Miguel Ángel González
30 MAY 2026
Su mirada única, grave y conmiserativa, nos acerca a los grandes enigmas y retos de la condición humana.

«Apenas el lector se aventura en las primeras páginas de sus libros, se siente iluminado por una sabiduría más antigua que el tiempo. Pocos autores dejan una impresión de genio tan inmediata como Elías Canetti.», Tomás Eloy Martínez en ‘La Nación’ (2009).
Elías Canetti (1905-1994) fue Premio Nobel de Literatura 1981, según el jurado, «por su posición crítica ante ciertas tendencias enfermas de nuestro tiempo y por su estudio de los movimientos de masas, en especial relación con la brutalidad del nacionalsocialismo germano y las dictaduras». Hace dos años, el 2024, al cumplirse el treinta aniversario de su muerte, se levantó el embargo que el autor exigió en sus últimas voluntades sobre sus archivos y papeles, decenas de cajas con diarios, apuntes, borradores y correspondencia, una ingente documentación custodiada por la Biblioteca Central de Zúrich que poco a poco va saliendo a la luz y nos confirma la rabiosa actualidad de sus obras mayores, caso de ‘Auto de fe’, novela expresionista con elementos grotescos y demoníacos que recuerda la gran la literatura rusa de Gogol y Dostoevsky. Cabe también reseñar su formidable trilogía autobiográfica ‘La lengua absuelta’, ‘La antorcha al oído’ y ‘El juego de los ojos’, pero su principal aportación es ensayística, ‘Masa y poder’, un proyecto titánico, un extenso poema trágico, duro y realista, al que dedica 40 años, una genial y original síntesis cultural del siglo pasado que sondea la desaparición del hombre en la masa, los mecanismos manipuladores y violentos de control social y las claves del poder en los sistemas totalitarios.
Adolf Hitler se nos presenta como lo que fue, un personaje paranoico. Combinando crítica, sociología, antropología, mitología, etología, historia de las religiones y filosofía, con una anticipación visionaría que sorprende, Canetti analiza el reciente pasado y nos deja una advertencia oportuna, tan lúcida como inquietante.
Canetti tiene sus antecedentes paternos en una familia de antiguos judíos sefardíes procedentes de Cañete (Cuenca), que italianizaron el conquense Cañete en Canneti. Sabemos que en sus primeros años su lengua fue la que hablaban en casa, el sefardí que queda asociado a sus recuerdos de infancia en Rustschuk (Bulgaria). Muerto su padre, se instala en Viena con su madre y aprende alemán, idioma que utiliza en toda su obra y que incluye narrativa, ensayos, soberbias memorias como ‘La lengua absuelta’, crónicas de viaje, obras de teatro y un impagable diario de noticias, reflexiones y aforismos.
Amigo de Bertolt Brecht, devoto de Thomas Mann y Kafka, en Viena se relaciona con Grosz, Karl Kraus, Robert Musil y Alma Mahler. Fallecida su madre y tras la desgarradora experiencia de la‘Noche de los Cristales Rotos’, violentos ataques contra los judíos en Austria y Alemania, en 1938 huye a Londres donde adquiere la nacionalidad británica. Prodigio de talento expresivo y profundidad analítica, no tengo por exagerado decir que sólo dos figuras de la segunda mitad del siglo XX son comparables a Canetti, George Steiner y Claudio Magris.
La literatura como defensa
Su obra transita bajo la sombra de la muerte que deja la Segunda Guerra Mundial y la persecución nazi, pero no cae en la depresión y el suicidio que se da en poetas como Paul Celan y Nelly Sachs. Canetti la desafía y enfrenta el convulso tiempo que vive. Lo deja claro en ‘El libro contra la muerte’, ensayo en el que afirma el poder transformador del hombre y la literatura como defensa y única manera de rescatar el pasado: «El escritor no se puede abocar a la claudicación y el precipicio, debe forcejear contra los obstáculos y la muerte sin capitular, incluso cuando sus esfuerzos parezcan vanos». Fernando Savater emparenta esta rebelión canettiana con la que mantiene Unamuno, pero sin el cargante narcisismo y el asfixiante ergotismo teológico del profesor salmantino. Canetti no pierde en ningún momento el tono ni la ‘forma’.
Es interesante apuntar un aspecto de su personalidad que conocemos por sus diarios, que nos lo acerca y que se suele pasar por alto. Me refiero al hecho de que conocía muy bien la literatura española. Admiraba especialmente a Quevedo y, entre los escritores hispanoamericanos, a Bioy Casares, Rulfo y Borges.
En sus cuadernos son frecuentes las expresiones en judeo-español y su vinculación al ancestral espacio de Sefarad, perdido tras la expulsión y la diáspora. Podríamos decir que, sin los Reyes Católicos, Canetti sería español. Como comenta en repetidas ocasiones, al hablar de su infancia traduce sus recuerdos como los retiene, del sefardí al alemán. Y no es menos significativo que en uno de sus ensayos, ‘El juego de ojos’, recoja las largas conversaciones que mantiene con el doctor Avraham Sonne, amigo y erudito que conocía bien las tres culturas que convivieron durante siglos en nuestro país: «Sonne me habla de la Guerra Civil española que llega a afectarnos más que los acontecimientos de nuestra propia ciudad, Viena, corroborándome en mi pasado que, gracias a él, es efectivo y real. Sonne cuida de que lleve conmigo la vieja lengua española y me pide que la conserve con la energía necesaria para no perderla en ninguna circunstancia».
Atento a sus raíces hispanas
Siempre interesado y atento a sus raíces hispanas, junto a autores como Cioran, Montaigne, Pascal, Leopardi, Nietzsche y Pessoa, mentes privilegiadas y clarividentes, auténticos faros, Canetti es uno de los escritores más implacables, incisivos y originales de la literatura contemporánea, un maestro del pensamiento libre que, limpio y directo, al margen de tradiciones, sistemas, escuelas, tecnicismos y jergas académicas, profundiza con rigor en los grandes problemas que nos desconciertan y obsesionan, la muerte, la violencia, la locura, el poder, la libertad, el azar, el odio, el sufrimiento, el miedo, la esperanza, la religión, la filosofía…
Fuente: diariodeibiza.es
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