DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reillye – Capítulo IX por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

CAPÍTULO IX

 

Parecía que aquel diálogo se había interrumpido enteramente, según la extraña actitud que tomaran ambos interlocutores. Fuese remordimiento o temor de cualquier otra clase, lo cierto es que el padre Noriega se había desconcertado con la última frase del Prepósito, y su sobresalto le hizo temer que algún oído inoportuno, cosa por otra parte imposible, hubiese escuchado la conversación que ocurría en el dormitorio del Prepósito, en el cual nadie podía penetrar. Mas fuese por reflexión, o por el deseo de no desagradar al superior, el socio fue recobrando su aplomo, despejósele la frente al fin, y volvió a su primera actitud tranquila e imperturbable, que le era como característica.

Alzando el Prepósito la cabeza, fijó sobre el Padre Noriega una penetrante mirada, y preguntóle en tono de autoridad:

— Y bien, ¿puedo o no puedo salir adelante con mi objeto? ¿Son o no son más ventajosas mis armas?

— No hay duda, respondió el socio; yo confieso humildemente la superioridad de los cálculos de V. R.

El Prepósito inclinó ligeramente la cabeza, como agradeciendo la confesión del socio.

Hubo otro pequeño intervalo de silencio. Luego prosiguió el primero:

— Supongo que Don Alonso comprendería perfectamente las instrucciones, y que no se dejará sorprender.

— Por este lado, bien puede V. R. estar tranquilo. Don Alonso no es de los que se dejaría sorprender, tratándose de un asunto, que ha tomado con tal calor y empeño. Puedo asegurar a V. R. que el buen caballero se anticipará a nuestras miras.

— Bien; ya me lo presumo, pero como este asunto se encuentra en un punto delicado, no está de más ninguna precaución. Por otra parte, aunque no tengo la más ligera desconfianza del bendito fraile dominico que dirige la conciencia mi señora Doña Gertrudis; sin embargo, no sé porqué me da cierto golpe la resistencia de la buena señora, a buscar sus directores entre los padres de la Compañía, cuando lo más lúcido y principal de la ciudad nos prefiere a todos. Algo hay aquí, que aún no hemos podido descubrir con toda nuestra penetración.

— Nadie mejor que V. R. está en aptitud de conocer al Secretario privado del Santo Oficio.

— Cierto, y repito que no abrigo la más ligera desconfianza. Yo se que detesta al Deán, pero no puedo comprender bien sus verdaderos motivos. El Deán goza de la confianza y favor del señor Obispo, y el confesor, no se diga. ¡Son frailes del mismo convento!

— Será acaso natural antipatía; observó el socio.

— Ya lo descubriremos. No hace mucho que estuvo en esta ciudad un personaje misterioso, que sólo se ha dado a conocer a S. S. Ilustrísima, en cuyo palacio vivió por veinte días seguidos. También parece que nuestro buen gobernador se hallaba iniciado en el secreto. Extraño es que lo sea todavía para el Prepósito de la Compañía de Jesús, y ahora que reflexiono en ello, conozco la necesidad de enterarnos a fondo de este incidente. Ese personaje se ha puesto en contacto seguramente con el dominico. ¡Ya se ve! Vivían bajo el mismo techo y… Mas volvamos a Don Alonso; es necesario que oponga una resistencia tenaz y enérgica. Usted, padre mío, insista en esto, que yo le prometo toda mi cooperación.

— Franca y decidida, ¿No es verdad? Preguntó el socio, con cierto aire irónico, qunque respetuoso.

— Sí tal, respondió el Prepósito. Sí tal; se entiende, por ahora.

Sonrióse el socio, el Prepósito conservó su imperturbable serenidad.

— Y si por un evento, observó el padre Noriega, la consabida carta tuviese pro objeto una cosa totalmente diversa de lo que V. R. se ha figurado, entonces, ¿No quedaría triunfante el señor Deán y V. R. desairado?

— Imposible de equivocarse con los antecedentes que tenemos, repuso el Prepósito. Me parece que estoy leyendo letra por letra la carta escrita por el Secretario de la Suprema. “No pierdan de vista esos bienes, que de veras valen la pena, y cuya posesión importa a la iglesia; encierren desde luego a la hija del judío en un convento; y sobre todo, cuidado con ese bellaco jesuita”. No, yo no puedo equivocarme. Demasiado sé cómo se manejan esos negocios, y estoy perfectamente enterado de los esfuerzos del Deán para preocupar a esa gente contra mí.

Y se pintó en la frente del Prepósito una inexplicable satisfacción, porque creía haber dirigido bien sus cálculos. Los lectores conocen ya hasta qué punto había acertado en ellos.

— Además, continuó, después de una ligera pausa, yo tengo otro motivo secreto y no menos poderoso para intervenir eficazmente en el arreglo definitivo de este ruidoso negocio. Permítame usted que no le diga hoy nada acerca de este motivo, porque no ha llegado el tiempo de hacerle esta importante revelación, con la cual usted pueda contar, sin embargo, pues ya sabe que no quisiera hubiese secreto alguno entre nosotros. Diréle solamente, que hay una persona interesada en la suerte de María, que no puede serme indiferente, por los vínculos que a mí la ligan. Sólo una cosa prefiero a los intereses de esa persona, los intereses de la sagrada Compañía, que son para mí superiores a toda otra consideración.

El socio guardó silencio, pero no siendo dueño de poner una barrera a sus pensamientos, su espíritu vivo inquisitivo se fue a volar por los espacios imaginarios. Don Juan de Zubiaur, el terrible Regidor del Cabildo de Campeche, o su hijo, el lindo colegial educado por el Prepósito, no dejaron de cruzar en su imaginación, como un relámpago fugitivo cruza rápidamente los horizontes. Sin embargo, para no dar tiempo al Superior a que se despertasen sus sospechas, y le creyese culpable de una curiosidad importuna, volvió al tenor de la conversación.

— Y si la hija del judío, según la llaman, se resistiese al sacrificio de dejarse encerrar en un convento y, los señores encargados de ejecutar la orden, pretendiesen emplear otro recurso más poderoso y eficaz ¿Qué haría V. R.? ¿Qué haría el buen caballero Don Alonso de la Cerda, con todos sus medios de oposición?

— ¿Otro recurso más poderoso? ¿Cómo cual supone usted, por Dios, mi buen padre Noriega?

— El de la fuerza.

— ¡La fuerza! ¡Ojalá los tentase el diablo de emplear semejante recurso! Entonces nuestro triunfo sería más completo. Desgraciadamente, no intentarán eso, no; pues aunque el señor Deán no es muy despabilado que digamos, con todo y que es un bachiller en artes según blasona a cada paso, y le creo muy capaz de echarse de bruces en un precipicio, sin conocerlo, ni sospecharlo; allí está, sin embargo, el señor Obispo, hombre de más peso y experiencia, que lo evitará, sin duda alguna. La verdad, yo no puedo figurarme que hayan pensado en eso, y no pasa de mera aprensión la que usted tiene.

El padre Noriega mostró en los repetidos movimientos de su cabeza, la mayor complacencia de ver satisfechas con tanta puntualidad y acierto las dificultades  que proponía, no porque las creyese tales, pues era ciertamente mucho más sagaz, y hábil de lo que pudiera creerse a primera vista, sino únicamente por ver cómo saldría de ellas el Prepósito; así, pues, continuó:

— Muy bien; perfectamente bien, perfectamente bien. Pero de seguro, han de insistir en que V. R. emita su dictamen en la conferencia de mañana, y en verdad, que este caso me parece un tanto apurado. Nosotros conocemos bien al Deán, y sabemos su parte flaca. Con el señor Obispo, la cosa es diferente.

— Nada diré, sino con todas las formalidades y por escrito. Yo no tengo ningún inconveniente en decirlo así, franca y categóricamente, no digo yo al señor Obispo, al General mismo de la Sagrada Compañía, a San Ignacio en persona, si viviese.

 

— Enhorabuena; será así como se lo exijan a V. R. Le harán bajar al estrado del Tribunal, le colocarán en frente del Deán, a una vista del fraile dominico, y con las candelas encendidas. El Comisario ostentando su escudo y los bordados de las mangas, le dirá con voz hueca y terrible: «Ea, señor Consultor ordinario del Santo Oficio, cumpla V. R. con su deber, emítanos una consulta en forma.»

— Y para ello, repuso él Prepósito dando una palmada sobre la mesa de nogal, que resonó hasta en los claustros del colegio de San Javier, les sería imprescindible darme todos los antecedentes de la cuestión; es decir, tendremos en nuestro poder la consabida carta. Si creen que poseo la copia, no tendrán inconveniente alguno en darme el original.

— Y entonces ¿qué diría V. R. en su  dictamen?

— Entonces …. Ya lo veremos.

El socio conoció que ya era tiempo de retirarse, y que el Prepósito quería estar solo. Despidióse, pues, con el mayor respeto, y se retiró a su celda después de haber hecho una visita al dormitorio de los colegiales, a la portería y demás dependencias de la casa.

Cuando el Prepósito se halló solo en el dormitorio, aplicó una llavecilla a una pequeña puerta que guiaba a un estrecho pasadizo, en cuya extremidad había cierta escalera espiral que bajaba al noviciado y subía a todas las azoteas y terrazas del colegio. El Prepósito, semejante a un fantasma, siguió esta última dirección e hizo una visita nocturna a las partes superiores del edificio, mientras el socio verificaba la otra de tejas abajo.

Una hora después, entró el jesuita en su dormitorio, de vuelta ya de su excursión. Corrió todas las cortinas, bajó las mamparas y quedó encerrado herméticamente en aquella habitación. Tomó en una mano la palmatoria de plata en que ardía la candela de cera, y se aproximó silenciosamente al cuadro que representaba la imagen de San Ignacio en traje militar y defendiendo las murallas de Pamplona. Tocó un resorte y el lienzo desapareció, casi como una visión fantasmagórica, dejando en su lugar una especie de armario engarzado en la pared. El jesuita tocó un segundo resorte y las dos hojas del armario se abrieron instantáneamente, dejando ver el interior. Era un archivo completo. En cuatro andamios estaban colocados varios rollos y cuadernos manuscritos, cada uno de los cuales expresaba su contenido en una carátula.

El Prepósito colocó a un lado la luz, e introdujo la mano en el tercer andamio, y comenzó a hacer una minuciosa pesquisa de aquellos manuscritos, cuyas carátulas iba leyendo, y dejando después los legajos a un lado. Decía una, «Relación de las aventuras y mocedades del señor Deán Don Bartolomé de Honorato, que murió en olor de santidad, y a quien, sin embargo, no se pueden ayunar las vigilias». Otra, «Curiosa información sobre la pretendida nobleza e hidalguía de la familia de los N. N., cuyo fundador en Yucatán fue N., sentenciado dos veces a galeras, por robo, falsedad y otros varios crímenes vergonzosos». Otra, «Pruébase cómo el sargento mayor D. N., que blasona de noble, es descendiente de moros y judíos, por los cuatro costados». Otra, «Historia secreta del nacimiento de D. N., cuyos bienes posee fraudulentamente D. N.». Otra, «En que se demuestra cómo el Conde de Losada, Gobernador y Capitán general de esta provincia, fue un ladrón público». Otra, «Pruebas en favor de la inocencia del Capitán general Fray D. Juan Vargas de Machuca.»

Después de haber hecho el examen del tercer andamio, que a la cuenta no fue satisfactorio, el jesuita acercó una mesa, y montado sobre ella, comenzó a hacer otra pesquisa en el último andamio de aquel mueble. Los rollos y legajos manuscritos estaban en el propio orden. Decía la caratula de uno, «Cómo el Capitán general Don Esteban de Azcárraga, fue asesinado con diamante raído, y cómo sus asesinos, N. N. y N. se quedaron riendo del caso». La de otro, «Cómo los Regidores de Campeche y de Mérida, hicieron una «zalagarda» contra Don Fernando Zenteno y Maldonado, Gobernador que fue de esta provincia, y cómo, por fin, le dieron yerbas (veneno) en Hecelchakan, y allí murió, sin confesión, como un perro». La de otro, «Relación y curioso romance de la asonada que los Regidores, Justicia y Cabildo de la M. N. y L. ciudad de Mérida, quisieron hacer al señor Marqués de Santo Floro; y cómo el Marqués tenía un paje muy vivo y entrometido, mientras que el Regidor N. tenía una mujer muy liviana, de donde resultó que se virase la tortilla cuando menos lo temían los conspiradores.» La de otro, «Piezas justificativas del asesinato cometido en la persona del Conde de Peñalva, Gobernador y Capitán general, que fue de esta provincia.»

En el momento en que el Prepósito leyó aquella carátula, colocó los restantes legajos en su sitio y tomando el último, se acercó a su bufete y se entregó a la lectura de aquellas piezas, por todo el resto de la noche.

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