DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reillye – Capítulo VIII por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

CAPÍTULO VIII

 

Preciso es volver al dormitorio del jesuita, en donde se verificaba una contraintriga, mientras ocurrían en el Palacio Episcopal las escenas referidas en los dos últimos capítulos.

Tendrase presente que cuando el Prepósito salió al encuentro del Deán, su socio en ensayos tipográficos, que también lo era en alguna otras muchas cosas, quedó encerrado en el dormitorio, y en aptitud, por lo mismo, de enterarse plenamente de la conversación ocurrida entre ambos personajes. Y lo digo, porque ni el socio era sordo, ni el Prepósito ni el Deán se curaban mucho de bajar la voz durante su entrevista; antes bien, alguna vez la alzaron a tal punto, que habrían podido haberla escuchado hasta los sordos, y los maestros de capilla, que según fama, no tienen oído.

Cuando el Deán se despidió tan bruscamente, y el Prepósito entró de nuevo en aquella especie de laboratorio, el socio parecía consagra toda su atención a las planchas y muestras que había sobre la máquina. Por de contado, que el Prepósito no podría abrigar l más ligera duda de que el dialogo había sido escuchado; y aún los término de él habían sido llevados con la misma mira y en la propia inteligencia. Sonrióse, pues, desde la primera ojeada dirigida sobre el socio, que pretendía aparentar indiferencia o ignorancia en el asunto.

No diré (como no digo otras muchas cosas que acaso se presumirá que digo o quiero decir), que el socio del Prepósito fuese tan astuto y maligno como aquel padrecito tuerto que, según las crónicas del “Judío errante”, fue enviado d Roma a París para dar el golpe decisivo al celebérrimo y ominoso padre Rodin. Ni tampoco es intención mía significar, que el susodicho socio hubiese sido designado por persona alguna para acechar la conducta del Prepósito, lo primero, porque en ninguna parte de los “infolios” que he consultado para escribir la presente historia, se dice nada de eso; y lo otro, porque yo creo positivamente que todo ello es invención, y que así hay tales socios, como por los cerros de Ubeda. Lo que sí parece cierto e indubitable, es que el Padre Noriega era un súbdito muy sumiso y obediente del Prepósito, instrumento suyo y consagrado a sus servicio; es decir, hablando familiarmente, el Prepósito y el socio eran uña y carne; aunque no por eso, se había desmentido jamás el respeto del súbdito al superior.

El Prepósito se aproximó a la máquina, volvió a sacra nuevas pruebas, y por algunos minutos estuvo aparentemente engolfado ene examinar el éxito de sus experimentos. Mas volviéndose de improviso al socio, que parecía no pensar en otra cosa que en la pequeña imprenta; preguntóle, entre serio y risueño.

-Vamos, ¿y a usted qué le parece? ¿He presentado bien mi papel?

-¿En qué comedia? ¿En la de la imprenta, o en la Hija del Judío?, replicó el otro.

-Parece que aprendió usted bien la lección que acabo de dar al Deán, y quiere usted empatármela con sus contrapreguntas. No, “patercule”, dejemos ese camino; porque si bien es muy cómodo traer por él a nuestros adversarios, nosotros no podemos seguirlo, sin tropezar a cada paso. Así, pues, vuelvo a preguntarle, ¿He representado bien mi papel?

-A las mil maravillas, respondió el socio; pues aunque para ello fue preciso apelar a una superchería, con todo, se ha salido bien del paso. Por lo demás buenas son las doctrinas de nuestras casuistas para quedar bien con nuestra propia consciencia.

-Por lo pronto, el bueno del Deán ha tragado la píldora, y cree, a pie juntillas, que posea la carta recibida hoy por el Obispo.

-Pero ese misterio quedará aclarado mañana; y de veras que quería verle salir del paso.

-¡Oh¡ Eso es más sencillo todavía. Mire usted, es verdad que lo que es la copia, no la tenemos; pero basta saber que la carta se ha escrito, que es relativa al asunto del judío, y que en ella se hacen alusiones a mi persona. Por tanto, además de que tengo motivo suficiente para estar satisfecho y agradecido de la astucia y perspicacia de mi agente en Madrid, me encuentro con datos suficientes y con armas poderosas para batir a cuantos quieran hacernos una guerra declarada. Esos hombres se han obstinado en su intensión de aprovecharse exclusivamente de unos bienes que, si no han de devolverse a su legítimo dueño, deben destinarse a objetos sagrados y de pública utilidad, y no al provecho de algunos…¡Vamos! El nombre que merecen. Yo propuse que guardasen para si el dinero y las alhajas preciosas, que bien monta a una suma respetable, entregando a la Compañía los bienes restantes, para aplicarlos a la educación de la juventud de la provincia, que tan atrasada en ilustración se encuentra. ¡Lo han reusado! Pues bien, o todo ha de ser de la Compañía, o todo, sin bajar un maravedí, ha de volver a las manos de su legítimo dueño. He aquí mi formal declaración de guerra, que estoy firmemente resuelto a sostener.

El Prepósito parecía hallarse en un grado de excitación vehemente, y comenzó a recorrer el aposento, de un extremo a otro. El socio mantenía la vista clavada en las formas de imprenta que tenía por delante, como si no hiciese alto en lo que ocurría. Pero al cabo de algunos minutos, aventuró la siguiente observación, sin cambiar de actitud.

-Yo considero a V. R. con los medios suficientes para lograr su objeto. Sin embargo, me permitirá observarle, que en semejante guerra se llevaría V. R. de encuentro a la Santa Inquisición.

-¡Y eso, qué me importa!, exclamó el Prepósito, deteniéndose junto al socio.

-¿Qué importa? Replicó este. V. R. sabe lo que dice, por lo que a mi hace, yo creo que no siendo las armas iguales, ni…

-Ciertamente, repuso el prepósito, cortando la palabra a su interlocutor. Ciertamente que las armas no son iguales, porque las mías son ventajosas. Mire usted, mi buen padre Noriega, yo poseo las pruebas más plenas para acreditar en cualquier tiempo, y ante la real persona si el caso lo exigiese, que cuanto se ha imputado al ilustre e intachable caballero Don Felipe Álvarez de Monsreal, es un horrendo tejido de calumnias, acumuladas sobre su inocente cabeza, con la siniestra mira de satisfacer personales resentimientos, y de despojarle de unos bienes que la envidia y los celos no podían tolerar que se hallasen florecientes en sus manos industriosas. Yo probaré y repito a usted que mis pruebas son concluyentes, que el dicho caballero no es, ni ha sido jamás judío, sino cristiano muy sincero, de religiosidad intachable, de honradez suma, e incapaz, por tanto, de ser culpa directa ni indirectamente, de los gravísimos crímenes que se le imputan. Yo haré ver que el Comisario de Mérida y el Tribunal de México, han llevado adelante ese proceso sobre una simple delación anonimia, a  cuyos autores conozco como a mis manos, y cuyos motivos me son patentes, con la mira exclusiva de apoderarse de los cuantiosos bienes del acusado, haciendo recaer tan gravísima pena sobre su inocente hija, Todo esto lo sé yo, y la hora de venir, en que se aclare el misterio, y sepan el Consejo y el Rey, como se ha tratado en su nombre a un vasallo leal.

Volvió el Prepósito a medir la extensión del aposento, con largos pasos, mientras que el socio parecía abismado en una cavilación profunda. Después de una larga pausa, el prepósito volvió a detenerse junto a su interlocutor, preguntándole:

-¿Y qué opina usted de todo esto?

-¡Qué quiere V. R. que le diga! No hay duda que los sagrados intereses de una huérfana desagraciada, encuentran en V. R. un abogado muy poderoso. Muy bien, yo aplaudo muy sincera y cordialmente el esfuerzo que hará V. R. a fin de ver restituidos esos bienes a su legítimo dueño. Por tanto el segundo extremo de la disyuntiva no solamente me parece justo, sino fácil y asequible, supuesto que posee todas esas pruebas y medios que dice. No sé entonces, cómo haría V. R. si por ventura le viniese a las mientes insistir en el primer extremo de ella, y obtener todos esos bienes ara la compañía de Jesús.

-¿De veras no sabe usted, mi buen Padre, cómo haría yo? ¡Dios  lo bendiga, hermano mío, por su candor y su inocencia!

-No lo lleve V. R. a mala parte, pero yo quisiera ver cómo lograría su objetivo.

-Sencillamente, y no puedo figurarme que usted ignore o no conciba el modo. En primer lugar, todo el proceso, con sus vicios y nulidades, nos servirán tan bien o mejor que pudiera servir a los que se han empeñado en sacar de él todo el provecho a que aspiran, porque esos vicios y esas nulidades sólo yo puedo demostrarlos. En segundo lugar, añadió el Prepósito con voz casi imperceptible y pegando sus labios al oído de del socio, tenemos en nuestro poder aquella historia misteriosa cuyos pormenores nos fueron revelados en el confesionario rojo de la sala de los ecos…

-Ya comprendo, interrumpió el socio, lanzando una mirada de inquietud por todo el aposento.

Hubo un cuarto de hora de silencio sombrío y sepulcral, que ninguno de los dos padres daba muestras de querer interrumpir. Ambos parecían enteramente entregados al arreglo de los tipos de la pequeña imprenta.

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