En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO XII
Al punto a que habían llegado las cosas, el Deán no hallaba camino para salir del áspero zarzal en que se encontraba. Su última conferencia con el jesuita, le había descubierto que éste obraba contrariándole abiertamente, por razones fuertes y poderosas que favoreciesen tal conducta, por más que esas razones estuviesen fuera de su alcance. Y como su conciencia no estaba muy limpia en el negocio del judío, comenzaba a entrever algún funesto desenlace en aquella tragedia. Esperaba, sin embargo, que el señor Obispo adoptase un partido decisivo, y en vez de intervención pasiva que pretendía aceptar únicamente en el asunto, se revistiese de energía, hablase muy alto a todos los oponentes, sin distinción, y asegurase al fin a la iglesia los bienes en disputa, librándole así de un grave conflicto y de un peso enorme.
Así discurría el Deán en su tránsito de la iglesia de Jesús a la Catedral, a donde se encaminaba. Entró por la pequeña puerta de la capilla de Nuestra Señora Santa Ana, que es hoy el Sagrario, y se dirigió al altar de ánimas, en que acababa de colocarse una efigie de Jesucristo Crucificado, ennegrecida y cubierta de ampollas, traída por el señor Obispo, del pueblo de Ichmul, y que según fama, en el total incendio de la iglesia de aquel pueblo había permanecido incombusta. Arrodillóse el afligido Deán al pie del
altar, y allí permaneció hasta que el reloj de la Catedral dio la hora de las seis. Incorporóse entonces, cruzó con gravedad el templo, y se dirigió a la puerta del costado del Sur, que se comunicaba con otra del Palacio episcopal, abierta desde muy
temprano para que los familiares de Su Señoría Ilma., que no estaban de semana de servicio, bajasen a la Catedral. Entró el Deán por esta puerta, y a tiempo que se dirigía a la escalera, salióle al encuentro el padre dominico, confesor del Prelado, y Secretario, además, del Comisariato inquisitorial de Mérida. La presencia de aquel hombre sacó al Deán de sus cavilaciones. Figurósele de repente, que el bendito fraile era un nuevo obstáculo que se le presentaba en el negocio que en ese momento absorbía todos sus pensamientos. Sentía una repugnancia instintiva contra el dominico, y siempre le había tratado con desprecio y arrogancia, aun a la vista del Prelado, sin reflexionar que el dominico era hombre como los demás, que podía llevar a mal aquel trato depresivo, y urdir contra el Comisario alguna trama, para lo cual podía descubrir en los archivos del Santo Oficio, que estaban a su cuidado e inspección, los medios de satisfacer sus resentimientos.
— «Jube domne benedicere», dijo el dominico, interponiéndose entre el Deán y la escalera, y haciendo una profunda reverencia al Comisario, quien, separándose a un lado, repuso:
— No me venga usted con jaculatorias de claustro, padre mío, que no soy ningún fraile, gracias a Dios. ¿Qué se ofrece?
— Pido a V. R. la venia debida para hablar.
— Perdone usted, padre, que voy de prisa.
— Mi deber me prescribe hablar, muy ilustre señor, insistió el dominico, cortando otra vez el paso al Deán; pido la venia debida.
— ¡Qué significa ese atrevimiento!, exclamó el Deán. ¿ No oye usted que le digo que estoy de prisa, y me urge hablar con el señor Obispo? Apártese y déjeme en paz.
Y el Deán comenzó a subir los primeros peldaños de la escalera. El dominico, que se había detenido al pie de ella, le gritó:
— Señor Bachiller Don Gaspar Gómez y Güemez, Deán de esta santa iglesia Catedral, y Comisario del Santo Tribunal de la Fe, establecido en los dominios de S. M. C. para perseguir la herética pravedad; deténgase y escúcheme, que le va en ello la salvación de su ánima.
— ¡Eh! no me place. Váyase a rezar horas, y no sea testarudo, repuso el Deán al llegar al primer descanso de la escalera.
— Por la última vez, hombre engreído y lleno de flaqueza, oiga V. R. lo que tengo que comunicarle, que es asunto de conciencia. Mire que puede pesarle mucho esta ligereza.
— Yo soy responsable de mi propia conducta. Bien puede usted marchar a la huerta, a cuidar de las aves domésticas de Palacio, dijo a voces el Deán, tomando ya la galería superior.
Insistiendo el dominico en su propósito, salió rápidamente del pasadizo, y se dirigió al, patio principal; colocándose allí mientras que el Deán se encaminaba a las habitaciones del señor Obispo, el terco dominico le gritaba:
— Deténgase, señor Comisario, el «presumido» Juan de Hinestrosa desea con urgencia hablar con V R.
Si un rayo se hubiese desprendido súbitamente sobre la cabeza del Comisario, tal vez no le hubiese causado tal pavor y espanto, como el nombre de Hinestrosa, que acababa de escuchar, y que se levantaba en aquel momento como un fantasma. Muchísimos años había que aquel desgraciado estaba encerrado en las cárceles del Santo Oficio de Mérida. Un acceso de demencia, que llegó a ser incurable, hizo detener su causa y dejarle preso en su calabozo, porque no se tuvo por conveniente darle libertad. Tanto tiempo había transcurrido de aquel suceso, que el nombre de la víctima dejó de ser familiar a los oídos del Comisario, y aun llegó éste a perder la memoria de los incidentes bastante graves que trajeron al reo a las cárceles del Santo Oficio, sin embargo que no dejaban de tener conexión esos incidentes con la causa del judío, que era el negocio más ruidoso y comprometido que se hubiese ofrecido al Deán, durante la larga fecha de su Comisariato en la provincia. Un tropel de ideas, a cual más alarmantes, se ofrecieron a su espíritu en aquel momento, y se figuró que ese nombre no podía menos de ser providencialmente proferido en tan extraña circunstancia. El dominico, sin dejar lugar al pobre Deán de reponerse de su sorpresa y estupor, prosiguió gritando desde el patio:
— Dese prisa, por Dios, señor Comisario; el presumido ha recobrado el pleno uso de su razón, pero estaba tan gravemente enfermo, que le he administrado los santos sacramentos esta madrugada. Poco después de las cuatro, he acudido a llamarle a su casa, y he sabido que se había encaminado al colegio de San Javier. Baje, pues, muy ilustre señor, que se trata de la salvación de su ánima, según llevo dicho.
— ¡Silencio!, exclamó el Deán, ya repuesto un tanto de su estupor. Allá voy en este momento.
En efecto, descendió muy de prisa la escalera que acababa de subir, y a cuyo pie volvió a encontrar al importuno dominico, que le esperaba para conducirle a la prisión del procesado. Sin hablar una sola palabra, siguió al confesor, que en su calidad de Secretario del Tribunal, era la única persona que podía dar entrada en las prisiones aun a los ministros. Allí, al fin de un lóbrego y pestilente pasadizo, había una puerta pequeña, asegurada con gruesos cerrojos, y que guiaba a un miserable y húmedo aposento, en el cual sólo se veía a la claridad de una lámpara mortecina, una mugrienta hamaca, en que yacía echado el preso. Sepa Dios qué clase de encontrados afectos asaltarían al señor Deán en aquel momento. Lo cierto es, que, sin embargo del terror y repugnancia que le inspiraba la presencia de aquel desventurado, prefirió quedarse a solas con él, mandando al dominico, con voz agria y destemplada, que se alejase de allí. Este obedeció al punto, no sin sonreírse irónicamente de las tardías e intempestivas precauciones del Comisario.
Dos horas después, salió éste de aquella lóbrega mazmorra. Pálido y cubierto de sudor helado, se detuvo para respirar algunos minutos en la pieza ventilada en que le esperaba el Secretario. Ya repuesto, se encaminó otra vez a la escalera.
— ¿Tiene V. R. algunas órdenes que comunicarme?, preguntó el dominico.
— Ninguna, respondió el Deán.
— Pero si el preso se pone en agonía…
— Entonces, le ayudara usted a bien morir.
— ¿Y si muere?…
— Mandará usted que entierren el cadáver.
— Pero si V. R. cree, que debo enterar de todo a Su Señoría lima., lo verificaré así.
— Haga usted lo que mejor le plazca, padre mío, y deje de importunarme, repuso el Deán, en tono desabrido y desapareciendo de la vista del Secretario.
Un momento después, hallóse en presencia del señor Obispo.
La larga vigilia de la noche precedente, su entrevista con el jesuita y, sobre todo, la audiencia que acababa de conceder al desgraciado preso de las cárceles del Santo Oficio, habían alterado notablemente sus facciones. Una especie de fiebre nerviosa le devoraba, su voz era balbuciente y sus miembros se agitaban involuntariamente de una manera convulsiva. El señor Obispo no pudo menos de sorprenderse al observar aquella súbita mutación, ocurrida en las poquísimas horas transcurridas desde que se habían visto la última vez.
— ¿Qué novedad, señor Deán?, preguntó a éste, luego que hubo tomado asiento. ¿Qué ocurre de nuevo, que así haya podido influir sobre usted?
— Nada de particular, Ilmo. Señor, respondió el Deán. Sólo que me ha sido imposible dormir anoche, y que el padre Prepósito acaba de proporcionarme un nuevo disgusto.
— iCómo! ¿Ha vuelto usted a verle?
— Sí, señor: me he desayunado en su compañía.
— Ya extrañaba no verle más temprano, conforme le previne, y bien, ¿qué ha podido usted adelantar?
— Recibir nuevos baldones de ese bellaco.
— Me deja usted pasmado, pero entonces, seguramente que no se atrevió usted a proponerle el entrego de las fincas del judío.
— Casi le rogué que las aceptase, por amor de Dios.
— ¿Y sé ha resistido?
— Decididamente.
— No lo comprendo.
— Y yo mucho menos.
— Pero, señor Deán, yo le he aconsejado a usted que manejase estas cosas con un poco de más tacto y circunspección.
— ¡Válgame la protección del Santísimo Cristo, que V. S. Ilma. hizo venir de Ichmul! Digo a V. S. Ilma., que he sacrificado todos los afectos de mi corazón, para traer ese hombre a partido, hasta dejarme humillar, por su arrogante petulancia. Nada quiere escuchar. Esta poseído del demonio de la envidia o de la soberbia.
— ¡Algo hay aquí, que me ocultan! De otra manera, es incomprensible semejante proceder.
— Yo no he ocultado nada a V. S. Ilma., ni tengo para qué.
— Pero es indudable, que el Prepósito procede así, por algún motivo particular. ¿No sospecha usted cuál será ese motivo?
— No, señor; sin embargo de que tengo la misma convicción que V. S. Ilma. No queda otro arbitrio que proceder con entereza y rectitud.
— Eso, por de contado. Yo debo cumplir con lo que se me ordena ; y si hay algo que objetar en contra, que se exponga ante la autoridad que corresponda. El papel que a mí me toca hacer, es demasiado fácil.
— Sin embargo…
— ¿Qué?
— Quiero decir, que si V. S. Ilma. no adopta un partido de rigor y energía…
— ¿Que yo obligue por la fuerza a la hija del judío? Eso, no haré yo, en verdad. Creo que es más fácil el medio que he indicado.
— Pero señor Obispo, vamos a escollarnos.
— ¡Escollarme yo!, exclamó el Prelado. Si por mí tiene usted esa aprensión, bien puede abandonarla.
Y la fisonomía del señor Obispo tomó una expresión de autoridad, que desconcertó al pobre Deán, que tantos motivos de disgusto y sobresalto había tenido en aquella mañana. Y para agravar más esta situación, el importuno dominico entró en la cámara y suplicó al Prelado le escuchase aparte. Más de un cuarto de hora estuvieron ambos hablando en la pieza inmediata, sin que él pudiese comprender el objeto de su discurso.
Vuelto el señor Obispo, preguntó al Deán si había insistido en que se verificase la conferencia con el Prepósito.
— Sí, señor, respondió el Comisario; pero he cambiado la hora de la cita. El Prepósito debe estar aquí de un momento a otro, pues le he prevenido que se presentase en Palacio a las ocho y media.
— Mejor está así; pues a la cuenta, no debe convenir la presencia de Don Alonso en esta conferencia.
— ¡El señor Prepósito de la Compañía de Jesús!, anunció un pajecillo, abriendo las mamparas de la cámara del señor Obispo, y haciéndose a un lado, para que entrase el jesuita.
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