DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – Segunda Parte – Capítulo XIII por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

Segunda Parte
Capítulo XIII

 

La campana del Carmen, que dio el toque de laudes volvió a interrumpir por algunos momentos la narrativa del socio, pero después de esta ligera interrupción prosiguió así:

— Había llegado, en fin, la época funesta y de horrenda memoria, en que debían empezar a resentirse las consecuencias del mal gobierno del Conde de Peñalva. Engañados los indios por los mentidos halagos y falsas promesas del mandarín, habían obsequiado con calor sus sugestiones y puéstose casi en absoluta rebelión contra los Curas y los encomenderos. Mas cuando observaron que la protección del Conde era fingida, e interesadas sus miras; cuando en lugar de minorarse las antiguas expoliaciones, veían ahora convertido su trabajo todo, en beneficio del Conde y sus agentes; cuando añadíase a esto el trato más duro y brutal para obligarlos a servicios forzados, penosos y lejanos… entonces el furor de los indígenas comenzó a ostentarse por todas partes. La provincia se vio amagada de una insurrección general de aquella raza. En vano se hacía presente al Conde la eminencia del peligro y sus graves consecuencias. Nada podía obtenerse de él. Sordo a las indicaciones del Obispo, a los ruegos y súplicas de personas caracterizadas, no pensó sino en sacar provecho hasta el fin, siéndole indiferente la catástrofe que amenazaba a la provincia, que estaba resuelto a abandonar desde el momento mismo en que ese peligro pudiese alcanzarle. El terror de los vecinos apenas puede describirse; y ya que el Gobernador, en vez de acudir a remediar el mal, no hacía otra cosa que acumular combustibles en la tremenda hoguera, cada uno pensó seriamente en tomar sus medidas de defensa para cuando llegase el caso de la temida explosión. Entonces fue cuando el Regidor Don Juan de Zubiaur, en una sesión secreta del Cabildo de Campeche, indicó la necesidad de una comunería privada entre los Cabildos de la provincia, a fin de remediar los males que la afligían.

— Y nada más justo ni político, ciertamente —observó Don Luis.

— Convengo en ello —repuso el socio—; yo veo muy bien, que eso era una imperiosa necesidad del momento; pero debes advertir que aquella indicación, no sólo era dictada por las miras ostensibles que parecían haberla sugerido, sino también por el odio profundo que inspiraba la conducta del Conde.

— Y eso era muy natural.

— ¿Lo crees así?

— Pero ¿quién puede dudarlo?

— Tú eres responsable de tus propios juicios —dijo el socio con solemnidad—. Déjame proseguir este relato.

— Sí, sí, prosiga usted.

— En medio de tan aflictivas circunstancias, el cielo se dignó visitarnos enviándonos otra nueva y más horrible calamidad. ¿Has oído hablar de la última hambre que sufrió nuestra provincia?

— Sí, señor: las primeras y más vivas impresiones que recibí en la infancia, fueron efecto de aquella insigne calamidad cuyas consecuencias se resentían aún. También el señor Juan Perdomo nos hacía algunas pinturas muy patéticas; pero ya usted lo sabe: el señor Juan Perdomo en sus cuentos, ponía mucho de su cosecha.

— ¡Quita allá! El hortelano es un embaucador: yo te diré lo cierto y positivo.

— Así lo espero.

— Cuanto voy a referir ahora es pura historia, hijo mío; y es una triste y negra historia que dejara en nuestro país duraderos recuerdos. ¡Lástima qué estos hechos no puedan ser recogidos y publicados para que sirvan de lección en la posteridad! Pero en nuestra pobre provincia no ha habido un solo historiador. Según me ha dicho el actual provincial de San Francisco, Fray Miguel (de) Navarro, un religioso de aquella orden ha hecho una larga compilación de los hechos históricos de Yucatán y la ha mandarlo a Madrid, para que se dé a la estampa. Mas ya me figuro las dificultades que el buen religioso habrá pasado, para llegar imperfectamente a su objeto. En Yucatán, por la incuria y abandono, por la falta de una imprenta, por las repetidas invasiones de los filibusteros, la memoria de los sucesos más interesantes está perdida. Además, un fraile franciscano no puede ser historiador imparcial, mucho menos de los hechos contemporáneos. Esa orden ha querido dar siempre la ley en la provincia, ha tenido frecuentes reyertas con los Obispos y Gobernadores, sobre la cuestión de sus doctrinas y rentas y, por consecuencia, deben cuidar más de que sus abusos y pretensiones se perpetúen, que de conservar en un cuerpo de historia los sucesos de la provincia. Y sobre todas estas consideraciones, existe la muy importante de que el autor de ese libro ha sido particular amigo del Conde de Peñalva. No diré, por esto, que haya participado de sus crímenes; pero estoy seguro que pretenderá disculparlo. El padre Cogolludo, que es el religioso de quien te voy hablando, es ciertamente un hombre ilustrado, conoce la provincia desde hace muchos años que vino de España, tiene buen juicio, es laborioso, ha escudriñado todos los archivos públicos y conoce perfectamente a los Indios, de quienes ha sido ministro largo tiempo; pero todo esto no lo eximirá de cometer graves faltas. Y quiera Dios que, en vez de una historia, no haya escrito una crónica de su orden. Pero basta de episodios, y volvamos al asunto.

— Diga usted, que ya le escucho.

— No contento el Conde de Peñalva con haber extendido sus escandalosas granjerías hasta los granos de primera necesidad, lo cual contribuyó eficazmente a que, desalentándose los labradores, se disminuyesen las cosechas; apenas hubo llegado este caso, cuando el mal gobernante creyó haber venido la ocasión de henchir más y más sus cofres privados, monopolizando el maíz y haciendo con él un tráfico odiosísimo, de que apenas hay ejemplo en la historia. A esto, siguió la espantosa hambre. En faltando el maíz, falta todo en Yucatán, porque no sólo es el pan común con que nos alimentamos allí, sino que, además, con él se crían los animales domésticos, que son el ordinario mantenimiento. Socorrer de fuera la necesidad, es muy difícil, llega tarde el remedio, corta la providencia y tan cara que apenas pueden los pobres, vendiendo sus pocas alhajas, sustentarse algunos días; por no decir nada de los miserables indios, que son los que más padecen. Cuando entre estos corrió la voz de que salían jueces españoles, nombre que temían con razón, pues son los ordinarios agentes de los mandarines, para embargar el maíz y monopolizarlo a beneficio del Gobernador, escondieron el poco que tenían, y puesto en partes no convenientes para conservarse, se corrompió y se multiplicaron los males de la tierra. La necesidad llegó a ser común. Los que querían remediarla, tenían que acudir a los graneros del Conde y pagar veinticuatro pesos por una carga de doce almudes; y esto era imposible. Comenzó entonces la mortandad. Los padres no tenían con qué sustentar a sus hijos: cavaban los montes para sacar raíces de árboles y yerbas, y ni aun así podían satisfacer su hambre. ¡Oh, qué días tan luctuosos! Hubo un completo desquiciamiento social: los pueblos del interior refluían en masas enormes sobre las playas, en demanda de sustento, y moríanse a millares por los bosques, los caminos, las calles, las plazas y sitios públicos, sin hallar pan, ni albergue, ni consuelo, ni sepultura. Corrompíanse los cadáveres, envenenábase la atmósfera; y tras los horrores del hambre vinieron los de la peste. Partía el corazón ver a los vivos, vagando desesperados, casi delirando de hambre, hinchados los vientres de las raíces que comían y todo su cuerpo hecho un esqueleto, viva imagen de la muerte. Los que llegaban a las playas, morían allí detenidos por el mar, hallándose después los huesos, con no pequeño horror de los que lo veían.

— ¡Oh, qué calamidad tan espantosa! —exclamó Don Luis, arrasados los ojos de lágrimas y sobrecogido el corazón.

— ¡Ay, hijo mío! Nadie puede recordar aquella época funesta, sin estremecerse. Si yo fuera a hacerte una pintura detallada de los sucesos de entonces, no sé si tendría valor para acabarla. Los horrores del hambre no pueden describirse; su consecuencia es la desmoralización, el desorden y luego la muerte y la desolación. Por fortuna, en medio de tantas angustias, algunas almas nobles y filantrópicas ofrecían inmensos consuelos a la humanidad afligida. Entre esas personas merecen una memoria honorífica la esposa de Don Felipe Álvarez de Monsreal y la esposa de Don Juan de Zubíaur, y su difunta madre.

Don Luis lanzó un gemido; el jesuita continuó:

— Sí, hijo mío: es imposible olvidar el celo y amor con que aquellas dos virtuosísimas matronas, objeto del odio y de la difamación del Conde de Peñalva, acudieron a aliviar los males públicos. Don Álvaro de Gorozica había muerto y su hija heredado la espléndida fortuna de aquel caballero. Así pudo la esposa de Álvarez disponer de enormes sumas, para comprar maíz en los graneros del Conde y distribuirlo a manos llenas entre las infinitas personas que acudían en Izamal a llamar a sus puertas, abiertas siempre al miserable. Tu padre entregó a su esposa las llaves de sus arcas; y lo que Doña María Altagracia de Gorozica hacía en los pueblos de la Costa, Doña Leonor de Rosado, tu noble madre, ejecutaba en los del partido de Campeche.

— ¡Y dice usted que también mi santa madre era objeto de las difamaciones del Conde! —exclamó Don Luis mezándose los cabellos y maldiciendo su impotencia de vengar los ultrajes de que fue víctima la noble matrona.

— Sí, hijo mío, sí. La viperina lengua del Conde de Peñalva jamás respetó ni lo más sagrado que la sociedad acata y venera. La negra ponzoña que destilaban sus infernales labios, era uno de sus medios de venganza, para satisfacer reales o imaginarios agravios. El honor y lustre de las más elevadas familias del país era la fábula del Conde y sus parásitos. Su pestilente aliento pretendía empañar el terso y delicado cristal de la virtud más acreditada.

— ¡Maldito sea el Conde de Peñalva y maldita su memoria! —gritó el colegial transportado de ira y de furor.

Hubo un largo intervalo de solemne y sombrío silencio.

— ¡Hijo mío! —dijo después el jesuita—. El Conde de Peñalva ha sido ya juzgado y sentenciado.

—Y también espero que habrá sido condenado a las eternas penas —añadió con fe el colegial.

— Los altos juicios de Dios son inescrutables. Es muy necio y soberbio el hombre que quiere penetrar en ellos. La justicia eterna no se mide por las reglas comunes, ni la Providencia está sujeta a los cálculos y combinaciones de la miserable criatura. Adoremos y bendigamos al Señor, que es justo y misericordioso.

— ¡Adorémosle y bendigámosle! —repitió el joven en tono de moderación y respeto, pero brotando de sus ojos dos copiosos raudales de lágrimas. Jamás había experimentado un sentimiento más vivo de ternura y amor a la memoria de su ilustre madre.

Después de otra pausa el jesuita prosiguió:

— En vez de mitigarse la saña del Conde contra el desgraciado Don Felipe Álvarez de Monsreal, parece que la noble conducta de su joven esposa en medio de aquella horrenda y espantosa calamidad que afligía a la provincia, hizo subir de punto los celos, la envidia y la rabia de aquel perverso. Quiso, pues, de un  golpe, destruir la felicidad de los dos esposos y, si era posible, apoderarse del todo o de una gran parte de sus riquezas. Había urdido una maquinación sorda para perder a Don Felipe, y sepa el cielo si, como tengo motivos para presumirlo, el Comisario del Santo Oficio entró de plano en las intrigas y torpes maquinaciones del Conde. Lo cierto es que el Comisario recibió una delación anónima, en que, además de decirse que Don Felipe Álvarez de Monsreal era de raza hebrea, añadíase que era judaizante, enemigo oculto del cristianismo, propagador de condenadas doctrinas y reo de ciertos crímenes odiosísimos e indignos de repetirse. Era toda el alma emponzoñada del Conde trasladada a un papel inmundo. En consecuencia de esta delación, fue preso Don Felipe una noche y conducido misteriosamente a las cárceles del Santo Oficio de Mérida.

Con gran sentimiento de Don Luis el toque del alba interrumpió la narrativa del socio, separáronse de nuevo para volver a juntarse en aquel sitio, como las dos noches precedentes.

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