DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reillye – Capítulo XV por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

CAPÍTULO XV

 

Cuando la esposa de Don Alonso y la hija del judío fueron introducidas en la cámara del señor Obispo, estaban ya reunidos los tres personajes de la escena anterior. El caballero apenas se atrevió a alzar la vista y dirigir una rápida ojeada sobre la fisonomía tierna y delicada de María. El Deán hizo a la señora una ligera inclinación de cabeza. Sólo el Obispo parecía animado, y en sus repetidas cortesías para ofrecer y dar asiento a las recién venidas, se dejaba ver que no estaba movido de pasión ninguna en aquel asunto grave, ni se hallaba preocupado.

— Me pesa en el alma (dijo S. S. Ilma., después de algunas frases generales), que en hora tan intempestiva y desusada, haya sido preciso, que mi señora Doña Gertrudis y la señorita su hija, se tomasen la molestia de venir a esta su casa. Pero supuesto que se trata de un asunto grave y delicado, creo que tendrán la bondad de excusarme.

Doña Gertrudis llevó a la boca el extremo de su grueso abanico e inclinó la cabeza. María con cierto aire de curiosidad modesta, fijó la vista sucesivamente en el Prelado y en el Deán, deteniéndola más tiempo sobre el caballero, que tenía la suya clavada en el suelo, en actitud sombría y triste.

— En los misterios de la vida de esta niña, continuó el señor Obispo, después de una larga pausa, hay ciertas circunstancias que no me parece del caso repetir hoy; pero que estando de ellas bien cerciorados el señor Don Alonso y la señora su esposa, no extrañarán que venga al término que, en cumplimiento estrecho de un deber imperioso, me veo precisado a proponer, repitiendo la insinuación que algunos meses antes he dirigido a esta señorita. Así, pues, pregunto, hija mía, ¿está usted en disposición de tomar buenamente el hábito de religiosa en el convento de concepcionistas de esta ciudad?

— No, Ilmo. señor, respondió María con entereza, ni tengo el más ligero motivo para haber pensado en semejante cosa. Cierto es que V. S. Ilma., hace algún tiempo me preguntó si gustaría yo de vestir el hábito; pero entonces me figuré que ésta sería una cuestión vaga, y sin más objeto que dirigir la palabra por una pura bondad, a una niña que no tenía particular motivo para comprender su espíritu y tendencia, mas supuesto que hoy se me dirige la misma pregunta, con cierto aparato de solemnidad que realmente me sorprende, véome en el caso de repetir lo que entonces dije al señor Obispo; esto es, que haré con la mejor voluntad este sacrificio, siempre que tal sea la de mis padres. Si se trata simplemente de averiguar, si yo tengo o no, inclinación a semejante estado, sin ninguna otra consideración y objeto, desde ahora declaro que siento hacia él la más decidida aversión. En esta inteligencia, tanto V. S. Ilma., como cualquier otro poder extraño, que no reconozco, pueden hacer de mí lo que cuadre mejor a sus intenciones. Esta es la ocasión solemne, añadió María con emoción, en que al fin vengo a entender claramente, lo que antes tan solo había sospechado, sin más fundamento que una serie de antecedentes que no me atrevía a explicarme a mí misma, por temor de llegar a esta verdad terrible, a saber, que no soy la hija de mis bienhechores, sino una huérfana infeliz, condenada a participar de la desgraciada suerte que seguramente ha cabido a sus infortunados padres, cuya historia desconozco, y tiemblo al pensar que puedo llegar a descubrirla. ¡Pobres padres míos! ¡Yo, que estoy inocente de cuanto ha podido atribuírseles, con razón o sin ella, también vengo a ser una víctima infeliz! De todos modos, Ilmo. señor, si los que han protegido mi infancia, y, con ternura se han esmerado en darme el nombre de hija, creen conveniente que deba prestarme a ciegas a tan grande sacrificio, harélo así y cumpliré con mi destino. Si es otro el caso, diré que resisto ahora y siempre, con todas las veras de mi corazón, tomar voluntariamente el hábito de religiosa; y no hay poder humano, fuera vez el precepto de mis bienhechores, que me incline a ello. Ahora si la fuerza ha de emplearse para obligar mi resolución, no haré resistencia ninguna; yo me someteré a cuanto quiera exigirse de mí.

Al responder María en estos términos, mostró a un tiempo la energía de su alma y la gratitud de que estaba poseído su corazón. Simultáneamente se incorporaron Don Alonso y su esposa, y acercándose a ella con la mayor ternura, entre lágrimas y sollozos convulsivos, la estrecharon contra su pecho. Conmovida María, procuró significar a sus bienhechores cuál y cuan profundo era su reconocimiento; pero a la vez mostró a los jueces que la interrogaban, qué era lo que podía esperarse de ella.

El Deán tenía el rostro encendido de ira; pero el señor Obispo casi estaba conmovido de aquella escena, y comenzaba a vacilar si la llevaría hasta el término propuesto. Sin embargo, revistióse de severidad y volvió a dirigirse a la niña, no sin haber mediado otra pausa considerable.

— Muy clara y categórica es la respuesta que acaba usted de darme, señorita; pero al mismo tiempo, veo en ella, no la docilidad y candor que debían esperarse de una niña educada en la rigidez de los buenos principios, sino la sugestión temeraria de alguien, que obliga a usted a responderme en ese tono, y en esos términos. No, hija mía, aquí debe de haber alguna equivocación. Ese estilo incisivo y enfático con que me responde, no es natural. Me permitirá usted, por lo mismo, que le haga algunas ligeras explicaciones, para que esté en aptitud de comprender mejor el peso y valor de la cuestión presente; y, sobre todo…

— Señor, dijo María; pido humildemente perdón a V. S. Ilma., si me atrevo a interrumpirle en su discurso; pero como lo que va a insinuarme se funda seguramente en lo que acabo de expresar, no puedo permitir que semejantes fundamentos se tengan como ciertos e incontrastables. Señor, esta es la vez primera que oigo hablar seriamente de este asunto; y no acierto a comprender cómo, sin tener parte alguna en culpas ajenas, deba yo sufrir pena por ellos. Aquí no hay ningún extraño influjo, ni caben sugestiones, sino las del buen sentido. Sólo mi corazón me ha movido a responder a V. S. Ilma. de esta manera. Preferiría, pues, no escuchar ninguna otra explicación; y me conformo con que mis protectores manifiesten, no ya su voluntad de exigirme este sacrificio, sino la necesidad de prestarme a él. Sólo en tal caso puedo resignarme.

— Y qué, hija mía, replicó el señor Obispo, ¿no basta que yo haga semejante calificación?

— No, Ilmo. señor; no basta. Tiene V. S. Ilma. todos los títulos a mi más profundo respeto y reverencia; pero para mí, esos títulos no son suficientes, necesito además del amor y ternura de mis padres para ratificar esta convicción.

— jAh! gritó el Deán, arrebatado de cólera, ¡cuándo va a perderse el instinto de la raza maldita! ¿Tiene usted valor, añadió, poniéndose en pie, y encarando con la pobre huérfana, de responder así al Prelado? ¡Cómo se conoce, que esta pequeña serpiente es la hija de un perro judío!

Difícil es pintar el cuadro de la escena que sobrevino a este arrebato indigno y brutal, que hubo de permitirse el Deán. Bañóse de indignación el rostro del señor Obispo. El caballero y su esposa lanzaron un gemido de profunda angustia. María inclinó la cabeza, oprimida bajo el peso de tan extraña e inesperada declaración.

— ¡Hija de un judío! ¡Ay de mi, ahora lo comprendo todo!, exclamó al fin la desgraciada niña.

Para formarse una ligera idea de lo que pasaría en el ánimo de María, debe tenerse presente cuál era entonces la condición de los judíos, perseguidos por las leyes, por el fanatismo público y por el odio consiguiente de toda clase de personas. La Inquisición tenía el ojo abierto, siempre por todas partes, buscando judíos y judaizantes, para quemar en sus hogueras. Los amigos, parientes y aliados de esa raza infeliz y proscrita, tenían pendiente la vida de un hilo. Sus personas, fortunas y domicilio, todo era precario y vacilante. No había la más ligera indulgencia ni tolerancia en favor suyo. Cualquiera miserable y ruin alimaña de la sociedad, se creía con pleno derecho de ultrajar, vejar y pillar a un judío; y aún de asesinarle, como se mataría un escorpión u otro insecto venenoso.

Después de algunos momentos de confusión, Don Alonso, enjugándose las lágrimas, se dirigió al Prelado:

— Señor Obispo, dijo; si yo hubiese podido remotamente comprender, que se deseaba la presencia de mi hija para ultrajarla, nunca, ni aun por la fuerza, habría consentido en el extraño e irregular paso a que me he prestado. Después de lo que acaba de ocurrir, no podemos permanecer en Palacio por más tiempo; y V. S. Ilma. tendrá la bondad de permitir que me retire, en unión de mi esposa y de mi hija.

— Me es infinitamente sensible, caballero, lo que ha acaecido, repuso el Prelado, con la mayor cortesía; y ruego a Usarced acepte de mi parte la más plena y cumplida satisfacción.

— Yo no he hecho otra cosa, rezongó el Deán, que enunciar una verdad que podría influir en la resolución de esta niña.

— Calle, señor Deán, replicó indignado el caballero, que si como viste sotana y huele a incienso, calzara espuelas y…

Doña Gertrudis hizo un rápido movimiento para cortar a su esposo la palabra.

— Señor Don Alonso, dijo el Obispo, serénese Usarced, que a todo se pondrá remedio, sin necesidad de complicar más este negocio; y usted señor Deán, añadió, dirigiéndose a éste, guarde sus verdades tan inoportunamente traídas, para cuando se le pidan. Ruego a usted no vuelva a hablar más en este asunto.

— Es que, Ilmo. señor, observó el Deán, yo soy un Comisario del Santo Oficio, soy el Juez de este negocio, y tengo derecho de hablar en él.

— Pues yo, como su Prelado, se lo prohíbo severamente, repuso el señor Obispo, haciendo un violento ademán de impaciencia.

— ¡La hija de un judío!, repetía consternada y en voz remisa la pobre María, sin escuchar lo que se decía en su presencia. ¡La hija de un judío! Entonces, esta unión es de todo punto imposible!

Dirigiéndose en seguida al Obispo, dijo, alzando la voz con la mayor calma y gravedad:

— Señor, duélome de haber sido la causa involuntaria de lo que acaba de pasar, aunque al fin yo soy la víctima. Todo está ya claro para mí, y no debo vacilar en mi resolución. Yo pido pasar de aquí al convento, ahora mismo.

— ¡Hija mía!, exclamaron a un tiempo Don Alonso y Doña Gertudis, alarmados de aquella violenta determinación.

— ¡Padres míos!, me despido de vosotros, llena de ternura y reconocimiento. Era ya tiempo de poner término a esta situación de dudas y ansiedad. ¡Adiós!

Y de los rutilantes ojos de María, brotaron dos raudales de lágrimas.

A la una de la tarde, la Reverenda madre Abadesa del convento de concepcionistas recibió la orden del señor Obispo, para admitir a Doña María Álvarez de Monsreal, conducida allí por Don Alonso de la Cerda. La Abadesa obsequió la orden inmediatamente, echóse el velo negro y salió hasta el locutorio. Después de una escena muy patética entre el caballero y su hija adoptiva, cerróse tras éste la puerta del monasterio, y regresó Don Alonso, triste y desolado a su casa, a juntar sus penas con las de su esposa y llorar reunidos, la pérdida del objeto más querido de su corazón.

Faltaba ya a aquella casa, su luz, su alegría y su más bello ornamento.

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