El historiador de la Medicina José Manuel López Gómez descubre la existencia de una mujer facultativa en el Burgos del siglo XV
Por Angélica González / Burgos
No se sabe qué edad tenía, si estaba soltera o casada, los años que llevaba ejerciendo ni si era de Aranda o había llegado de fuera. Su propia existencia era un misterio hasta hace apenas unos meses cuando el historiador de la Medicina José Manuel López Gómez dio con ella y la sacó a la luz en el boletín de la Institución Fernán González. Mujer y Medicina en el Burgos bajomedieval: Mencía González, ‘física’ de Aranda de Duero (1.495) es el título del trabajo en el que se refiere la singular historia de esta mujer desconocida.
Dice el autor que su nombre cristianizado corresponde con toda seguridad a una mujer judía que se convirtió en los difíciles años posteriores a 1.492 para evitar el destierro y conservar sus bienes. López Gómez la descubre al encontrar una Real Ejecutoria expedida el 24 de julio de 1495 por los Alcaldes del Crimen de la Real Chancillería de Valladolid a petición de la propia Mencía ya que las autoridades arandinas trataron de prohibirla «el libre ejercicio de sus tareas sanadoras» y la juzgaron por ello. Según se desprende de los hechos estudiados, esta mujer practicaba la Medicina en Aranda de Duero, hacía sangrías a los enfermos y para ello poseía una carta de examen oficial con ciertas limitaciones. Algo completamente inusual en la época.
Fue el juez Francisco de Tapia quien, probablemente a partir de una delación, procedió de oficio contra Mencía González y ordenó su detención «porque ella curava de física e medicina e sangrava a algunas personas que estavan dolientes», según se puede leer en el texto recuperado. Una vez presa, ella presentó una licencia que le autorizaba a dedicarse a esta actividad pero no fue tenida en cuenta porque se consideró que con su labor sobrepasaba ese permiso. Fue condenada al destierro.
Dice López Gómez que los jueces se comportaron con Mencía González con gran severidad: «Se le prohíbe la práctica de la Medicina, se le destierra, le cargan las costas y le advierten de que si no cumple estos términos, será condenada a morir en la horca. Pero ella debía de ser una mujer de temple porque lejos de amilanarse y sintiéndose agraviada, presentó apelación contra esta sentencia pidiendo su nulidad».
González argumentó que nunca nadie se había quejado de sus curaciones y que, por supuesto, no se había extralimitado con sus actividades de lo que le permitía la licencia. Los magistrados vallisoletanos fueron mucho más benévolos que el arandino. Acordaron revocar la resolución del juez Francisco de Tapia, decidieron que no volviera a ejercer hasta que se examinara de nuevo, le dejaron volver a Aranda y le libraron de las costas.
«No sabemos si aceptó revalidar sus conocimientos; si, en caso de hacerlo, superó la prueba; si siguió trabajando en Aranda o en otro lugar pero sí podemos afirmar con certeza que una mujer desarrolló con buen crédito actividades curadoras en la Aranda de finales del XV», concluye López Gómez.
Fuente: Diario de Burgos_Digital
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