En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO X
Entre tanto que el jesuita se consagraba a la atenta lectura de aquellos importantes manuscritos, el Deán no estaba tranquilo en su habitación. Iba y venía de un extremo a otro, sin fijarse en un lugar, combinando los medios de salir de la dificultad presente. Traía a su memoria todos los antecedentes del grave negocio de la causa del judío, y un fatal presentimiento le hacía temer que todos sus esfuerzos iban a estrellarse contra la hostil actitud que el jesuita había tomado, y que su afán y sus vigilias estaban a punto de inutilizarse y aun de producir algún funesto resultado contra él mismo. Echábase en cara el poco tino y prudencia con que se había manejado respecto del Prepósito, pues se figuraba que con haber sacrificado alguna parte de los bienes secuestrados, en favor de la Compañía de Jesús, la posesión del resto sería segura
é indisputable. Alarmábale, sobre todo, la casi evidente certidumbre que había llegado a adquirir, de que el jesuita, por opinión, por capricho o por malignidad, patrocinaba ya los intereses de la hija del judío, coincidiendo en éstos, con la oposición de Don Alonso. Pensaba también, que las cosas habían llegado a un extremo comprometido; que la opinión del señor Obispo, relativa a no emplear la fuerza para obligar a Doña María a profesar en un convento, era incuestionable, racional y juiciosa, aunque sus groseras cavilaciones le inducían a sospechar que podría haber allí algo de interés o disimulada parcialidad ; y que no había otro medio para llegar al fin propuesto, que
el de la astucia para persuadir a la hija del judío, y desarmar a su protectores declarados u ocultos. Después de pensar mucho en ello, fijóse en esta última idea, sin embargo de entrever que acaso sería del todo inútil emplearla con el jesuita, cuyas argucias conocía perfectamente, y temía muy de veras.
Cuando el Deán hubo llegado a esta conclusión, después de mil raciocinios contradictorios, la campana mayor de la Catedral dio el primer toque de alba. Por una resolución reflexiva, el alto dignatario de la iglesia se decoró de sus insignias oficiales y salió inmediatamente de casa.
Un cuarto de hora después, el Prepósito fue interrumpido en su misteriosa lectura, por dos golpecillos pausados, que sonaron en la puertecilla excusada del pasadizo. Recogió de prisa los papeles, con las anotaciones que en ellos había hecho durante la noche, escondiólos de nuevo en el armario secreto, la imagen de San Ignacio volvió a aparecer en su sitio, y arreglándose la sotana y el bonete, salió al encuentro del que venía a llamarle. Hallóse con la fisonomía expresiva y singular de su socio, el padre Noriega, quien mirando de hito en hito al Superior, exclamó:
— ¡Tenemos novedades, y muy gordas!
— ¿Cuáles?, preguntó el Prepósito.
— El Deán está aquí.
— ¿A esta hora? En verdad que yo ni lo habría sospechado. El paso es extraño.
— Séalo enhorabuena ; pero yo hablo a V. R. de un hecho.
— ¿Y en dónde está el buen señor, si puede saberse?
— En la sacristía, registrando el misal para decir misa. Pero hay algo más, ha enviado a llamar al hebdomadario, para reconciliarse con él antes de celebrar. Conque así. . . .
— ¡Oh! Perfectamente, ahora mismo estaré allí.
El socio descendió por la escalera que llevaba al noviciado, y el Prepósito apareció por la puerta principal de su habitación, que daba a los claustros del colegio.
La antesacristía de la iglesia de Jesús, era un pequeño salón de bóveda, que hoy
es bastante conocido como pasadizo entre el salón en que se reúne la Legislatura del Estado, y el que sirvió para la Cámara de Senadores. En vez de las cuatro pequeñas puertas que hoy tiene, y del arco rasgado que comunica con la pieza lateral, sólo había entonces una gran puerta de roble que guiaba a la sacristía, y otra exactamente enfrente, para dar entrada al General, o sala de academias y actos públicos literarios. El General es ahora el salón de Diputados, y la sacristía, lo que ha sido Cámara de Senadores. Por tanto, los que conozcan el edificio, tal cual se haya distribuido al presente, ya sabrán cuál es la antesacristía o pasadizo de que se trata.
Ahora bien ; en uno de los ángulos de aquella pieza, existía un vistoso sitial, cubierto de terciopelo rojo, y que estaba destinado para servir de confesonario, y oír en penitencia a los personajes y magnates de la muy noble y leal ciudad, que habían elegido sus directores de conciencia entre los piadosos e ilustrados padres de la Compañía. Y como los cojines que tenía a derecha e izquierda, bien así como una especie de cortina o pabellón que lo guarnecía, eran de damasco del mismo color que el terciopelo de que el sitial estaba cubierto y adornado, todos habían convenido en llamarle «el confesonario rojo» del Jesús.
En el ángulo opuesto a aquél en que se viera «el confesonario rojo» había un devoto crucifijo, a cuyos pies estaba un muelle reclinatorio destinado exclusiva-
mente al Prepósito de la Sagrada Compañía, y sobre el cual su paternidad muy reverenda, venía muy frecuentemente a hacer oración. Cuantos personajes se confesaban en «el confesonario rojo» al levantarse de los pies del confesor que les había oído en penitencia, estaban seguros de hallar siempre al padre Prepósito, orando ante el santo crucifijo, con tal fervor y unción piadosa, que les movía a una verdadera contrición de sus culpas.
Así fue que nada tuvo de extraño ver al Prepósito en este sitio, mientras que el ilustre señor Deán hacía la confesión de sus culpas con el hebdomadario; tanto menos, cuanto que en aquella época era un misterio para los profanos, el fenómeno acústico que se observa hoy en aquel pasadizo, y cuya circunstancia hizo que las personas enteradas del secreto estuviesen de acuerdo en denominar «sala de los ecos» a aquella curiosa obra de arquitectura caprichosa.
Más de un cuarto de hora estuvo el Deán reconciliándose con el hebdomadario. Después de los arrebatos de ira que había tenido la noche precedente en su entrevista con el Prepósito, las especies un tanto temerarias que aventuró en sus pláticas con el señor Obispo, los sentimientos poco caritativos de que se encontró poseído con ocasión de las impertinencias del dominico; y sobre todo, después de tantos juicios temerarios que había consentido durante las largas cavilaciones de la noche que acababa de pasar en vela, se le hizo escrúpulo de conciencia acercarse al altar, sin haber antes preparádose con una confesión de sus culpas. Terminada ésta, revistióse el Deán con el mejor y más espléndido ornamento que había en la sacristía, y, asistido de dos colegiales que mandó el Prepósito, salió a la iglesia a celebrar la misa en el altar mayor, en el cual ardían doce velas de cera blanca, mientras que en el coro se tocaba el órgano, aunque era misa privada. Todo este aparato de solemnidad tenía por objeto mostrar el alto respeto y consideración que profesaba la Sagrada Compañía al elevado dignatario de la santa iglesia Catedral, que había tenido a bien madrugar y preferir el Jesús para decir misa aquel día teniendo tan cerca la Catedral, el Sagrario, la capilla de Nuestra Señora Santa Ana, y la iglesia de San Juan de Dios.
El Prepósito, por las mismas consideraciones de respeto, se detuvo en la sacristía, esperando la conclusión de la sagrada misa. Creyó de su deber ofrecer a Su Señoría el desayuno en casa, y a este fin, dio las órdenes correspondientes para que en el refectorio privado se preparase un chocolate espléndido, que hoy podríamos llamar «confortable,» ya que los extranjerismos del tiempo lo permiten, aunque entonces éste habría sido un adjetivo enteramente bárbaro, e intraducible, sino para los que supiesen algo del francés, lo cual habría sido también un fenómeno de otra especie.
Concluida la misa, volvió el Deán a la sacristía, desvistióse, e hizo su oración de gracias. Al incorporarse de nuevo, se encontró con la temible figura del Prepósito, que le aguardaba, aparentando el más profundo respeto.
— ¡Buenos días, señor Deán!, exclamó el jesuita. Después de dar a usted las más expresivas gracias por su bondad, en haber preferido nuestra pobre iglesia para decir la misa de hoy, me permitirá suplicarle ponga el sello al honor que nos hace, con aceptar en casa un modesto desayuno, que será servido con la mejor voluntad del mundo.
Semejante invitación no podía venir más a cuento, no tanto porque la larga vigilia de la noche anterior había producido en el estómago de su reverencia una especie de atonía dolorosa, cuanto porque así se le venía a las manos la ocasión de renovar la plática con el Prepósito, sin necesidad de mostrar deseo de tener aquella entrevista. Sin embargo, no había sido otro el objeto al venir al Jesús á una hora tan anticipada ; y en esa persuasión estaba el jesuita, por más que pretendiese disimularlo el bueno del señor Deán, a quien jamás se le había ocurrido celebrar una misa en aquella iglesia, sino en ciertas ocasiones solemnes en que era especialmente invitado.
— ¡Buenos días, señor Prepósito, repuso el Deán. Mucho tiempo había que me encontraba con cierta deuda pendiente en su iglesia, y hoy quise venir a satisfacerla. Habrá cosa de año y medio que tuve un acceso de gota, tan doloroso, que creí morirme en él. Entonces ofrecí una misa a San Cayetano, abogado de la Providencia y también de las enfermedades de los pies, pues que el oficio reza que era cojo, y anoche, al salir del colegio y montar en mi mula, se me acordó aquella especie. Antes que se me olvidase de nuevo, he venido a pagar esta deuda.
—Pues nuestra, es la de obsequiar a usted, mi señor Deán. Por tanto, espero que no desairará nuestra pobre mesa.
— ¡Oh, no tal! Yo no tendría motivo ninguno para rehusar tanta bondad.
Dirigiéronse, pues, ambos personajes, al pequeño y elegante refectorio privado del colegio. Había en medio una mesa redonda cubierta de un mantel limpio de “alemanisco» de Valladolid, y sobre ella se veían dos jícaras de China, llenas de aromático, humeante y espumoso chocolate, con algunos azafates de bizcochos, hojaldres, alfajores, turuletes, arepas, marquesotes y otras golosinas apetitosas que se estilaban en nuestras mesas de desayuno, y cuyo uso las impertinentes costumbres modernas están a punto de desterrar también, pretendiendo darnos en lugar de chocolate, ¡quién lo creyera!, un cocimiento de cierta yerba astringente y amarga.
Alejáronse todos los sirvientes, el Deán y el jesuita tomaron respectivamente su asiento junto a la mesa, y comenzaron silenciosamente un rudo ataque sobre las piezas que formaban el campo de batalla.
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