En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO XIV
Cuando pasaba todo esto en el Palacio del señor Obispo, Don Alonso estaba disponiéndose a concurrir a la cita que el Deán le había dado la noche precedente. El bueno y leal caballero, no acertaba a comprender sobre qué principio de justicia, razón o conveniencia podía fundarse la tropelía que se intentaba cometer contra la huérfana que adoptara por hija.
Fortificado de sus propias convicciones, y contando con el apoyo franco y sincero del Prepósito, según se lo había asegurado aquella mañana el padre Noriega, estaba firmemente resuelto a combatir toda idea de violencia, protestar contra ella y aun dirigirse a Madrid o Roma si las cosas tocaban al extremo. El venerable anciano no podía familiarizarse con la aflictiva idea de que le arrancasen de sus brazos aquella niña inocente, que no tenía más culpa que haber nacido de unos padres caídos en desgracia y, sobre todo, su derecho a una pingüe fortuna codiciada de sus perseguidores.
Aquel, pues, era el día crítico que los padres adoptivos de María habían temido llegase desde algún tiempo atrás. Don Alonso y su esposa esmeráronse, más que nunca, en prodigar a la pobre huérfana mil paternales caricias, para fortificarla y excitar más vivamente en su ánimo la idea de amor y protección que en todo evento debía esperar de sus padres adoptivos. Nada de nuevo e insólito había, sin embargo, en semejante conducta y, María, acostumbrada a recibir idénticas muestras de ternura, no llegó a sospechar que una tempestad bramaba sobre su inocente cabeza; porque si bien el pensamiento de su extraña posición en aquella casa, venía frecuentemente a martirizar su espíritu, el hábito de ser tratada como una hija, la viveza de su amor al ausente colegial, cuya imagen conservaba siempre en el corazón, la esperanza de un más halagüeño porvenir y la certidumbre del afecto paternal que debía a sus bienhechores, animábanla en la carrera de la vida, dábanle resignación, y más que nada, firmeza, dignidad y esperanza. Pero a pesar de todo esto, ni remotamente cruzaba sobre su ánimo la idea de una crisis próxima; ni Don Alonso y su esposa atrevíanse a tocar la cuerda delicada.
Pocos minutos antes de las diez, arreglóse Don Alonso el vestido de ceremoniay, tomando su sombrero y bastón, se dirigió con gravedad y mesura al palacio episcopal.
Allí le esperaban el señor Obispo y el Deán, que conferenciaban a solas y con mucho calor, desde la ausencia del Prepósito, quien, por su parte, empeñado en una entrevista con el antiguo preso de las cárceles del Santo Oficio, estaba desenredando los hilos de una trama misteriosa, urdida en años atrás.
El dominico se paseaba con aire preocupado en la galería superior de Palacio y, de cuando en cuando se asomaba al balcón principal, situado sobre el pórtico, esperando a Don Alonso, para introducirle en la cámara del Prelado. En efecto, cuando él caballero entró en la plaza, por el ángulo Nordeste de ella, calóse el fraile la capucha negra, arreglóse el escapulario blanco, y descendió hasta el pie de la escalera grande, para recibir al personaje; pues, entre otras varias funciones que ejercía en Palacio, una era la de maestro de ceremonias.
En el momento mismo en que la ampolleta del Palacio episcopal fue vuelta, para que la arena comenzase a designar en su monótono descenso el curso de una nueva hora, es decir, golpe mismo de las diez, pisaba Don Alonso el primer peldaño de la escalera, recibía los cumplimientos del dominico, y un paje corría a anunciar al Prelado la llegada del caballero que, como ya sabemos, disfrutaba en la provincia de los honores de Gobernador, y era muy celoso observador de la etiqueta oficial.
Incorporáronse al efecto, el Obispo y el Comisario, saliendo hasta la galería a recibir a Don Alonso. Reuniénronse allí con él, y después de los más lisonjeros cumplimientos, entraron todos juntos en la cámara del Prelado.
Don Alonso conservaba todo su aplomo a pesar de un incidente que acababa de sobrevenir. Mientras subía la escalera, el dominico se le había arrimado con mucho disimulo y, le dijo al oído:
— ¡Silencio y firmeza! Juan de Hinestrosa vive, está aquí en las cárceles de la Inquisición, y actualmente se halla en una conferencia con el Prepósito.
Una ansiedad difícil de describir se apoderó del ánimo de Don Alonso. Quiso hablar, dirigir algunas cuestiones y enterarse mejor del suceso; pero ya no era tiempo, había acabado de subir y, estaba ya en presencia de los dos personajes que le salían al encuentro, y ante ellos, aparentó olvidarse profundamente de aquel suceso.
Instalados los tres en la cámara del Prelado, cuyas cortinas dejó caer el dominico, volviendo al punto a conservar su puesto y esperar la salida del jesuita que aún permanecía encerrado en la prisión de Hinestrosa, el señor Obispo, después de algunas generalidades, tocó el punto de la cuestión, dirigiéndose así a Don Alonso:
— Creo, caballero, que debo el honor de su visita a la indicación que hizo a Usarced anoche, el señor Comisario del Santo Oficio.
— Sí, Ilmo. señor. Yo vengo a obsequiar una orden, por la cual se me ha intimado me presentase aquí a las diez del día.
— Sea cual fuese, la ocasión de su presencia, siempre es ella un honor para mí y para mi casa.
Don Alonso hizo una ligera inclinación de cabeza, y el Deán bajó la vista. El Prelado continuó:
— Desde luego, caballero, Usarced supondrá, que, pues ha sido preciso notificarle se presente aquí, el asunto tiene, un carácter oficial. De otra manera, yo me habría dirigido a su casa.
— Sí, Ilmo. señor, así lo he comprendido, precisamente.
— Y aunque el señor Comisario, prosiguió el Obispo, llevó la orden expresa de hacer a Usarced una indicación del objeto, he sabido, con sentimiento, que o no lo tuvo por conveniente, o la ocasión no vino de cumplir con esta orden. Sea lo que fuese, discurro que Usarced comprenderá el motivo de esta cita.
El leal y honradísimo Don Alonso, que era incapaz de artificio, ni disimulo, repuso al punto.
— Sí, Ilmo. señor, lo comprendo, y tengo algunos antecedentes en el asunto. Yo creo que este negocio tiene alguna conexión con la hija de Don Felipe Alvarez de Monsreal, que mi esposa y yo hemos adoptado por nuestra, después que aquella criatura inocente perdió, aun antes de nacer, a su infortunado padre, que estaba juzgado por el Santo Oficio, y a su pobre madre, que falleció, al tiempo de darla a luz.
— Ciertamente, señor Don Alonso y, si Usarced lo recuerda mejor, tendrá presente que en cierta ocasión insinué a aquella señorita la especie de que entrase a un convento. Usarced, caballero, tomó por una impertinencia de mi parte, lo que era realmente el cumplimiento de una orden. Tengo el sentimiento de anunciarle, que esa orden ha sido ratificada, y se me previene que la cumpla en el momento.
— Pues, Ilmo. señor, yo creo que esto es imposible.
— ¿Qué llama usted imposible?, preguntó algo destemplado el Deán. ¿Qué cosa hay imposible para la Santa Inquisición?
— Digo imposible, repuso Don Alonso, con la mayor moderación y decencia, porque no me parece que la desgraciada huérfana se resigne a cumplir voluntariamente esa orden, pues creo que ella no tiene vocación ninguna para el claustro.
— Y eso, ¿qué vale?, volvió a preguntar el Deán.
— ¿Qué vale?, replicó ya un tanto excitado Don Alonso. Vale, señor Comisario, nada memos que la ejecución de la orden misma.
El Obispo, lanzando al Deán una mirada severa que podía traducirse por esta frase: — ¡Siempre lo ha de echar usted a perder todo! — se dirigió otra vez a Don Alonso, terciando en aquel altercado.
— No se trata aquí de violencias, señor, Don Alonso, pues nuestra autoridad, ni se extiende hasta ese punto, ni la orden previene cosa alguna en el particular. Sin embargo, Usarced es un caballero muy cristiano y muy sensato, conoce el peso y trascendencia de una orden del Santo Oficio, sabe la cordura y circunspección con que de ordinario procede aquel Tribunal, no ignora los recursos que tiene a su disposición, ni los medios que puede emplear para hacer cumplir sus sentencias y resoluciones; y por tanto, yo creo que podría mucho en su ánimo, la reflexión de que sería muy peligroso para la señorita misma, una resistencia abierta. Por eso precisamente he querido dirigirme a Usarced, señor Don Alonso, que como hombre de peso y consecuencia, es más hábil para juzgar y calificar todo esto. Es preciso que esa niña entre hoy en el convento, y que inmediatamente tome el velo. Tal es lo que me ordena la Suprema Inquisición, y tal es lo que yo debo ejecutar, sin demora alguna. Usarced ve, que no está, en mis facultades interpretar esa orden. En esta inteligencia, he deseado consultar con quien sirve de padre y protector a aquella señorita, a fin de que se evite un escándalo. Todavía habrá un año de noviciado, en que podrá hacerse valer cualquiera excepción que favorezca el derecho de la hija del judío.
— Señor, repuso Don Alonso; si como no se trata de violencias y tropelías, el caso fuera al revés, todo sería lo mismo. Doña María Álvarez de Monsreal rehúsa abiertamente entrar en un convento, su padre adoptivo, su protector, no puede ni debe forzar su resolución. Así, pues, me parece inútil discutir este punto. El Comisariato debe proceder como mejor juzgue.
— ¿De dónde proviene, señor Don Alonso, ese poco temor y respeto al Santo Tribunal?, preguntó airado el Deán.
— ¡Válgame la Virgen de Alcobendas! murmuró por lo bajo el caballero, haciendo un esfuerzo para reprimirse.
— iSeñor Deán!, exclamó el Obispo, fijando otra mirada severa sobre el Comisario. Ruego a usted que me deje entenderme con el señor Don Alonso.
— Pero, Ilmo. señor. . . repuso el Deán; y el Prelado, sin permitirle concluir la frase, dio una palmada sobre la mesa, incorporándose un tanto en la silla, y replicó:
— Pero, señor Comisario, a mí no me place que hable usted más en este asunto, mientras yo me ocupe en él. Sé cuáles son sus funciones; y, por ahora, no está llamado a ejecutarlas. Déjenos usted en paz.
— ¿Es esa una orden para que yo salga de aquí? preguntó el Deán, casi con humildad.
— No, señor, respondió el Obispo con un tono más suave, movido de la sumisión del Deán; al contrario, le prevengo que permanezca, pues no es improbable que necesite consultarle y oír su dictamen en esta grave materia. Pero permítame, por ahora, que yo me entienda con Don Alonso.
El Prelado tocó una campanilla, y entraron dos pajes, con azafates de bizcochos y copas de Valdepeñas, para servir a los personajes que estaban en compañía del señor Obispo.
Concluido este servicio, que era de rigurosa etiqueta en aquellos tiempos, despojóse la cámara, y volvieron a quedarse solos el Prelado, Don Alonso, y el Comisario. El primero anudó al momento el hilo de la conversación.
— Me parece que Usarced hablaba, señor Don Alonso, de una abierta resistencia de parte de la hija del judío, para entrar en un convento.
— Sí…. es decir, repuso Don Alonso, no precisamente resistencia, pues que no hay persona alguna que haya insistido en esto, yo he querido significar, que la niña sentía una abierta repugnancia. V. S. lima, lo ha escuchado de su boca misma.
— iAh!, exclamó el señor Obispo; si eso es todo, aún no creo que esté perdida la esperanza de conseguir buenamente de ella, que obedezca lo que le manda el Santo Tribunal.
Desconcertóse algo Don Alonso, al oír la reflexión del señor Obispo. En efecto, no podía calificarse aún, hasta qué punto, la repugnancia de la hija del judío vendría a oponerse a un mandato de la Suprema Inquisición. Cierto, que cuando el señor Obispo le insinuó en meses atrás aquella especie, verificólo simplemente, y sin conexión aparente con el verdadero motivo que le impulsó a dar aquel paso.
Tal vez, mejor enterada, se sometería sin réplica, y ocultaría en el fondo de su corazón la repugnancia que realmente sentía a encerrarse en un convento, no sólo porque no se creía llamada a la vida de los claustros, sino también por la esperanza lisonjera, que abrigaba en su ánimo, de venir un día a ser la esposa del hijo del ríspido Regidor de Campeche.
El buen Don Alonso guardó silencio por algunos instantes, hasta que le sacó de su cavilación el Prelado.
— Así, pues, dijo éste, yo creo que si le hablásemos con franqueza, empleando al efecto todo el miramiento que realmente merece su situación, la pobre señorita se sacrificaría, si éste puede llamarse sacrificio, y obedecería gustosa las órdenes del Santo Oficio.
— Convengo con la opinión de V. S Ilma., repuso Don Alonso, después de haber reflexionado que era inevitable la necesidad de hablar categóricamente y explicar ciertas circunstancias a María, cuya resolución, sin embargo, le pareció que sería inquebrantable.
— Entonces…
— Entonces, interrumpió Don Alonso, estoy resuelto a hacer la última prueba en este odioso y delicado asunto. Si V. S. Ilma. me permite recado de escribir, dirigiré ahora mismo a mi esposa, una orden para que se presente aquí, con nuestra hija.
— Que me place, repuso el señor Obispo, poniendo delante de Don Alonso pluma, papel y tinta. El caballero, con mal seguro pulso, trazó las siguientes líneas:
«Amor mí, ven luego a Palacio, trayendo a María. Np te sorprendas ni aflijas, este paso es absolutamente indispensable para satisfacer a los agentes de la Santa Inquisición. Procura, sobre todo, que no se alarme la niña, y prevenía como corresponde. Te espero al punto.»
Concluido y cerrado el billete, el señor Obispo sonó la campanilla y entró un paje.
— Ahora mismo, dijo el Prelado, extendiendo el billete al pajecillo, entrega éste papel en las propias manos de la señora Doña Gertrudis, esposa del señor Don Alonso de la Cerda. Marcha.
Y el paje desapareció, después de hacer las cortesías de estilo.
Mientras el portador del mensaje se dirigía a casa del caballero, se interrumpió la conferencia. El Deán salió de la cámara por unos minutos, y Don Alonso y el Prelado, sólo hablaron de cosas indiferentes.
Doña Gertrudis recibió la orden de su esposo. No admitía réplica, ni convenía hacer otra cosa que obsequiarla. Despidió, pues, al portador, e hizo llamar a María.
— Ven acá, hija mía, dijóle llorando. Es preciso, que en la ocasión que desde luego va a presentársete, muestres los buenos principios y los nobles sentimientos que tu padre y yo hemos procurado inspirarte. Vamos ahora mismo al Palacio del señor Obispo, quien, seguramente, va a repetirte la proposición que te hizo ahora hace pocos meses, de entrar en un convento, y tomar el hábito de religiosa.
Aunque esta explicación era para María enteramente imprevista e inesperada, repuso, sin embargo, en el momento, y casi sin detenerse.
— Madre mía, conozco ahora, en fin, que aquella indicación del señor Obispo fue hecha con alguna mira oculta, que yo no alcanzo. De todos modos, yo repetiré lo que entonces dije, a saber, que siento la más profunda repugnancia, porque no creo tener vocación al estado monástico, a entrar en el convento, y tomar el hábito religioso. Sin embargo, si tal es el deseo de mis padres, me prestaré con gusto al sacrificio, para demostrar así, cuánta y cuan viva es mi gratitud a sus innumerables beneficios.
— ¡Ah, no, mi María, no!, exclamó sollozando la buena señora. Al contrario, ese sacrificio nos despedazaría el corazón. No queremos contrariar tu voluntad, ni permitir que un poder extraño pretenda violentarla; y me alegro de escuchar la ratificación de esos sentimientos. Aderézate, y vamos a ver al señor Obispo.
Media hora después, la señora y la huérfana, se dirigieron en una litera al Palacio episcopal, en donde ya eran ansiosamente esperadas, para decidir definitivamente cuál sería el partido que debía adoptarse para la ejecución de la orden venida de Madrid.
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