso y delicado de tercero. Los Capitulares todos, estaban en traje de ceremonia encerrados en sus casas, esperando el primer aviso para reunirse en Cabildo. Entretanto avanzaba el día, y en las habitaciones del Conde no se percibía el más ligero rumor. Dio el toque de las doce y continuaba el mismo silencio. Entonces comenzaron los palaciegos a alarmarse con seriedad, temiendo que a su amo hubiese sobrevenido algún accidente mientras se hallaba en el lecho. Una vaga y siniestra idea cruzó por el ánimo de Hinestrosa. Acercose resueltamente a la puerta y llamó. Nadie le respondió. Llamó aún con más fuerza. El mismo sombrío silencio. Aplicó su ojo único a la cerradura, y sólo pudo descubrir los restos de la cena sobre la mesa; la cortina del retrete estaba corrida. Aquí fue el azoramiento de todos. Algunos acudieron por la puerta falsa a ver si era posible, penetrando por la huerta, llegar hasta el dormitorio, mientras que los demás continuaban dando fuertes golpes por la parte opuesta, a fin de despertar al Conde, si era un letargo en el que se hallaba sumergido. Inútiles y vanas tentativas. La puerta falsa y la del retrete que caía sobre la huerta, estaban igualmente cerradas de firme. La confusión de los palaciegos apenas puede explicarse. Púsose la guardia sobre las armas. Los oficiales reales, los Alcaldes y el Alguacil mayor se presentaron: un gentío inmenso cubría la plaza y las avenidas de Palacio, pues la noticia de que allí ocurría algo de extraordinario circuló rápidamente. El Alguacil mayor hizo venir entonces a un escribano, y se procedió a fracturar la puerta. Entraron todos en seguida en la antecámara y nada hallaron de particular. Fracturaron después la segunda puerta y abiertas las ventanas y corridas las cortinas del lecho hallaron al fin el cadáver lívido del Conde, vestido todavía y en una posición natural: su mano derecha apretaba el mango del puñal. En el acto se hizo despejar la pieza, y los Alcaldes con los testigos y el escribano levantaron un acta, en que aparecía que el Conde se había suicidado por la circunstancia principalmente de ser el puñal perteneciente al mismo que lo llevaba sembrado en el corazón. En el acto se reunió el Cabildo y nombró justicia mayor de la provincia al Regidor Don Alonso de la Cerda, enviando noticia a los Cabildos de las dos villas de Valladolid y Campeche para que prestasen su aquiescencia; y entretanto se dio posesión solemne al electo. Entonces se presentó Don Alonso en Palacio, mandó retirar la guardia, poner el sello real a los tesoros del finado y salir de allí a todos los dependientes y asalariados de la casa. Hizo amortajar devotamente el cadáver y ordenó que se anunciase el suceso con una salva pausada de artillería y un clamor general de campanas en todas las iglesias.
— Y, ¿qué hacía, entretanto, el tuerto Hinestrosa? —preguntó con curiosidad el colegial.
— La primera impresión de este infeliz fue terrible y quedó como anonadado bajo el peso de aquel estupendo acontecimiento. Guardó silencio y se mantuvo en los corredores exteriores de Palacio mirando con aire estúpido el tumulto que ocurría en la casa durante los primeros momentos de confusión. Cuando se hubo dado la orden de que desamparasen el sitio los antiguos servidores del finado, disponíase Hinestrosa a tomar el portante como los otros. El justicia mayor, que estaba presente y observaba todos sus movimientos, acercose al favorito y cómplice del Conde y con aire de autoridad le intimó que permaneciese allí. Confuso y azorado pretendió aventurar algunas observaciones contra aquella orden; pero Don Alonso le hizo guardar silencio noticiándole que la justicia tenía que entenderse con él y exigirle ciertas explicaciones relativas a la muerte del Conde. «¡Bien! —exclamó entonces Hinestrosa— yo tengo que darlas y muy graves contra los que han fraguado y ejecutado este asesinato.» — «¿Asesinato dice usted?» —repuso Don Alonso—. «Entonces el asunto es más serio.» Y dirigiéndose a los ministeriales que estaban presentes, díjoles gravemente: «Prended a este hombre y que se le tenga en absoluta incomunicación». Así se hizo en efecto; y este golpe acabó de aterrar a aquel desgraciado, produciendo en el cerebro una súbita revolución. De allí en adelante, todos los conjurados se creyeron libres y seguros del peligro que podía sobrevenirles con la presencia de este importuno testigo.
—Sin embargo —observó el colegial— parece que la cosa ha pasado de otra manera, supuesto que ese hombre según me dice usted, está hoy en poder de los enemigos de mi padre.
— Así es la verdad y he aquí precisamente uno de los motivos que deben impulsarte a obrar. Esta es una de las cosas para que se te exige tu franca cooperación. ¿No has jurado obedecer cuanto se te prescribiese?
— Ciertamente.
— Entonces, déjame concluir este relato, reservándome darte otras explicaciones cuando llegue el caso.
— Nada exijo, padre mío. Yo veo que hay personas gravemente comprometidas en este negocio, siendo mi padre, acaso, el más expuesto a una desgracia, y por lo mismo me ratifico en los juramentos que hice a usted al principio de esta conferencia.
— Lo que vas a oír, estoy bien seguro de ello, te inclinará a obrar pronta y eficazmente, y entonces no serás constreñido y como obligado por tus juramentos, sino arrastrado por la poderosa fuerza de tu voluntad…
Don Luis se hallaba confuso, luchando vagamente en su ánimo por comprender, en fin, el asunto, en todos sus pormenores. El padre Noriega continuó:
— Con la muerte del Conde y la expulsión de sus allegados, todo parecía concluido. Sin embargo, el Comisario del Santo Oficio y los parciales del difunto Gobernador sospechaban lo que realmente había ocurrido, aunque se hallaban incapaces de hacer ninguna demostración. Cuando sepas las particularidades de la historia de Juan de Hinestrosa, comprenderás el carácter terrible que han tomado esas sospechas. Por ahora te diré únicamente algo relativo a la esposa de Álvarez.
— Sí; hábleme usted de esta ilustre heroína.
— La desventurada señora había agotado, al parecer, todo su esfuerzo, después de dar el mortal golpe a su odioso enemigo. Al siguiente día de aquel acontecimiento se halló postrada en su lecho, acometida de una fiebre voraz. Deliraba la infeliz, y en su delirio se le escapaban ciertas frases terribles, que la habrían comprometido mucho, si tu padre y Don Alonso no se hubiesen puesto en guardia contra tan extrañas e intempestivas revelaciones. Durante su enfermedad, uno de los dos caballeros alternativamente velaba junto a ella sin separarse de su lecho, hasta que una feliz crisis hubo de calmar sus temores. Mas la desgraciada señora quedó triste y melancólica. Acercándose por momentos al término de su embarazo, lloraba hilo a hilo, meditando en la triste suerte que cabría al fruto de su amor. La esperanza de volver a reunirse con su esposo había ya muerto y con ella estaban desvanecidas todas las ideas de felicidad y ventura que podía apetecer acá en la tierra, y que por tanto tiempo había abrigado antes de la fatal época del Gobierno del Conde de Peñalva. La nobleza de su sangre, sus cuantiosas riquezas, las dotes físicas con que la naturaleza se había esmerado en hermosearla, su buen corazón y tantas virtudes reunidas, le habían hecho esperar una vida venturosa. Sólo amó a un hombre y ese hombre llegó a ser su esposó. Habíase colmado la medida de su felicidad con esta unión y, sin embargo, de allí provino su desgracia. Para que apurase hasta las heces el amarguísimo cáliz de un inmerecido infortunio, en los momentos mismos de su parto fue despojada de todas sus propiedades y lanzada a la calle, obligándola a pedir de puerta en puerta un miserable alojamiento, que todos temían dar a la esposa de un judío.
— ¡Y mi padre! ¡Y Don Alonso! —gritó Don Luis incorporándose y haciendo un ademán de furor mal reprimido.
— Escúchame en calma y modera tus arrebatos —dijo el socio—. Yo no sé lo que tu padre había hecho, ni cuál fuese la protección pública que se atreviese a dispensar a la esposa de un judío. La Santa Inquisición había ordenado el secuestro absoluto de todos los bienes de Álvarez, en los que se comprendieron arbitrariamente los de su esposa; y, por tanto, había el peligro, no muy despreciable en verdad, de atraerse las persecuciones del Santo Oficio, otorgando una decidida protección a esa señora.
— Y bien ¿eso qué Importaba?
— Acaso nada en tu concepto; pero yo no sé hasta qué punto importaría en el de los demás.
— ¡Supone usted entonces que mi padre era capaz de una bajeza tan infame! —exclamó airado el colegial.
— Nada supongo yo, hijo mío, nada en lo absoluto. Hago observaciones, y eso es todo. Fuera de que tu padre había vuelto a Campeche, y no tuvo lugar ni ocasión de ponerse en este compromiso.
— Pero, ¿y Don Alonso?
— ¡Don Alonso! ¿Te figuras acaso, que tan noble y digno caballero, profesando además tan tierno cariño a la esposa del judío, habría de abandonar a ésta, en semejante conflicto? No, mil veces no. En el instante mismo en que fue informado del suceso, corrió en demanda de la infortunada señora, y hallola alojada en una miserable choza de paja que la caridad de unas gentes honradas le había proporcionado allí en los confines del barrio de San Cristóbal. Prodigola mil consuelos y la obligó a transladarse a su casa, a lo que accedió la dama después de alguna resistencia, temiendo envolver a los pocos amigos que le quedaban en la funesta catástrofe que le había sobrevenido.
Una ansiedad creciente y fatigosa se apoderó del ánimo de Don Luis en este momento. El jesuita continuó:
— La esposa de Don Alonso fue a buscar a la dama. El mismo día de su entrada en esa casa, murió Doña María Altagracia de Gorozica después de haber dado a luz una hermosa niña.
— ¡Su nombre! —gritó el colegial fuera de sí.
— María.
— ¿Y vive?
— Vive y es la hija adoptiva de Don Alonso.
— ¡Dios eterno! Entonces…
— Entonces, tú amas a la hija del judío —dijo con solemnidad el jesuita.
Escuchose en ese momento un ruido sordo en aquel salón obscuro y silencioso. Era el cuerpo de Don Luis que había caído sobre el estrado de madera. Herido como de un golpe eléctrico, el colegial se incorporó maquinalmente al oír las últimas palabras de su maestro; mas apenas pudo sostenerse en pie un instante y cayó sin sentido sobre el rudo entarimado.
Quién sabe hasta qué punto el socio había calculado acerca de la serenidad y firmeza de su interlocutor. Lo cierto es que se sorprendió del efecto de su revelación y necesitó luego de mil esfuerzos para calmar la agitación y sobresalto del joven.
— Animo, hijo mío —díjole después de verle restablecido y un tanto tranquilo—. Ánimo: ahora viene para tú el tiempo de la prueba y necesitas de todo tu valor. Cuenta conmigo para conseguir tus fines; pero el paso está erizado de dificultades. No solamente existen las que ya comprendes, sino otras mayores y más poderosas todavía.
— i Ah! ¿Mayores y más poderosas todavía? —repitió, desalentado, el pobre colegial.
— Sí; pero no hay que arredrarse ante el primer contratiempo. Ten presente que es preciso obrar con entereza y energía; que tu padre está en un grave conflicto, mientras que Hinestrosa se halla en manos de sus poderosos enemigos, y que de tu conducta ulterior dependen mil sagrados intereses. Ahora añadiré solamente que la persecución de la familia de Álvarez ha revivido con nuevo encarnizamiento; que habiendo sido sacrificado el padre y la madre, la hija es hoy la víctima escogida.
— ¡Por Dios, padre mío! Dígame usted lo que de nuevo ocurra. Ya veo que usted posee el secreto de muchas cosas, y que penetra usted hasta en los más recónditos misterios del corazón. No quiero saber cuáles son los medios para venir a esos fines; pero ya que sabe usted tanto y que tiene tanta experiencia, guíeme en este laberinto e ilumíneme… Yo estoy confundido y azorado; no veo el camino para salir. Sólo sé que amo, y amo mucho ¡Pobre María!
— Yo te daré mis últimas instrucciones. Ahora sólo me resta decirte que María ha sido encerrada en el convento de monjas en Mérida y se le ha obligado a vestir el hábito monacal.
— ¿María es ya una monja? ¡Ah, Entonces todo ha concluido para mí!
— Aún no ha hecho los votos, y apenas hace tres meses que se halla en el noviciado.
— ¡Oh!, pues volemos a librarla, padre mío. María no puede hacer otros votos. ¡Ella me ha dado con juramento su corazón!
— ¡Pobre niño! Ya lo creó; necesitas de un guía.
— Es verdad.
— Pues bien, concluyamos aquí y procedamos a obrar.
— Sí, sí.
— Entonces, sígueme —dijo el socio tomando de la mano a Don Luis.
Y ambos, antes de que sonara el toque de laudes, salieron de aquel sitio.
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