Esta semana, el grupo internacional de hackers Anonymous ha anunciado un ataque masivo a las páginas web oficiales de Israel el próximo domingo 7 de abril, con la intención, así declarada, de “borrar a Israel de Internet”. Nunca antes ese grupo de defensores de las libertades que se esconden en el anonimato y tras máscaras se había propuesto un objetivo de tal calado y a nivel internacional: ni contra el genocidio que el régimen sirio lleva a cabo con su propio pueblo, ni contra las locuras atómicas del dictador norcoreano, ni tan siquiera para combatir la pornografía infantil. El único objetivo que vale la pena en este mundo es combatir al país de los judíos.
Algo parecido piensan los políticos de izquierda gallegos, enfrascados hace meses en el rechazo a una declaración institucional (que, como tal, debe ser unánime) en homenaje a las víctimas del holocausto, aunque la misma incluya a los compañeros republicanos asesinados en campos como Mauthausen, gitanos, homosexuales y otras minorías. El problema es que los judíos también están entre las víctimas, en una acera incómoda de la historia. Y les da igual que por su rechazo hayan recibido el aplauso de las páginas web neonazis de toda Europa y que la declaración en cuestión sea idéntica a la que en años pasados firmaron (con cambio de fecha). Y casi lo peor de todo es que las fuerzas supuestamente más democráticas del parlamento gallego, PP y PSOE, tampoco lo hayan denunciado. Por activa o por pasiva, el objetivo común de todos es el mismo.
La verdad es que no debería asombrarnos, aunque no deja de ser doloroso que desde sus propios orígenes modernos (pongamos por fecha la caída del Imperio Romano) todos los males de este mundo tienen un culpable (y siempre el mismo): el judío (aparezca como deicida, usurero, conspirador o poder en la sombra; caricaturizado como religioso, banquero, revolucionario o soldado). Lo veníamos temiendo desde el inicio de la crisis económica: tarde o temprano seremos el blanco, el objetivo común de los extremos políticos de izquierda y derecha, de los antisistema y de los políticos de oficio. Porque es lo más sencillo, porque hace tiempo que los medios de comunicación (a los que nos acusan de ser obsesivos por denunciar) no han dibujado y colocado el disfraz de piñata para que los palos apunten a un mismo objetivo.
Luego, como cíclicamente hacen ante nuestros escombros, se preguntarán atónitos cómo hemos llegado a esto y jurarán que no volverá a suceder. Y en cuanto los supervivientes queramos saber qué pasó realmente, nos volverán a recomendar el olvido como cicatriz de una historia que inmediatamente alguien negará que sucedió. Nos lo sabemos de memoria, porque la cultivamos y regamos en cada generación, desde el Antiguo Egipto hasta nuestros días. Nuestro consuelo es saber que seguimos aquí, mientras la estirpe de Faraón hace tiempo se extinguió; que en Israel ya viven seis millones de judíos, los mismos que nos arrebató un régimen que iba a durar mil años y que hoy sólo sirve para ilustrar el Mal absoluto. Y así seguirá siendo aunque planifiquen nuestra desaparición física, nacional o espiritual; aunque se escondan detrás de las máscaras y se disfracen de gentes sensibles a los problemas sociales; aunque les parezca que vivimos exagerando la historia. Estamos y seguiremos: nos gusta la vida.
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Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
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