DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reillye – Capítulo V por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

CAPÍTULO V

 

A mal podría llevarse que, después de conducir al lector en hora tan avanzada de la noche hasta el aposento de María para leer la historia sentimental de su corazón, saliésemos, “hospite insaluto”, de la casa de Don Alonso, sin detenernos un momento a decir algo de lo que ocurría en el dormitorio de los cónyuges en aquella hora silenciosa que, según la opinión vulgar, es la hora de los espíritus y de los fantasmas, y cuenta con los juicios temerarios. Lo que ocurría era muy sencillo, como puede colegirse muy bien, si se atiende a que Don Alonso pasaba de los 66 y su venerable consorte había tocado en los 58 el día 16 de Noviembre último.

Hablaban de la visita del ilustre señor Dean y, sobre todo, de la posición y circunstancias de María, con lo cual, a lo que parece, tenía relación la expresada visita. Ésta plática íntima y confidencial, que por de contado se llevaba en una voz baja y remisa, será de muy fácil inteligencia, si fijamos ciertos precedentes indispensables para comprender las particularidades de la presente historia.

Siendo  Don Alonso, en años atrás, justicia mayor de la provincia,  en una noche tempestuosa volvió de la casa de Gobierno en que pasaba el día despachando en ley y equidad los negocios públicos de la Colonia y, entró en la suya un tanto consternado y como si estuviera muy de prisa. Llamó aparte a su esposa, y comunicola con mucho misterio un suceso de la más grave importancia, acaecido al parecer en aquella propia noche. Resultado de esta conferencia fue, que Doña Gertrudis, sin acatar en lo avanzado de la hora ni en lo borrascoso del tiempo, mandase enganchar su litera de camino, entrarse en ella, y escoltada de dos vaqueros de sus haciendas, se pusiese inmediatamente en marcha, mientras que el caballero permaneció en casa dirigiendo ciertos arreglos preparatorios. Allá a la madrugada del siguiente día, Doña Gertrudis volvió de su expedición nocturna; pero, no venía sola, como había salido; acompañábala una señora joven, como de 22 años, enteramente embozada y, que por sus pasos vacilantes y otros signos exteriores, habríase conocido que estaba muy enferma y además adelantada en su embarazo.

Y tan adelantada se hallaba, en efecto, y tan enferma a la vez, que habiendo sentido los primeros síntomas del parto a la una de la tarde, a las cinco dio a luz una niña y expiró a las siete de la noche.

El cadáver fue decentemente amortajado y expuesto en el salón principal de la casa de Don Alonso sin apariencia de misterio alguno. Verificose en silencio el funeral y sin ningún aparato religioso; pero, concurrieron a él varias personas ilustres de la ciudad, que acompañaron aquellos inanimados restos hasta el sepulcro.

Cumplido este oficio piadoso, Don Alonso y su esposa se encargaron de prestar otro más noble y filantrópico todavía.                 Bastará decir que la niña nacida bajo su techo, no era otra que nuestra hermosa María, aquella doncella a quien los dos esposos se complacían en dar el título de hija.

Pocos meses antes de la época en que hemos abierto la presente historia, hallábase de visita el señor Obispo en casa de Don Alonso, como tenía de costumbre hacerlo en los días de pascua y cumpleaños del caballero y su esposa. Mas esa visita había sido extraordinaria y fuera del tiempo prescrito por la etiqueta, de que Don Alonso era muy celoso observador. Su Ilustrísima, después de algunas generalidades, preguntó a María con cierto interés cariñoso que desde luego calificó Don Alonso de intempestivo, si por ventura no gustaría vestir el hábito de monja en el convento de las concepcionistas, único que hubo jamás en Mérida. La doncella respondió, sin vacilar y acaso sin pensar mucho en ello, que no sentía la más ligera inclinación al estado monástico, y antes bien, le inspiraba cierta repugnancia; pero que si la voluntad de sus padres exigiese de la suya semejante sacrificio, mayor que fuese, no dejaría de realizarlo.

Don Alonso que, sin duda, tenía algunos antecedentes en conexión con esa pregunta, significó su descontento al Prelado suplicándole no hablase más del asunto a la querida hija de su corazón. Acercó a María a su pecho, estrechola fuertemente contra él y cubriola de mil tiernas caricias, como receloso de que alguno intentase arrancarla de sus brazos. El señor Obispo manifestose un tanto desconcertado con aquella ocurrencia, y en el instante dio punto a su visita. Pero ese incidente no hubiera hecho impresión alguna en María, menos cuando para indemnizarla de cualquier mortificación quela pregunta del Obispo le hubiese causado, Don Alonso se apresuró en mostrar su displicencia. Pero este caballero que tenía mejores fundamentos para alarmarse de aquel suceso, indiferente al parecer, quedó profundamente pensativo y discurriendo el modo de oponerse con todas sus fuerzas a cualquier tentativa que tendiese a violentar las inclinaciones de la huérfana que adoptara por hija.

Mientras que María, inocente de las tramas e intrigas tenebrosas que cruzaban sobre ella, se entregaba apaciblemente a los recuerdos gratísimos de sus amor, Don Alonso había emprendido una lucha con un poder superior ciertamente al suyo, corriendo el peligro probable de quedar en ella vencido. Cierto que sólo podía oponer su rectitud, su conducta intachable y sus eminentes servicios al Rey y a la Colonia en particular; pero resuelto a combatir toda clase de injusticia que tendiese a atacar  una débil criatura, que no podía ser responsable de ajenas culpas, si las hubo, se escudó en su propia conciencia y en su honor de franco y leal caballero español, y se puso en guardia para esperar los sucesos.

El día mismo de la visita del Deán, un lego de la Compañía de Jesús se presentó a las cinco de la tarde en casa de Don Alonso. El venerable caballero interrumpió el “sato rosario, cuyo rezo acostumbraba hacer diariamente en familia, a la propia hora, y salió al encuentro del lego, portador de un pequeño pergamino, en el cual había escritas unas cifras o caracteres, que Don Alonso comprendió desde luego. Despidiose el portador del billete misterioso; y al punto se dirigió el buen caballero a la iglesia de Jesús, en donde un padre de la Compañía le oyó en penitencia por más de una hora. Triste y compungido volvió a su casa Don Alonso, y a poco de estar en ella de regreso, llegó en su mula, el ilustre señor Deán, Don Gaspar Gómez y Giienez, a hacer la consabida visita.

Esperábala, al parecer, Don Alonso; y aún parece que no sólo la esperaba, sino que también temía fuese invitada la huérfana a tomar parte en la conversación, para comunicarle, en el curso de ella, alguna orden emanada de las personas misteriosas que se habían encargado por sí y antes sí de fijar su futuro destino. Felizmente la cosa se detuvo en el punto que hemos visto y, por lo mismo, María se retiró tranquilamente a su aposento, sin haber hecho más alto en la visita del Deán, que en la cuestión del reverendo Obispo diocesano. Pero no sucedió lo mismo al buen caballero ni a su esposa; menos aún después de oír la formal invitación del Deán, para que Don Alonso se hallase al siguiente día en el Palacio episcopal. La consternación de los cónyuges era vivísima, y por poco que María hubiese  sospechado, habría descubierto en sus semblantes y maneras, que algo de extraordinario acaecía.

De esto, pues, se ocupaban los dos esposos, en el momento que hemos escogido, para entrar silenciosamente en el dormitorio conyugal, sin captar la venia a sus castísimos dueños.

-Duele, en verdad, decía en voz remisa Doña Gertrudis, que no satisfechos con haber sacrificado al padre, ni de haber causado la muerte a la desventuradísima madre, quieran perseguir cruelmente, y aniquilar, a esta inocente criatura, que Dios a puesto bajo nuestra protección.

-¡Oh, eso no lo consentiré yo! Exclamó el buen Don Alonso, bañado el rostro en lágrimas, ardientes de desesperación; y después de algunos momentos, continuó: Pero, ¿cómo impedir eso, Dios mío? ¿Qué hago yo, cuando me encuentro débil, sin fuerzas y olvidado? ¿Qué valen la voz y las demandas de un leal vasallo del Rey, que ya no puede servir más, y de quien nada hay que temer ni esperar?

-Pero, en fin, prosiguió Doña Gertrudis ¿cuál es el interés de esos hombres para martirizar así a su víctima inocente, condenándola a un estado que repugna, y sin dejarla en libertad de hacer lo que mejor le convenga, consultando la opinión de quienes ha tenido por padres?

-¡Virgen de Alcobendas, me gusta el candor! ¿Qué interés? ¿Y que preguntes eso, amor mío? ¿Ignoras, acaso, que los viene s de Don Felipe, cuantiosos como son, valen la pena de excitar la codicia de los perseguidores de esta familia? Verdad es que todos están confiscados desde el día mismo que hicieron desaparecer a aquel buen hombre; pero como hay derechos que reclamar a favor de la única y legítima heredera de ellos, prefieren mejor resolver la dificultad, quitando del medio el único obstáculo que les impediría quedarse con todo.

-¡Mi Señor de Burgos, qué iniquidad! Apelaremos al Rey.

-¡Al Rey! ¿y qué puede el Rey contra la inquisición?

-¡Cómo! ¿Nada puede el Rey, nuestro señor natural, contra los despojos e injusticias que se comenten en sus dominios?

-Nada, amor mío, nada, la inquisición sería capaz de quemar al Rey mimo, si conviniese a sus miras.

-¡Oh, no digas blasfemias al hablar así de nuestra católico monarca! Sea como fuese, yo no puedo consentir pacientemente en esta maldad. Carguen con todo, gócenlo con la bendición de Dios, que ya se los tomará en cuenta. Bendito sea Él, que nos ha concedido bienes suficientes, para asegurar a María una honesta independencia.

-Eso ya me lo sé. ¡Por la Virgen de Alcobendas, que no está en eso la dificultad! Los mochuelos no se conforman en este caso, con apoderarse de lo ajeno, sino que, además, pretenden que nunca,          y en ningún evento, se encuentre María en aptitud de reclamar o que por ley o fuero le pertenezca.

-Enhorabuena: consentiremos en todas sus condiciones, con tal que no mortifiquen a nuestra pobre hija, ni la violenten a hacer algo contra su voluntad. Esto es una cruel tiranía; y no sé, en verdad, como hay un solo español, no digo el Rey, que sufra pacientemente el despotismo y arbitrariedad que ese infame tribunal, que…

-¡Virgen de Alcobendas!, exclamó Don Alonso, interrumpiendo a su esposa, y dirigiendo en torno una mirada inquieta, como para observar si algún oído inoportuno podría escuchar aquel diálogo. No, amor mío, no tan alto. Estas cosas, si bien pueden sentirse, hay gravísimo peligro en dejar escapar, por palabras o signos exteriores, semejantes sentimientos. ¡A la inquisición, chitón! Tengamos paciencia; bendigamos a Dios, ya que no podemos remediar el mal. Día vendrá, aunque no lo veremos, en que desaparezca esta abominable institución, que es la vergüenza y oprobio de la monarquía. Entre tanto, conformémonos y…

-¡Conformarnos!, interrumpió Doña Gertrudis. ¿Consentiremos, entonces, en que nos arranque nuestra hija, la encierren a la fuerza en un convento, y todo por robarle lo que es suyo? Entonces yo diría que no hay gente leal en España, ni nobles caballeros, sino viles y humildes esclavos que merecerían llevar las cadenas, que rompieron con tal heroísmo D. Pelayo, el Cid, San Fernando y Doña Isabel la católica. ¡Mal año para tantos héroes, que no redimieran un pueblo, sino una manda ruin!

-¡Calma amor mío, calma, por la Virgen de Alcobendas! Te he ofrecido luchar, y lucharé, ¡Protéjame la Virgen de Alcobendas, mi devota! Hasta donde alcances mis débiles fuerzas.

-Ya lo sé, querido mío, repuso más tranquila Doña Gertrudis, ya lo sé y lo creo. Por tanto, me parece bien, que consientas lisa y llanamente en que se queden con lo que le pertenece a la niña. La haremos nuestra heredera.

-¿Y si yo te dijese que eso es precisamente lo que temo?

-¡Qué! ¿También estamos juzgados por el “santo oficio” para impedirnos disponer libremente de nuestros bienes?

-No, pero mira bien el asunto, y medítalo. Lo que pretenden es encerrar a la niña en el convento, hacerla pronunciar unos votos que rehúsa su corazón, e impedir de esta manera que llegue a contraer matrimonio.

-¿Y por qué lo habrían de impedir si tal fuese la voluntad de Dios?

-¡Virgen de Alcobendas! Lo primero, para que no llegue a tener hijos que reclamen sus derechos, aún consintiendo ella en renunciarlos, y lo segundo, añadió Don Alonso en voz casi imperceptible y en ademán misterioso, porque no quieren que se perpetúe la raza maldita.

-¡El Señor de Burgos me proteja! ¡Qué intrigas y artificios! Pero lucharás antes de dejarnos vencer, ¡no es verdad, mi querido?

-Sí tal. Nuestra Señora de la Paz, que se venera en mi buen pueblo de Alcobendas, me dara valor y acierto. A bien que tenemos en nuestro a…

-Sí, ya lo comprendo. Todavía tengo esperanzas de que eso hombres no lograrán sus designios.

-Ya lo veremos.

Don Alonso mato la luz, cada cónyuge se retiro a su lecho solitario, que, sea dicho de paso, distaba considerablemente el uno del otro, y sin embargo de las últimas impresiones recibidas, durmieron con la tranquilidad de la virtud y la conciencia del buen obrar.

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3 comments

  1. Hola alguien me puede ayudar a descargar la hija del judio completo? Mil gracias

    • Hola Carlos, todavia no lo hemos publicado completo. Puedes copiarte cada capitulo por separado y juntarlo en un archivo de Word. Vamos por el capítulo VII.
      eSefarad

  2. Como puedo acceder a los capítulos anteriores? Y cada cuando publicas?gracias

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