En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
Segunda Parte
Capítulo XII
— Aunque el Conde —continuó el jesuita— se hallaba en un grado de vehemente excitación cuando los dos caballeros fueron introducidos en su gabinete, no pudo menos de sobrecogerse a la presencia de Don Felipe. Era este caballero, aunque joven, de aspecto severo e imponente. Su fiera mirada, centelleando ira y resentimiento profundo, se clavó primero en el Conde y después en el Capitán Hinestrosa. El Gobernador y su cómplice se desconcertaron de pronto; mas volviendo sobre sí, el Conde gritó con agrio tono, dirigiéndose a Don Alonso: « ¿A qué debo, pues que viene en traje de ceremonia, el honor de esta visita oficial?» «Antes de responder a Vuestra Señoría, señor Conde —dijo gravemente Don Alonso—, nos permitirá tomar asiento, porque no tenemos la costumbre de permanecer en pie por todo el tiempo que se quiera someternos a esta prueba.» Y Don Alonso y Don Felipe, sin esperar indicación ninguna de parte del Conde, ocuparon los asientos más próximos a la mesa a cuya cabecera se hallaba sentado el mandarín. «En segundo lugar —prosiguió Don Alonso, sin dar tiempo a que los transportes del Conde estallasen en una explosión— ha de saber Vuestra Señoría que el asunto que nos trae, es un negocio enteramente privado, de un carácter serio y es de tal delicadeza y reserva, que desearíamos tratarlo a solas y sin la importuna presencia de un testigo.» «Si la mía molesta —acudió Hinestrosa— y lo quiere el señor Conde…» «Os mando que permanezcáis, porque si estos buenos hidalgos creen dictarme leyes en mi propia casa, están miserablemente equivocados» —dijo el Conde imperiosamente e Hinestrosa colocó de nuevo en la mesa el sombrero que ya tenía entre las manos.» «Como guste Vuestra Señoría, señor Conde —repuso Don Alonso—. Yo había indicado que sería más conveniente que esta visita fuese a solas; mas supuesto que Vuestra Señoría…» «— iEh! —exclamó el Conde interrumpiendo a Don Alonso—. Importuno está usted por demás, caballero. A propósito de hidalguía ¿quién sois vos, señor Juan de los Palotes, que al ver mi tolerancia por las demasías de este hidalgo, os creéis igual a mí y venís con ese aire de autoridad, a mi presencia? —añadió encarándose a Don Felipe. — iIgual a vos. Conde de Peñalva!, gritó Álvarez, sin poder moderarse. Si yo me creyese igual a vos, me daría en el acto de puñaladas, con el mismo puñal, con que un asesino vil y cobarde quiso hacerme morir en Veracruz.
— ¡Silencio, perro judío, silencio!, dijo el Conde fuera de sí. Llamad a mi guardia y que saque de Palacio a este malsín.
— El malsín y el villano sois vos; repuso Don Felipe, salvando con la rapidez del relámpago el espacio que le separaba del Conde, e imprimiendo en la mejilla de éste una fiera y descomunal bofetada.
— Apenas puede describirse la escena que sobrevino —dijo el jesuita, continuado el relato a su alumno—. Hinestrosa hizo ademán de lanzarse fuera de la pieza para llamar a la guardia y la servidumbre del Conde. Don Alonso se arrojó sobre él para detenerlo, diciéndole que evitase un escándalo que a todos podía ser funesto. Entretanto el Conde, ciego de furor, se abrazó con el enemigo y comenzó entre ambos una lucha terrible en que sólo se oía la fuerte respiración de los dos adversarios y el ruido sordo de los repetidos golpes que se daban. Detenido Hinestrosa por la fuerte mano de Don Alonso y mudo de terror, seguía azorado con su ojo único los movimientos del Conde, sin poder acudir en su auxilio. Forcejeaba por desasirse; pero sus esfuerzos eran inútiles. Fue preciso que se resignase a ser un ocioso testigo de la escena, lo mismo que Don Alonso, quien teniendo una fe plena en la justicia de la causa de Don Felipe, guardó silencio y esperó tranquilamente el término de aquella lucha de cuerpo a cuerpo. Álvarez logró, en fin, derribar al Conde en el suelo, y fijándole una rodilla sobre el pecho, mientras que le apretaba el cuello con una de sus manos, le preguntaba: «¿Consentís en darme satisfacción?» «No… porque sois… judío… un perro judío» —respondía jadeando el Conde, y cubierta la boca de sanguinolenta espuma—. «Pues habéis de morir como un villano» —repuso Don Felipe, y comenzaban de nuevo los golpes rudos y fieros del que tenía la ventaja. Acaso en aquella hora habría terminado la odiosa vida del Conde de Peñalva, si éste, conociendo ya su impotencia de resistir por más tiempo, no hubiese dicho, en fin, en medio de su agonía: «Sí: yo me batiré con vos; consiento en daros satisfacción.» — Dejóle entonces Don Felipe, diciéndole: «Yo no he venido con otro objeto: escoged el sitio y el lugar.» Más no bien hubo reparádose el Conde, cuando tomó de la mesa un silbato y sonándole con fuerza, apareció por la puerta el Capitán de su guardia acompañado de ocho o diez alabarderos. «Sacad a estos hombres —le gritó— y si alguna vez vuelven a presentarse en Palacio, llevadlos de mi orden a la real cárcel; y dáos por bien librados», añadió mirando con insolencia a los dos caballeros. «Vea Vuestra Señoría, señor Conde, que no procede cual cumple a un gentilhombre» —observó Don Alonso. «Fuera de aquí al punto», repuso el Gobernador. «Muy bien, muy bien —dijo Don Alonso— y supuesto que ya no hay freno para vos…» «Acabad», gritó todavía más alto el Conde. «Dios os perdone», añadió con solemnidad Don Alonso, tomando del brazo a Don Felipe y abandonando ambos aquel sitio.
Muy atento escuchaba Don Luis los pormenores del último suceso, esperando con ansia el desenlace. Su odio al Conde era vivísimo y sentía en favor de Don Felipe una especie de entusiasmo. La más ligera interrupción del socio le ponía en ascuas, y manifestábase su impaciencia e interés por sus frecuentes y sentidas exclamaciones. Hasta qué punto podía convenir a las miras del jesuita el desarrollo de los sentimientos del joven, veráse por el curso de esta historia. Entretanto nosotros debemos volver a la narrativa que hacía el padre Noriega.
— Don Alonso y Don Felipe —continuó el jesuita— tuvieron después una larga conferencia, y de común acuerdo se decidió que el último pasase a vivir al pueblo de Izamal, en donde Don Álvaro tenía su encomienda. Para proceder así había ya muy buenas y poderosas razones, entre ellas, la de la negra tacha de judaísmo que se había arrojado la noche precedente contra Don Felipe. Pues si bien la delación era anónima y sin aparente fundamento, no por eso había causado menor impresión, principalmente entre aquellas gentes que por donde quiera temen ver extendido el brazo del Santo Oficio; y sobre todo, lo que no mancha, tizna, según dice el proloquio vulgar. Además, al punto a que habían venido las cosas con el Conde, era de temerse una asechanza de parte de éste, en que las armas no podían ser iguales, toda vez que rehusaba remitir la satisfacción de las ofensas que había inferido a la víctima de su odio gratuito a un combate singular, al que, sin embargo de estar vedado por la ley y la religión, los buenos hidalgos de nuestra provincia siempre han apelado como al juicio de Dios, cuando faltan otros recursos para vindicar sus agravios. Acaso esto es inmoral; yo lo tengo así para mí, y en esta forma lo he predicado siempre; pero como la sociedad es como es, y no puede reformarse con un solo golpe de mano, es preciso tomarla cual se encuentra. Por otra parte, yo sólo soy aquí un simple narrador de hechos. Si pretendiese moralizar, propondría las razones del pro y del contra y… mas volvamos al asunto.
— Sí, volvamos; porque me interesa sobremanera la posición del pobre Don Felipe.
— Como iba diciendo, hicieron a éste bastante fuerza las reflexiones de Don Alonso y, captada la venia de Don Álvaro, dirigiéronse los dos esposos a Izamal para precaverse de las maquinaciones de un hombre tan brutal y desmoralizado como el Conde de Peñalva, que era incapaz de detenerse en el examen de los medios que pudiesen llevarle a su fin, por más odioso e infame que este fuese, e indignos y reprobables aquéllos. Dejemos, pues, allí a Don Felipe y su esposa, y volvamos al teatro de los excesos del Conde.
El socio pareció recoger sus ideas durante un intervalo de silencio, y luego prosiguió:
— Nada te he dicho aún acerca de la familia de Don Felipe Álvarez de Monsreal, ni del fundamento que ha tenido el rumor difundido acerca de su origen judaico.
— En efecto, padre mío, usted no ha sido bastante explícito en este punto, que es el que mueve más mi curiosidad.
— Voy a satisfacerte ahora mismo. Entre los familiares del Mariscal Don Carlos de Luna y Arellano, caballero de muy elevada alcurnia, aunque de riquezas muy escasa, y que fue nombrado Gobernador y Capitán General de nuestra provincia muy a principios del presente siglo, hallábase un hidalgo portugués llamado Don Teodoro de Álvarez. Era este individuo, de nobles y relevantes prendas, de una ciencia poco común en el país, versado en las más difíciles materias y de un tacto admirable para manejar cualquiera clase de negocios. Añadíase a esto, un personal gallardo, caballeroso y tal flexibilidad de carácter que desde luego se hizo amar de todos en la provincia. Más si en efecto era amable y complaciente, su amabilidad y complacencia sólo llegaba hasta cierto punto. En donde quiera que hallaba abusos y desórdenes, Don Teodoro dejaba de ser indulgente, revestíase de severidad y enrostraba con las personas más poderosas. Nombrado Capitán a guerra del partido de la Costa, aquellos pueblos se encontraban bajo la protección de un hombre que podía redimirlos de las infinitas extorsiones a que estaban sujetos, por las logrerías de los encomenderos, la avaricia de los frailes y tiranía de los cabos de justicia. Casóse Don Teodoro con una señora de las mejores familias del país, y transladóse con ella al pueblo de Izamal, para dedicarse exclusivamente al Gobierno, en paz y en justicia, de aquella interesante parte de la provincia. Desarrolló muchos elementos de riqueza, ofreció a la industria nuevos medios y, sobre todo, puso a raya a los que estaban habituados a vivir de abusos y de la expoliación de los pueblos. Naturalmente, hallóse luego en colisión con los encomenderos, y principal mente con los frailes, más interesados que ninguno, en perpetuar aquel sistema de que sacan tan inmenso provecho. Don Teodoro no guardó miramientos, y aunque sin odio ni animosidad, sí con energía y firmeza, interpuso su mano fuerte y se siguieron de allí mil ruidosos altercados, que no es del caso repetirle hoy. Su poder y riquezas daban a los frailes algún valer en las dos Cortes de México y Madrid, y habiendo perdido la esperanza de que sus representaciones fuesen acogidas por el Gobernador Luna, justo apreciador de la rectitud y cordura de su amigo Don Teodoro, acudieron a la Real Audiencia de México, de la cual lograron una provisión para que Álvarez fuese removido de sus empleos. En efecto, hízose así; y el antiguo Capitán a guerra volvió a Mérida a vivir pacíficamente, sin mezclarse en ningún asunto público, toda vez que no se hallaba en obligación ninguna oficial de mezclarse en ellos. Pero los frailes no podían perdonarle su conducta en la Costa, y habiéndole derribado, trataron de hacer otra cosa peor. Por aquel tiempo, una vasta conspiración había sido descubierta en Portugal, cuyo objeto era restablecer la independencia de aquel reino, separándolo otra vez de España. Alarmóse muy seriamente el Gobierno de Don Felipe III, y se dictaron órdenes muy es trechas a todas las provincias de la monarquía, para que estuviesen en guardia, y esas órdenes también vinieron a la América. En Yucatán no había ningún portugués a excepción de Don Teodoro, que seguramente ni aun a su noticia había llegado el suceso que motivaba aquellas órdenes; pero, en fin, el sucesor de Don Carlos de Luna, era muy devoto de los franciscanos y prestó un oído atento a sus apasionadas sugestiones.
Don Teodoro fue preso una noche, embarcado en Sisal y remitido a San Juan de Ulúa, dejando a su esposa en la mayor consternación.
— ¡Es posible, pues, que triunfe siempre la iniquidad! —exclamó Don Luis.
— Hijo mío —repuso el socio—, pronto vas a entrar en el mundo y sabrás mejor cómo es el género humano y cómo ha sido siempre. Mas volviendo a nuestra historia, te diré que Don Teodoro triunfó de sus calumniadores y al cabo de dos años de encierro recobró la libertad y la esperanza de ver otra vez a su esposa y a un hijo de pocos meses que había dejado. Este hijo era Don Felipe. Embarcóse, en efecto, en Veracruz y regresaba a Yucatán, si no contento de sus pasados sufrimientos, muy satisfecho de haber salido tan bien librado de una acusación tan grave, aunque calumniosa. Llegó a Campeche, y cuando su familia esperaba verlo de un momento a otro, he aquí que recibe la infausta Nueva de haber sido preso por segunda vez en el pueblo de Umán y encerrado en las cárceles del Santo Oficio de Mérida.
— ¡En las cárceles del Santo Oficio! Y ¿por qué? —preguntó indignado el colegial.
— ¡Quién sabe, hijo mío! Lo único que yo puedo decirte es que, durante el espacio de veinte años que vivió su esposa después de este suceso, todas sus diligencias para saber el paradero de Don Teodoro fueron inútiles. Murió la pobre señora después de habérsele confiscado cuanto tenía; y el hijo se habría encontrado en miseria si no hubiese después heredado una regular fortuna de su abuelo materno. Don Felipe meditaba sobre el destino misterioso de su padre, mostraba afán en averiguar la causa de ese extraño suceso, perdíase en un mar de conjeturas y nunca podía llegar a una conclusión satisfactoria. Creía firmemente que aquel desgraciado había sido víctima de otra calumnia más grave y odiosa que la primera; pero ni sabía cuál fuese aquélla, ni sus motivos. La causa, sí, descubríala fácilmente en el resentimiento de los frailes de San Francisco. Por tanto, su aversión a ellos era profunda y andaba asechando la ocasión de vengar la memoria de su padre aunque, más prudente y prevenido que éste, disimulaba lo que en su ánimo pasaba. Tal era la situación de las cosas, cuando la carta anónima que el Cura recibió la noche de su boda, lanzó un rayo de luz en la historia de Don Teodoro; pero Don Felipe quedó asombrado y lleno de terror. La primera idea que le vino fue que su infeliz padre había muerto en un auto de fe, quemado públicamente sin misericordia.
— ¡Oh, qué horror!
— Después pensó en la gravedad de su propia situación, conociendo como el que más, todo el odio con que era mirada la raza hebrea; el desprecio que inspiraban los que tenían en la suya mezcla alguna de aquella sangre maldita; el peligro a que estaba expuesto de ser preso y encerrado en la Inquisición, y el terror que este solo nombre causaba entre las gentes más poderosas.
— ¡Ah! —exclamó de nuevo Don Luis— yo puedo jurarlo: Don Felipe estaba inocente.
— Yo no sé si ha habido alguien que le creyese personalmente culpable —repuso el jesuita—, al menos yo sé que era inocente; pero ¿quién puede asegurar que el infeliz Don Teodoro no fuese un vástago de aquella raza proscrita?
— ¿Y quién puede asegurar que lo fuese? —replicó casi airado el generoso colegial.
— ¿Quién? El Santo Oficio, que ha juzgado y sentenciado, sin duda, a aquel desgraciado. Cuando la Santa Inquisición habla, deben todos enmudecer; hasta los más elevados potentados de la tierra.
— Pues bien, yo creo que Don Teodoro ha sido víctima de una negra calumnia, y como no me persuado, padre mío, que usted suponga que la Inquisición es también infalible como Dios, nada tendría de extraño que ese tribunal se hubiese equivocado en su juicio. ¡Me parece, si no miente la historia, que esto ha sido tan frecuente en los tribunales que forman los hombres! Y más que la historia no lo dijese, díctalo el sentido común y eso basta.
No se puede explicar qué clase de impresión recibió el jesuita al escuchar las últimas palabras de su interlocutor. Si fue de placer, en verdad que lo disimuló perfectamente; y si de disgusto, ni una sola palabra dejó escapar que lo significase. El hecho es que permaneció pensativo algunos instantes y desentendiéndose de las observaciones de Don Luis, volvió impasiblemente a su narrativa:
— Felizmente para Don Felipe, ni la hija de Don Álvaro, ni éste, ni Don Alonso de la Cerda hicieron mérito alguno de la carta anónima; antes bien, insistieron en que el matrimonio se verificase, según has oído ya. Pero entre tanto, la popularidad de Don Felipe, digámoslo así, se había desvanecido; las personas que más estimaban sus personales prendas, temieron su contacto; y el último lance ocurrido con el Conde vino a complicar más la dificultad de su posición. Fue, pues, un partido muy prudente el de alejarse de la capital, pues ya el ojo terrible y amenazador de la Santa Inquisición estaba abierto y fijo sobre él.
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