LA JUDERÍA por Estrella Jalfon de Bentolila*

 

LA JUDERÍA

por Estrella Jalfon de Bentolila*

 

 

Cuando se entraba a la judería por la Plaza de España, se pasaba por una calle relativamente ancha y soleada. Ahí se vendía toda clase de legumbres y frutas. Emanaba un perfume de naranjas y mandarinas.

La primera callejuela  a izquierda  ya era más oscura y los toldos de las tiendecitas casi se tocaban. Allí se vendían: frutos secos, harina, azúcar, especias…

Esa calle amenizó nuestra infancia, pues allí dominaban dos «personajes»:

– Abbami el de las pipas y
– Alberto el de los biñuelos (buñuelos)

Abbami, rechoncho de ojos lagañosos y labios gruesos, vendía toda clase de pipas. Con un cuadradito de papel preparaba con lentitud y eficacia un cucurucho muy estrecho y por una gorda (10 céntimos) ¡teníamos un manjar!

Más allá y en frente estaba Alberto sentado en su viejo sillón. Era más decorativo, delante de él había una gran sartén con aceite hirviendo. El fuego era de carbón vegetal, como en las casas. De una palangana llena de masa bastante rala, tomaba un trozo con las manos mojadas y sin siquiera ver lo que hacía, lo lanzaba a la sartén. Parecía un mago. Enseguida con un alambre en forma de gancho, con gran habilidad hacia un agujero en el centro. ¡En unos segundos esa masa inerte se transformaba en algo dorado y aéreo que parecía una flor! Al acabar de freír enhebraba los buñuelos en una soga amarilla y cada uno se llevaba se llevaba un collar caliente y apetitoso.

Después de esta calle  ya no había más comercios, se llegaba a las callejuelas donde se encontraban las sinagogas y las viviendas.

Hablan de Tetuán como de Jerusalém la chiquita, por sus tradiciones y su nobleza, pero cuando recuerdo las callejuelas estrechas,  las ventanas de hierro forjado y los geranios, pienso en Sevilla.

Dicen que había 13 sinagogas. Todas las generaciones iban siempre a la misma sinagoga. La nuestra era la de Bengualid. Tenemos el gran honor de ser descendientes del famoso Itshak Bengualid, el tsadik (el santo). La madre de mi abuelo, Abraham Jalfon, era Rica Bengualid, nieta del tsadik.

En la última calle de la judería a la izquierda estaba la escuela de la Alianza Israelita Universal. Allí estudié la primaria. Fue Itshak Bengualid que consiguió que se abriera en Tetuán la primera escuela de la Alianza en 1862, los religiosos se oponían.

El poeta frances  Sully Prudhomme  escribió:

Je n’aime pas les maisons neuves,
leur visage m’est indifferent
les anciennes ont l’air de vieilles
qui se souviennent en pleurant…

Traducción aproximada:

Las casas nuevas
no me gustan tanto
las antiguas
parecen recordar con llanto…

Cada casa de la judería eras como un libro, pues allí vivían varias generaciones. Las paredes fueron testigos de las bodas de las fiestas y de las enfermedades.

Casi todas las casas seguían el mismo plano. Eran de dos plantas, inundadas de luz gracias a la montera, especie de cúpula de cristal situada en la segunda planta.
La planta baja tenía un gran patio alrededor del cual se abrían las habitaciones  de grandes dimensiones. A la segunda planta se llegaba por una escalera de escalones bastante altos   Allí vivían familias más acomodadas.

La fachada de las casas era siempre encalada en blanco y a la entrada había un zócalo rojo pintado con almagra. Las puertas eran de una sola hoja no muy altas, de madera maciza y se cerraban con un gran cerrojo de hierro, la mitad de él, unos 30 centímetros, entraba directamente en la pared.

Mi abuela tenía una casa muy bonita, siempre muy ordenada y limpia. Vivía en la primera planta y había que subir una escalera muy empinada y oscura. Al entrar había una especie de hueco cuadrado, formado por dos escalones, uno a derecha y otro a izquierda. Mi abuelo puso una viga ancha que anulaba los dos escalones, era bastante emocionante andar por la viga.

Charlando el otro día con mi prima Bella, me dijo que ¡a ella también la gustaba andar sobre la viga! Me recordó que todos los sábados iba a casa de mi abuela y esta le daba un tipá (tetera – del inglés) de agua hirviendo.

Beatríz

Mi abuela ponía una borma (olla grande de cobre) con agua hirviendo sobre el beatríz  y para sacar el agua se usaba el baqlí así no se tocaba la borma sobre el fuego.

Al entrar había un pequeño retrete con una copa de porcelana blanca, eso era bastante moderno, pues la norma era un pollete con un agujero en el centro, pintado de almagra.

La cocina era bastante oscura. Lo que me apasionaba era ver como mi abuela conseguía agua corriente, subiendo y bajando el gran brazo de cobre de la pompa.

El comedor era amplio y luminoso. A derecha había un almario muy alto con dos puertas de cristal, al interior tenían visillos de encaje almidonados.

Baqlí

Lo que allí se guardaba, era para mí un tesoro, tacitas minúsculas de porcelana dorada, cucharitas de plata cinceladas, vasos multicolores, bandejas de assofar (cobre) que parecían de oro.

Al pasar al otro lado de la viga, todo era explosión de luz y centelleo de los azulejos. Estos cubrían todas las paredes del foqqi (parte alta) hasta  un  metro más o menos y se acababan con una bonita cenefa.

El foqqi era una especie de pasillo cuadrado de donde se veía todo el patio de la planta baja. Era un bonito trabajo de hierro forjado acabado por una barandilla de madera.

La algorfa (dormitorio) de unos ocho metros de largo se cerraba con una imponente puerta de madera maciza de color amarillo, estaba toda cubierta de cabezas de clavo ancho al estilo  musulmán. Encima del espeso marco  en la parte superior se solía depositar una naranja toda pinchada de clavos de comer, daba buen olor a todo el ambiente y nunca se estropeaba.

Encima de la cómoda  de grandes cajones y tiradores de porcelana había una caja de música. ¡Se podía eligir 4 melodías distintas!

Después del dormitorio se llegaba a un saloncito. Atornillado a la pared había un teléfono de manivela cuyo número era ¡el 17!

Este cuarto era especial, pues tenía un techo que se podía abrir y se veía el cielo. Allí mis abuelos preparaban la sukkah.

Después del saloncito se llegaba a un pequeño dormitorio con una preciosa cama de bronce con aros y bolitas en la cabecera.

A la sala grande de unos ocho metros y tres balcones se podía acceder por la puerta principal o por el dormitorio, entremos por el dormitorio.

Allí, contra la pared izquierda se veían una gran cantidad de estanterías de madera y casillas. Mi abuelo había  organizado allí su pequeño Olimpo cerrando con un biombo  parte de la sala que tendría unos cinco metros de ancho y ocho de largo.

De todo había allí en las estanterías: hilos, cuerdas, cola para zapatos, engrudo (cola hecha con agua y harina), clavos, punzones, agujas de colchonero, tinta de granada, pergamino (mi abuelo escribía Meguilot). Era un hombre maravilloso y un poco hippy para su época.

Mi padre nació en el año 1900, es posible que mi abuelo  naciera en 1880 o antes. Viajaba mucho, tenía una tienda de campaña muy grande de gutapercha blanca con bordes azules. En los bordes, ojales de cobre para unir las piezas.

Tocaba el violín, arreglaba zapatos, encuadernaba libros de Ley (Torah) y también escribía sobre pergamino Meguilot, tengo una de Purim escrita por él.

Tenía buenas manos para las plantas, sabía hacer cantar a sus canarios cuando él lo pedía y entre sus múltiples dones contaba con que él mismo hacía un vino dulce de pasa, descalzo, pisando la uva  en un gran barreño de zinc, que era una delicia. Toda la familia se deleitaba en las fiestas y los sábados cuando se decía la bendición del vino.

El formó varios jóvenes que fueron luego rabinos. También  era el responsable de la sinagoga de Bengualid (su madre Rica Bengualid era la nieta del Tsadik), Rebbi Itshak Bengualid.

Hasta una edad muy avanzada se quedaba de pie todo el día de kippur  y cuando tocaba el shofar sin perder un shever (sonido corto y repetido varias veces)  toda la judería retumbaba. Cuando pasaba por la judería, árabes y judíos le veneraban.

Ahora entramos a la sala, pero por la puerta principal. Era muy amplia, recuerdo que a lo largo de las paredes había siempre sillas de rejilla de estilo inglés, unas doce por cada lado, una gran araña de cristal y en el suelo una  zarbía (alfombra) de lana de tonos rojos. Allí se hacían los meldados. Se reunían para hacer rezos recordatorios.

Después de la sala se veía una escalera, toda de azulejos, que llegaba al cuarto del columpio.

Al entrar, en la pared de la derecha había un almario de madera  muy alto donde mi abuela guardaba todo lo pascual para el Pesah.

La matexa (columpio) estaba colgada en el centro, ma el techo lo menos tres metros tenía. Las cuerdas eran tan gordas que me era difícil cerrar las manos sobre ellas.

Estaban atadas a unas argollas de hierro fincadas en el techo que estaba formado por vigas negras… y una tablita con dos cuñas estaba nezleada (puesta) sobre la cuerda. Ma yo no llegaba y me arsaban (alzaban). Cuando me asentaban en la matexa, me espantaba, pero ¡que shoj! (¡que goce!) ¡aweddi! (¡ay Dios mío!)

Mi hermano el mayor tenía por ‘ada (costumbre) darme un buen dehfeón (empujón)
y esperar un pocoy yo le dizía: «¡mas fuerte!» Y yo parecía un pasharó (un pájaro) bolando (volando) por los aires.

Por el balcón veía toda la caleja de enfrente que subía y que bashaba un poco…

Mi abuela solía darme hajitas (golosinas), garbanzos tostados y linaza tostada. A veces me invitaba a  almorzar  pero tenía que acabar todo el plato, sino, me amenazaba con el dedo diciendo:»¡no hay más remedio!» ¡eso parecía el imperativo categórico de Kant!

Sin embargo en casa, donde éramos nueve, cuando alguien dejaba algo en el plato, mi madre decía :»queremos al que come, cuantimás al que no come!»…

Mi abuela, mamá Benatar vivía en la calle Tesoro. El nombre se debe a que allí estaban ubicadas las oficinas del ejército español (1860), para entonces no había el Ensanche.

Para entrar se subía un escalón de piedra bastante alto. La calle era empedrada. Al entrar había mucha luz gracias a la montera de cristal que cubría la parte alta.

Mi abuela vivía en la segunda planta. Se subía por una escalera que hacía un recodo, en el rellano y se abría un cuartito oscuro: el menzah (del hebreo, despensa). Allí tuvo mi madre un gran susto. Mi abuela la mandó a buscar una cosa, a tientas puso la mano abierta sobre una mesa y de repente sintió un escalofrío: ¡unos dedos  con falanges velludas y  húmedas se introducían entre sus dedos! ¡Eran unas cuantas habas verdes, allí olvidadas!

Mi hermana Raquel me  cuenta que en ese cuarto recuerda haber visto al abuelo y a unos amigos descalzos, pisar la uva en un gran barreño de zinc, para hacer vino. No conocí al abuelo: falleció cuando yo era bebe.

El foqqi era un pasillo cuadrado con la bonita barandilla de hierro forjado, desde allí se veía todo el patio de abajo. Alrededor se abrían los cuartos.

La algorfa (dormitorio) era muy grande y la sala que estaba enfrente, lo era también. Allí se reunían los hombres para estudiar la Ley (biblia) o rezar.

No había pompa y había que traer el agua de la fuente pública y guardarla en enormes tinajas de barro.

Mi abuela siempre estaba contenta y tenía sentido del humor. Cuando invitaba a amigas y estas al despedirse decían «fiestas y alegrías que hagas», ella infaliblemente decía :»llagas!» (en vez de, “y hagas”) y se reía por dentro…

Me contaba cuentos de Johá, tenía bonita voz y me cantaba romances de la edad media transmitidos de generación en generación y cuando se acercaba el 9 de Ab, cantaba «una endicha» (canción triste) con voz ahogada por el llanto.

«Oid esta endicha que quebra el corazon
el galut de Yerushalaim y destrucción de Sion.»

Lo que más me divertía era cuando invitaba a todas mis amigas a hacer la «bodita». Ella tenía cacharros pequeños para cocinar, cuando se acercaba el Pessah hacíamos una comida especial nosotras mismas.

Mi abuela nos dejaba guisar en un anafe que ella había confeccionado  forrando de barro y paja una pequeña olla que ya no se podía soldar. A unos tres centímetros del borde hacía tres agujeros, por allí avivábamos el fuego con unas preciosas fuelles de cuero y tachuelas doradas.

Poníamos a hervir patatas, las pelábamos, las machacábamos, añadíamos huevos, lo poníamos en una macalá de barro esmerilado que tenía un poco de aceite, para dorar por arriba poníamos una lata con brasas. De postre mi abuela nos brindaba una copita de rosoli, licor verde que ella preparaba.

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* Libro: El Tetuan de los sefarditas >> Leer artículo

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6 comments

  1. QUE HERMOSOS RECUERDOS Y QUE BONITA MANERA DE EXPRESARLOS! GRACIAS POR COMPARTIRLOS

  2. Magnifica descripcion por parte de Estrella Jalfon de Bentolila, de un lugar donde confluyen recuerdos, sentimientos y sensaciones, tan encontradas y entrañables como los de la juderia Tetuani de su infáncia …
    Recorer las callejuelas de cualquiera de las juderias de la antigua Sefarad, es aprestarse a experimentar parecidas sensaciones, y sumergirse en un pasado sin embargo tan presente …

  3. os agradezco que os haya gustado!
    Sanos y wenos que estís

  4. Buenas! Estoy buscando información sobre la vida demis antepasados en Ceuta entre los siglos XVIII-XX. ¿Se sabe si la C/ Bentolila (entre el cruze del Morro y el Hospital Militar) era habitada por judios?

    Shalom!!

  5. La primera calle que aparece en el articulo la reconzco como la calle donde naci. Yo tenia ocho anos cuando nos mudamos al ensanche y dejamos a los abuelos en la Juderia.

    Gracias por las memorias de Tetuan y de la Juderia.

  6. Lucy garzon de Benarroch

    Me encantó leerlo…me hizo volar en la distancia y en el tiempo…
    Toda nuestra generación, tuvo abuelos en la judería..con el «setuan, el foki, la algolfita, el boito, el menzá y el terrado….Toda nuestra generación tuvo un familiar que emigró para mejorar su estatus… Y lo que siempre me admiró fué que el ochenta por ciento regresaba para formar allí su familia. Con sus ganancias, se construyó «el ensanche»…
    Bella la vida en Tetuán…!!!

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