En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO VII
La parte destinad para el estrado del santo tribunal y prisión de los reos y “presumidos” ocupaba casi todo el piso de la parte del Norte del Palacio episcopal. La ignorancia y preocupación de aquel tiempo, habían echado un denso velo sobre los justos y legítimos derechos de los Obispos, únicos que podían juzgar en las causas de fe conforme a los sanos principios de la primitiva jurisprudencia eclesiástica; llevando los despojados su servil condescendencia a tal punto, hasta hacerse un honor pertenecer al tribunal de la Inquisición, y participar de sus odiosos atentados. Las prisiones de Mérida, no eran más que para asegurar de pronto a los reos, mientras se les formaba l sumaria y eran remitidos a disposición del tribunal residente en México. Por tanto, carecía de aquel horrible y formidable aparato, que ha hecho célebres las cárceles inquisitoriales. Eso no quitaba, que las de Mérida fueran estrechas, obscuras, malsanas y sujetas a toda l repugnancia característica de la inquisición.
La organización del tribunal, también era de un modo peculiar y como si dijéramos excepcional. En Yucatán no había frailes dominicos, que era, por decirlo así, los inquisidores natos de la monarquía y, por lo mismo, se nombraba un Comisario de delegado del Santo Oficio, cuyo nombramiento recaía siempre en un Canónigo, dándole como Coadjutor o Consultor ordinario a cualquier otro eclesiástico caracterizado, para que, bajo la inmediata inspección del diocesano, se ejecutasen los procedimientos,. Si por casualidad había en la provincia algún religioso de Santo Domingo, ese era “ipso jure”, el secretario del Comisariato. Sin embargo del poco aparato y ostentación que en este país tenía la Inquisición, no por eso era menos temible. Muchas de las personas principales se horraban con la vana, absurda y depresiva condecoración de “familiares” del Santo Oficio, por librarse de ser molestados y echados de aquel tribunal. Cierto que nuestros pobres abuelos tuvieron la desgracia de verse privados del sublime espectáculo de los “autos de fe” en que los malos cristianos eran quemados en una hoguera pública, porque esta ejecución solemne se verificaba en México; pero, en recompensa, veían desaparecer misteriosamente muchas personas, sin volver a saber más de su paradero, sospechándolo únicamente, por el destino que se daba a sus fortunas, que jamás pasaban a sus legítimos dueños.
Al cabo de dos minutos de haber salido de la cámara del Prelado, entraron éste, el Deán y el Padre dominico, en el estrado del tribunal. Era una sala completamente tapizada de negro, con una mesa cubierta de terciopelo rojo en el centro, y en la testera una especie de altar con el escudo de la inquisición bordado de realce, con esta imponente sentencia en la orla: “Exurge Domine et judica causam tuam”. Sobre la mesa ardían dos velas de cera amarilla en candelabros de madera.
El señor Obispo y el Deán tomaron asiento a la cabecera de la mesa, el dominico se mantuvo en pie a una respetuosa distancia.
Después de haber guardado silencio por unos segundos, como para implorar del cielo la luz divina, y les guiase en sus procedimientos, el Obispo desplegó de nuevo el pergamino, y echando una ojeada sobre su confesor, que permanecía con la vista fija en el suelo, leyó lo siguiente:
“Reverendo in Christo, padre Obispo de Yucatán, Cozumel y Tabasco del Consejo de su Majestad. –Hago saber a V. R., de orden de la suprema Inquisición, como h sufrido ya su último interrogatorio el reo Felipe Álvarez de Monsreal, traído de las Cárceles del Santo Oficio de México, a donde fue enviado por el Comisariato de Mérida de Yucatán, a las de la Suprema, para oír la sentencia con que debe terminarse el proceso que le ha fulminado el Santo Tribunal, por los gravísimo crímenes de judaísmo, judaizante, falsedad, sacrilegio y propagación de horribles doctrinas “sapientes hoeresim et auricularum offensivas”. La Suprema va a imponer la reo las gravísimas penas a que se ha hecho acreedor, a pesar de los varios y multiplicados artificios que para evitarlas ha empleado en tan dilatado número de años que lleva su proceso. Pero, “ante omnia”, para no dejar ilusorias dichas penas me ordena el Tribunal prevenga a V. R. y al que es o fuere Comisario del Santo Oficio en aquellos dominios, que se proceda desde luego a asegurar de una manera eficaz todos los bienes secuestrados al reo, dictándose las medidas que se estimen convenientes, para no frustrar el objeto de esta determinación. Así mismo ordena prevenir a V. R. que el acuerdo privado y preventivo del Santo Oficio de México, por el cual se encargó a V. R. que encerrase en un convento e hiciese profesar a María Álvarez de Monsreal y Gorozica, hija única del reo, sea puntualmente ejecutada sin dilación, pues lo ratifica la Suprema en todos sus partes. Por último me encarga decir a V. R. que en el asunto procure obrar con el mayor sigilo y cautela, a fin de de precaver que los parciales y protectores del reo intervengan en la conclusión de este asunto, cuidando, sobre todo, de no dar plena participación en él al Padre Prepósito de la Compañía de Jesús, y Consultor ordinario de ese Tribunal, sino en lo que baste al puntual cumplimiento de esta orden, pues a dicho Consultor se supone la intención de entorpecer el curso de estos procedimientos. Sin embargo, como esta suposición proviene de ese Comisariato, según aparece del informe núm. 88, foj. 321 de la novena pieza del proceso, tanto V. R. como el susodicho Comisario regularán su conducta en los términos más prudentes, siendo de advertir que esta carta camina por la vía reservada, para los efectos convenientes. –Dios guarde a V. R. muchos años. De Madrid, a 24 de enero de 1660. -Fr. Martín de Santa-Cruz, Secretario.”
_recapitulemos, dijo el Prelado, después de terminar su lectura, y colocando la carta sobre la mesa. Los bienes secuestrados deben ponerse en manos muy seguras para evitar su destrucción, y sobre todo, para asegurar su propiedad a la Iglesia, si por ventura la Superna no intenta aplicarlos a otros objetos, igualmente dignos. Como según aquel aforismo canónico, “melior est conditio possidentis”, yo opino que esos bienes deben depositarse, no en manos laicas, sino eclesiásticas.
El dominico hizo un ademán de perfecto asentimiento. El deán Repuso:
-Por este lado debemos estar tranquilos, pues los 83,694 pesos en efectivo, y las alhajas de oro y plata por valor de 32,304 pesos, todo existe en segura custodia en la Tesorería de Cabildo, conforme al acuerdo celebrado con el predecesor de V. S. Ilma. Respecto de las fincas, que consisten en tres posesiones de casas en esta ciudad, cuatro en la villa de Valladolid, una en la de Campeche, y siete haciendas de campo en el partido de Izamal, con más la estancia de San Pedro Chucuaxim en estas inmediaciones, si bien no han tenido mayor adelanto, consérvanse, no obstante, en muy buen estado. Sobre todo, está su administración en buenas manos, porque el venerable Don Tadeo es antiguo familiar del Santo Oficio, y tiene mayor empeño, en que estos bienes no caigan en las sacrílegas manos de la hija del maldito judío.
El dominico se encogió de hombros. El señor Obispo, sin aparentar que había observado aquel movimiento, repuso al comisario:
-Enhorabuena; eso es cuenta de usted y, por ahora, no me ocurre observación ninguna en contrario. Mi encargo se reduce únicamente a ejecutar las órdenes superiores, siendo responsables ante Dios y su propia conciencia, los que hayan promovido y seguido este proceso.
El Deán inclinó la cabeza, en señal de estar de acuerdo con la opinión del señor Obispo. El dominico fijó una mirada indagadora sobre la fisonomía del Prelado, quien continuó:
-En segundo lugar, es indispensable hacer que Doña María Álvarez de Monsreal y Gorozica, tome el velo religioso en este convento, o en cualquier otro.
-Precisamente en esto vamos a tropezar con graves dificultades, observó el Deán.
-Bien, repuso el Obispo. Encárguese usted de allanarlas. Yo no tengo aquí más intervención, que la de mi autoridad, para apoyar las órdenes y disposiciones del Santo Tribunal.
-El bueno de Don Alonso de la Cerda, dijo el Deán, escudado de no sé qué pretensiones de virtud y conciencia inmaculada, va, sin duda alguna, a oponérsenos. Tiene amigos y valedores de ambas Cortes, goza de cierto influjo usurpado y, por tanto, esa intervención de V. S. Ilma. debe ser más eficaz de lo que indica. Mientras no dejemos a la hija del judío en incapacidad de reclamar esos bienes, la iglesia corre el inminente peligro de perderlos; peligro tanto más temible, cuanto que en el discurso del proceso, los apoderados de Don Alonso, tutor de la hija del judío, han promovido la especie de que esos bienes, o su mayor parte, pertenecieron en plena propiedad a Doña María Altagracia de Gorozica, esposa del reo, y tal vez su cómplice. Por tanto, la prevención del Tribunal, muy sabia ciertamente, de que se haga profesar a la hija, es lo único que evitaría se perpetuasen esos bienes en poder de una raza maldita.
El señor Obispo parecía escuchar aquel razonamiento con la más profunda atención mientras que el dominico, cuyas funciones en aquel momento, eran las de Secretario del Tribunal, mostraba en sus ademanes cierta preocupación desdeñosa contra el Deán, aunque no e atrevía o no quería expresar su opinión. Conocía la circunspección del Prelado, el respeto que sabía exigir de los demás; y aunque su carácter de confesor ordinario de S. S. Ilma. le daba plena entrada en lo más recóndito de la conciencia de este, no por se creía autorizado para mezclarse en otros asuntos que no fuesen los que ocurrían en el confesionario. Por lo menos, tal era su política exterior y, tal su conducta en presencia de otras personas , bien fuese porque aquel era su modo de ver las cosas, o porque el Prelado la hubiese exigido así, por más que en lo privado esta conducta tuviese algunas modificaciones; lo cual no era extraño, pues ambos, confesor y penitente pertenecían a la misma orden religiosa, y se trataban con intimidad desde que eran jóvenes y andaban en los conventos de España.
El Deán había tomado en aquel momento la carta entre sus manos, y después de haberla leído para sí, permaneció en silencio por más de un minuto; luego continuó, como expresando el corolario de sus pensamientos:
-¡Si se hubiesen recogido las pruebas que convencían a la esposa del judío de ser ella quien dio muerte alevosa al ilustre Conde de Peñalva!…
-El insigne patrón y favorecedor de V. S, rezongó el dominico.
El Deán lanzó una mirada de profunda altanería, sobre el impertinente que ele interrumpiera. El señor Obispo inclinó la cabeza, como si no hubiese hecho ninguna observación, clavó la vista en la orla del escudo que adornaba el estrado del santo Tribunal.
-Si no hubiésemos sido entonces tan omisos, continuó el Deán, el asunto ofrecería hoy mejor aspecto; porque condenados ambos cónyuges, el vivo sería quemado en persona, y el muerto ene estatua; y por consiguiente, la confiscación sería la consecuencia precisa. ¿Qué otro recurso quedaría a la hija, que encerrarse de por vida en un monasterio, para llorar sobre la infamia de sus padres, y abandonar sus derechos (si es que soñase en ellos por sugestión de alguno) y de esa suerte cayesen los bienes en manos de la iglesia, que los emplearía en obras pías?
-Aunque yo no había venido a esta Diócesis, dijo el señor Obispo alzando la cabeza, cuando acaeció la catástrofe de que usted habla; ni yo tengo de ella más conocimiento que el que pudiera tener cualquiera del pueblo, no por eso dejo de comprender perfectamente, que el señor Deán tiene sobradísima razón, en cuanto acaba de expresar, pero supuesto que al argumento le falta la mitad de su fuerza, necesita usted emplear toda la suya, para sacar una buena conclusión. Por ahora, no me parece conveniente llevar las cosas al extremo, y antes de todo, debemos emplear la persuasión.
-¡Tiempo perdido! , exclamó el Deán. Desde ahora anuncio a V. S. Ilma. que por este medio nada conseguiremos, ni de la hija del judío, ni de sus protectores.
-Pues bien, arbitre usted otro más eficaz.
-¡La fuerza!, gritó el Deán.
El dominico volvió a su risa sardónica y despreciativa. El señor Obispo repuso:
-¡La Fuerza! Y qué, ¿Va usted a emplearla contra una niña de dieciséis años para obligarla a que sus labios digan “si”, cuando su corazón dice “no”? Suponga usted que la encerrásemos en el convento y le echásemos el sayo monacal para empezar el noviciado, llegaría el momento de la profesión solemne, y nos dejaría mal ante el público. En tal caso, estaríamos peor de lo que estamos.
-Se hará la profesión en secreto.
-Y la monja o los tutores, protestarán contra el acto, llevarán sus quejas a la Real Audiencia, y aún al Consejo, y sepa Dios lo que resultaría.
-Le fulminará un proceso el Santo Oficio, le aplicará la prueba del tormento “por agua fría”, y ya veremos si profesa o no.
El rostro del dominico había tomado la última expresión del desprecio contra el deán, y si no le contribuyera la presencia del Prelado, tal vez habría ocurrido una escena singular. El señor Obispo replicó:
-Pero, señor Deán, usted se deja arrastrar de una pasión exagerad, que no se detiene a reflexionar en nada. ¿Cuál sería, no ya el motivo, pero ni aún el pretexto para fulminar ese proceso contra la hija del judío? Pero, aun suponiendo que eso fuese posible, ¿cree usted que podrá aquí aplicarse la prueba del tormento? Seguramente que no, pues sabe usted bien que no se extienden a tanto las facultades del comisariato. ¿Qué sería, pues, preciso? Remitir con su proceso a la “presumida” ante el Santo Oficio de México, en cuyo Tribunal, no habiendo los mimos motivos que usted tiene para exponer a aquella criatura a sufrir la prueba del tormento, nada se habría adelantado. Ya ve usted que sus medios no son eficaces.
-Pero eso es ponerse en el último extremo, Ilmo. Señor.
-Todos debemos preverlo, señor Deán, para evitar un desacierto, que no sólo comprometería a usted y a mí personalmente, sino además produciría el resultado que tanto teme usted, a saber, que los bien de Felipe Álvarez de Monsreal caigan en otras manos. Acaba usted de afirmar que Don Alonso tiene valedores en ambas Cortes y yo añado, además que tiene mucho dinero y que si él se empeña en contradecirnos, hartos trabajos y disgustos esperan a usted, sobre los muchos que ha pasado ya en este prolongado negocio.
-Yo me atengo a los términos que la orden de la Suprema nos ha comunicado, y es imposible dejar de cumplirla, dijo el Deán, mostrando impaciencia.
-Según y conforme, señor Comisario, repuso el Prelado. Estos términos deben ser racionales, porque, de otra suerte, sería dar órdenes en vago.
El Deán volvió a quedar pensativo, mientras que el señor Obispo leía de nuevo el pergamino. El dominico parecía regocijarse del embarazo del Deán, pero para disimular la clase de sentimiento de que estaba poseído, se entretenía en hojear el “manual de los inquisidores“, escrito por el padre Torquemada, y que venía a ser como el reglamento de los procedimientos del Santo Oficio. Después de que concluyó su lectura el Prelado, prosiguió, dirigiéndose al Deán:
-Si le parece a usted bien, exigiremos la cooperación activa del Prepósito; pero ya sabe usted sus condiciones; y puntualmente esta es una de las cosas que más debemos considerar. La carta deja a nuestra discreción el dar parte al jesuita en este asunto; y añade que ha provenido del Comisariato, es decir, el señor Deán en persona, la suposición de que el susodicho Prepósito pretendía entorpecer los procedimientos. Me parece bien que usted se encargue de allanar esta grave dificultad.
-Ya he dado cita al Prepósito para el Palacio Episcopal.
-Sí, estoy en ello, pero tenga usted presente, que también Don Alonso debe concurrir a la propia hora, y en ese caso, es preciso anticiparse. Mire, usted, señor Deán, que este asunto es más grave de lo que se figura.
-Pero Ilmo. señor, decididamente estoy convencido, que no puedo sacar nada de ese hombre. Me he llegado a figurar que está preocupado personalmente contra mí y, por lo mismo, ni yo puedo hablarle ya con libertad, ni creo que mis esfuerzos sirvan de nada.
-Como quiera, es precios que obremos, y que sea pronto pero con cordura. Tiene usted el resto de la noche para reflexionar, que yo haré también potro tanto. Mañana a las seis, después de misa, véase usted conmigo y hablaremos.
El reloj de la Catedral dio las once, cuya hora era ya demasiado adelantada. Incorporáronse el señor Obispo y el Deán, saliendo del salón del Tribunal, a cuya puerta esperaba un pajecillo. El dominico permaneció encerrado allí por algún tiempo más, lo cual no tenía nada extraño, pues su destino le obligaba a hacer inmediatamente los extractos de lo que se decía y hacía en el Tribunal.
Despidióse el Deán del Prelado, y marchó a su casa, profundamente pensativo.
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