En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO II
Si los lectores esperan una minuciosa descripción del antiguo colegio de San Javier, van a quedar defraudados de su esperanza, y en verdad que muy a pesar mío. Contemplen las ruinas del convento de San Francisco, ese noble conjunto de espléndidos edificios, en completa destrucción, que después de haber sido su mejor ornamento, hoy es el más feo lunar que desgracia la bellísima y regular planta de nuestra capital. ¿No saben, acaso que hace más de veinticinco años,[1] ese rudo e indigesto hacinamiento de escombros, era un inmenso grupo de construcciones soberbias en que reinaban la vida y la animación? ¿No han visto, o por lo menos oído hablar del escandaloso vandalismo con que a vista y paciencia de las autoridades públicas, se han vendido al menudeo, preciso es decirlo así, las pinturas, los libros, los muebles, las puertas, las ventanas y hasta las piedras del convento? Pues bien; tal vez no ha sido éste el único ejemplar de una tolerancia tan punible, porque en nuestros tiempos apenas quedan algunos restos del colegio de San Javier, que gracias al celo del célebre e infortunado Capitán General Don Lucas de Gálvez, no desaparecieron del todo. Y como en aquel tiempo no había los medios que hay ahora para transmitir a la posteridad los sucesos importantes, no es extraño que a pesar de mi afán y de mis largas vigilias en la investigación de viejos y apolillados papeles, me encuentre sin los datos suficientes para aventurar una descripción. Sin embargo, allá están en pie todavía la iglesia de Jesús, el Palacio del Congreso y algunas piezas adyacentes al coliseo, que bastan para formarse una vaga idea de la casa en que moraban los padres jesuitas.
Penetremos, pues, en el colegio de San Javier, la noche misma de la visita del ilustre señor Deán a Don Alonso, pero anticipémonos a su Reverencia algunos momentos porque no conviene en manera alguna que sea testigo de lo que pasa en el dormitorio del padre Prepósito, pues lo que allí ocurre es un suceso misterioso. Y por Dios, que nadie vaya a figurarse que abrigo la idea de hablar acerca de los padres jesuitas, con la animosidad y encono que emplean algunos escritores modernos, o los que tienen algún motivo particular de odio y malevolencia contra esta célebre y perseguida Sociedad. No tal; porque si bien ella pudo ejercer en los consejos y en las conciencias de los Príncipes fanáticos algún pernicioso influjo; si bien pudo mezclarse en algunas intrigas tenebrosas provocando así trastornos y disturbios, lo cual no seré yo quien lo niegue; y si, por último, su presencia y espíritu dominante pudieron preparar la ruina de algunos países; en Yucatán, por el contrario, no hicieron sino mucho bien, difundiendo las luces entre la ignorante juventud de aquel tiempo. Cierto que alguna vez se mezclaron en algunos asuntos misteriosos e influyeron, sin aparecer, en una u otra contienda ruidosa; pero eso tal vez provino más bien del carácter individual de los padres, que del funesto espíritu que se atribuye a la sociedad. Arduo y delicado es el asunto para ser tratado en una novela; y yo acaso creería a ciegas todo lo malo que se dice de la Compañía de Jesús, si por otra parte no hubiese sido ocular testigo del inmenso bien espiritual y temporal que hoy produce en uno de los pueblos más grandes y civilizados de la tierra: en los Estados Unidos. Por de contado en este particular sólo expreso simplemente mis impresiones, sin ánimo de violentar la creencia o las preocupaciones de los demás.
Pero volvamos al dormitorio del padre Prepósito. En uno de los ángulos del claustro superior, había dos salones precedidos de un largo pasadizo. El segundo de ellos, con dos corpulentas ventanas que daban a la huerta, y desde cuyas espesas celosías podía observarse sin temor de ser visto cuanto ocurría en ella, era una pieza modestamente amueblada. Esto es, había allí cuatro o seis asientos de tijera, un bufete, dos estantes de libros, una tarima que servía de lecho, algunas pinturas de pasajes de la Biblia, una imagen de San Ignacio y un Santo Crucifijo de hermosa escultura de Guatemala, colocado en un singular nicho de cristales, único que se hubiese visto jamás en la provincia, y que, por lo mismo, era generalmente admirado de los vecinos cuando se ostentaba en la iglesia de Jesús cada Jueves Santo. Además, había una gran mesa de nogal a un lado, algunas cajas de roble con pequeñas divisiones interiores y un raro aparato ingenioso, cuyo destino poquísimos habrían entonces comprendido. Tal era el dormitorio del jesuita.
El Prepósito y otro individuo ocupábanse, a puertas cerrada y con el más grave silencio, en combinar y ajustar las piezas del aparato ingenioso. Cualquiera que les hubiese sorprendido en semejante ocupación, no siendo, por supuesto, los lectores o yo, difícilmente habrían entendido el mecanismo de la obra que entre manos traían. Los personajes de esta escena singular iban y venían alternativamente de la mesa de nogal a la máquina, y de ésta a las cajas de roble. Miraban con una atención escrupulosa, junto a la luz, cada uno de los pequeños objetos que iban colocando sobre la máquina haciendo ciertas combinaciones que parecían cabalísticas. Después de algunos esfuerzos repetidos, el Prepósito extrajo de la máquina un retazo de pergamino, que se puso a examinar sobresaltado y lleno de la inquietud más viva, como temiendo verse defraudado de alguna esperanza lisonjera. Pero disipose la inquietud al punto, dejándose ver en la espaciosa y arrugada frente del jesuita, una expresión de contento y satisfacción inefable.
-Está bien, hermano mío, dijo, colocando la mano derecha sobre el hombro izquierdo del socio y mirándolo con fijeza. Está bien; pero diez años de incansable afán, diez años de un trabajo constante y secreto entre ambos, no deben, ciertamente, malograrse por alguna indiscreción de parte nuestra. Quede pues, profundamente reservado, que desde hoy en adelante la provincia de Yucatán tiene una imprenta, de que sólo debemos usar en las grandes emergencias. Aunque yo soy consultor ordinario del Santo Oficio, y tengo valimiento en México, Madrid y Roma, sepa Dios cuál sería nuestra suerte, si el atentado que acabamos de cometer llegase a noticia de un tercero.
Y al terminar la frase, aplicó a la luz el pequeño pergamino, quedando al punto reducido a cenizas.
Tres golpes sonaron en la puerta del dormitorio, lo cual, conforme a las reglas establecidas de la casa, significaba que una persona distinguida venía a hablar con el Superior de ella. En efecto, el lego que servía de cerca a la persona del Prepósito, anunció en voz clara y sonora el nombre del señor Deán. Ajustóse la sotana el jesuita; ciñose con el cinto negro de gacela, del cual pendía enlazado un grueso rosario de azabache con cruz de bronce sobredorado; calose el bonete simbólico de cuatro puntas y, dejando encerrado al socio en el dormitorio, salió hasta el primer salón al encuentro del Deán, quien dijo, algo embarazado:
-Buenas noches, señor Prepósito. Ruégole a usted me excuse por la hora un tanto intempestiva que he elegido para venir a visitarle; pero tengo necesidad de oír su dictamen sobre un grave y delicado asunto. Su carácter de consultor ordinario del Santo Tribunal, establecido para extraer la herética pravedad, hace del todo necesario ese dictamen.
Una ligera sombre de compasivo desdén, cruzó como un fugitivo relámpago sobre la áspera fisonomía del jesuita, que se mantenía en pie con ambas manos en el pecho ocultas bajo la sotana; y antes de aventurar respuesta alguna, dio la expresa orden al lego de retirarse al claustro y evitar la aproximación de algún curioso impertinente.
Quedáronse solos el Deán y el Prepósito; y aquel continuó:
-Decía yo, pues…
-Pero tomemos asiento, señor Deán; interrumpió el jesuita. De esta suerte estará usted mejor y podrá decirme cómodamente cuanto le ocurra.
Sentáronse, en efecto, en una especie de sofá con cojines de piel curada, cuyo uso ha desaparecido en el país hace más de medio siglo, pero que antes se tuvo por un mueble de lujo tan exquisito y voluptuoso, que sólo se veía en las salas de los Regidores, Canónigos, Provinciales, y todos aquellos que por su riqueza y buen gusto tenían el privilegio exclusivo de usar muebles refinados y elegantes.
El Deán, anudando de nuevo el hilo de su interrumpido discurso, prosiguió:
-Decía yo, pues, que el negocio acerca del cual venía a oír su dictamen, era grave y, sobre todo urgente, porque toda dilación podría comprometer al Tribunal y dar en tierra con todos “nuestros” proyectos.
-¿Nuestros, señor Deán?, replicó el jesuita, lanzando una ojeada sobre la puerta del dormitorio, en que el socio había quedado recluso. Permítame usted recordarle, que jamás hemos formado juntos ningún proyecto, pues que en la única ocasión en que pudimos y debimos estar de acuerdo, tomó usted un camino y yo otro. No quiso usted comprenderme entonces, y en verdad que no fue mía la culpa.
-Precisamente mi visita en hora que parece intempestiva, no tiene más objeto que arreglar en santa paz y buena armonía ese asunto.
-¡Cómo! exclamó el Prepósito con cierta sonrisa irónica. ¿Otra vez Doña María?
-Sí, otra vez la hija del judío, repuso el Deán, mostrando en su expresión un aire que no podía definirse claramente si era de despecho, odio o menosprecio.
Bien; sea como a usted plazca, continuó el jesuita. No disputaremos ciertamente por los términos. ¿Qué hay acerca de la hija del judío?
-Acá entre nosotros, dijo el Deán, acercándose todo lo posible al oído de su interlocutor; el señor Obispo ha recibido una carta de Madrid, sobre este importante asunto.
-Sí; lo sabía ya.
-¡Cómo! ¿Sabía usted que su Señoría Ilustrísima, el Obispo, mi señor, ha recibido una carta de Madrid, relativa a la cuestión de la hija del judío? Preguntó el Deán, sorprendido, y cambiando la posición que antes había tomado.
-Sí señor; lo sabía yo.
-Eso es incomprensible.
-No extraño que a usted le parezca tal, no puede menos de ser así, y de veras que no me sorprende verle con ese aire de azoramiento.
-Ya; pero…
-Bien; pero, ¿qué?
-Nada: repito que no lo comprendo.
-Pues en eso estamos. Señor Deán: ya entiendo que usted no puede comprenderlo.
-Habla usted señor Prepósito, dijo picado el Deán, habla usted con tal obscuridad, que me parece no llevará usted a mal que le pida algunas explicaciones, antes de entrar en materia.
-¡Pero señor Deán! exclamó de nuevo el Prepósito, escapándosele de los labios una risa imperceptible. Aquí no hay nada obscuro. Me anuncia usted que el señor Obispo ha recibido una carta de Madrid, y yo le repongo que este hecho era conocido para mi, antes de que usted viniese a anunciármelo a una hora que la excesiva cortesía que caracteriza a mi señor Deán ha calificado de intempestiva. ¿Cabe en esto ambigüedad alguna que merezca explicación?
-Si señor: la merece, y muy clara ciertamente, eso de injerirse con misterio en los asuntos que pasan en reserva en la cámara del Prelado.
La fisonomía del jesuita en vez del aire sarcástico que había tomado, se contrajo ahora un tanto, y mostró cierta expresión de ofendida dignidad, diciendo a su interlocutor:
-Más calma, señor Deán, más clama y menos preocupación contra mí. Yo no sé usted de dónde ha podido usted inferir, que el Prepósito de la Compañía de Jesús se ha injerido misteriosamente en los negocios privados del señor Obispo, por el simple hecho de manifestar a usted que tenía yo conocimiento de que esa carta había sido recibida. Si lo que usted desea saber es el modo con que ese conocimiento ha venido hasta mí, direle, para moderar sus aprensiones y quitarle algún escrúpulo, que no me ha venido de la cámara del Obispo.
-Pero usted debe conocer, que esa explicación no es enteramente satisfactoria.
-Me pesa no poder dársela mejor. Secretos hay, señor Deán, que no pertenecen a uno sólo, y que revelarlos, sobre ser deshonroso, podría comprometer intereses sagrados.
-Ese no es el lenguaje de un inquisidor, dijo el Deán, incorporándose y haciendo ademán de dirigirse hacia la puerta.
-Pero es un lenguaje conforme a mis personales sentimientos y a la idea que yo tengo formada sobre ciertas cosas, repuso el jesuita sin mudar de postura ni cambiar su actitud.
Temeroso el Deán de malograr el éxito de esta visita, como le había sucedido en la que acababa de hacer a Don Alonso, retrocedió unos pasos, se detuvo en medio de la sala algunos instantes, y por último, sin recibir nueva invitación, volvió a ocupar su asiento al lado del Prepósito, que observaba con indiferencia todas aquellas evoluciones. El Deán volvió a anudar el diálogo.
-Enhorabuena, quedo enterado, señor Prepósito, de que sabía usted la llegada de la carta susodicha. ¿Puedo ahora preguntar si también está enterado de su contenido?
-Ciertamente que puede usted, tiene usted plena libertad de dirigirme las preguntas que guste; pero también demando para mí la de responder a ellas conforme a mi deber y a mi conciencia.
Casi estuvo el Deán por dar al traste con la conferencia, mandar a pasear al jesuita, y salir bruscamente del aposento sin despedirse; pero retúvole la reflexión de que la influencia y participación del Prepósito eran necesarísimas e imprescindibles para arreglar el grave negocio que le ocupaba. Así, pues, exclamó:
-No andemos con anfibologías, señor Prepósito. Francamente, ¿sabe usted el contenido de la carta?
-Sí, señor.
-¿Hasta qué punto?
-Puede usted conjeturarlo. Tengo una copia de ella en mi poder.
¡Malo! Pensó el Deán, consternado con lo que ocurría. Yo sólo habría querido comunicar a este hombre algunas particularidades de esa carta, pero es inconveniente que sepa el contenido de toda ella. ¿Cómo es posible que tal carta, escrita con el mayor sigilo en la Secretaría de la Suprema, dirigida con tantas precauciones, y recibida con la mayor reserva, haya llegado literalmente a noticia de este hombre ambicioso?
Y el Deán, dando curso libre a sus conjeturas y cavilaciones, quedó profundamente pensativo; mientras que el jesuita, tomando la actitud de una persona que se siente ya fastidiada de una visita, aunque sin valor para decirlo franca y categóricamente, esperaba con paciencia y resignación el fin de aquel arrobamiento, el cual no se apresuraba a terminar con ninguna palabra u observación, por temor a anudar un diálogo, cuyo objeto no parecía serle muy agradable. Al cabo de unos minutos, el Deán, como si volviese de un sueño, dirigiose de nuevo a su interlocutor.
-Pero discurro que Don Alonso ignorará del todo este suceso.
-¿De cuál habla usted, señor Deán?, preguntó el jesuita.
-¿Cómo de cuál? ¿Ha olvidado usted lo que estábamos hablando?
-Pues, porque estemos en que hay aquí dos sucesos por lo menos: el primero es, que el señor Obispo ha recibido una carta; y el otro, que yo poseo una copia de ella.
-Pues bien, como quiera usted entenderlo.
-En tal caso, diré a usted que ignoro el contenido de la pregunta.
-Es decir, que usted no sabe si ha llegado o no a noticia de Don Alonso el contenido de la carta.
-No comprendo.
-No quiere usted comprender, mi buen padre; esos es todo.
-Pero observe usted, señor Deán, que no es lo mismo, en verdad, que Don Alonso sepa que el Prelado ha recibido una carta, y yo poseo una copia de ella, que eso de estar él enterado de su contenido.
-Enhorabuena, yo lo que deseo saber, si Don Alonso se ha informado ya de esa carta.
-Muy fácil es averiguarlo. Mañana podremos preguntárselo a él mismo. No digo que sea hoy, porque ya está usted escuchando, señor Deán, la Catedral da la señal de “queda” y es la hora bastante impropia para hacer visitas.
Esta indirecta volvió a mortificar de nuevo al Deán, y su displicencia subió de punto. Figurose que aquel hombre tenía la idea de aburrirle hasta el punto de hacerle desistir de toda explicación en el negocio que le había llevado allí. Si se hubiera dado por entendido, preciso era tomar algún extremo desagradable. Disimuló, pues, y se resolvió a hacer el postrer esfuerzo.
-Supuesto, pues, señor Prepósito, que está usted enterado de cuanto ocurre, quisiera ahora que me diese su dictamen.
-¿Mi dictamen? ¿Cómo me lo demanda usted, señor Deán? ¿Confidencialmente, o en su calidad de Comisario del Santo Oficio?
-Bien, yo el Comisario del Santo Tribunal, pido a vuestra Reverencia su dictamen, dijo el Deán, poniéndose en pie, subiéndosele la sangre al rostro y casi transportado de cólera.
-Pues bien, replicó en voz sonora el jesuita, e imitando el ademán del Comisario: yo, el Consultor ordinario del Santo Oficio, cuyo título he recibido de una autoridad superior a la de usted, y contra la cual nada vale el poder de usted, debo decirle, señor Comisario, que guarde y observe las formalidades que prescriben los estatutos. Cuando este caso llegue, cumpliré sus órdenes, si alguna nueva objeción no me ocurre en contario.
-¡Cómo! ¡Usted quiere patrocinar los intereses de un reo juzgado ya, y condenado por el Santo Oficio, rehusando, además, obedecer las órdenes del Tribunal! ¿En qué se funda semejante audacia? ¿Cree usted que los resortes terribles que pueden ponerse en juego con esa rebeldía inaudita, se hallan tan relajados en este país lejano, del inmediato influjo de la Suprema que nada valgan para castigar a un hombre que nos desprecia hasta este punto?
-¡Cuidado con cegarse, señor Deán! Bien sabe usted todo lo que yo podría responder a esos reproches, dijo el Prepósito, mostrando una serenidad profunda.
-¡Amenazas a mí! Gritó el Deán, enteramente fuera de sí, con lo cual acabó de dar victoria a su adversario.
-Nada hay de eso, señor Comisario; serénese usted, reflexione un tanto, y verá cuan fuera de del camino se ha empeñado. Si usted tiene un poco de memoria, puede conocer que no es regular lo que hoy hace y dice. Aquí, hay sin duda, alguna equivocación, y en verdad que no será de mi parte.
-¿Será acaso de la mía?
-No me atrevo a decirlo; tal vez puede ser de algún tercero, pues yo respeto el carácter y jerarquía del señor Deán para aventurar ningún juicio que rebajase su estimación, en lo más mínimo.
El Deán no pudo sufrir más. Apretó con vehemencia la mano del jesuita, diciéndole, con mal reprimida ira:
-De orden del señor Obispo, estará usted en Palacio, mañana a las diez.
-Quedo enterado; respondió el jesuita, con aparente humildad.
-Saliose bruscamente el Deán. Esperábale su esclavo a la puerta del colegio. Cabalgó en su mula, y el jesuita volvió a sus ensayos tipográficos.
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