En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO XI
Luego que el Deán conoció que su estómago se había restablecido, pues dos terceras partes del contenido de la jícara con sus respectivos adherentes, comenzaban ya a poner en acción el poder digestivo de aquel órgano, como si fuera a lanzarse en un precipicio, sin más preámbulo ni introducción, entre trago y trago del precioso chocolate, se aventuró a dar principio a la plática, haciendo al jesuita una observación intempestiva.
— Le verdad, señor Prepósito, que tenía usted anoche un humor…
El jesuita llevaba a este tiempo la jícara del platillo a la boca. Detuvo el curso de su brazo en mitad de la carrera emprendida, para escuchar aquella observación, clavando la vista en el Deán, mas habiéndose contenido éste sin terminarla, desconcertado sin duda por la mirada fija y escudriñadora de su interlocutor, el brazo siguió su carrera, y llegó felizmente a su destino.
El embarazo del Deán era inexplicable. En su perturbación volcó la jícara, manchó el mantel de alemanisco, y la servilleta, con la cual sin embargo, comenzó a enjugarse la frente para hacer desaparecer las gruesas gotas de sudor frío que brotaban de ella, El Prepósito continuó imperturbablemente el desayuno, como si tal cosa no ocurriese, hasta que, habiéndolo terminado, cruzó los brazos, dio gracias, y acudió entonces al auxilio del Deán.
— Hablemos claro, señor Deán, dijo; y no andemos en circunlocuciones inútiles. Si la conversación de anoche ha desagradado a usted, no es culpa mía, sino de quien ha elevado informes siniestros contra mí al Santo Tribunal, hasta hacerme sospechoso de dar protección y ayuda a un procesado. Sé que ha tenido usted con el señor Obispo, un diálogo muy animado, después de nuestra entrevista; y además, estoy convencido que en toda la noche no ha pegado usted los ojos, viniendo hoy a decir misa, en nuestra iglesia con el objeto de proporcionarse una entrevista conmigo, pedirme explicaciones; y averiguar, valiéndose de sutilezas, hasta qué punto favorezco a la hija del judío, y me opongo a que se la encierren en un convento, porque me supone usted muy interesado en el particular. Pues bien, para evitarle una investigación enteramente inútil y sin objeto, repito cuanto dije anoche, ni más, ni menos; y declaro que estoy resuelto a rechazar esa gratuita idea de protección o connivencia, que no de ahora me supone usted; y que pienso hacer ver ante quien competa, que en el ejercicio de mi ministerio nadie tiene, derecho de acusarme. Si tal sucediese… No es mi intención amenazar, ni intimidar a persona alguna ; pero, repito, que si tal sucediese, yo revelaría verdades que se creen muy ocultas, y temblarían mis enemigos, como tiemblan las hojas de los árboles con las fugadas del Sureste.
Esta descarga aterró al Deán. — ¡Y decía el señor Obispo (pensó y dijo para sí), que este intrigante no podía poseer la copia de la carta! — Sin embargo, tenía tal idea de su categoría social, y abrigaba un sentimiento de amor propio tan exagerado, que no le pareció conveniente guardar silencio.
— En efecto, dijo, reponiéndose un tanto, yo he venido, como usted supone, a tener una nueva entrevista; pero no traigo las intenciones que place a usted atribuirme, y en cuya discusión no me parece conveniente entrar, porque eso me degradaría ante mí mismo. Sólo deseo, señor Prepósito, que en este delicado asunto procedamos con entero acuerdo, y hagamos lo mejor, para cumplir con lo que ordena el Santo Tribunal de la Fe, del cual usted y yo, somos los principales ministros en esta provincia.
— Yo estoy dispuesto a cumplir en la parte que me corresponda; y creo que he dado suficientes pruebas de mi buena disposición en el particular ; pero permítame usted decirle, que conozco la extensión de mis deberes, tengo marcado el camino que he de seguir para llenarlos. Y no puedo confundir esos deberes, con una intriga.
— ¡Oh, señor Prepósito, cuidado con eso!, gritó el Deán. Me causa asombro oírle hablar de intrigas y de exactitud en el cumplimiento de sus deberes, como si no hubiese quien llenara los suyos tan bien como usted pudiera llenarlos ; y como si desconociésemos la parte flaca de cada cual. ¡Oh! Usted se desliza hasta un punto inconveniente, y no me place tolerar que forme gratuitas suposiciones contra los procedimientos del Santo Oficio de Mérida.
— Esta usted en su derecho, señor Deán.
— ¿Qué quiere usted significar con eso, padre Prepósito?
— Lo más sencillo del mundo. Quiero decir, que usted es muy libre de permitir o no, las suposiciones que me achaca.
Necesario era que en aquel negocio se versasen intereses de tanta cuantía y trascendencia, para que el Deán refrenase su ira y no terminase aquella conferencia con un escándalo. Además de los intereses materiales, existían otros de una categoría superior, que, indudablemente, influían en el espíritu del Comisario. A veces se le agolpaba la sangre a la cabeza, encendiéndole el color del rostro; y a veces palidecía como un cadáver. Todo ello mostraba los encontrados afectos de su ánimo. La superioridad que esto daba al jesuita, exasperaba más y más al Deán, y después de las últimas palabras de aquél, casi lloraba de furor y de despecho. Yo no sé si el Prepósito se regocijaría de su triunfo ; lo cierto es que había resuelto sacar de él todo el partido
posible, y que durante el intervalo de silencio que sobrevino, acabó de conocer sus ventajas sobre su adversario, lo cual, si no le daba un aire ultrajante, al menos le hacía conservar todo su aplomo y sangre fría en aquella escena.
— Por fin, señor Prepósito ; dijo el Deán, haciendo un violento esfuerzo para reprimirse, ¿me hace usted el favor de comprenderme?
— Mientras usted no se explique más claramente, eso no está en mi mano. Soy así … como Dios me hizo, un poco obtuso de entendederas, y ya ve usted que no es culpa mía.
¡Miserable! pensó el Deán, Se ha declarado abiertamente en favor de la hija del judío, en venganza de no haberle concedido el Tribunal sus exageradas pretensiones. Este es el secreto de su conducta… y tal vez haya otro. Es un declarado enemigo, aunque no ataque de frente. Preciso es combatirlo sin consideración ni miramiento.
Y dirigiéndose de nuevo al jesuita, prosiguió hablando:
— ¿Consiente usted ahora, en dar por allanadas las dificultades, que antes nos pusieron en desacuerdo?
— ¿Qué dificultades, señor Deán?
— ¡Bah! exclamó el Deán, dando una palmada en el brazo de la silla. ¡Qué dificultades! Pregunto a usted, señor Prepósito, si todavía quiere que se apliquen a la Compañía de Jesús, las fincas rústicas y urbanas que se han secuestrado a Felipe Álvarez, ese maldito judío.
— ¡Ah! No, señor.
— ¿Decididamente?
— Sí, señor.
— Entonces, ¿está usted resuelto a oponerse a las disposiciones del Santo Tribunal?
— i Oh ! No, señor.
— ¿Y qué?
— Estoy decidido a cumplir con mis deberes.
— Sin embargo, usted fue quien hizo acaloradamente aquella proposición.
— No puedo negarlo.
— ¿Y, cómo es, que ha cambiado usted de conducta?
— ¿Y qué?, replicó el jesuita. ¿Nunca puede uno volver sobre un mal paso?
— ¿Y por qué califica usted hoy de malo aquel paso, cuando usted lo dio exagerando tanto su rectitud?
— ¿Me pregunta usted eso, en su calidad de Comisario del Santo Oficio?
— Sí, señor: como tal.
— Pues luego que mi proceso se encuentre en estado, responderé a la pregunta. Por ahora, permítame usted que no hablemos más sobre el particular.
Este ‘»crescendo» de insolencia pareció al Deán que era demasiado brutal; pero, por eso mismo juzgó que el jesuita tenía ocultos motivos para proceder así. Destruir esos motivos, era todo el afán del pobre Comisario; y se resignó a este nuevo ultraje, no sin protestar en su interior, y hacer propósito firme de castigarlo severamente, desde el momento en que se le viniese a las manos la primera oportunidad. En vez de ostentar la indignación de que estaba poseído, dulcificó su voz y reportó su ademán todo cuanto le fue posible, y volvió a dirigirse al jesuita:
— ¡Por Dios, mi padre Prepósito! Modere usted ese tono y venga a términos racionales, teniendo presente que si me resistí al arreglo que me propuso, no fue sino porque deseaba conocer las intenciones del Santo Oficio de México. Consienta usted, le suplico, en arreglar, este negocio, pacíficamente.
— Es inútil, señor Deán, dijo el jesuita, prolongar por más tiempo nuestra plática sobre este tema, sería exponernos mutuamente a pasar momentos desagradables. Usted tiene sus deberes; yo tengo los míos. Usted tiene sus opiniones y proyectos; pero ni los unos ni las otras, pueden combinarse con los míos. Convénzase, usted, en fin, el Prepósito de la Compañía de Jesús no puede ni quiere mezclarse en intrigas tenebrosas, que pueden comprometer su Orden a un disgusto, con las públicas potestades de la tierra. Siga usted el camino que se ha propuesto, y cada cual vaya por donde Dios le guíe y ayude. Entre usted y yo, nada puede haber de común en este negocio.
El Deán, revistiéndose de toda su dignidad, se resolvió a poner término aquella escena.
— Bien, dijo, ya veo que es imposible ponernos de acuerdo privadamente, y de veras que me pesa en el alma, y no por mí, sino por usted mismo Padre mío; usted ha llegado a infatuarse, por razones que no alcanzo, pero que no estarán por mucho tiempo ocultas en el Santo Oficio. Quiere usted chocar de frente conmigo, y sepa usted que estoy dispuesto a resistir ese choque, hasta donde alcancen mis fuerzas. Sin embargo, en esta cuestión se versan intereses muy sagrados, de que no puedo prescindir; el curso de las cosas ha hecho necesaria la fatal intervención de usted, y, por lo mismo, se necesita su concurrencia, que ni rehúso, ni temo. Así, pues, le prevengo que en lugar de presentarse en Palacio a las diez, conforme le había notificado anoche, lo verifique a las ocho y media de la mañana de hoy. Son las cinco y media, dentro de tres horas nos veremos otra vez.
— Obedezco. y cumpliré; respondió el jesuita, cruzando los brazos con aparente humildad.
Con esto, se incorporó el Deán, y acompañado del Prepósito y padres de la comunidad, se encaminó hasta la portería del colegio, en donde hizo a todos los padres una ligera inclinación de cabeza.
Cuando el Prepósito subía grave y mesuradamente las escaleras que guiaban al claustro superior, encontróse con la característica fisonomía del padre Noriega, que se hallaba en acecho, esperando el resultado de la conferencia.
— ¿Qué tal?, preguntó este, ¿capituló?
— Está a punto.
— ¿Y cree V. R. que consentirán en abandonárnoslo todo?
— No les queda otro recurso, si no quieren exponerse a peores resultas.
— ¿Sería posible?
— ¡Toma! Eso ya quema.
— Sí… ya se queman.
El Prepósito entró en su aposento a tomar un ligero descanso, y el padre Noriega se encaminó a la iglesia, para llenar las funciones de su ministerio.
Media hora después, Don Alonso de la Cerda vino a oír misa, y se encaminó en seguida al confesonario, en donde el padre Noriega le esperaba, para oírle en penitencia, o para escuchar la consulta de algún negocio grave, pues el socio no sólo era confesor ordinario, sino director particular de la conciencia de Don Alonso.
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