En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
Segunda Parte
Capítulo XVI
Como la campana del Carmen diese el acostumbrado toque de maitines, el Padre Noriega hizo en este momento sus preces ordinarias con más devoción que antes. Después prosiguió la narrativa que su interlocutor escuchaba con profunda atención.
— Había, pues, llegado el día del castigo. Las iniquidades del Conde de Peñalva iban a tener su término en una muerte desastrada, porque plugo así a la Divina Providencia. A Dios pertenece la venganza y él sabe tomarla a tiempo; pero para llenarla, válese frecuentemente de los hombres, como instrumento; y muchas veces se encuentra la muerte allí mismo donde se esperaba vida y placer. Si los jueces del Conde fueron movidos de alguna innoble pasión, o estaban preocupados contra él, a pesar de todas las apariencias de equidad y justicia que existían, Dios los perdone. Los estupendos crímenes de ese malvado deben servirles dé salvaguardia.
— Así lo pido y espero —murmuró el colegial.
— Y yo también —añadió el socio—. Demasiado notorios eran los delitos del Conde para que sus jueces, en lo que cabe en el humano juicio, no deban ser disculpables, ya que no dignos de justificación acá en la tierra. Por lo que toca a los altos juicios de Dios, nada tengo que decir. Él tiene a los hombres y a las naciones en el hueco de su poderosa diestra, conoce hasta el más oculto pensamiento y sabrá dar a cada uno lo que es suyo.
— Es verdad —dijo con solemnidad Don Luis—, pero antes que apelar a su justicia debiéramos implorar su misericordia.
Las últimas palabras del colegial sobrecogieron un tanto al socio, sin poderse dar cuenta a sí mismo del motivo de aquella impresión. Don Luis no había hecho otra cosa que enunciar simplemente una verdad muy común. Mas aquella impresión fue pasajera. El espíritu del jesuita recobró su habitual aplomo y así continuó hablando tranquilamente.
— Después que Don Juan y Don Alonso quedaron de acuerdo con la dama, era preciso prevenir a los demás conjurados para que estuviesen sobre aviso y no se frustrase el éxito. Ante todas cosas, era necesario ponerse de acuerdo sobre el nombramiento del justicia mayor, que había de suceder al Conde. La costumbre había sido siempre, que los Alcaldes gobiernen cada vez que ocurra una vacante, en sus respectivos territorios hasta que el Virrey o la Real Audiencia nombren un interino, mientras la Corona designa al sucesor propietario. Esos interinos han sido siempre el azote de las provincias. Como de ordinario son nombrados ciertos aspirantes subalternos que sólo ansían sacar un beneficio y hacer granjerías, marchan a aprovechar el corto tiempo de su gobierno y no tienen más pensamiento que enriquecerse sin reparar en los medios. Siendo yo muy mozo, allá en el año de 1619, tengo muy presente que murió en Mérida un Gobernador llamado Don Francisco Ramírez de Briceño, cuyo fin, dicen malas lenguas fue trágico, pues su muerte resultó de una muda de ropa blanca confeccionada, que dos meses antes le había regalado cierta dama principal con quien comunicaba íntimamente; y desde que la recibió comenzó a secarse, a secarse y a dolerle mucho la cabeza, sin conocer los médicos el accidente, hasta que expiró. Esto es lo que se dice; pero nada tiene que ver con lo que íbamos hablando. Apenas se supo en México la muerte de Briceño cuando cayeron aspirantes como un chubasco. El Virrey nombró al Capitán Arias, Conde de Lozada y Taboada, que era a la sazón, castellano de San Juan de Ulúa; y apenas hubo recibido su nombramiento cuando marchó más que de prisa a Yucatán a exprimir a aquel pobre pueblo. Dos años duró su interinato, para nuestra desgracia, hasta que vino su sucesor, Don Diego de Cárdenas, que vivió después de su Gobierno en nuestra provincia generalmente respetado por sus virtudes. En esos dos años, el Conde de Lozada, con la sonrisa en los labios y tratando muy melosamente a todo el mundo, logró acumular una fortuna tan pingüe que al salir de Yucatán marchó a España a restablecer su casa, que ya comenzaba a caer en el olvido por la pobreza del jefe de la familia; y esto que nuestra provincia es pobrísima, nada apetecible y que sólo se acepta a falta de otra mejor merced. Con que ya puedes figurarte el beneficio que se extraerá de algunas otras provincias de la Nueva España, en donde hay tantos medios de enriquecerse. La de Yucatán había hecho una u otra tentativa para arrancar de los Virreyes ese privilegio de nombrar interinos, y el mismo Don Alonso de la Cerda había sido otra vez justicia mayor de la provincia hasta que vino el propietario. Cierto que la Corona había aprobado el hecho, colmando de honores a Don Alonso; pero como también los Virreyes lucran algo con esta regalía, no han consentido que se les escape de las manos.
— ¡Qué de abusos tan repugnantes! —exclamó Don Luis.
— ¡De qué te admiras, hijo mío, pues que la administración y gobierno de estos vastos dominios de Su Majestad no son otra cosa que abusos erigidos en sistema! Conociendo la Santa Hermandad los inconvenientes que podrían originarse del nombramiento inmediato de un sucesor del Conde de Peñalva, había determinado de antemano usar otra vez de aquel remedio de reputar un justicia mayor y sostenerlo hasta donde fuese posible. Como ya la ejecución del Conde estaba entre manos, era preciso de luego a luego asegurar la elección. Tal fue el negocio que ocupó toda la mañana de aquel día a los Capitulares. Al fin se pusieron de acuerdo en nombrar a Don Alonso de la Cerda, como el más digno y caracterizado. Arreglado este punto, los dos comisionados volvieron separadamente a la residencia de Doña María Altagracia para reducirla a que desistiese de su empresa, si era posible, entregando el consabido puñal. Ocurrió entre tanto un incidente que pudo haber frustrado la ejecución del Conde. La presencia de tu padre en Mérida se había ocultado cuidadosamente del Gobernador y sus allegados, porque siendo mortales enemigos el Regidor de Campeche y el mandarín, el ver allí al primero, podía haber sido origen de alguna sospecha, o por lo menos precipitar al Conde a intentar una demasía. Como Don Juan no es hombre que se dejase atropellar impunemente, sepa Dios, pues que yo no lo sé, el trastorno que hubiera sobrevenido. Ahora bien, mientras Don Juan se encaminaba a San Pedro, Hinestrosa, que había ido allí con un recado de su amo, encontrose con su antiguo enemigo. Reconociéronse uno a otro, aunque disimuláronlo profundamente. Don Juan cejó del camino por una vereda extraviada e Hinestrosa, pensativo, siguió su marcha, combinando muy a espacio un plan para vengarse de su adversario. Afortunadamente, ignoraba de todo punto el inmediato peligro del Conde, ni pudo inferir que existiese alguno, por la sola presencia allí de Don Juan. Y como su determinación era la de acometer por sí sólo a su antiguo patrón, tuvo a menos informar del suceso al Conde. De otra suerte, ni el mandarín habría sido muerto, ni Don Juan de Zubiaur estuviera tranquilo hoy en Campeche.
— Y dígame usted, por piedad, ¿vive aún ese desventurado Hinestrosa? —preguntó Don Luis, agitado.
— Sin duda, y se halla en poder de los enemigos de tu padre.
— ¡Santo Dios! Es preciso, pues, obrar con eficacia para salir de este conflicto.
— Pláceme, observó el socio, que conozcas ya la necesidad de hacer algo en el asunto. Cabalmente de eso estamos tratando. Déjame concluir mi relato, y te ratificarás todavía más en esta convicción.
— Prosiga usted, padre mío.
— Don Juan llegó a la estancia bajo la impresión del momento. Halló a Don Alonso empleando toda clase de argumentos para disuadir a la dama de una empresa que podría comprometerla demasiado y exponer a una catástrofe a la desgraciada criatura que llevaba en el seno, pues has de saber que la pobre señora hallábase en cinta desde algunos meses atrás. La dama mostró mayor tenacidad que antes. Hinestrosa había ido a informarla de que el Conde la esperaba en Palacio a las nueve de la noche, y a ratificarle el sigilo y profundo misterio con que sería recibida, teniendo un seguro acceso a la cámara del Gobernador y una fácil retirada. Ella misma se había adelantado a todas las objeciones y dificultades y, por último, estaba firmemente resuelta a perecer en la demanda, a trueque de vengar a su esposo desventurado. «Dejémosla, amigo mío —dijo Don Juan al escucharla— está inspirada. Es muy justo que el Conde de Peñalva muera a manos de la virtuosa dama, a quien con más furor y encarnizamiento ha ultrajado. Cúmplanse los decretos de Dios y el fallo de la justicia humana. Ese perverso debe morir, y morir hoy mismo.» Entonces refirió aparte a Don Alonso su encuentro con Hinestrosa, expresando todos sus temores de que ese incidente dejase sin efecto la más urgente de las medidas que la Santa Hermandad había adoptado para salvar a la provincia. Don Alonso depuso todos sus escrúpulos y miramientos, y ya no se pensó en otra cosa que en apresurar los preparativos y asegurar, por todos medios, la ejecución del proyecto. Convinieron en escoltar a la dama hasta la puerta falsa de Palacio, observar todas las avenidas, penetrar en seguida por la huerta y disponerse a acudir en auxilio de la ultrajada señora, si por algún evento sobrevenía cualquier dificultad. A las ocho y media de la noche Doña María Altagracia de Gorozica, adornada de sus más vistosas galas y sin ser observada de las gentes de su servidumbre, salió de la estancia de San Pedro por una puerta excusada para dirigirse a la ciudad. Ya estaban en el bosque próximo Don Juan y Don Alonso, montados en dos buenas y seguras jacas. Don Alonso tomó en brazos a la heroína y colocándola en su silla delante de sí, se encaminaron con paso mesurado a la ciudad. Apeáronse en un solar abandonado del barrio de Santa Lucía, ocultaron las cabalgaduras, y al toque de ánimas, los tres personajes de esta escena pasaban enfrente de nuestra casa profesa. Toda la ciudad estaba tranquila: las gentes se habían recogido ya, y una u otra ventana que permanecía abierta, cerrose en el momento en que las iglesias daban el solemne clamor de ánimas.
«La calle que corre a espaldas de Palacio estaba más solitaria y obscura que ninguna otra, y todo parecía favorecer la ejecución. Llegados que fueron a la puerta falsa, Doña María Altagracia aplicó a la cerradura una llave que le había entregado Hinestrosa de parte del Conde. Abriose, en efecto, la puerta. Entró la dama. Reinaban en la huerta un fúnebre silencio y una lobreguez aterradora. Allá, al fin, brillaba un farolillo, en una especie de cobertizo que guiaba a las habitaciones privadas del Gobernador. Desde lejos observaron los dos caballeros todos los movimientos de la dama y luego que estuvieron seguros que ya estaba en Compañía del Conde, y que no había que temer por la calle ni en la huerta alguna asechanza, se introdujeron en aquel sitio, amartillando sus trabucos y poniendo sus dagas en aptitud de ser usadas en un momento crítico. Hinestrosa, que era el único confidente del Conde en aquella intriga, se había alejado esa noche de Palacio y entreteníase en una casa de juego de las muchas que el libertinaje y desmoralización del Gobernador y sus allegados habían fomentado en la ciudad, para realizar sus infames y escandalosas estafas. Todo, pues, parecía ordenado por la justicia divina para que la humana pudiese descargar el golpe más seguramente.
El jesuita hizo una breve pausa. Don Luis apenas se atrevía a respirar por temor de perder ni una sola circunstancia del relato.
— El Conde mismo —prosiguió el socio— se había interceptado toda vía de socorro. Aunque se propuso dar a su triunfo la publicidad posible, creyó necesario antes de todo, asegurarlo, y para ello siguió puntualmente las insinuaciones de la dama. Después de haber hecho servir una opípara mesa en su antecámara, despidió a toda la servidumbre, cerró por sí mismo las varias comunicaciones entre el Palacio y la huerta y permaneció sólo en expectativa de la señora. En efecto, a la hora convenida se presentó ésta y desde luego se sentaron ambos a la mesa. Entretanto, los dos caballeros, calculando exactamente el tiempo de sus evoluciones, penetraron hasta el retrete del Conde, buscaron un escondrijo y allí permanecieron ocultos, mirando atentamente la escena que ocurría, escuchando el animado diálogo que seguían la dama y el Conde, y observando todos y cada uno de sus movimientos. Cuando el Conde hubo bebido en demasía, su lenguaje un tanto moderado al principio, cambió de carácter y se volvió, como de ordinario, insolente y soez. Por último, tomó de la mano a la señora, pretendiendo arrastrarla hasta el retrete en que se hallaban ocultos, los dos caballeros. Con una simple ojeada se convenció la resuelta heroína de que sus protectores estaban allí y creyó venida ya la hora de obrar. Retirando entonces con violencia la mano de que el Conde se había apoderado, dio a éste un empellón que le hizo caer en tierra mal parado. Lanzose rápidamente sobre él e hincándole una rodilla en el pecho apretole el cuello con la mano izquierda, desplegando una fuerza apenas creíble en una débil mujer. La sorpresa, el terror y la embriaguez sobre todo, impidieron al Conde todo movimiento. Entonces, blandiendo la dama en su mano derecha el fatal puñal, dijo a dijo a su enemigo, con voz firme «¡Conde de Peñalva! No hay crimen que deje de ser castigado tarde o temprano. ¿Veis este puñal? ¡Es el vuestro! ¿Recordáis en dónde lo habéis perdido? Pues bien: yo vengo ahora a devolverlo a su legítimo dueño.» Y esto diciendo sembró profundamente el instrumento en el corazón del malvado. El Conde hizo entonces un súbito esfuerzo. Ya era tarde. La dama permaneció apoyada con todo su peso sobre el puñal, hasta que una horrible contracción en las facciones del malvado, le indicó que la obra estaba concluida. ¡El Conde de Peñalva había muerto!
— ¡Oh! Dios lo haya perdonado —murmuró el colegial.
— Amén —repuso el socio, quedando ambos en profundo silencio.
— Cuantas veces sea posible —continuó el jesuita después de un largo intervalo —apelar a la vindicta pública para la represión de un crimen, la venganza privada es ciertamente reprobable. Pero ¿qué ha de hacerse, cuando todo recurso a la autoridad es inútil? Quéjanse los hombres constituidos en el poder porque se les ataca cautelosamente y apelando a conjuraciones en que se necesita en verdad de un disimulo profundo, y aun artificioso; y preguntan por qué no se les ataca con armas iguales, mientras que ellos mismos se encierran tal vez en fortalezas; se rodean de guardias, arman a todos en su favor, disponen de los caudales públicos, y pueden vejar y oprimir a mansalva. Harmodio y Aristogitón, Pelópidas, Timoleón, Dión y los dos Brutos, todos cuantos la antigüedad ha celebrado como los vengadores de su pueblo, conspiraron artificiosamente y acaso hasta con perfidia. Pero para que este artificio no manche la reputación de los conspiradores, es necesario que los justifique un peligro inminente, un peligro personal. Los que dirigen sus golpes con toda seguridad y que pudiendo combatir apelan al puñal del asesino, esos merecen todo el oprobio que debe recaer sobre la traición y la felonía.
Hubo otro intervalo de silencio que Don Luis no se atrevió a interrumpir por temor de que sus observaciones hiriesen la susceptibilidad de su antiguo maestro, conociendo bien cuáles eran las doctrinas que sobre el tiranicidio se hallaban en boga en las escuelas jesuíticas de aquel tiempo. Después, continuó el socio:
— Apenas hubo muerto el Conde de Peñalva, salieron de su escondite los dos caballeros y colocaron el cadáver sobre la cama. Ni una sola gota de sangre brotaba de la herida. Después lo pusieron todo en orden, mataron las luces y tomando a la señora de la mano, que besaban transportados de entusiasmo, bajaron a la huerta y poco después se hallaron en la calle. Doña María Altagracia fue conducida a su residencia, y los caballeros volvieron al punto a la ciudad. Para esto, era ya la una de la noche.
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