La Biblia de Ferrara, un monumento cultural de lo que somos y de lo que pudimos ser

Por Daniel Capó

Escrita con estilo bello, fascinante y potente, esta versión del Libro del siglo XVI nos recuerda que la memoria literaria es un camino de esperanza. No es una enseñanza menor.

Detalle de la portada interior de un ejemplar original de la Biblia de Ferrara.Colección de Uriel Macías

Es difícil pensar la cultura europea sin tener en cuenta el aporte de la tradición judía. Grecia, Roma y Jerusalén constituyen los cimientos de Occidente: el anhelo de saber y el lenguaje filosófico de los griegos, la precisión jurídica del derecho romano, además de la mirada sobre la víctima y el sentido escatológico del tiempo que aportó el judeocristianismo nos hablan de una tensión fecunda, aunque no siempre pacífica, situada en los orígenes de la civilización occidental.

En nuestro caso, la España judía -la mítica Sefarad- adquiere un tinte especial. Se trata de un vínculo que va más allá de lo intelectual para hacerse vida y dar fruto. Sefarad fue uno de los rostros posibles de España y lo siguió siendo después de la expulsión en 1492, aunque como una sombra de aquello que fuimos y pudimos ser. En buena medida por la lealtad a una lengua medieval -el ladino- que los sefardíes conservaron a través de los siglos junto a una liturgia particular y a una memoria concreta del pasado.

Hace ya algunos años, el profesor Ángel Alcalá publicó un magnífico ensayo titulado Los judeoconversos en la cultura y la sociedad españolas (Trotta), en el que intentaba responder a estas dos preguntas: ¿qué queda de Sefarad en nuestro país?, ¿dónde y cómo se preserva su recuerdo? Su respuesta se centra en la importancia del Siglo de Oro, inconcebible sin la aportación intelectual y literaria de los conversos. De Juan Luis Vives a fray Luis de León, de santa Teresa de Jesús a Fernando de Rojas, la gran literatura española sería impensable sin el fundamento intelectual y moral de la cultura judeoespañola. Sefarad es la memoria, desde luego, y es la persecución y es una lengua particular, trufada de hebraísmos; es también una forma de leer la Biblia más cercana a sus fuentes.

Un poderoso ejemplo de esta originalidad judeoespañola lo encontramos en esta Biblia de Ferrara, publicada recientemente por la Biblioteca Castro en la edición crítica de Moshe Lazar -que corrige erratas y repone omisiones de las ediciones anteriores- y con una extensa introducción de Paloma Díaz-Mas.

Nos situamos ya en la diáspora sefardí, tras el edicto de expulsión de 1492, en la Ferrara renacentista del duque Ercole II d’Este. Allí se imprimió en 1553 financiada por Gracia Nasi, que pertenecía a una de las familias de mercaderes y banqueros más poderosas de Europa. Era una Biblia vertida al castellano para criptojudíos y descendientes de conversos que habían decidido regresar a la fe de sus padres. Aquellos hombres y mujeres ya no entendían el hebreo, pero aún hablaban el español. La Biblia de Ferrara fue traducida para ellos «palabra por palabra de la verdad hebrayca», según reza el título. El resultado, a ojos de un lector actual, es fascinante.

Lo es porque emplea una lengua prodigiosa. No se trata del ladino coloquial ni del castellano literario de la época, sino una creación nueva en la que se calca la sintaxis hebrea. «En principio crió el Dio a los cielos y a la tierra. Y la tierra era vana y vazía, y escuridad sobre faces de abismo, y espírito del Dio se movía sobre faces de las aguas», leemos, por ejemplo, al principio del Génesis.

Si nos fijamos, la inversión del orden de las frases, la supresión de la s final en Dios (Dio) para enfatizar la visión radicalmente monoteísta de la religión judía, los hebraísmos deliberados…, producen un efecto de extrañeza. Es un español que suena antiguo e innovador al mismo tiempo, como si nuestra lengua hubiera sido fecundada por un sustrato semítico. La potencia de su estilo, de su sonoridad y la agudeza de sus imágenes no han perdido vigencia con el paso de los siglos.

La Biblia de Ferrara es un monumento de la cultura judeoespañola. Influyó en la mítica Biblia del Oso y, por tanto, en toda la tradición protestante hispana. Circuló clandestinamente entre grupos de criptojudíos y, más tarde, entre algunos afrancesados. La belleza de su escritura nos recuerda que la memoria literaria es un camino de esperanza. No me parece una enseñanza menor.

Fuente: elmundo.es

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