DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – TERCERA PARTE / CAPÍTULO I por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

Ver todos los artículos de esta sección

linea

 la_ija_del_judio

LA HIJA DEL JUDÍO

TERCERA PARTE
CAPÍTULO I

Mientras el reverendo padre Noriega hacía su viaje a México para iniciar en ciertos misterios al hijo del puntilloso Regidor de Campeche, otros reverendos que representan también su papel más o menos importante en la historia de la hija del judío, no estaban ociosos en Mérida. Ahí, pues, debemos trasladarnos para proseguir esa historia, salva siempre la debida venia del lector, a quien sepa Dios qué tal sentarán estas idas y venidas.
Hay, sin embargo, un remedio muy eficaz contra el fastidio que tales viajes de Ceca en Meca puedan causar; y es el de echar a un lado y no leer la tal novelita, que hartos libros de fundamento existen para entretenerse e instruirse, sin necesidad de andar a salto de mata buscando folletines de periódicos. A vuelta de eso ¡cuántos hay que sólo han leído en su vida folletines y pasan por hombres de entendimiento refinado y capaces de censurar! No hay remedio: el mundo es así cómo lo ha hecho Dios, y tal vez peor. Con que tengamos la fiesta en paz y prosiga la leyenda.

La casa de Gobierno que entonces se llamaba el Real Palacio (como eran también reales la cárcel, el hospicio, la contaduría, etc.) era un edificio muy parecido al que ahora existe. Llamábase real no porque se hubiese fabricado a costa de la real hacienda, o porque perteneciese a la real corona por derecho de conquista, o por cualquiera otro de los varios títulos legítimos con que adquieren las testas reales; sino porque la ciudad, propietaria antiquísima y primitiva de esa casa, la había destinado para servir de residencia a los capitanes generales, que eran los inmediatos representantes de la real persona en la provincia, en la expectativa diaria de que la Corte acatase, al fin, en que sus delegados no tenían alojamiento propio, y mandase edificar a expensas de la real hacienda una casa adaptada al objeto; porque al cabo, no sólo servía el real palacio para la residencia ordinaria de aquellos personajes y sus familias, sino también para el despacho oficial y administrativo de los negocios de la Colonia.

Pero en esta expectativa se pasaron los años, y aunque el Cabildo tuvo siempre especial cuidado de recordar, de vez en cuando, que aquella casa era propiedad del municipio que representaba, a fin de no dejar que su derecho prescribiese, tan lejos estuvo de verse restituido de ella, que después de algún tiempo de aquella detentación arbitraria, le fue preciso someterse, no ya solamente a permitir que los Gobernadores dispusieran a su arbitrio del edificio, sino a la pesada carga de repararlo y amueblarlo competentemente.

Y el amueblamiento llegó a ser tan gravoso a la ciudad que el Cabildo, a fin de evitar exigencias y compromisos, antes que el Mariscal Don Antonio Benavides tomase posesión de la Capitanía General de la provincia, en Marzo de 1743, celebró un formal acuerdo disponiendo que el equipaje del Real Palacio en lo sucesivo, por cuenta de la ciudad, sólo consistiría, por una vez en cada Gobierno, en una cama con su colgadura fina, cuatro ídem ordinarias, tres docenas de sillas, cortinas para las puertas principales, cuatro mesas, cincuenta cargas de maíz, cincuenta gallinas; bancos, piedras de moler, loza para la cocina, servicio de ella, batea para lavar y otras menudencias. Así se lee literalmente en el acuerdo. Por de contado, que era muy cómodo para los Gobernadores hallarse tratados como cuerpo de rey por el Cabildo, lo cual no quitaba que éste, en tiempo y sazón, hiciese de las suyas.

Respecto de la fábrica material del real Palacio, había en efecto, notable diferencia entre lo que fue y es ahora, habiendo sufrido frecuentes variaciones y casi siempre a costa de la ciudad, según el gusto o capricho de los gobernantes. Primitivamente fue un mal caserón del gusto morisco, que dominaba en algunas provincias de España al tiempo de la conquista.

La parte exterior daba a la plaza mayor y calle de Jesús, como sora; pero comprendía desde el primer arco del portal de la cárcel hasta la plazuela misma de Jesús.

Las galerías exteriores no existían, y en su lugar veíanse veinticuatro pequeñas y elevadas ventanas de madera, con espesas celosías del mismo material. En el centro del frente, es decir, en el sitio mismo en que está situada hoy la entrada principal, se veía una puerta pequeña sobre unos cuantos escalones, a manera de pretorio, que daba a la plaza. Esta era la puerta pública, y como si dijéramos oficial; porque había además otras dos: una reservada para el Gobernador en el costado de Palacio, y otra destinada a la servidumbre en la parte posterior de la huerta.

La distribución de las piezas interiores correspondía exactamente al conjunto. Un gran patio cubierto de naranjos y algunos otros árboles tropicales era lo primero que se presentaba a la vista. No había corredor, ni galería alguna en los cuatro lados de aquel paralelogramo rectángulo; pero todos ellos estaban decorados de estrechas puertas y elevadas ventanas correspondientes a los salones, oficinas, cámaras y dependencias de la casa.
Un segundo patio se destinaba para desahogo de los criados, mientras que el tercero, mucho más amplio que los precedentes, comprendía lo que se llamaba la huerta. Un endeble muro de tierra y piedras cercaba este espacio en la extensión que hoy comprende el lado Occidental de la Plazuela de Jesús, y como dos terceras partes de la cuadra de la primer calle de Santiago. De manera que la puerta falsa de Palacio, colocada en el fondo de la huerta, correspondía exactamente a la entrada de la hermosa casa conocida hoy con el nombre de «casa de magistral».

La primera modificación notable que se hizo del edificio fue la de segregar una gran parte de él, y destinarla para el establecimiento de la real cárcel. En los primeros tiempos de la conquista, cuando el ramo de policía andaba un tanto más atrasado que hoy, los pocos presos que solía hacer la justicia se encerraban en las piezas bajas de la casa consistorial. Mas parece que gobernando el Mariscal Don Carlos de Luna y Arellano, cuya administración de más de siete años se hizo notable por las grandes mejoras que se hicieron en las obras públicas, se determinó erigir la cárcel al lado mismo del Palacio, tanto porque el número de los presos demandaba más amplitud en las prisiones, como para que el Gobernador estuviese en aptitud de visitarlas cada vez que lo hallase conveniente. De esta suerte, la puerta principal vino a encontrarse en un ángulo del primer patio, en vez de ocupar la parte central del frente.

En tiempo del primer Don Antonio de Figueroa (Se refiere a Don Antonio de Figueroa y Bravo, Gobernador de Yucatán de 1610 a 1617, el “Segundo” Don Antonio de Figueroa y Silva, fue Gobernador de Yucatán de 1725 a 1733) se hizo una mejora positiva en la residencia de los Gobernadores, y fue la de correr una espaciosa galería interior en tres lados del patio principal. Para ello, fue preciso introducir notables variaciones en la distribución de las piezas, como la de trasladar los dormitorios al costado oriental cuando antes estuvieron en el frente. El patio conservó siempre el nivel de la entrada que, según se había visto, estaba a la elevación de algunos escalones sobre el de la plaza mayor.

El Marqués de Santo Floro, que también gobernó más de siete años, para proporcionar más amplitud y recreo a su numerosa familia, introdujo una positiva mejora en el edificio. El Marqués mandó fabricar la galería exterior que da sobre la plaza, abrió sobre ella la puerta del salón y adornó la obra con balaustres de madera. Pero desde entonces apareció un defecto que hasta hoy subsiste, sin haberse enmendado jamás, sin embargo de ser tan fácil remediarlo. Las puertas y las ventanas que dan a la galería no corresponden al centro de los arcos; de manera que, permaneciendo detrás de las columnas, ofrecen un ridículo y desagradable conjunto, contra todas las reglas de la arquitectura. Para que la galería se encontrase al nivel de las habitaciones, se hizo necesario elevarla sobre un terraplén de cinco pies, lo que ciertamente no perjudicaba a la vista, pues daba majestad y nobleza al edificio, en cuanto cabía en su raquítica y mezquina construcción.

Más desde el tiempo del Marqués de Santo Floro hasta el del Gobierno de Don Juan Vértiz y Ontañón, el Real Palacio fue en tal decadencia que llegó a convertirse casi en ruinas. En ese intermedio la pugna de los gobernantes con el Cabildo retraía a éste de hacer reparo ninguno, mientras que los otros no tenían más empeño que enriquecerse, hacer su negocio y marcharse cuanto antes de un país que les ofrecía pocos atractivos. Algunas honrosas excepciones hubo; pero poquísimo podía hacerse entonces en favor de la provincia y mucho menos en reparo del Palacio. En ese intervalo desapareció también la vistosa arboleda que cubría el patio principal, y todo el edificio era un verdadero muladar.

Pero el señor Vértiz, a quien por ser tan bonachón llamaba aquella mala gente de marras Don Juan el Bobo, no creyó serle decoroso habitar en un sitio tan desagradable. Cuando vino a la provincia acababa de cruzarse en España y contraer matrimonio con la bellísima y virtuosa hija de un consejero de Castilla, llamada Doña María Violante Salcedo Enríquez de Navarra; y como era tan dado al fausto y a la ostentación, no fue poca su sorpresa al verse reducido, por necesidad, a pasar sus días entre escombros. Así, pues, apenas hubo tomado posesión del Gobierno, echó manos a la obra y emprendió la reedificación del Real Palacio. Aumentole una nueva galería interior con otras habitaciones que daban sobre la huerta; y por mucho tiempo se llamó aquel departamento «el retiro de Doña Violante», y es exactamente el que ha servido posteriormente para el despacho de la Tesorería, Inspección y otras oficinas públicas.

Ello, el buen Don Juan salió pobre y miserable del Gobierno, después de mil disgustos y ruidosas competencias con el Obispo Parada y el Virrey Marqués de Valero, que pretendía sojuzgar esta Capitanía general al Virreinato; pero le quedó una reputación sin mancilla, y la gloria de haber llevado a efecto muchas y muy importantes obras públicas.

El manco Figueroa, que tantos recuerdos de su glorioso gobierno dejó en la provincia, hizo un nuevo aumento al Real Palacio, que, aunque tal vez no sirvió para hermosearlo, sí fue de grande utilidad para el público. Frecuentemente se reunían en la parte exterior los caciques y repúblicas de indígenas de los pueblos, esperando la hora de audiencia del Gobernador, para presentar sus memoriales; y entre tanto, permanecían aquellos infelices expuestos al rigor del sol y a la intemperie de las estaciones. El manco, pues, para evitar este inconveniente, mandó fabricar una galería larga en frente de la exterior del Palacio, de manera que ésta se hizo doble; y si bien se arruinó dos veces la nueva obra, hubo cuidado en restablecerla luego, por su notoria utilidad.

Lo que sí hubo de destruirse enteramente, fue la espaciosa huerta del Palacio. En la época en que vino a esta provincia el Capitán general Don Benito Pérez Valdemar, es decir, a principios de este siglo (XIX), los muros de la huerta no existían, y en lugar de todo lo que hermoseaba antiguamente ese sitio sólo había un inmundo basurero, que presentaba un feísimo lunar en una de las más hermosas y extensas calles de la capital.

El señor Pérez Valdemar era hombre de gusto delicado, y muy celoso de la introducción de toda clase de mejoras materiales y sociales. Por lo mismo, le fue intolerable hallar el Palacio en tan ruin estado y puso en él la mano, haciendo reponerlo y hermosearlo, y segregando de él gran parte de la antigua huerta, que se designó para fábricas. Así se hizo, en efecto, construyéndose cuatro casas sobre la plazuela de Jesús y calle de Santiago, siendo la más notable la conocida con el nombre de la «Casa del magistral», por haberla edificado el difunto señor Maestrescuelas, Doctor Don Ignacio de Cepeda, que fue antes Magistral de la santa iglesia Catedral.

Desde la época de la Independencia, los Gobernadores, a excepción de los señores Carbajal y Toro, no han vuelto a residir en el Palacio. El edificio quedó destinado para el despacho de las Secretarías y de los Tribunales superiores. El año de 1828 experimentó una reforma completa. La segunda galería exterior fue demolida y se substituyeron con ventanas de hierro las de madera que tenia. Crecido fue, dicen, el gasto que entonces se hizo, pero las mejoras no han sido gran cosa.

Todavía el año de 1836 vimos otra variación. El terraplén de la galería exterior fue destruido, nivelándose el piso al de la plaza mayor, quedando por esto las columnas sobre unos feísimos y broncos postes; pero en una mutación de Gobierno, de las muy frecuentes que, para la gran dicha y actual prosperidad del país hemos tenido, se declaró nulo aquel acto y volvió a subirse el piso de la galería hasta el nivel del salón. ¡Si tan fácilmente pudiera así repararse todo lo malo y defectuoso que ha hecho un Gobierno!

Como es preciso que el lector de esta historia entre ahora en el Real Palacio de los Capitanes generales de la provincia, me parece que no llevará a mal encontrar en su camino los detalles que acaba de ver. Si no son conducentes a la perfecta inteligencia de las intrigas tramadas contra la hija del judío, encontrará, al menos, una curiosidad histórica, que no le causara más molestia que echar una ojeada sobre el papel, mientras a mí me ha costado gran trabajo arreglar mi relato; pues discurro que no llegará a figurarse en manera alguna que yo he visto por mis propios ojos cuanto le refiero.#

Gobernaba a la sazón el Maestre de Campo Fray Don José Campero, hombre muy cristiano, de gran valor y entereza, y soldado de particular fama en aquellos tiempos. Habíale dado el Rey la grave comisión de visitar los presidios de América, confiriéndole después la Capitanía General de esta provincia en remuneración de sus buenos servicios. Vino a ella solo, y no se supo de su llegada hasta el momento de presentarse a pagar sus respetos a Don Francisco Razán, predecesor suyo en aquel destino. Algunos malos informes relativos al país que venía a gobernar le habían sido dados en México, y las noticias adquiridas eran de tal naturaleza, que el buen caballero, en edad bastante adelantada, no se creía, a pesar de su valor conocido, capaz de salir al encuentro a cuantos adversarios pudiese suscitarle la intriga.

Con mucha desconfianza comenzó su Gobierno, y por todas partes se figuraba descubrir alguna asechanza contra su vida. Así, pues, se aisló completamente. No mantenía relaciones sino con dos o tres personas, no comía sino de los platos preparados por un soldado viejo de su confianza, ni admitía a su mesa ningún convidado o testigo. Era enemigo de etiquetas, y sólo visitaba al Obispo en uno u otro día del año. Su tiempo desocupado, empleábalo en oraciones y ejercicios piadosos, pues el buen Gobernador era devoto hasta la superstición, y creía más de lo necesario para salvarse.

El único que lo visitaba confidencialmente y cuyas visitas recibía con agrado, era su padre confesor y director espiritual de conciencia. Difundíanse ambos en pláticas teológicas, y de día en día adquiría el confesor un poderoso influjo sobre su ilustre penitente. No pertenecía aquél a la Compañía de Jesús, circunstancia que se habría extrañado tal vez, si el caballero, por consejo de su director, no se hubiese acercado, una u otra ocasión, a proponer sus dudas y escrúpulos en el confesonario rojo de El Jesús. Con esto, el público dejaba de murmurar, y los padres de la Compañía quedaban satisfechos.

El interés de esta historia exige que penetremos una noche en el retrete del señor Campera, en el momento mismo en que el soldado viejo (que era cocinero, ayuda de cámara, mayordomo y secretario, todo en una pieza) le anunciaba la presencia del padre confesor. Este fue inmediatamente introducido: y he aquí el momento en que también debemos introducirnos nosotros en compañía de un antiguo conocido. El confesor no era otro que el religioso dominico, que ejercía igual ministerio en la conciencia del señor Obispo.

 

Check Also

ELARA por Forti Barokas (teksto i boz)

 En los anyos 1940, en los Estados Unidos, una ijika de chika edad oyo …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.