NOMBRES Y ESPEJOS EN EL LIBRO DE LOS ENTRETENIMIENTOS DE BEN ZABARRA DE ZARAGOZA por Becky Rubinstein

El Libro de los entretenimientos pertenece al género de las maqamas, circunscriptas dentro de la Literatura de la India, de la sabiduría griega, que rescata al cuento y lo presenta a manera de un mosaico intertextual de prosa rimada y de poesía con el fin de entretener, de hacer alarde de erudición y de dominio de la lengua, de divertirnos con falsos mendigos y místicos habitantes de anécdota picantes y graciosos.

En este libro de Iben Zabarra, judío zaragozano del siglo XII, los nombres y los espejos son clave, símbolos que se repiten obsesivamente y que nos invitan a mirarlos, a descifrarlos.

Al fin nombres y espejos, a nuestro parecer, se hermanan en el arte de reflejar esencias. Esther Cohen en la Palabra Inconclusa cita al Zohar, que nos advierte: “Las Escrituras nos quieren enseñar que el nombre influye en la vida del hombre» (Zohar, 1906: I-6ª), y la misma agrega: “El nombre propio era de alguna manera el molde que contiene el alma, pero, sobre todo, se vincula estrechamente con el futuro del hombre, en que queda inscrito su destino».

En Zabarra, personas y ciudades poseen un destino otorgado por el espejo de su nombre. Oscuro o luminoso, el hombre determina la esencia y por ende, su función dentro del texto, reflejo de vida, trama de sorpresas y vericuetos, de entretenimientos y diversiones, picardía y sabiduría moralizante. Para ello Zabarra se auxilia de recursos otorgados por la exégesis, mística del saber cabal, reveladores, asimismo, de esencias, rutas a la verdad ontológica. Para saber, hay que ver, observar, develar a través del sentido mágico de la vista que, mientras enseña, oculta en un juego maravilloso de espejos.

Esther Cohen, por cierto, nos dice. ”Porque no habría que olvidar que, a pesar de su afán interpretativo, el sentido último del misterio no está sino en la revelación”. Y posteriormente agrega: «La búsqueda del sentido parte de la conciencia de la propia dificultad y se propone el asedio al texto siempre a través del rodeo, de la imaginación». De ahí que, imaginamos, el Libro de los Entretenimientos no deba, en ocasiones, leerse a manera literal, directa, anecdótica. Debe, a nuestro parecer, aclarar reflejos y visiones bajo el disfraz de la palabra, domando al maligno, llamado ‘el astuto en palabras engañosas’ Y si del maligno hablamos en El Libro de los Entretenimientos lo encontramos bajo el disfraz de letras y sonidos, que lo encubren frente al lector y frente a José, alter ego del autor –su compañero de viaje.

En ellos Ibn Zabarra utiliza una simple estrategia, la de la Permutación o Temurá, intercambio de letras de acuerdo a reglas definidas, que dan como resultado palabras compuestas, en otros, la permutación es dada de manera más compleja, pero en ambos casos, este posible trueque semántico proviene en parte del carácter consonántico de la lengua misma, la hebrea.

La ausencia de vocales, en efecto, es lo que permite un mayor juego de significación. Esta ausencia, fuente de ambigüedad, apunta paradójicamente a la profundidad del texto y a sus múltiples sentidos. En el texto leemos: “Después de comer y beber con él, le pregunté por su lugar de origen y por su nombre (…). Respondió diciéndome: “He aquí que soy de un país lejano, situado entre los intestinos de Séfer y Mitkah. Mis conocimientos son similares a los tuyos; mi pueblo es como tu pueblo, y mi religión es como la tuya. Enin ha Natash ben Anim ha-Dash es mi nombre”. Nombre por decodificar en busca de un cúmulo de sentidos.

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