En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
TERCERA PARTE
CAPÍTULO II
El retrete del señor Campero correspondía exactamente, en sus muebles y arreglo, al carácter e inclinaciones clcl personaje que lo habitaba. En primer lugar, la puerta tenía dobles cerrojos de hierro, con enormes pasadores de madera recia, que servían para darle mayor seguridad en caso de un ataque nocturno.
En segundo lugar, si bien la cama adornada de una vistosa colgadura, se hallaba en una posición en que se pudiese recibir de lleno la corriente de aire que venía de una de las ventanas que daban a la calle, el tal mueble sólo estaba alli de mero adorno, porque bien se hubiera guardado el Gobernador de dormir en aquel lecho, tan expuesto a los tiros de algún malqueriente o enemigo oculto. Así, pues, en un ángulo muy resguardado y protegido de la pieza, veíase un pequeño catre de campaña, en cuya cabecera estaba un hermoso crucifijo, teniendo a su derecha un par de gruesos trabucos de Vizcaya, y a su izquierda una espada toledana de probado corte y fino temple.
En tercer lugar, los muebles se reducían a seis butacas de cuero curtido, un escaparate de madera negra con chapas adornos de plata, un escritorio o papelera con embutidos de nácar, una mesa de comer pequeña y otra destinada para el altar, que a la vez era un armero, pues si bien una pintura de la Virgen de los Dolores pendía de la pared, colocada en un vistoso cuadro, y poco más abajo había una calavera humana puesta en un nicho de cristales, por vía de adorno, sin embargo se veía allí una descomunal lanza, algunas pistolas, dos puñales y una escopeta.
En cuarto lugar, además de la estera pintada que servía de alfombra junto al catre de campaña, había una hermosa piel de tigre sobre la cual pasaba, por la parte interior, sus cuartos de centinela el viejo soldado, que era el compañero inseparable del Capitán general.
Tal era el retrete. Después de su arreglo, sólo el confesor había penetrado en él; y eso por especial privilegio y aun después de pasado algún tiempo. Del resto, el Gobernador y su factótum eran las únicas personas que podían dar fe y testimonio de la situación de las cosas en aquel misterioso dormitorio, al cual, con permiso del suspicaz Gobernador, vamos a penetrar bajo la protección del dominico.
Como apenas escuchaba el señor Campero un rumor cualquiera, su primer movimiento era dirigirse a la más próxima arma que podía haber a las manos, cuando entró el dominico, sin embargo de haberse hecho anunciar previamente, encontróse con que el buen Gobernador estaba amartillando una pistola, mientras sus azorados ojos se clavaban en la puerta y murmuraba sus preces. Mas así que hubo visto al confesor, recobró su serenidad, colocó la pistola en su sitio y vino con mucha cortesía a dar la bienvenida a su huésped, quien no pudo menos de exclamar observando el movimiento de su señoría:
— ¡Válgame la Virgen del Rosario, señor Gobernador! Miedo me da usted cada vez que entro en este sitio, pues siempre he de encontrarle con algún chisme de esos en la mano. No hay que jugar con el fuego. Mire usted que no es la vez primera que yo he visto ocurrir una desgracia, sin más aca ni más allá, tan sólo por andarse con semejantes muebles. El diablo podría tentar a usted y de repente…
— ¡Jesús me valga! —dijo santiguándose el Gobernador—. No permita Dios que llegue ese caso. Ya salbe usted por qué soy tan desconfiado después que he venido a gobernar en esta malhadada provincia. Si llegase un enemigo a atacarme de frente y cuerpo a cuerpo, ¡por vida de…! ¡ya vería usted que bien librado saldría de la empresa! ¡Por vida de …!
Es de advertir que el bueno de Don José, sin embargo de ser muy devoto y místico en demasía, no por eso había perdido ciertos malos hábitos contraídos en la campaña y en la vida de cuarteles; y por eso, aun cuando rezaba el santo rosario a gañote tendido en compañía de su viejo camarada, no dejaba de ensaltar entre misterio y misterio algunas ristras de ¡por vida de…! sin guardar miramiento en este punto ni a su confesor mismo. ¡Tal es la, fuerza de un hábito incivil y grosero! Sin embargo, el confesor, que conocía la piedad de su penitente y su fe sincera, toleraba aquellos deslices de la lengua, sin curarse mucho de ellos, pues que sus repetidas moniciones contra una costumbre tan reprobable, las había echado siempre en saco roto.
— Es verdad— repuso el confesor—. Convengo con usted en que las precauciones no están de más, cuando se trata de poner en guardia contra gentes que suelen matar gobernadores por quítame allí esas pajas. Pero no hay que llevar esas precauciones a tal punto, que se exponga usted a despachar, sin más aca ni más allá, a su amigo y confidente íntimo. No lo hago yo por mi, sino por usted mismo. Un asesinato, aunque fuese casual, no dejaría de atormentarle cruelmente, figurándose, lo que no es imposible, que el ánima en pena del difunto venía a tomarle estrecha cuenta de aquella culpa, apareciéndosele en una de las horas más avanzadas de la noche.
Por un contraste singular; y no muy raro entre gentes de valor conocido, el Gobernador adolecía de la flaqueza de temer profundamente la presencia de las ánimas en pena; y su horror fue tal al escuchar la observación del dominico, que hubo de erizársele el cabello, girando en torno una mirada llena de terror y espanto.
El dominico, para vengarse del Gobernador por el susto que le causó al entrar, viéndole con una pistola en la mano y casi apuntándole al pecho, no acudió en auxilio de su azorado penitente y le dejó sentir todo el peso poderoso de aquel insólito e intempestivo pavor.
Pasado algún tiempo, y cuando creyó que el buen maestre comenzaba a reponerse, para hacerle más aflictiva aquella situación, añadió con cierto aire abandonado y como quien no quiere que a sus palabras se dé más valor que el que en sí tienen:
— ¡Ya se vé! En este sitio mismo asesinaron cruelmente al difunto Conde de Peñalva de una manera misteriosa e inexplicable hasta hoy.
— ¡Ah! ¡Ah! Ciertamente —murmuró el maestre más muento que vivo— ¡Asi dicen! que le dieron de puñaladas alla donde esta esa cama.
— O tal vez se dio a sí mismo la muerte, que todavía no hay nada averiguado en el asunto.
— ¿Y qué cree usted?…
— Yo no creo nada, señor Gobernador, sino que tarde o temprano se ha de averiguar la verdad. Los que mueren de muerte violenta y desapercibida, suelen volver al mundo de orden de Dios para revelar su género de muerte a fin de que no se persiga al inocente, ni deje de castigarse al criminal, si por acaso esa muerte ha sido la obra de un crimen.
No se necesitaba más para que el maestre acabase de desconcertarse. Respiraba con dificultad y angustia, bañábale la frente un sudor helado y sus ojos desencajados se fijaron en la cama de colgaduras, en cuyo sitio era fama haber sido asesinado el Conde de Peñalva, temiendo ver aparecer de un momento a otro un fantasma sangriento.
No es improbable que el dominico tuviese alguna oculta mira en atormentar de esa suerte al Gobernador, predisponiendo su ánimo para hacerle recibir alguna fuerte impresión. Si tal era su fin, no hay duda que lo consiguió completamente.
Sepa Dios hasta dónde se habría prolongado lo ridículo de aquella escena, si Juan de Herrada, que así era llamado el soldado viejo que acompañaba al Gobernador, no hubiese entrado llevando en un azafate una jícara de chocolate y algunos bizcochos, que tenía la costumbre de servir al confesor, cada vez que venía éste a hacer su visita confidencial al maestre.
Con semejante incidente y la presencia de un nuevo testigo, comenzó a serenarse el Gobernador y a deponer gradualmente la aprensión que le había asaltado. Entonces
fue cuando tomaron asiento los dos personajes, pues hasta allí habían estado en pie el uno en frente del otro.
Mientras el dominico saboreaba el precioso chocolate, la conversación tomó un giro diferente. Juan de Herrada entraba en todas las confianzas del Gobernador, y si bien el alto respeto que profesaba al maestre le prohibía tomar parte directa en las pláticas que ocurrían en su presencia, no por eso dejaba de escucharlas atentamente, reservándose hacer sus comentarios y observaciones, y aun dar muy ásperos consejos, cuando el Gobernador y él se encontraban mano a mano y encerrados dentro de las cuatro paredes del retrete. Juan de Herrada era el valido del viejo Gobernador.
— Y bien —dijo éste al confesor—, ya sabrá usted que hubo hoy correo de la Corte.
— Ciertamente —repuso el dominico— mordiendo la punta de un bizcocho y sorbiendo un trago del chocolate—. El señor Obispo ha recibido una cumulosa correspondencia. ¿Le dicen a usted algo relativo al negocio consabido?
— Sí tal y, de veras que comienza a fastidiarme este enredo. ¿Cómo es posible averiguar el paradero de una suma tan enorme, cuando no pudo sacarse nada en claro en los momentos mismos en que estaban reunidas las pruebas de su existencia? ¿No ha venido en persona el hermano mismo del Conde de Peñalva, hospedándose por veinte días en casa del señor Obispo y cerciorádose a no caberle duda, que sólo se hallaron en las arcas privadas del finado sesenta mil pesos, además de los cuarenta mil que había situado en México del producto de sus repartimientos?
— Enhorabuena; pero dice, y tal vez con razón, que esa suma ha debido ser mucho mayor.
— Sí, dice tal; pero es el caso que no puede probar su dicho. Y mejor fuera así, porque es el colmo de la desvergüenza sostener que un Gobernador honrado y puro pueda acumular en esta pobre provincia un crecido caudal, en poco más de dos años de gobierno.
— Ya —observó el dominico—; pero debe usted saber que el Conde de Peñalva especuló en grande y se metió en negociaciones atrevidas, unas veces bajo su propio nombre y otras prestando el de sus paniaguados.
— Sí, ya sé cuáles fueron sus campañas —repuso el Gobernador— deteniendo involuntariamente la vista en la cama colocada en el sitio mismo en que estuvo la del Conde de Peñalva—. La provincia no ha podido repararse aún de los graves daños que le ocasionó el bueno del Conde con sus depredaciones, con la falsa protección que vendió a los indios y con sus infames monopolios durante la espantosa hambre que aniquiló a la provincia.
— Así es la verdad, según se dice; pero no por eso hemos de consentir en que se robe el dinero que atesoró el Conde. Bueno sería buscarlo con empeño y restituirlo a quien corresponda.
— ¿A quien corresponda?
— Pues; a quien corresponda.
— En verdad que yo no sé cómo lo haría usted si tratase de restituir a su legítimo dueño cuanto robó el Conde de Peñalva. Fuera de que si ese tesoro apareciese ¿el hermano del Conde habrá de consentir en que se le diese otra aplicación diferente que la de entregarlo en manos de sus herederos?
— Por lo que respecta a esto último, si se probase que, en efecto, son robados esos bienes, en conciencia debería callarse el descubrimiento a los interesados en la herencia.
— ¿Cree usted que eso sería lícito?
— ¿Quién lo duda?
— No; yo no puedo dudarlo, cuando usted me lo afirma; pero todavía ocurre otra dificultad. Siendo tantas y tan diferentes las personas y corporaciones vejadas, depredadas y despojadas por el Conde ¿cómo haríamos para hacer las restituciones?
— En eso pensaremos, si llega el caso de que se descubra el tesoro y…
El dominico como que vaciló algo al ver a Juan de Herrada presente, aunque a distancia respetuosa. El Gobernador acudió al momento:
— Prosiga usted sin temor. Ya sabe usted que Herrada es mi amigo y camarada, y tengo en él la más ilimitada confianza. Es alter ego, como decía el dómine de mi pueblo hablando de una hermosa mula en que solía cabalgar para ir a la fiesta del pueblo vecino.
El dominico se sonrió. Juan de Herrada se retorció el mostacho, dando muestras de su satisfacción y orgullo, al escuchar el rasgo laudatorio del maestre, sin embargo de no haber comprendido lo más esencial de aquel elogio: el alter ego, que era el epítome de cuantas recomendaciones podía hacer el Gobernador en obsequio de su leal camarada.
— Decía yo —continuó el dominico— que ya estamos en vía de descubrir el paradero de ese tesoro.
— Mucho me alegraría en verdad, aunque no fuese sino por quitarme de encima este negocio. Creo que han llegado a figurarse en la Corte que el Gobernador y Capitán General de esta provincia no pueden ni deben ocuparse de otra cosa… Digo, Juan de Herrada —preguntó el Gobernador interrumpiéndose y dirigiendo la palabra al viejo soldado—, ¿Está bien asegurada la puerta de la antecámara?
— Sí, señor, respondió éste.
— ¿La guardia esta vigilante?
— No hay cuidado, mi maestre, todas las precauciones de costumbre están tomadas.
— Muy bien. Ninguna medida precautoria está de más cuando se trata de ponerse en guardia contra gentes que tienen costumbre de asesinar Gobernadores a mansalva.
El soldado inclinó la cabeza en señal de perfecto asentimiento. El dominico se encogió de hombros, y el maestre prosiguió más tranquilo.
— Decía yo que me alegraría de venir al fin de este negocio. En cada correo que llega de Madrid, en vez de recibir la resolución de una multitud de puntos pendientes que he consultado, y que son de sumo interés para el real servicio y mejor Gobierno de la Colonia, sólo me envían enormes cartapacios de los Ministros, del Consejo, del Rey mismo, encargándome los intereses del hermano del Conde. Ya esto me apesta y me aburre.
— Pues bien —dijo el dominico, colocando sobre la mesa el azafate y la jícara vacía—, prescindiremos por hoy de nuestras piadosas pláticas, y trataremos de este grave asunto.
— Sea como a usted plazca, mi buen padre —dijo el maestre acercando su butaca a la del confesor, para poder escuchar más cómodamente lo que su padre espiritual iba en aquel momento a comunicarle.
Juan de Herrada mantenía impávido su puesto.
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