Por Augusto Munaro
El escritor Marcelo Birmajer se toma su tiempo al hablar. Con un tono siempre reflexivo, antes de responder escoge cada palabra con delicadeza, sabiendo que conversar es también una oportunidad legítima de concebir ideas. Acaba de aparecer El club de las necrológicas (Sudamericana) y es, tal vez, su mejor libro. Está contento, y se nota por la lucidez con que expone sus argumentos.
La novela, que se expande a través de veinte capítulos meticulosamente calibrados, revela un narrador seguro de sus propios límites. Un grupo de cuarentones se congrega los domingos en un bar a tomar café y charlar sobre trivialidades, hasta que un aviso fúnebre es el disparador de un argumento tan rico como inesperado. Se trata de una historia de pasiones cruzadas, amores frustrados entre Genaro Dabar y Fernanda Terzek, personajes hambrientos de vida que se ajustan a una ficción con intrigante lógica. Así, Birmajer repasa las vinculaciones entre la experiencia, la escritura y el trasfondo social, a través de una prosa obsesiva, envolvente y pulcra en todos sus detalles. La marca de una literatura personal.
—Escribe variado: cuentos, novelas, ensayos, guiones de cine, de teatro, artículos periodísticos. ¿“El club de las necrológicas” surgió por encargo?
—No, de ningún modo. El club de las necrológicas surgió de un modo completamente espontáneo. Precisamente, al costado de mis múltiples trabajos por encargo. Digamos que primero fue un atajo, un intento, y luego se convirtió en ruta y destino. Me llevó muy poco tiempo escribirlo, pero más de cuatro años corregirlo. Y aún lo seguiría corrigiendo.
—¿Cuál fue el disparador del relato?
—La anécdota que me contó un amigo, relacionada con un grupo de muchachos de mi edad que se reunían y, no como única distracción, leían las necrológicas de los diarios.
—Lo primero que vino a mi mente con el título fue “El club de los suicidas”, de Stevenson. Por cierto, ¿qué debe revelar un título?
—Creo que un título debe contar de qué trata la historia, pero no anticiparla demasiado. También debe ser atractivo, y si es posible incluir suspenso, el halo de un misterio que el lector quiera revelar. Se puede acudir a la paradoja, como hace Bashevis Singer en Enemigos, una historia de amor. Los títulos no deben ser muy cortos ni muy largos. Los títulos que menos me gustan son los que son largas frases coloquiales. Me deprimen profundamente. Y sí, Stevenson es una referencia fundamental y continua en mi literatura. El club de los suicidas es mi favorito de entre sus libros.
—Felizmente, y como casi todos sus libros, esta novela rehúye a las clasificaciones. ¿Novela erótica, costumbrista? ¿Cómo sitúa este libro en relación a “Nuevas historias de hombres casados”, “El alma del diablo” y “Tres mosqueteros”?
—No tiene nada que ver con ninguno de esos libros. Antes era demasiado joven, y ahora envejecí. Me hubiera gustado ser un adulto maduro alguna vez. Pero no lo conseguí. También el hecho de que los protagonistas de esta historia sean judíos sefardíes distancia mucho El club de las necrológicas de los demás libros que usted menciona. Es algo novedoso en mi literatura, aunque sea bastante tradicional si lo comparamos con las novelas clásicas de amor que me gustan: Madame Bovary, Anna Karenina, Dormir al sol, El amor en los tiempos del cólera…
—Hace un tiempo dijo: “Escribo historias para inquietar”. ¿Podría glosar esa idea?
—No puedo glosarla porque ya no pienso igual. Como le dije, envejecí. Ahora escribo para emocionar, para hacer reír, para hacer llorar, para entretener, para divertir. Para ser un señalador en la memoria ajena.
—¿Cómo influyó el hecho de ser periodista en su literatura? Le hago la pregunta, porque hace referencia a un gran número de lugares en la novela: Once, Recoleta, como así también a hechos históricos: el regreso de Perón al país, el golpe del 76, la crisis de 2001. En resumen: los rasgos fácticos.
—El periodismo para mí es una fuente inagotable de inspiración, de estructuras, de recursos narrativos. La redacción de un diario es un escenario ficticio muy fértil. Las redacciones de los medios gráficos en general. Y siempre mantengo en mis cuentos y novelas la tensión entre la historia de amor entre los personajes y la Historia con mayúscula que atraviesa el país. Sin embargo, en este libro en particular destaco cómo ciertos eventos del país, que marcan la historia nacional, pueden pasar dejando sin marcar a tantos compatriotas. La historia de un país no es la historia de cada uno de sus habitantes, ni viceversa. Las historias de amor, en la realidad, muchas veces tienen una lógica propia, y cerrada, que no permite el ingreso de la Historia. Pero aun así, resulta atractivo demostrar, en una ficción, que mientras transcurre, por ejemplo, la guerra de Malvinas, lo único que le interesa a Mengano es recuperar a Fulana, no las Malvinas.
—Hablemos de la imaginación. ¿De qué forma cree que el contacto con la realidad estimula nuevas fantasías? ¿Cómo trabaja con ellas cuando escribe?
—El cincuenta por ciento de mis lecturas, quizás más, es no ficción, política internacional, política de Medio Oriente en particular, personajes u organizaciones políticas o sociales, e historia contemporánea argentina. Por dar un par de ejemplos: ahora acabo de terminar de leer una novela gráfica que cuenta detalladamente el asesinato de Pier Paolo Pasolini y simultáneamente una historia de la mafia desde sus orígenes en Sicilia, titulada La virtuosa compañía, de Norman Lewis. No tenga dudas de que de aquí a cinco años esas lecturas influirán en mis relatos de un modo u otro. La realidad puede ser agobiante, encantadora, sorpresiva, apabullante, gris, insoportable. Pero es inevitable.
—A pocos les agrada definirse. Cierta vez, la crítica intentó etiquetarlo como un “Bioy Casares jasídico”. ¿Cuál es su relación con la crítica? ¿Le preocupa o le resulta indiferente? ¿Lee los comentarios de sus libros?
—A lo largo de mi vida, los escritores me han hecho creer todo tipo de cosas: que un hombre puede viajar atrás en el tiempo, hacerse invisible o convertirse en insecto. Pero nunca han logrado convencerme de que no les importa lo que la crítica diga de ellos. Por supuesto, cuando sale una novela de mi autoría estoy muy atento a que, en primer lugar, la comenten, la difundan, la recomienden. Y luego a que hablen detenidamente bien de esa novela. Si la novela pasa desapercibida, sufro. Si tiene eco, me siento eufórico. Si los críticos la valoran, me alegro. Y si la menosprecian, me entristezco profundamente. Como he publicado mis libros en más de nueve idiomas, al menos tengo el consuelo de que quienes hablan mal de mí en la Argentina no lo hacen por un resentimiento personal, puesto que han hablado mal de mis novelas en otras partes del mundo sin siquiera conocerme personalmente.
—Otro elemento esencial, no sólo en este libro sino en su literatura en general, es el humor, un trabajo muy elocuente con la ironía, que a menudo me hace pensar en una cruza sutil entre Groucho Marx y Saul Bellow.
—Lamento confesar que nunca me ha gustado Bellow. Groucho Marx me parece un genio, pero mucho más en su prosa que en sus películas. Sus cartas, sus relatos personales, sus réplicas en la vida real, son de esos tesoros filosóficos que describen la vida con alevosía y humor, como Seinfeld, Larry David, Philip Roth o Bashevis Singer. Cuando leo a Groucho, o veo las series de Seinfeld o Larry David, pienso con alivio: “Qué suerte que alguien lo dijo”.
—Hablemos de su estilo, si es posible. ¿En qué medida le preocupan las frases bien logradas? Todo hace suponer que no es una escritura automática, o en fuga.
—Las frases bien logradas, los epigramas, incluso, me parecen una obligación del escritor para con sus lectores. En un libro, debe haber por lo menos una frase que el lector pueda subrayar. Es uno de los exámenes que el escritor debe rendir ante el lector. Pero no hay que abusar. Las frases no pueden sobreponerse a la historia. Yo creo haber cumplido con mis lectores. Sé que he conseguido algunas frases porque incluso los críticos que no me quieren se han referido a ellos como citas. Es decir, no pueden creer que se me haya ocurrido a mí una buena frase. Pero al menos consideran que es una buena frase.
—Ultima pregunta: ¿cree en la literatura inteligente?
—Es la literatura de Borges. Por sobre todas las cosas, yo lo defino como el más inteligente de todos nosotros. En mi caso, yo formo parte del mundo del entretenimiento.
Fuente: ElLitoral.com
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