Radio Sefarad: geniales y miserables

 

Según la Biblia, el ser humano fue creado imitando la perfección divina y sólo con la separación entre géneros a partir del costado de Adán, cada uno se quedó con unas características, aunque nunca llegó a desprenderse del todo de su contrario. Es decir, todo hombre tiene su lado femenino y viceversa. De forma análoga, en la tristeza anida la semilla de la alegría, y la exaltación alberga la sombra del dolor. Y, al parecer, la genialidad suele mancharse con tonos de miseria de alma. Ejemplos abundan, pero por poner uno bastante conocido, podríamos citar a Wagner quien, una vez instalado en el éxito personal, escribe un libelo antisemita (firmado con seudónimo) en el que arremete contra los únicos que apoyaron los inicios de su carrera, fueron sus mecenas y padrinos artísticos: los judíos. Esta semana ha muerto otro: diplomático, escritor y militante político francés, al que seguramente muchos consideran un genio al editar
en 2010 un librillo, “¡Indignaos!” que dicen sirvió de plataforma ideológica para las movilizaciones sociales del 15-M madrileño y en otras partes del mundo. No sabemos cuál fue su influencia real, pero sí que el autor, considerado un luchador y resistente contra los nazis, escribió lo siguiente (¡y sin seudónimos!): “afirmo esto: la ocupación alemana era, si se la compara por ejemplo con la ocupación actual de Palestina por los israelíes, una ocupación relativamente inofensiva, abstracción hecha de elementos excepcionales como los encarcelamientos, los internamientos y las ejecuciones, así como el robo de obras de arte. Todo esto era terrible. Pero se trataba de una política de ocupación que quería actuar positivamente y por ello nos dificultaba tanto el trabajo a nosotros los resistentes”. Si quitamos la última media frase que alude a la resistencia, esta miserable declaración bien podría salir de la pluma de cualquier negacionista, antisemita clásico, neo-nazi o una combinación de todos ellos. La única respuesta a la misma es la de su propio título: de indignación por la mentira y la perversidad intrínseca que supura. Stéphane Hessel fue uno de esos genios miserables que legitima a los perpetradores del odio con la vieja excusa de ser un judío (o de esa ascendencia) quien así habla de los suyos. Uno de sus últimos actos públicos fue solicitar al escritor Antonio Muñoz Molina que no aceptara el Premio Jerusalén. No fue ni será el único en vivir esa contradicción: a los ejemplos tan mediáticamente popularizados de israelíes como Pappé, Zand o Atzmon y de judíos norteamericanos como Chomsky o Finkelstein, hay que sumar ahora la nueva cosecha argentina de colaboracionistas con un estado negacionista como Irán, para quienes la disciplina partidaria es más importante que la propia conciencia. Genios de las artes, la filosofía o la política. Genios sí, pero eclipsados por sus propias miserias. Gigantes intelectuales, enanos morales. Shabat shalom

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