Tiempo de Vivencias: DEL PATIO AL UNIVERSO por Carlos Szwarcer

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DEL PATIO AL UNIVERSO

El sopor de algunas tardes me hacía devanar los sesos pensando en qué podía gastar mi tiempo ocioso. Solía encontrar ocupaciones bastante útiles al vecindario. Por ejemplo, cortaba un pedazo de elástico, al que blandía como instrumento letal, que me convertía en un justiciero cazador de molestas moscas. Silente, me acercaba a ellas destrozándolas con morboso placer infantil contra las paredes, las macetas, el mármol de la mesada y el piletón de doña Dora.

Cruzaba ese patio y luego el zaguán que me llevaba directo a la calle Padilla, donde comenzaba el ritual de los juegos con mis amigos de aventuras: Jaime, José, Enrique, Simón, el flaco Toriani, Beto, “el Rulo”, Dumi, Salo, “Pichón” y tantos otros. Parecíamos un grupo de energúmenos poseídos detrás de una rotosa pelota, jugando a nuestro deporte favorito: el fútbol. Las figuritas, las bolitas, el balero, las escondidas, los primeros equilibrios con la bicicleta y numerosos entretenimientos formaron parte de una época en la que la diversión era más simple y las voces del barrio también eran distintas, universales. Tiempos en que casi todos nuestros padres eran argentinos, pero la mayoría de nuestros abuelos habían llegado de todos los lugares. Por eso, cuando nos llamaban los vecinos, escuchábamos: “nene”, “pibe”, “íngale, ragazzo, “chaval”, manzebiko”…[1].

Algunos días, a la hora del crepúsculo, me sorprendían preguntas profundas; entonces dejaba mi rol de niño juguetón, travieso, asesino de incautos insectos. Eran los años de la Guerra Fría, en los que se hablaba de “espías”, de “Vietnam”, de un “muro” levantado en Berlín y de “la carrera del espacio”. Dibujaba naves espaciales de todo tipo en mi cuaderno borrador de hojas cuadriculadas, y en aquellos atardeceres rutilantes miraba absorto el cielo y el centelleo de las estrellas; filosofaba con don León, mi vecino esmirlí[2] en el gran patio común del inquilinato[3]. Discurríamos sobre la belleza de la esfera celeste, especulábamos con la posible existencia de marcianos que, tal vez, habitaran en un universo tan vasto.

Un chico inquieto jugando a veces, inconscientemente, con la vida de pequeños seres de la naturaleza, abierto al asombro o escrutando las alturas; era el preludio de mi desvelo por lo desconocido, la inclinación hacia la indagación, las preguntas sobre la vida y la muerte, el interés por comprender el complejo y contradictorio presente, tan perpetuo como efímero, mi obsesión por el pasado, y la incertidumbre sobre un futuro que, por aquellos días, me parecía tan enorme y lejano.

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[1] Niño. Íngale (en idish), ragazzo (en italiano), manzebiko (en djudezmo-judeo-español).

[2] Natural de Esmirna (Izmir, Turquía).

[3] Tipo de vivienda en la que generalmente vivieron muchos inmigrantes. Predio amplio y antiguo, cuyas habitaciones se alquilaban a varias familias. Conventillo. Casa de vecindad.

Publicado en “Los Muestros” Nº 65. Diciembre de 2006. Bruselas (Bélgica)
Ilustración de Roz Kohen

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*Sobre el autor

Carlos Szwarcer es historiador, periodista y escritor argentino. Autor de los libros “Teatro Maipo. 100 años de historias entre bambalinas”, “Buenos Aires Sefaradi” (compilador), “El Tortoni y el Izmir, un nexo para la historia” (cuaderno del Tortoni N° 9) y numerosos artículos, ensayos y narrativa publicados en prestigiosos medios nacionales y del exterior. Parte de este material fue traducido al djudezmo, inglés y francés. Participó como coordinador en diversos emprendimientos organizados por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires: “Patrimonio de los Barrios, «Los Barrios Porteños… Abren sus Puertas»,  Jornadas dedicadas a las colectividades porteñas, entre otras actividades.

Más información en:
Cronos Cultural / Estampas de Buenos Aires
cstempo2001@yahoo.com.ar

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