
Cuando los Reyes Católicos expulsaron a los judíos en 1492, las comunidades sefardíes se llevaron consigo el castellano del siglo XV, su vocabulario, su pronunciación y sus estructuras gramaticales
Un hablante de Castilla y uno de Filipinas pueden entenderse, pero el segundo guarda en su habla capas de historia que el primero no reconoce fácilmente, palabras que en la Península murieron hace cuatrocientos años y que allí siguen vivas, construcciones que suenan antiguas y que sin embargo son de uso cotidiano, préstamos del tagalo y del árabe que el diccionario de la RAE nunca ha recogido.
El español no es una lengua uniforme. Es una familia de variedades que se separaron, evolucionaron por caminos distintos y regresaron al presente con identidades propias. Entre todas las variedades que han sobrevivido al margen del español central, tres resultan especialmente reveladoras: el judeoespañol, el chabacano y el palenquero. Ninguna de las tres tiene hablantes monolingües; las tres están llamadas a desaparecer y las tres guardan una memoria que ningún diccionario de Madrid ha recogido.
Judeoespañol: la lengua que se quedó en 1492
El caso más extraordinario es el del judeoespañol, también llamado judezmo. Cuando los Reyes Católicos expulsaron a los judíos en 1492, las comunidades sefardíes se llevaron consigo el castellano del siglo XV, su vocabulario, su pronunciación y sus estructuras gramaticales. Y lo conservaron durante siglos en Estambul, Salónica, Sarajevo o Jerusalén, alejadas de la evolución que el español experimentó en la Península. El resultado es una lengua que suena a español antiguo, que mantiene la h aspirada de palabras como hablar o hacer, que usa vo donde el español moderno dice yo, y agora donde decimos ahora. En cuanto a la distinción entre la v labiodental y la b bilabial —rasgo que se suele citar como característico del judeoespañol—, los estudios más recientes apuntan a que está muy erosionada en la mayoría de las variedades actuales, si no prácticamente perdida.
Sus hablantes nunca fueron monolingües. En Estambul convivían con el turco, el griego y el armenio. En Salónica, ciudad donde llegaron a ser mayoría demográfica hasta el siglo XX, el judeoespañol era la lengua del mercado, del hogar y de la sinagoga, pero el griego y el turco resultaban indispensables para la vida pública. Hoy se calcula que quedan entre sesenta mil y ciento cincuenta mil hablantes, cifra muy difícil de precisar. La mayoría son mayores y bilingües con el turco, el hebreo, el inglés, el griego o el francés. Israel concentra la comunidad más numerosa. España les concedió en 2015 la posibilidad de obtener la nacionalidad española, un gesto simbólico cinco siglos después.
Lo que resulta sorprendente es que el judeoespañol incorporó palabras turcas, griegas, hebreas y francesas, pero su núcleo castellano del siglo XV permanece reconocible. Palabras como merkado, kaza, komer o bivir se pronuncian hoy en Estambul. Y la palabra ansina, que en judeoespañol significa así, es la misma que usaba Lope de Vega y que el español moderno abandonó hace siglos.
Español de Filipinas y chabacano: tres siglos de convivencia
Durante más de tres siglos de presencia española, Filipinas desarrolló una relación compleja con el castellano. En la época colonial fue lengua de la administración, la iglesia y la élite ilustrada, pero nunca llegó a las masas, que siguieron hablando tagalo, cebuano, ilocano y otras lenguas austronesias. El declive fue largo y gradual: ya desde la ocupación estadounidense de 1898, el inglés fue desplazando al español de la educación y la vida pública, un proceso que se aceleró a lo largo del siglo XX hasta que la constitución filipina de 1987 lo eliminó formalmente como lengua oficial. Para entonces, el español estándar era ya una rareza. Sin embargo, el contacto secular había dejado una huella extraordinaria: el chabacano, un criollo de base española hablado por unas setecientas mil personas, principalmente en Zamboanga, ciudad del sur de la isla de Mindanao.
El chabacano es quizás el resultado más llamativo de ese contacto secular porque es una lengua con léxico mayoritariamente español pero una gramática que ha absorbido estructuras de las lenguas austronesias locales. Yo ta-come en lugar de yo como. El español reconocible en las palabras, irreconocible en su arquitectura. Sus hablantes son bilingües con el tagalo o el cebuano según la región, y muchos hablan también inglés, que es la lengua dominante de la educación y los medios. En Zamboanga el chabacano es el idioma de la identidad local y del orgullo regional, usada en canciones, teatro popular y medios locales, mientras que el español estándar es prácticamente desconocido para la mayoría de sus hablantes. El chabacano procede del español, pero ya no lo necesita para existir.
El palenquero: cuando el español se hizo cimarrón
En San Basilio de Palenque, un pueblo de Colombia a unos cincuenta kilómetros de Cartagena de Indias, nació una lengua única en América: el palenquero. Sus hablantes son los descendientes de esclavos africanos fugitivos que fundaron el palenque —comunidad cimarrona— en el siglo XVII, dirigidos por el legendario Benkos Biohó, líder que desafió el poder colonial español. Aquellos hombres y mujeres de distintos orígenes africanos construyeron, para comunicarse entre sí, un sistema que mezclaba el español con lenguas bantúes de África central, especialmente el kikongo y el kimbundú. El resultado es un criollo en el que mi sustituye a yo, los verbos no se conjugan según la persona sino que se marcan con partículas aspectuales, y el orden de las palabras sigue a veces una lógica africana. Ele ta kume significa él está comiendo: español en las raíces, África en la estructura.
Especialmente llamativo es el sistema de tiempos verbales, basado en partículas preverbales de origen africano. Ta indica acción en curso, a indica pasado y ané futuro. Así, mi ta kume es estoy comiendo, mi a kume es comí y mi ané kume es comeré. El español aportó el léxico; el kikongo la gramática.
El palenquero cuenta hoy con unos tres mil hablantes activos, casi todos en San Basilio de Palenque. No son monolingües: todos hablan también español, y los más jóvenes alternan ambas lenguas con naturalidad, a veces en la misma frase. La UNESCO declaró la cultura de San Basilio de Palenque Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2005, con lo que reconoció también una forma de vida, una medicina tradicional, una música —el bullerengue y la champeta— y una memoria histórica de resistencia que no tiene equivalente en América.
La lección de las orillas
Lo que estas variedades enseñan es que el español del centro —el de la Península, el de los grandes medios de comunicación— es solo una de las muchas formas que ha tomado esta lengua en su expansión por el mundo. Las orillas guardan con frecuencia lo que el centro olvidó. El judeoespañol conserva palabras y estructuras extintas desde el siglo XVI; el chabacano guarda el rastro de un encuentro entre mundos; el palenquero, la memoria de una resistencia que cambió la historia de Colombia. No es una curiosidad académica: es entender que el español es más grande, más antiguo y más diverso de lo que cualquier diccionario contiene. Y que las lenguas que parecen marginales son, con frecuencia, las que guardan la memoria más valiosa.
Por Rafael del Moral
Fuente: Vozpopuli | 8.6.2026
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