En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
Segunda Parte
Capítulo XIV
Si el precedente había sido para Don Luis un día de agitación y tormento, el actual fue todavía más borrascoso. Las dos noches de vigilia habían irritado su cerebro, y por más esfuerzos que hacía para descansar y adquirir más aplomo y sangre fría, érale imposible lograrlo. Pasaban en tropel confuso por su imaginación todos los cuadros que el jesuita habla trazado, y si el cansancio le hacía cerrar los ojos y quedar medio dormido, despertaba al punto atormentado de una horrible y dolorosa pesadilla, en que se mezclaban confusa y vagamente el puñal del Conde, las hogueras de la Inquisición, su padre irritado, su buena madre ultrajada, la esposa de Álvarez, las víctimas del hambre y allá… en último término, María, sin poder comprender qué especie de conexión podía ella tener, con objetos tan aterradores.
Así pasó todo el día.
En el jesuita la cosa era diferente.
Después de desayunarse con regular apetito, durmió cinco buenas horas de corrido, sin que ningún sueño siniestro viniese a perturbar la imaginación. Hombre entrado ya en edad, de más calma y experiencia del mundo, y no teniendo su relato para él la estupenda novedad que ejercía tan decidido influjo en la juvenil alma de su alumno, pudo, por lo mismo, reponerse tranquilamente, mientras que el otro se sentía como acometido de una fiebre voraz.
De esta manera, pudo también escribir una larga epístola a su amigo y superior el Prepósito de San Javier, dándole cuenta individual de los progresos que había hecho en su misión, y anunciándole por seguro el éxito final de ella y la próxima realización de sus planes. Una postdata de tres páginas fue consagrada exclusivamente a tratar del hortelano Juan Perdomo, refiriendo al Prepósito todos los incidentes en que su nombre estaba mezclado y recomendándole las más eficaces medidas, para neutralizar el efecto que podían causar las impertinentes habladurías del pobre hortelano.
Cerrada y sellada la epístola, fue remitida a su destino. Y el padre Noriega esperó tranquilamente la hora convenida para volver con Don Luis al lugar de la cita.
En efecto, a las once de la noche halláronse reunidos en el pequeño general del colegio, y el socio reasumió gravemente la narrativa.
— La esposa de Don Felipe Álvarez de Monsreal quedó aterrada al recibir aquel golpe funesto, y no pudo desconocer ni un instante la mano alevosa que lo había descargado. Su aflicción y sobresalto subieron de punto recordando los tristes pormenores de la historia misteriosa de Don Teodoro. A pesar de lo aflictivo de la situación, después de dictar todas sus disposiciones para que los pobres continuasen siendo socorridos en aquella hambre, determinó volver a Mérida, implorar el consejo y protección de los amigos de su familia y hacer cuánto no ofendiese su virtud y decoro, para redimir a su esposo de las garras del terrible tribunal que se había apoderado de su persona. Para evitar la presencia del Conde y de sus odiosos cómplices, no quiso fijarse en la Ciudad (de Mérida), sino que escogió su residencia en una bellísima hacienda de las inmediaciones, llamada San Pedro Chucuaxim.
— ¿Nuestra finca de recreo, y en la cual los colegiales de San Javier hemos pasado días tan deliciosos?
— La misma. Cuando fueron secuestrados los bienes todos de Don Felipe y su esposa, púsose la estancia de San Pedro en venta, para pagar las costas del expediente y la Compañía de Jesús la remató, destinándola al objeto que indicas.
— Y qué ¿a tal punto subieron las costas?
— Sí, hijo mío. Como casi no había quien reclamase, ni se atreviese a ostentarse parte interesada en un negocio tan grave, y en el cual intervenía directamente el formidable tribunal que causa tal espanto a todo el mundo, los escribanos y abogados hicieron su agosto. Esos bienes se consideraron mostrencos y cada lechuza, de esos que llaman curiales, creyó llegada la ocasión de chupar en una bien provista lámpara.
— ¡Qué escándalo!
— Lo es en efecto; y parece que hasta nuestras leyes, con su perdurable embolismo, autorizan ese escándalo. Una interminable serie de formalidades, inútiles y aun absurdas las más de ellas, multiplican autos y diligencias hasta lo infinito. Si el escribano, juez, procurador y abogado, descubren una de esas ricas vetas que se puedan explotar, “sin adelantar fondos ni comprometer capital alguno”, los verás procediendo con actividad, diligencia y una escrupulosidad, que pudieran hacerlos pasar por hombres de una delicadeza infinita, y que solo buscan la estrecha justicia en un mar de fórmulas. Trátese de un negocio de poca cuantía, en que se versen los intereses de un pobre, y los verás abreviar trámites aun a riesgo de que esos intereses no queden bien asegurados. Entonces su frase proverbial es que el cuerpo debe encogerse basta donde pueda cubrir la sábana, lo que equivale a decir que sólo deben multiplicarse las fórmulas hasta donde las costas no excedan del interés litigioso, si no hay más paño en que cortar. ¡A cuántas familias he visto yo arruinarse por un miserable pleito!
— Pero ese es un estupendo abuso, que debía reformarse.
— ¿Abusos? ¿Reformas? ¡Ay, hijo mío! Mucho te falta por ver todavía: pasarán algunos siglos más, antes que puedan combinarse esas dos palabras en esta frase: reforma de abusos. Como eso va largo todavía, bien perdemos volver a nuestra historia.
Después de recapitular sus ideas, el socio prosiguió:
— Decía yo que Doña María Altagracia estableció su residencia en la estancia San Pedro. Lo primero que procuró fue saber si era posible una entrevista con su esposo. Todas sus diligencias fueron inútiles, y el Comisario recibió sus demandas y súplicas con tal aspereza y arrogancia, que la buena señora Juzgó desesperado el caso. Entonces apeló a los amigos de su familia para que la ayudasen en aquel conflicto. Unos por temor de atraerse la venganza del Conde y otros por el pavor que el sólo nombre del Santo Oficio les causaba; y los más por la funesta y arraigada preocupación que existe contra los judíos y sus descendientes, todos rehusaron cooperar en los proyectos de la afligida señora. El único que la consolaba, imposibilitado de hacer otra cosa más eficaz en su obsequio, era el respetable Don Alonso de la Cerda, a quien el Conde miraba acaso con tanto odio y resentimiento como al desgraciado Don Felipe Álvarez de Monsreal. Más de una vez la pobre señora pensó en arrojarse a los pies del Conde, implorar su compasión, demandar justicia y pedir que se aplacase su odio y volviese al esposo a los brazos de su esposa. Don Alonso conocía mejor al Conde, comprendía toda la bajeza de sus pasiones y consideraba capaz a aquel villano de llevar sus atentados hasta la última extremidad. Por lo mismo, evitó que Doña María Altagracia cometiese la imprudencia que meditaba.
— ¿Y por qué no apeló a Don Juan de Zubiaur? Mi padre la habría redimido de aquel conflicto.
— No tan fácilmente como te imaginas. El Conde, estaba ya visto, tenía un favor decidido en México y en Madrid, porque todas las representaciones de los Cabildos y particulares, todas las demandas y quejas de los Procuradores nombrados en ambas Cortes, habían sido relegadas al desprecio, sin dejar abierta puerta ninguna a la esperanza del reparo… Obligar al Conde por medio de amenazas, habría sido inútil. Su desenfreno y su felonía eran capaces de cualquiera atrocidad. Retarlo como caballero, tampoco fuera eficaz.
— ¡Dura suerte, en verdad! —exclamó Don Luis.
— La aflicción de la señora pasó de punto cuando supo, en fin, que su desventurado esposo había sido ocultamente embarcado y remitido a las espantosas cárceles de la Inquisición de México, de donde parecía imposible que saliese, pues desde el establecimiento del Comisariato en nuestra provincia, no había ocurrido un solo ejemplar de persona presa por el Santo Oficio y remitida a esta Corte, que volviese jamás al seno de su familia. De la congoja, pasó a la desesperación y por primera vez se atrevió a fijar la vista en un depósito que tenía cuidadosamente en guarda, desde antes de contraer matrimonio con Don Felipe: ese depósito era el puñal del Conde de Peñalva.
— ¡Ah!
— Y el brutal mandarín, olvidándose de todos los ultrajes que había cometido contra aquellos dos esposos, ciego y sin consideración ninguna, todavía se atrevió a dirigir sus solicitudes a aquel modelo de virtud y modestia angelical.
— ¡Santo Dios! Ese hombre estaba ya condenado en vida.
— En medio de los horrores del hambre, en presencia de tantos objetos pavorosos y aflictivos, cuando todos temían la completa destrucción de la provincia, sin esperanza de alivio o consuelo alguno, el malvado Conde de Peñalva, el único responsable de tan estupendas calamidades y desgracias, no sólo se mantenía contento y satisfecho cuidando de extraer hasta la última gota de la sangre de ese pueblo infortunado, sino que maquinaba nuevas intrigas para saciar todas sus malas pasiones. No sólo por su influjo e instigaciones logró del Comisario que Álvarez fuese inmediatamente remitido a las cárceles de esta Corte con un informe y absurdo proceso, sino que envió a Hinestrosa a ofrecer su plena y decidida protección a la virtuosa dama, si accedía, en fin, a sus torpes deseos.
— ¡Jesús sea con nosotros! —dijo santiguándose Don Luis sin poder comprender a derechas, qué clase de sentimiento dominaba en su corazón: si el extraño terror que le causaba ver la maldad de un hombre dejado de la mano de Dios, llegar hasta un punto inconcebible; o la ira e indignación que ese odioso cúmulo de crímenes producía en su noble y generoso ánimo.
— La dama escuchó hasta el fin, aparentando la atención más profunda, todo cuanto el indigno mensajero del Conde creyó eficaz para obsequiar las infames miras de aquel malvado. Mientras Hinestrosa hablaba, la esposa de Álvarez combinaba allí en su mente un proyecto terrible: pesaba todos sus inconvenientes y examinaba una a una las probabilidades de buen éxito que podría tener. Para calcularlo mejor, no trató a Hinestrosa como merecía por el indigno e infame encargo que viniera a desempeñar. Hablóle con fiereza, en verdad; pero no dejó escapar una sola palabra que indicase ser absolutamente imposible la realización de aquella intriga. Así se lo expuso al Conde cuando regresó a Palacio, y los dos malvados comenzaban a holgarse en su próximo triunfo. Pero, entre tanto, combinábanse con la venganza personal, los medios de una justicia pública aunque misteriosa.
La historia que el jesuita estaba refiriendo había llegado al punto que debía excitar más la curiosidad del colegial. Así, pues, hizo éste un movimiento para fijar más la atención y no perder palabra alguna de aquel relato.
— Me parece inútil —continuó el socio— recordarte aquí tus juramentos. Sé que los cumplirás y que ni una sola indiscreción tuya podría comprometernos. Ten presente, sí, que hay personas muy poderosas de por medio, que intereses muy graves están complicados en este negocio, y que la Santa Inquisición no es en él indiferente.
— Nada tiene usted qué advertirme —murmuró Don Luis.
— Lo sé; tengo una plena fe en tu prudencia y en tu resolución. Pacemos adelante.
— Prosiga usted sin temor ni desconfianza.
— La comunería que había promovido Don Juan de Zubiaur tenía por objeto remediar los males de la provincia, aunque sin indicar ni remotamente qué clase de remedios podrían ser estos. Sin embargo, el odio de los Cabildos no veía más que uno solo; pero ningún Capitular osaba comunicar sus ideas a los otros. ¡Tan grave y peligroso así parecía aquel remedio! El acuerdo de los Regidores de Campeche se comunicó a los de Mérida y Valladolid; y mes y medio después reuniéronse dos Capitulares de cada Cabildo en un sitio misterioso de Mérida. Los comisionados estaban revestidos de la más plena, franca e ilimitada confianza de los Cabildos, y éstos se comprometieron bajo de juramento, a estar y pasar por cuantas resoluciones adoptasen sus delegados, por graves y delicadas que fuesen. Para dar a esta reunión un carácter más formal y evitar que por un empate se retardase o interrumpiese la ejecución de cualquiera medida, convinieron los seis en nombrar un séptimo, que no perteneciese a ninguno de los Cabildos, que no tuviese voz ninguna ni voto sino en el único y no esperado caso de que los votos de la Comisión se empatasen. En este caso, su voto era decisivo, y ninguno debía protestar ni hacer demostración ninguna, por más que ese voto contrariase sus ideas. Nombróse, en efecto, a aquel individuo; quien aceptó, juró y quedó en ejercicio de sus funciones delicadas. No es conveniente que sepas hoy quién fuese el tal individuo: algún día podrás llegar a saberlo.
Al punto echóse a volar la movible imaginativa del joven en demanda de ese individuo. Después de un rápido viaje, posóse sobre cada uno de estos dos nombres: el del padre Noriega mismo o el del Prepósito de San Javier, que entonces lo era de la casa profesa de San José. Cualquiera que fuese el fundamento de sus conjeturas, ni él se atrevió a manifestarlas, ni el socio hizo indicación ninguna para darles ningún viso de realidad. El jesuita continuó:
— Cuando hubo así organizádose la junta se procedió a un examen del origen y causa de la actual situación, sus probables resultados y posible remedio. Después de haberse meditado mucho sobre los males del país, la odiosa conducta del Conde de Peñalva y el ningún fruto que se había logrado de cuantas quejas y representaciones se habían dirigido a las Cortes, quedó acordado: primero: que la confederación de los Cabildos sería perpetua, hasta que de común acuerdo se disolviese; segundo: que nada relativo a los actos de esta junta se consignase por escrito; tercero: que su principal atribución sería tener a raya a los mandarines, juzgarlos y castigarlos conforme a sus delitos, después de agotar todos los medios y recursos legales y; cuarto: que se guardase un secreto inviolable, so pena de muerte o perpetua reclusión al que violase el sigilo. Los Cabildos aprobaron el acuerdo y se dejó a la Comisión en entera libertad de proceder. Llevaba en ella la voz Don Juan de Zubiaur y el primero, cuya conducta pública debía juzgarse, fue, naturalmente, el Conde de Peñalva, cuyo odioso gobierno había provocado la exasperación de aquellos leales hidalgos.
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