Este fin de semana el calendario hebreo vuelve a jugarnos una de esas extrañas coincidencias que nos abren los ojos a nuevas dimensiones del significado verdadero de la existencia. El sábado 26 festejamos Tu Bishvat, el llamado año nuevo de los árboles, porque en dicha fecha (que coincide con la mitad del invierno) empezamos a apreciar los primeros frutos y, al prolongarse los días sobre la oscuridad, vislumbramos la salida y una luz que nos guía hacia tiempos mejores. Al día siguiente, el domingo 27, el mundo conmemora el más atroz de los crímenes modernos: la Shoá. Así, y paradójicamente a la inversa de lo que sucede en Israel cuando el final de luto y recuerdo por los caídos de Yom Hazikarón coincide con la alegría del Yom Haatzmaut (Día de la Independencia), este año despedimos la esperanza con la memoria de la desesperación por los millones de asesinados en el Holocausto nazi. Luces y sombras se mezclan, poniendo en valor su contraste que no es otra cosa que una cara distinta de la misma moneda. Nadie como nosotros, víctimas tan cercanas del espanto, debe estar tan alerta a las maquinaciones de la muerte. Nadie como nosotros, sobrevivientes de los desalientos más extremos de la historia, debe aprender más a disfrutar de cada gramo de luz que se proyecta sobre el mundo. Shabat shalom
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