Para algunas cosas, Israel tiene suerte. Por ejemplo, el hecho de festejar su independencia según el calendario hebreo le permite alejarse temporalmente y aislar las protestas de tantas voces del mundo árabe cuando se acerca un 15 de mayo (la fecha de su independencia en 1948, según el calendario gregoriano). Porque, 65 años después, ni los gobiernos, ni los pueblos de la región han llegado a aceptar una realidad irreversible: los judíos hemos fundado un estado propio, y encima, según la legalidad internacional refrendada por las Naciones Unidas. Desgraciadamente (para unos, tanto como para otros), ellos siguen viéndolo como una catástrofe y una humillación, para la que desde los años 90 utilizan la palabra árabe “nakba”. Hoy día ese término se usa para describir la situación de los refugiados que huyeron de sus tierras y pueblos a instancias de los ejércitos árabes invasores en 1948 que les prometieron un rápido retorno a sus hogares ya “limpios” de judíos. Sin embargo, este concepto fue acuñado por un profesor sirio de la Universidad Americana de Beirut en un libro de 1948 (llamado “El significado de la nakba”) para referirse al desastre militar de los ejércitos árabes. Una vez más, los árabes palestinos falsean su propia historia, disfrazando sus fracasos con ropas ajenas.
Qué diferente es la visión que lleva al nacimiento de Israel, al sionismo como salida en positivo a siglos de persecuciones y matanzas. A los 700 mil árabes palestinos desplazados en la contienda de 1948 (que todavía siguen sufriendo en los países árabes que los alojaron un régimen de “apartheid” sin derechos ciudadanos de nacionalidad, tres generaciones después) que reivindican cada año la nakba, los israelíes contraponen la alegría de haber podido abrir las puertas de su recién nacido estado (y con todos sus derechos) al millón de judíos perseguidos que residían en países árabes y que fueron expulsados o tuvieron que abandonar sus pertenencias por salvar la vida.
En sus últimos años Mahoma conquistó toda la península arábiga, y 30 años después el Islam ya había sometido a Siria, Palestina, Egipto, Mesopotamia, Persia y el Magreb. Hoy día la bandera del estado custodio de sus santos lugares, Arabia Saudita, es la única del mundo que ostenta un arma. Bajo tal filosofía es inaceptable la derrota militar, tanto la inflingida hace menos de un siglo por el ejército de los judíos, como las que tuvieron lugar en la península española durante la Edad Media. La obligación religiosa del “yihad” (literalmente, “esfuerzo”), engloba tres tipos de lucha: la interna del creyente por seguir profesando su fe, la de construir una buena sociedad musulmana y la tercera: la Guerra Santa para propagar el Islam, por la fuerza si fuera necesario. Y aunque algunos quieran creer que esta filosofía es cosa del pasado, la actualidad política de los pueblos árabes se empeña en desmentirlo: las interpretaciones más radicales del Islam, el salafismo, están en alza incluso (o de forma más pronunciada todavía) en los países en los que se han dado revueltas populares calificadas como Primaveras árabes. E incluso entre los árabes que viven en países occidentales.
¿Qué podemos hacer? La única receta viable y demostrada es la israelí: no bajar la guardia ni abandonar la esperanza. No caer en la trampa de pensar y actuar como quienes se definen en función de su enemistad con Israel y e judaísmo, sino transformar, como desde hace 65 años, la oscuridad y la muerte en luz y vida.
Shabat shalom
Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
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