Judería de Calatayud

La presencia judía es paralela a la fundación musulmana de la ciudad. El primer resto arqueológico, una lápida sepulcral con epigrafía hebrea, se data en el año 919, pero la comunidad no alcanza una estructura jurídica como aljama hasta fines del siglo XII. La necesidad de nuevos pobladores explica que Alfonso I, en el fuero otorgado a la ciudad, se muestre respetuoso hacia esta colectividad, permitiéndoles seguir habitando en el mismo barrio, enclavado en la parte alta y fortificada, consagrando además la libertad comercial.

En el último tercio del siglo XIII se censan en torno a 185 familias que, junto a las 20 que residen en Ricla y Cetina, pertenecientes a su demarcación fiscal, sumarían entre 750 y 900 judíos, siendo la población mudéjar muy marginal. A fines del siglo XIV, a pesar de la persecución inquisitorial (1324-1326), la Peste Negra (1348) y la Guerra de los Dos Pedros (1356-1369) donde las tropas invasoras castigarán la judería lanzando proyectiles desde las catapultas instaladas el castillo de la Peña y las alteraciones de 1391, la población sigue incrementándose, alcanzando 191 casas, cuando la ciudad totalizaba 1.584, de manera que los aproximadamente 800 judíos representarían al 12% de la población. El punto álgido lo señala el fogaje de las Cortes de Maella (1404-1405), en que se censan 222 fuegos, con lo que la aljama superaría el millar de habitantes, y elevaría la cota en un 17%. Sin embargo, el punto de inflexión se produce con motivo de la Conferencia de Tortosa, a cuyo adoctrinamiento acuden ilustres talmudistas bilbilitanos como Samuel Haleví y Mosse ben Musa, según relata el Shébet Yehuda de Ibn Verga. En el verano de 1413 se registran 200 conversiones en Zaragoza, Calatayud y Alcañiz, mientras que 120 familias oriundas de Calatayud, Daroca, Fraga y Barbastro lo hacen el año posterior. Es ahora cuando comienzan a aparecer los principales linajes conversos. Esta sangría entre las clases acomodadas se traduce en una disminución tributaria del 90% entre los años 1400 y 1422, incorporados muy pronto a la oligarquía ciudadana: Cabra, Sánchez, Pérez de Calatayud, Santángel, Pérez de Almazán, Santa Cruz, López de Villanova, García de Santa María, etc. Promulgado el Edicto de expulsión el 29 de abril de 1492, se encomienda a los jurados y al baile de la ciudad la adopción de las medidas oportunas para garantizar el cobro de las deudas pendientes con los acreedores, a cuyo efecto se colocan guardas en los accesos de la judería, se realiza el inventario de sus bienes (mayo) y se celebran juicios ejecutivos (junio y julio) cuya prioridad radica en pagar las rentas pertenecientes a la Corona con dinero en efectivo, oro, plata o censales.

Los judíos no convertidos fletan unas naos con destino a Nápoles, junto con sus correligionarios de Zaragoza y Fuentes, reservándose 300 plazas de las 3.000 contratadas, cuando, según la documentación notarial, sus efectivos girarían en torno a 650 judíos; no obstante, sólo embarcarán en Tortosa 120 bilbilitanos.

Otro contingente de exilados prefiere la vecina Tudela, entre ellos los miembros de la prestigiosa familia Paçagón, gran parte de los cuales retornará tras el destierro de Navarra en 1498. Aproximadamente la mitad de la aljama tomará las aguas bautismales, constituyendo el caldo de cultivo de un criptojudaísmo que perseguirá la Inquisición durante el siglo XVI.

La judería de inspiración islámica, tanto en el trazado de su red viaria como en sus viviendas e infraestructuras cívicas enclavada en un promontorio, en la porción noroccidental de la ciudad, se encarama en torno al castillo de don Álvaro o doña Martina (llamado también Castillo de la Judería), cerrando el recinto la muralla que unían el castillo de Torre Mocha o Consolación y el de La Peña. Las murallas que la rodean y la accidentada orografía, obligaron a practicar diversos accesos. Desde el siglo XIII el barrio posee una puerta principal a través de un arco de medio punto trazado en la plaza de Andrés, y por el que se ascendía a la cuesta de Santa Ana, como consta en una sentencia arbitral firmada en 1297 con el concejo; en 1348 Pedro IV dispondrá que los judíos de mayor prestigio contraten un hombre armado para que la custodiara, especialmente en los momentos de tensión social. En el noreste se emplaza el Postigo de Torremocha, levantado bajo licencia de Jaime I en 1294, al tiempo que se construía una pared de mampuesto y tapial ante los asaltos sufridos durante la Semana Santa. En el sur, en la porción del barranco de las Pozas que gira hacia la puerta de Terrer, se levantaba otro postigo muy cerca de la carrera que subía a Santa María de la Peña, por el que discurrían los cortejos fúnebres.

Martín I en 1398 reactivará las disposiciones eclesiásticas de naturaleza segregativa que habían caído en desuso, para paliar el proselitismo que podía derivar de la convivencia entre judíos y conversos, no pudiendo morar «extra callum seu juda¬riam». Estas medidas restrictivas alcanzan su punto culminante durante la Disputa de Tortosa, prohibiéndoles no sólo salir de la judería sino tomar agua del río o acudir a los molinos para moler la harina o a los hornos a cocer pan; siendo revocadas en 1414 por estimarse excesivas. Entre sus arterias principales la documentación cita la carrera de Torre-Mocha, la Cuesta de Santa Ana y la calle de Consolación o Carrera Mayor de la Judería, donde tuvieron lugar, por ejemplo, los festejos promovidos con ocasión del natalicio del futuro Juan II y el luto por la muerte de Alfonso V; en tiempos de sequía procesionaban con la Torah por el barranco de las Pozas. Entre tanto, las calles del Cuartelillo, Recuerdo, La Higuera y la plaza de la Jolea, congregaban a una elevada densidad de población judeoconversa.

La vivienda, que no es muy espaciosa, no difiere apenas del caserío típico de la zona: un sótano con cillero; una planta baja con un porche, varios palacios o estancias, una masadería, algunas retretas y un corral o establo; y la primera planta con la cocina, el estudio y las cambras o dormitorios. En ocasiones un huerto o un corral, y un pozo o aljibe compartido entre dos o más viviendas medianeras.

Con preferencia se emplea el yeso para el estucado y revoque de paredes, suelos, techos, portales y escaleras; madera en los cubrimientos y vigas, ventanas, puertas y dinteles de vanos; las cañas, en las casas modestas como cubierta, cielo raso o solarete; y tejas para los tejados a doble vertiente. Los adobes y la rejola son empleados en pilares y medianiles. La piedra sillar prácticamente sólo es empleada en la sinagoga mayor.

El qahal llegó a tener hasta siete sinagogas. La judería cuenta con instalaciones propias de atención hospitalaria, los hornos y la carnicería situada en una plazuela, sin olvidar unos medios de abastecimiento y distribución alimentaria autónomos.

En la Baja Edad Media se crearán numerosas haburôt o corporaciones asistenciales sustentadas con presupuestos comunitarios (la sisa de la carne, el pan y el vino) o mediante la iniciativa privada (legados testamentarios, cuotas, donativos, limosnas y «çedaca») para subvenir las necesidades apremiantes de manutención, vestido «Malvisé Arumim», sepelio «banyadores de los muertos» y educación. La cofradía de higdes atendía, entre otros, a los transeúntes.

Fuente: Zaragoza Espacio Sefarad

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