Theatrum Mundi

LA NORIA
Theatrum Mundi

sevillaVILLA ES la ciudad de la doblez, la patria del sobrentendido y la residencia mayor de la conveniencia. ¿Se han preguntado ustedes la razón? Probablemente no sea un patrimonio exclusivo de estos pagos meridionales, porque el relativismo por interés es una invariante de la condición humana, pero lo cierto es que en la historia de la Muy Leal y Muy Noble abundan los episodios que contradicen las virtudes pregonadas en el título oficial de la ciudad. Vivimos en una urbe rica en historias de deslealtad e infamias. Y, como auguraba la biblia, presumimos exactamente de lo que carecemos. No es que los sevillanos seamos peores que otros indígenas. Simplemente nos dedicamos desde hace más tiempo al arte de la delación y la insinuación. Sospecho que tiene mucho que ver con la manera en que se han ido tejiendo las relaciones sociales. Algo de lo que no hablan los costumbristas de guardia, más atentos a los rasgos onanistas con los que elaboran sus listas de sevillanía, ese atributo tan ridículo.

Hace unos días el presidente de la Diputación, Fernando Rodríguez Villalobos, el virrey socialista, presentó una guía turística sobre la Sevilla judía para contribuir a «rescatar la memoria de la comunidad sefardí». La iniciativa pretende incorporar a la red de juderías españolas localidades como Carmona, Alcalá de Guadaíra, Écija, Marchena, Lebrija, Cazalla y Constantina. En todas ellas hubo una aljama: la comunidad que agrupaba a los sefardíes. No es la primera vez que se reivindica la huella cultural de los hijos del Rey David en Sevilla. Hace dos años hizo lo mismo Gregorio Serrano, el concejal múltiple de Zoido, entre cuyas competencias está la promoción turística. Puso a la idea el (sobre)nombre de La Sevilla de los Levíes. Aspiraba a convertirnos en un centro de peregrinación para los millonarios hebreos al socaire del recuerdo de la judería, pero obviándoles la irremediable realidad: su mítico territorio -el barrio de Santa Cruz y aledaños- no es sino la recreación decimonónica de una urbe que no existió salvo en las estampas oficiales. La corrección política marcaba ambas iniciativas al presentarlas como ejemplos de la convivencia entre las tres religiones del Libro, disfrazando a la historia, que como dice La Celestina no es sino disputa, con un vestido neutral. A los bienintencionados les gusta este tipo de cuentos, falsos en términos históricos.

La herencia de la Sevilla judía no es un territorio, sino un sutil estado mental. La Sefarad sevillana no perdura en ningún monumento. Ni está tampoco en el dédalo secular de calles como Levíes, donde el callejero sugiere una edad perdida que no podemos reconstruir. La judería fue arrasada en el siglo XIV cuando el pueblo -casi habría que decir la turba sevillana- asaltó con ira la aljama. Por eso no sabemos leer sus huellas y en vez de evocar la ciudad judía perpetuamos la nostalgia por una infamia cometida por nuestros ancestros. Ponemos un silenciador a la pistola humeante de la historia. La Sevilla de los judíos desapareció, pero no se extinguió. Quedó sumergida. Se diluyó en las costumbres patrias, cambiándose el apellido igual que hacían los antiguos rabinos. Es inútil buscar su recuerdo en la topografía. Más lógico parece vindicar la Sevilla conversa, una ciudad apasionante donde la comunidad sefardí -el 10 por ciento de la población; una minoría más que cualificada- se camufló marcando para siempre todos los valores sociales. Ocurrió también en otros sitios, pero nunca con unas raíces tan profundas como en Sevilla, capital de facto del imperio en 1492, cuando la destrucción definitiva de Sefarad coincidía con el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Perseguidos por la ley y la Inquisición, otro dudosísimo honor sevillano, los hebreos hispalenses, envidiados por su dinero y su influencia, protegidos por los nobles, refugiados en los señoríos, convirtieron la hipocresía en una forma suprema de supervivencia. A muchos les salvó la vida. Las élites que han gobernado esta ciudad, con las variantes inherentes a cada época, son hijas de este patrimonio ambiental. Todavía simulan ser lo que no son, fingen tener lo que no poseen y pregonan aquello en lo que no creen si el fin es adquirir relevancia social. La cima consiste en medrar bajo un estricto código rigorista: adquirir un título de nobleza o fundar una estirpe con falsos apellidos de cristiano viejo a modo de escudo frente a la Iglesia, que quemaba a los infieles por fingir una conversión irreal, más que por su hebraísmo. Judíos hay en todos sitios. Conversos sólo existieron en España. Es imposible entender a Sevilla sin ellos. Sin los conversos de antes y los de ahora. Sobre en vísperas de la Cuaresma, cuando el telón del Theatrum Mundi de la ciudad oficial asciende. Epicteto lo expresó en unos hermosos versos estoicos traducidos por Quevedo: «No olvides que es comedia nuestra vida/y teatro de farsa el mundo todo/que muda el aparato por instantes/y que todos en él somos farsantes».

 

Por CARLOS MÁRMOL

Fuente: El Intransigente

Actualizado: 08/03/2014

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