"UNA ISLA LLAMADA HOGAR", el nuevo libro de Ruth Behar

—¿Otra vez a Cuba? ¿Qué se te perdió en Cuba?

Era esto lo que mi abuela Ester, mi Baba, me decía siempre que nos veíamos en Miami Beach cada vez que me disponía a regresar de visita a la isla que yo había abandonado de niña.

Nuestra amiga Ruth Behar, escritora judía nacida en Cuba, antropóloga, realizadora del film “Adío, kerida” que vive en Estados Unidos, presenta en Argentina su nuevo libro “Una Isla Llamada Hogar” donde relata la historia de los judíos de Cuba tanto ashkenazíes como sefaradíes.

Será el próximo miércoles 20 de octubre de 2010 a las 19 en el CIDiCSef, Salguero 7558, Buenos Aires con entrada libre y gratuita.

«Una isla llamada hogar, de Ruth Behar, es el repaso más abarcador y ameno que conozco de la presencia de los judíos en Cuba… Los testimonios de muchos judíos dispersos por la geografía cubana dibujan un extraño paisaje que parece invención literaria. No lo es. Pero hay historias, como la de Jaime Gans Grin, el «último judío dePalma Soriano», que muestran los horrores del siglo y la desolación privada con esa terrible belleza que es patrimonio del espacio literario.»

—Jorge Ferrer, Cubaencuentro

Ruth Behar nació en La Habana y emigró con su familia a Nueva York cuando era niña. Es profesora de antropología en la Universidad de Michigan y se ha destacado por sus narrativas deslumbrantes sobre sus viajes a España, México y Cuba. Es la autora de Cuéntame algo aunque sea una mentira: Las historias de la comadre Esperanza y la directora del documental Adio Kerida, sobre la presencia sefardí en Cuba. Ha recibido reconocimientos por su obra, entre ellos el MacArther Foundation Fellows Award, el famoso premio de los «genios».
Humberto Mayol es un fotógrafo galardonado que actualmente vive en La Habana. Su obra se ha expuesto en Cuba, los Estados Unidos, Europa y Latinoamerica.

EXTRACTO (1):

En búsqueda del hogar

—¿Otra vez a Cuba? ¿Qué se te perdió en Cuba?

Era esto lo que mi abuela Ester, mi Baba, me decía siempre que nos veíamos en Miami Beach cada vez que me disponía a regresar de visita a la isla que yo había abandonado de niña. Lo decía en español.

La lengua materna de Baba era el yiddish, pero entre nosotras hablábamos en español. Ella había nacido en la ciudad polaca de Goworowo y en 1927 había emigrado a Cuba. Tenía entonces diecinueve años y su propósito era llegar a ser cantante de cabaret, pero en vez de ello se casó con mi abuelo Máximo, mi Zayde, y trabajó con él vendiendo telas para traer a Cuba al resto de su familia y ponerla así a salvo antes de que comenzara la oscura noche del Holocausto.

Durante toda la década de los noventa, el avión me llevaba hasta la puerta G 9 y poco después de la medianoche entraba sigilosamente en su apartamento con mi gran bolsa tipo gusano —la bolsa de lona a la que creo sólo los cubanos llaman «gusano», un uso curioso del lenguaje dado que esta era la palabra que utilizaba Fidel Castro para referirse a todos los que nos fuimos de Cuba después de la Revolución—. No era la única bolsa que llevaba conmigo. También cargaba con una maleta de ruedas y una mochila.

Escuchaba el ronquido de Baba y pensaba para mí: «¡Qué bien, no la he despertado!». Y de repente, me encontraba con Baba, como una aparición espectral, de pie a la entrada de su dormitorio. Sin sus dientes postizos, el cabello recogido con una malla, el rostro sin maquillar y su cuerpo menudo envuelto en un gran camisón, parecía la abuela de la abuela.

—¡Baba! ¡Babita! —exclamaba mientras la abrazaba y besaba.

—Al fin has llegado. Pensaba que no llegarías nunca.

Yo me disculpaba por haberla despertado pero ella me miraba con socarronería y me aseveraba que no estaba dormida. «¡Pero si estabas roncando!» le decía yo pero ella lo negaba. A continuación comenzaban los reproches.

—¡Pero es que tienes más bolsas que la última vez! Eres sólo una persona. ¿Cuánto puedes cargar? Cogerás una kile. Así se dice hernia en yiddish.

Mis bolsas estaban repletas de libros para mis amigos escritores, lienzos y pinturas para mis amigos artistas y cosas para Caro mi vieja nana y su familia: ropas, aspirinas, chancletas, zapatos, jabón. En el transcurso de mis viajes, supe que aún me quedaba un pariente en Cuba. Se llamaba José Maya y era primo segundo de mi padre. Vivía en la más absoluta pobreza y mendigaba por las calles. Pronto comencé a llevar cosas para él, aunque no por mucho tiempo. Murió de un modo horrendo, con sus heridas infectadas de gusanos.

Conocidos míos en Miami me daban aún más cosas para sus familiares. Más ropas, más aspirinas, más zapatillas, más zapatos, más jabón. Yo era Santa Claus. Yo era Robin Hood que quitaba a los ricos para repartir entre los pobres.

—¿Cuántas veces puedes regresar a Cuba? Yo creo que no deberías ir más. ¿Puedes decirme la verdadera razón por la que vas ahora? ¿Acaso piensa mi Baba querida que soy una espía? ¿Un agente del gobierno cubano, tal vez? ¿Qué cosas extrañas se imaginará que hago yo en Cuba?

—Baba, no lo puedo explicar. Es sólo la necesidad de ir a Cuba. Ella hace un gesto de incredulidad con la cabeza y la mirada de preocupación que veo en sus ojos húmedos me desarma.

—¿Pero mamale, shayne maydele, cómo es que puedes cargar todo eso tú sola?

Y luego, unos días después, llega el momento de despedirme de Baba.

Ya me había despedido de mi marido David y de mi hijo Gabriel en la tranquila ciudad universitaria de Ann Arbor, Michigan, donde trabajaba como profesora de antropología. David sabía que no le quedaba más remedio que aceptar mi deseo intenso de regresar a Cuba. Al principio Gabriel lloraba y se aferraba a mí, pero con el pasar de los años, se acostumbró a verme partir por una o dos semanas a Cuba y dejó de llorar. «Adiós mamita, hasta pronto» decía como de pasada y entonces era yo la que lloraba en el avión cuando ya él no me veía. También me despedía de mi madre que vivía en Nueva York.

Ella me llamaba a casa de Baba y siempre tenía el cuidado de decirme en inglés «Nosotros te queremos» incluyendo en ese «nosotros» a mi padre que se oponía a mis viajes y nunca se despedía de mí antes de yo partir hacia Cuba. Por respeto a mi padre, mi madre nunca iría a Cuba. No obstante antes de cada viaje iba de buen grado a comprar las cosas que la gente pedía. Me decía que lo hacía para ayudarme

«¡Estas tan ocupada, trabajas tanto!». Pero yo sabía que esa era su manera de acompañarme en mi viaje a Cuba.

Lo más duro era despedirme de Baba. Permanecía en la puerta de su apartamento, el número 401, intentando no llorar. ¿Por qué, Dios mío, yo la abandonaba? Ella me necesitaba, estaba sola, sin nadie que la acompañase, sufría de cataratas, migraña, insomnio y no estaría en este mundo para siempre. Baba veía cómo me esforzaba en acomodar todos los bultos en el pequeño ascensor y movía la cabeza con disgusto. Antes de que cerrara la puerta le decía adiós por última vez.

Vivía en uno de esos edificios ajardinados, típicos de Miami Beach, cuya puerta daba a un vestíbulo exterior. Cuando me volvía para verla, podía sentir, cuando respiraba profundo, el olor del océano. Desde allí al océano había que recorrer dieciséis manzanas, pero yo podía olerlo. Inconfundible. Ese olor de los viajes sin fin.

Durante todos esos años de la década de los noventa, y durante los primeros seis años del nuevo siglo, después que Baba murió, siempre pensé que dejaba mi hogar para dirigirme a mi otro hogar. Hacia aquel que yo, mi familia y miles de judíos habían abandonado en la isla.

Quería reclamar ese hogar perdido, el que en Cuba tuvimos y yo creía mi verdadero hogar.

EXTRACTO (2):

7. En el reino de las cosas perdidas

Alberto Behar Medrano, un ingeniero en computación, vive con su mujer Carucha en la casa que perteneció a sus abuelos que murieron hace más de veinte años. Situada en un barrio tranquilo no lejos de La Habana, la casa se abre a una sala en la que unos antiguos y grandes sillones reposan sobre un suelo de lozas de color rosado y marrón, tan pulidas y pulcras que cuando uno entra siente el deseo de quitarse los zapatos y andar con los pies descalzos. Alberto cuenta que de niño le gustaba mirar a ese suelo de lozas y entretenerse con los arabescos de su diseño.

Aquí uno siente que el espíritu de los ancestros no ha sido ahuyentado. Así lo prefiere Alberto.

Carucha piensa distinto. A ella no le gusta tener fotos viejas colgando de todas partes. A ella no le gusta tener que mirar cada día las fotos de gente que ha desaparecido, bien porque murieron o porque se marcharon. Cualquiera que haya sido la razón, su final es el mismo:

han desaparecido. Pero a pesar de sus objeciones, las fotografías cuelgan de las paredes: hay una del padre de Alberto que murió en 1987, y otra de Regina, la tía de Alberto, que se marchó de Cuba en 1962 y nunca regresó.

Alberto confiesa que hay un deje de melancolía en esas fotos. Dice de sí mismo:

—Ya sé que soy un masoquista.

Siempre está recordando a los que ya no están aquí. Él es como su

abuelo del que nos cuenta:

—Pobre hombre, siempre guardaba los retazos de papel que cualquiera le daba.

Alberto levanta la vista hacia el marco de la puerta a la de entrada de la casa.

—¿Ves la mezuzah? Siempre estuvo allí. Mi abuelo la mantenía dentro de la casa, no afuera. Yo nunca la he cambiado de lugar. Está exactamente donde ha estado siempre. Nosotros no hemos cambiado nada en la casa. Para bien o para mal hemos dejado las cosas tal y como estaban.

Seguimos a Alberto hasta el dormitorio. Del chiforobe saca una bolsita de terciopelo con una estrella de David bordada. Luego vacía varias gavetas y cajas repletas de fotos y documentos viejos.

—Esta kippah perteneció a mi abuelo.

En el interior del forro satinado del casquete aparece escrito Recuerdo de la boda de Isolina y Jaime. La fecha está estampada con claridad:

1959.

Alberto sostiene un viejo tallit, un chal para el rezo que está algo amarillento. También perteneció a su abuelo, un judío sefardí de origen turco.

Alberto observa:

—Mi abuelo era religioso. Por eso es que me gusta el trabajo que hago en el Patronato, preparando a los niños con vistas a sus bar y bat mitzvah. Siento que les estoy pasando la cultura a ellos. Estoy conservando las tradiciones judías.

He visto a Alberto en el Patronato enseñando a los niños, he visto su entusiasmo y su devoción desinteresada. Es el judío más espiritual de Cuba, firme en su búsqueda espiritual. Dice:

—No soy un judío ortodoxo. No fui educado en esa tradición y nuestras condiciones aquí hacen que sea imposible vivir de ese modo.

Pero recuerdo cómo mi abuelo me maldecía cuando yo encendía las luces el día del Shabbat. Yo lo hacía a propósito para molestarlo. Él era religioso. Mi padre no lo era.

El padre de Alberto apoyó la Revolución. Hablaba bien el ruso. Pero cuando se estaba muriendo, pidió que lo enterraran en el cementerio sefardí de Guanabacoa, al otro lado de la línea férrea. Alberto cuestionó el deseo de su padre, recordándole que él nunca había creído en la religión. Su padre insistió en ser enterrado donde sus padres habían sido enterrados. En el funeral, cuando se le pidió que recitara el kaddish, Alberto contestó que no tenía ni idea de qué cosa era el kaddish. Era la primera vez que oía hablar de esta antigua oración judía de duelo, que los niños están obligados a recitar cuando pierden a su madre o a su padre.

—¿Murió tu madre poco después de tu padre?

Me mira como si yo hubiese lanzado una maldición.

—Mi madre está viva. Se fue a Miami en 1993.

Explica que su madre padecía del corazón y en Cuba era difícil encontrar la medicación que ella precisaba. Al llegar a Miami, la familia la convenció de que se quedara de modo que no tuviera que esforzarse tanto.

Después de que su madre se fue, Alberto se sintió solo, abandonado.

Sus dos abuelos habían muerto, su padre había muerto, su madre se había ido a Miami y luego, en 1994, su hermano se marchó a Israel. La madre de Alberto no es judía, pero la tristeza que le produjo que ella se fuera hizo que él se acercara a la comunidad judía. Carucha, aunque tampoco es judía, le proporcionó toda su ayuda moral cuando él se circuncidó, abrazó el judaísmo, aprendió a cantar la Torá y se convirtió no sólo en la persona más espiritual de la comunidad judía sino también en una de las más conocidas.

Rebuscamos entre el montón de papeles dispersos por la cama.

Alberto dice:

—Mira, aquí tengo los resultados del examen médico de mi tía Regina.

Los necesitaba para poder marcharse de Cuba.

No ha sido capaz de tirarlos. Eran un vínculo, no importa cuán frágil, que le unía a la tía con la que hablaba regularmente por teléfono pero a la que nunca había visto cara a cara.

Carucha nos llama ahora desde la cocina. Nos dice que la comida está lista. No quiere que la comida se enfríe.

La comida es deliciosa: pollo con frijoles negros y arroz, ensalada de tomate y col, una taza de café y dulce de coco molido almibarado del que nunca tengo bastante. Pero siento cierto embarazo al ser agasajada con esta cena deliciosa, pues no he venido aquí sólo en calidad de amiga. He venido en búsqueda de una historia que contar.

Después de cenar Alberto nos conduce a una pequeña habitación fuera de la sala de estar. La fotografía de su padre, coloreada a mano, cuelga de la pared y le da la bienvenida a todo el que entra. La ventana da a un corredor y hay dos repisas bajas con discos de vinilo alineados.

—Este era el rinconcito de mi padre. Él se sentaba aquí en un gran butacón y yo en una butaca de mimbre a su lado. En las tardes, después del trabajo, venía aquí. A mi padre le gustaban sobre todo los tangos de Carlos Gardel.

Alberto saca un disco de la repisa y lo pone en el viejo gramófono Victrola de su padre. Carlos Gardel canta un tango en francés.

Alberto, de pie bajo la foto de su padre, se pone melancólico y yo ya no tengo ánimo de preguntarle nada. Dejo que la música ocupe el espacio del silencio y espero. Pero Carucha, que está sentada en uno

de los sillones de la sala, debe conocer muy bien estos silencios y sabe cómo sacarlo de la nostalgia que sostiene y al mismo tiempo lacera su alma. Le llama con suavidad:

—Ven Alberto, ven a sentarte aquí, deja la música para otro día.

En la sala nos sentamos en los sillones y mientras la noche nos envuelve, el suelo de losas con sus arabescos serpenteantes parece alzarse como olas sobre nuestros pies. Tal vez porque en las dos horas anteriores nos hemos sumergido del todo en el reino de las cosas perdidas, comenzamos a hablar de los jóvenes de la comunidad judía que se han marchado a Israel en el último mes. Alberto observa que han encontrado trabajo, que ganan dinero y que eso estimula a otros a marcharse.

—Jacobo Barlía se marcha y se lleva consigo a su madre.

Me quedo boquiabierta. Esta noticia es increíble. En los años que hace desde que le conozco, Jacobo ha sido un miembro activo del Centro Sefardí, que asistía a los servicios del Shabbat junto a su madre y ejercía de tesorero de la sinagoga. ¿Cómo puede marcharse? ¿Precisamente él? Él es uno de los pilares de la comunidad. Pero así son las cosas en Cuba. De un día a otro, el pilar se desmorona, desaparece. Y, sin embargo, milagrosamente siempre quedan judíos en Cuba para impedir que todo el edificio se venga abajo.

Me vuelvo hacia Alberto, contemplo ahora pensativa el suelo de losas como imagino que él hacía de niño. No puedo imaginar que algún día él también se marche de Cuba. Él es responsable de la memoria de demasiadas cosas. A diferencia de muchos judíos que conozco en Cuba, él no es un depositario accidental de la memoria. Él ha elegido cargar con el peso de la memoria, o más bien no sólo cargarla sino alzarla alto a la manera en que se alza la Torá durante el rezo del Shabbat para que reciba los besos de las oraciones. Y sin embargo, a un extranjero, incapaz de entender esos vínculos profundos con la isla, el compromiso de Alberto de permanecer en Cuba puede parecerle absurdo.

Algo más tarde esa noche, Alberto recordó una situación embarazosa que se produjo en el transcurso de una comida patrocinada por una misión de judíos norteamericanos. Su compañero de mesa, uno de los integrantes de la misión, engulló un gran plato de langosta. A Alberto le pareció que lo hacía de manera jactanciosa respecto a su gran poder financiero y su correspondiente libertad respecto a las restricciones que impone el régimen alimenticio judío, que estipula que los mariscos no son comida kosher. Mientras el hombre daba cuenta del exquisito plato prohibido, Alberto, que comía un simple plato a base de pollo, pensó que el mensaje subliminal era Yo como judío de los Estados Unidos puedo comer langosta, pero a ustedes en Cuba les vamos a dar un montón de matzah para que coman.

El hombre quería conocer, al igual que la mayoría de los visitantes, cuánto ganaba Alberto trabajando para la compañía cubana de telefonía. Cuando Alberto le dijo cuál era su salario mensual, al hombre le dio prácticamente un ataque de risa. Lo curioso es que Alberto mencionó un salario superior al que él en verdad percibía, pero que aún así es el equivalente de unos 20 dólares. Él sabe que es una miseria para los patrones norteamericanos. El hombre sintió lastima e intentó darle a Alberto un fajo de dólares. Alberto se negó a aceptar el dinero.

Mientras cuenta la historia Alberto tiembla de furia.

—Le interesaba saber cómo este tonto podía sobrevivir con esa cantidad de dinero. Vino a Cuba para ver hasta qué punto los cubanos éramos unos indios. Yo era un indiecito. Una especie en extinción.

Yo clavo la vista en las losas del suelo, sin saber qué decir. Alberto parece estar a punto de que se le salten las lágrimas. La humillación de ese encuentro pende en la habitación como una nube oscura.

Finalmente Alberto prosigue:

—Y le dije al hombre: «Puede que tú seas americano y yo cubano.

¿Pero sabes una cosa? Eres tú quien tienes que sentirte como un enano a mi lado».

En ese momento no lo recordé, pero más tarde encontré un pasaje en el Libro de los abrazos de Eduardo Galeano que me habría gustado compartir con Alberto aquella noche. Es una viñeta basada en una observación hecha por la antropóloga Ruth Benedict. Ella supo que en Vancouver los indios competían por ser acreedores de una mayor grandeza viendo cuál de sus líderes era el mejor destruyendo sus posesiones. Quemaban sus canoas y desde el acantilado arrojaban al mar sus vacijas y manteles. Escribe Galeano: El vencedor era quien se desprendía de todo.

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One comment

  1. «una isla llamada hogar», curiosamente menciona el nombre de Regina Barlìa que es mi abuela judìa paterna y que se dice vino de Cuba. Yo no la conocì porque fui criada en adopciòn por razones que ignoro. Tal vez sea una mera coincidencia y se trate de otra persona, pero no deja de llamarme la atenciòn. Por lo demàs, el relato resulta bastante interesante.

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