En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
Segunda Parte
Capítulo XV
— Y para ello —continuó el jesuita— se hizo una recapitulación de todas sus demasías y crímenes, cometidos en la administración pública, sin traerse a cuenta ninguna de sus maldades en la vida privada, porque aquellos rígidos y severos jueces no se creyeron competentemente autorizados para entrar en este examen. Se calificaron, pues, sus corrupciones, venalidad, peculados, monopolios y despojos arbitrarios. Se hizo un examen escrupuloso e imparcial, en lo que cabía en un extraño e irregular modo de proceder, de sus violencias y arbitrariedades, de sus tráficos vedados y escandalosos, de sus intrigas y manejos para conmover la provincia, de su doble conducta respecto de los indios y, en fin, de todos y cada uno de los atentados de que apenas te he hablado muy someramente, porque la crónica de ese gobierno sería larga de referir. Y no se hizo mérito ni del intentado asesinato de Álvarez, ni de las estafas cometidas en las mesas de juego que fue una de las vetas explotadas por el Conde; ni de las difamaciones con que deturpó la honra y lustre de la primera nobleza del país; ni de las vergonzosas orgías a que él y sus parásitos se entregaban con frecuencia; ni en resumen, de ninguno de sus actos que no tuviese conexión directa con sus funciones como delegado de la Corona. Después se hizo una reseña de las quejas elevadas al Virrey, a la Real Audiencia, al Consejo de Indias y al Monarca mismo; de los pasos inútiles que se habían dado, así directamente para con el
Conde, como indirectamente para con sus superiores y amigos, a fin de lograr moderación en su manejo, cordura en su administración, justicia y conciencia en sus medidas gubernativas, equidad en sus decisiones y decencia y circunspección en todos sus actos. Nombróse luego a uno de los mismos Capitulares para que dentro del término de tres días formulase de palabra una concienzuda defensa del Conde explicando sus motivos, las razones ocultas que pudieron guiarle, las circunstancias que podían atenuar sus faltas y todo cuanto directa o indirectamente favoreciese al acusado. El defensor cumplió lealmente con los deberes de un encargo tan difícil y espinoso, y después de una discusión franca y animada, dio por terminado su oficio y se dispuso a proceder como Juez en unión de los demás Capitulares. Llegado el momento del fallo, no faltó quien indicase la necesidad de hacer comparecer al Conde y oír sus descargos, haciéndole ver que le sería prohibido salir de la presencia de sus jueces, antes de escuchar su sentencia, que se ejecutaría en el acto, por más grave y delicada que fuese. Esta juiciosa indicación no fue a ciegas rechazada sino que pesáronse fielmente las razones del pro y del contra y hallóse de todo punto imposible proceder de aquella manera, sin comprometer el éxito de la sentencia, frustrar los fines de la Santa Hermandad, y poner nuevas y más poderosas armas en manos del tirano. Invocado el divino auxilio y hechas las protestas y salvas convenientes, los jueces declararon reo al Gobernador y Capitán general de la Provincia, Don García Valdés y Osorio, Conde de Peñalva, condenándolo a la pena de muerte.
— ¡Oh! —exclamó Don Luis—. ¡Ya era tiempo!
— Aunque toda la provincia habría visto en la muerte del Conde un poderoso lenitivo de sus inmensas calamidades, sin embargo, la ejecución de la pena impuesta al Representante del Rey por personas que carecían de toda autoridad pública al efecto, ofrecía muy graves dificultades. Si la comunería hubiese invocado la fuerza, habría hallado al pueblo entero en disposición de apoyar su juicio. Nada más sencillo entonces, que despojar al inicuo mandarín del odioso poder que ejercía, y enviarlo a la plaza mayor para ser decapitado a la luz del medio día, entre los aplausos de la hambrienta y enferma muchedumbre. Pero para ello, era preciso revelarse abiertamente contra la Corona, y exponer a Yucatán a las funestas consecuencias de un acto semejante. Habría sido la primera, sin duda alguna, la insurrección nefaria de los indios que profesan a nuestra raza un odio ciego y brutal, y que han estado, están y estarán siempre, en la expectativa de una ocasión favorable para emprender contra nosotros una guerra de exterminio. A pesar de los estragos de la peste y del hambre, su número es infinitamente desproporcionado al nuestro, y sepa el cielo cuál habría sido la suerte que cupiese a las otras razas, si hubiese sonado la fatal hora del alzamiento de la indígena. Además de esos obstáculos, había otro, que no era muy fácil despreciar. El Conde de Peñalva, por sistema, por capricho, por opinión, había favorecido abiertamente las pretensiones de los frailes de San Francisco que, sin embargo de ser mendicantes, es la gente más rica y poderosa de la provincia, y por lo mismo le sobran medios para sostener una guerra vigorosa contra sus adversarios. Hombres graves hubo y hay en la Orden, que ciertamente reprobaban con severidad los repetidos excesos del mandarín; y aún más de una vez por su medio, se dirigieron algunas súplicas y moniciones a ese depravado personaje. Más si se hubiese tratado de un despojo público, es cierto que los franciscanos se hubieran opuesto con todas sus fuerzas; y más todavía, tratándose de la muerte de su devoto el Conde de Peñalva. También tenía éste algunos otros amigos de valer, entre ellos el Comisario del Santo Oficio con quien, dice la fama, había arreglado una partija de los cuantiosos bienes del judío, a los cuales, sea dicho de paso, el señor Deán tiene tal afición, que aún se empeña en considerar como parte de ellos la estancia de San Pedro, sin embargo de pertenecer ya a la Compañía. Y, sobre todo, los allegados y parásitos del Conde eran numerosos: tenían empleos de mucha influencia, y no sólo existían muchos en Mérida sino que había otros dispersos en el interior de la provincia. En resumen: era imposible, racionalmente hablando, proceder a la ejecución pública del Conde. Era necesario, pues, ejecutarlo privadamente.
— Es decir, asesinarlo —observó Don Luis—. ¿Por qué no hemos de llamar las cosas por su nombre? Eso no quita que aquel asesinato fuese una suprema necesidad del momento.
— No disputaremos por los términos, hijo mío, aunque yo no estoy muy de acuerdo en la aplicación que tú les das aquí. ¡Cuántas veces una ejecución pública, revestida de todas las formalidades de la ley, y rodeada de un solemne aparato, no es otra cosa que una ruin venganza, una felonía infame, un asesinato jurídico, en fin!
— Convengo en ello —repuso el colegial—, pero una ejecución privada, por más justos que sean sus motivos, es siempre un asesinato, como lo son, en efecto, muchas de esas ejecuciones públicas.
— Bien, hijo mío; ya te he dicho que tú sólo eres responsable de tus propio juicios y que mi papel en este asunto es el de simple narrador de unos hechos, que tal vez te tocan muy de cerca.
Don Luis no fue dueño de evitar un súbito estremecimiento.
El jesuita, después de una ligera pausa, prosiguió:
— Pasadas todas estas dificultades, la Santa Hermandad determinó buscar los medios de dar muerte al Conde, de manera que no recayese la responsabilidad sobre persona alguna conocida. Después de consumado el hecho el Cabildo mismo de Mérida debía dar un sucesor interino al Capitán general y, por lo mismo, nada era más fácil que hacer desaparecer todos los vestigios del suceso; pero sin embargo, la prudencia dictaba que no se despreciase ni una sola de aquellas precauciones, que evitasen a la provincia un compromiso con los amigos y favorecedores del Conde y con la Corona misma. Don Juan de Zubiaur y Don Alonso de la Cerda recibieron la delicada comisión de proceder por aquellos medios que su celo y justificación les dictase, para cumplir al pie de la letra la terrible sentencia del misterioso Tribunal.
Don Luis hizo un movimiento de atención. El jesuita continuó:
— Ambos caballeros poseían el secreto de la existencia, en poder de Don Felipe Álvarez de Monsreal, de aquel puñal con que hirió a su víctima inocente el malvado Conde de Peñalva. Ese puñal tenía, en una labor primorosamente cincelada por algún artífice distinguido, el nombre, apellido y trofeos del Conde. Era preciso, pues, sembrarle aquel puñal en el corazón, dejarlo allí clavado y hacer presumir al público que en un rapto de desesperación o misantropía, el mal gobernante y peor cristiano se había dado así mismo la muerte. Arraigada esta idea en el espíritu de los dos ejecutores de la sentencia, ya no encontraron sino este solo modo de proceder, como el más seguro y propio para lograr, en todas sus partes, el objeto que se había propuesto la Santa Hermandad al decretar la muerte del Conde. Pero ocurría un grave inconveniente. Álvarez había sido arrebatado por sorpresa de los brazos de su esposa, encerrado sin comunicación en las cárceles del Santo Oficio de Mérida, y de allí enviado a las de esta Corte, con las mayores precauciones. Así, pues, sólo Doña María Altagracia de Gorozica podía dar una noticia positiva del paradero de aquel puñal. Después de una bien meditada deliberación, los dos hidalgos resolvieron demandarlo a la desgraciada señora y, en último caso, revelarle el uso que se pensaba hacer de ese instrumento, sin comprometer, no obstante, el secreto del misterioso Tribunal. Cabalgaron, pues, en sus jacas los dos hidalgos; y ya muy entrada la noche, haciendo un rodeo, se dirigieron a la residencia de la esposa de Álvarez. Con gran sorpresa hallaron que la finca estaba perfectamente iluminada, y que la servidumbre iba y venía en todas direcciones como haciendo los preparativos de alguna fiesta. Después de vacilar algunos momentos determinaron ambos caballeros pedir una entrevista a solas con la dama y exponerle sin rodeos el objeto de de su visita. En efecto, la buena señora, adornada de todas sus galas, presentóse en un saloncito bajo y dio la bienvenida a los caballeros, excusándose por no haberlos invitado a la cena, que iba a dar en esa propia noche al muy excelente e ilustre señor Capitán general.
— ¡Al Conde de Peñalva! —gritó sorprendido el colegial.
— Al mismo —repuso el jesuita—. Ambos hidalgos quedaron petrificados de estupor al escuchar acuella explicación del aparato que habían observado al acercarse e introducirse en la finca. Don Alonso, que disfrutaba de todas las confianzas de la dama y ejercía sobre ella cierta especie de autoridad, no pudo menos de exclamar airado: «!Por la Virgen de Alcobendas, madama, que guardáis a las mil maravillas el honor de vuestro esposo proscripto!». Por toda respuesta, la señora hizo un ademán significativo, y mostró el puñal del Conde.
— Respiremos —rezongó Don Luis.
— En efecto —prosiguió el socio— la desgraciada señora, sin aconsejarte de persona alguna, y recatándose hasta del mismo Don Alonso, había determinado asesinar al Conde, siguiendo la intriga que éste había emprendido, por la intervención del tuerto Hinestrosa. No hay duda que la esposa de Álvarez habría logrado perfectamente su objeto, porque había combinado bien su plan y el resultado era infalible. El día anterior había aceptado una visita del Conde y fortificado hasta cierto punto sus esperanzas. Con cierta apariencia de una lánguida repulsa, había convenido en aceptar una segunda visita para aquella noche, en que el Conde debía venir solo, de incógnito y cenar en su compañía. Cierto que el Conde no podía menos de conocer que allí no había amor, ni era posible que lo hubiese; pero llegó a figurarse que la desolada y bella señora se mostraba indulgente con él, por temor y por la esperanza de que influyese en la libertad de su esposo. Los motivos importaban nada al Conde, si su brutal pasión quedaba satisfecha. Así, pues, el mismo día en que su muerte fue decretada, disponíase contento y satisfecho a recoger el criminal fruto de su Infamia. Pero si bien era cierto que la heroica esposa de Álvarez podía castigar al delincuente Conde aquella propia noche, lo era más todavía que las consecuencias iban a ser funestas para ella. En primer lugar, el público que tiene una triste propensión a la maledicencia, deteniéndose muy raras veces en el examen de ningún noble motivo, iba seguramente a exponer el honor de la dama a una prueba durísima; y, en segundo lugar, cometiéndose el asesinato en su propia casa era imposible que dejase de averiguarse la verdad y sufrir todas sus resultas. Así se lo demostraron los dos caballeros a la dama, exigiéndole el puñal. Más ella se resistió a entregarlo jurando, casi frenética, que había de matar con él al Conde. Come se aproximaba la hora de la visita, era preciso poner fin a aquella escena. «Bien —dijo Don Juan de Zubiaur—, debe usted en conciencia, matar al Conde; pero, por Dios, hágalo usted bajo nuestra dirección». «Eso sí haré» —repuso la dama. «En tal caso —prosiguió Don Juan— difiera usted la ejecución para mañana no más. Mantenga usted despiertas las esperanzas del indigno caballero, sin otorgarle el más ligero favor; ofrézcale usted ir mañana a las nueve de la noche a cenar con él, si le facilita la entrada por la puerta falsa que cae a espaldas del palacio, sin intervención de testigo alguno. La mala bestia no dejará de caer en la trampa y un grande acto de justicia se habrá de hacer entonces sobre la cabeza del mayor criminal que soporta la tierra. Nosotros nos quedamos aquí ocultos toda esta noche para protegerla de cualquier violencia. He allí al Conde: marche usted, nueva Judit, que velaremos por su honor y seguridad; pero no hay que olvidar mis instrucciones». «No tal», respondió la dama, arrebatada de entusiasmo, dirigiéndose a recibir al Conde, que, entraba ya en la sala principal.
—En efecto —prosiguió el socio después de otra pausa—, Doña María Altagracia siguió puntualmente las instrucciones de tu padre. El Conde se desesperaba por aquella dilación; pero hablábale la virtuosa señora con tal dignidad y entereza, que hubo de resignarse pacientemente. Entretanto, Don Juan y Don Alonso, con los espadines desnudos, velaban en la pieza inmediata, prestando un oído atento a los discursos del Conde y abriendo el ojo sobre todos sus movimientos y ademanes. Como a la una de la noche se levantó de la mesa el convidado para volver a Palacio y; entonces fue cuando la dama le anunció su visita para la noche próxima. Apenas puede explicarse el entusiasmo y alegría del Conde; ofreció todo lo que se quiso, se despidió ebrio de vino y de amor, y con vacilantes pasos fue a encontrarse con Hinestrosa, que le esperaba a cierta distancia. Después que hubo partido, la dama y los dos caballeros tuvieron otra conferencia más minuciosa, y convinieron en todos los detalles de la ejecución, adoptando cuantas medidas precautorias creyeron conducentes, a fin de no malograr el golpe. Doña María Altagracia estaba firme y resuelta; y sometíase y pasaba por todo, menos por dejar de ser ella quien devolviese al Conde la prenda que había quedado en su poder: el puñal. No se detuvo en averiguar las razones que tendrían los otros para desear la muerte inmediata del común enemigo. Sólo vio que cooperaban con ella al propio fin, y eso le bastaba. Despidiéronse, para volver a reunirse después de pocas horas.
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