DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – Segunda Parte – Capítulo XI por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

Segunda Parte
Capítulo XI

 

Después de una breve interrupción prosiguió el socio:

— Entre los varios medios que en su baja e innoble pasión halló el Conde para interrumpir aquella boda, fue el de hacer que llegase a manos de Don Felipe una carta anónima que, bajo la apariencia de ser escrita en estilo denigrativo al mismo Conde, llevase envuelta la más vil y horrenda calumnia contra el honor y virtud sin mancilla de aquella ilustre doncella.

— ¡Oh, qué atrocidad tan estupenda!, —gritó el colegial.

— La primera impresión producida en el ánimo del pobre caballero, apenas puede expresarse. Amaba con entusiasmo a su bella prometida, tributaba a su virtud una especie de culto; pero aquella funesta carta no le dio lugar de reflexionar ni discurrir. El golpe había sido formidable y le había sumido en el anonadamiento. Sentía y… eso era todo. Luego que pudo reponerse, marchó rectamente a la casa de Don Alonso de la Cerda.

— ¡Ah!, veamos —exclamó Don Luis.

— «Señor Don Alonso —díjole al entrar—, vengo a rogarle me devuelva la prenda que he depositado en sus manos.» — «¡El puñal del Conde! ¿Y para qué?» —repuso sorprendido el caballero. —«Para devolvérselo a su dueño.» —«¿Qué pretende usted hacer?» —«Matar al Conde de Peñalva.» — «No, amigo mío, yo no puedo entregarle ese puñal.» — «Sentiré manchar mi espada con su inmunda sangre.» —«¡Por la Virgen de Alcobendas! ¿Qué ocurre, pues, de nuevo?» —«Ese hombre infernal, no contento con haberme acometido como un vil asesino, ha deshonrado a la que había de ser mi esposa.» —«¡Quiá! ¿Está usted loco, Don Felipe?» —«Muy cuerdo por mi desgracia, señor Don Alonso.» —«¡Imposible! Usted está delirando: yo le aseguro y le sostengo, que esta indignamente equivocado.» —«¡Ojalá! —exclamó afligido Don Felipe—, pero yo tengo la prueba.» —«¡Prueba! Querría saber ¡por la Virgen de Alcobendas! qué es lo que usted llama una prueba.» —«Lea usted, señor Don Alonso.» Y entregole la carta anónima que había recibido aquella propia mañana.

— En verdad —observó Don Luis— que semejante credulidad de parte de Don Felipe, hace más favor a su imaginación que a su entendimiento.

— ¡Ay, hijo mío! Dios te libre de hallarte en idéntica posición. Tú eres un niño, y no has pasado aún por ciertos trances de la vida. Supongamos un momento… es una mera suposición… Supongamos que estuvieses apasionado de una dama, y cuando más exaltado te hallases en esa pasión viniese uno… o no viniese, sino que por medio de una carta te dijese: «Cuenta, Don Luis: esa dama que pretendéis, no os merece: es hija de una hechicera procesada por el Santo Oficio.»

Don Luis experimentó una insólita conmoción. Sintió que el corazón se le oprimía, que su sangre se cuajaba en sus venas, y le pareció ver que un fantasma se acercaba a apretarle la garganta o a empujarle en un abismo.

— ¿Qué dirías entonces? —preguntó el jesuita, sin dar tiempo a su interlocutor de repararse.

— Padre mío… —tartamudeó el colegial— yo no veo la identidad de un caso con otro.

— Ciertamente, no son idénticos, así como tampoco tú estás apasionado de ninguna dama… digo, que sepamos; pero, en fin, ya por esto podrás figurarte lo que un hombre, presa de una pasión vehemente, es capaz de experimentar en un lance semejante al que ocurrió a Don Felipe. Nosotros estamos siempre dispuestos a censurar a los otros, sin querer hacernos cargo del influjo que en ellos pueden tener las circunstancias en que se encuentran. Eso no es decir, hijo mío, que tu observación sea injusta, no tal. Al contrario, la creo muy sensata y juiciosa; pero es preciso que te habitúes a ser indulgente con los demás, si quieres demandar para ti igual indulgencia.

El generoso Don Luis se hallaba en una cruel agonía. Mil ideas extravagantes se presentaron a su ánimo perturbado, y en medio de ellas creía comprender que el jesuita sabía algo relativo a María, el ídolo de su corazón; y aún más… que su secreto y misterioso amor había sido descubierto. Atormentábale ese pensamiento, y ya apenas podía escuchar el relato del jesuita, que sin embargo, prosiguió:

— Luego que Don Alonso hubo leído la carta, devolviósela a Don Felipe, y dirigiéndose a un armario extrajo de una de sus secretas el puñal, y lo puso en manos del agraviado. «Tome usted —le dijo— y corte con él la infame lengua al Conde de Peñalva; pero llore y llénese de rubor por haber consentido un momento en la horrible idea que ha abrigado contra la más bella, la más ilustre y la más virtuosa dama de toda la ciudad.» —«¡Qué quiere usted decirme, por Dios!» —gritó el afligido Don Felipe. —«Dígole a usted que esa carta es fraguada y dictada por el Conde de Peñalva.» —«¿Lo cree usted, Don Alonso? —«Me dejaría matar, ¡protéjame la Virgen de Alcobendas! antes que retractarme un punto de lo que he dicho. Esta es una intriga vil del Conde.» —«Voy ahora mismo a arrancarle el corazón en medio de los palaciegos» —gritó Don Felipe, haciendo ademán de lanzarse del aposento. —«Escúcheme usted un momento, una sola reflexión» —dijo Don Alonso, deteniendo de la capa a su amigo. «Escúcheme usted ¡por la Virgen de Alcobendas! y no vaya a desconcertarlo todo. Mire usted, amigo mío, puedo asegurarle, aunque no he tenido noticia ninguna de ello, que ese ruin e indigno caballero ha tenido la insolente audacia de fijar sus miradas lúbricas sobre esa dama, y sin duda habrá sido rechazado y despreciado cual merecía. Pues bien: hace algunos días que ha estado usted ausente en el campo, y durante este tiempo no ha frecuentado la casa de nuestro amigo Don Álvaro, el padre de su prometida. Tal vez, si hubiese estado presente, ya se hallaría enterado de todo esto y se habría prevenido el arrebato injusto que ha tenido por un momento. Marche usted, diríjase a esa casa y espere una explicación. Estoy seguro de que va usted a recibirla muy satisfactoria. En tal caso, obre usted con prudencia. Aunque el Conde es tan ruin y villano en sus procederes, al fin es un caballero, y puede usted demandarle satisfacción. Su objeto ha sido ¡válganos la Virgen de Alcobendas! interrumpir esta boda. Yo en lugar de usted me casaría antes y después…» «Le daría de puñaladas —interrumpió Don Felipe—. Así lo haré.» Y con esto, apretando la mano a su ilustre amigo, se dirigió de prisa a la casa de Don Álvaro.

Aquí el colegial hizo ademán de fijar más su atención, que andaba un tanto distraída de la narrativa del socio, por aquella gota de veneno que le había dejado caer en el corazón. El socio, para quien nada era perdido en esta escena, prosiguió, aparentando impasibilidad:

— Tan pronto como Don Felipe se presentó en la casa de Don Álvaro saliole al encuentro la hija del caballero, que esperaba ansiosamente la vuelta de su amante. Desde las primeras palabras, la doncella reveló al agraviado Don Felipe las brutales indicaciones del Conde, sus visitas y el suceso de la esquela escrita a aquel villano por Don Álvaro. Postrose a los pies de la dama el amante, lloró de rubor y arrepentimiento, presentole la carta anónima que había recibido y le reveló el suceso odioso de Veracruz. La hija de Don Álvaro apenas podía comprender aquella extraña combinación de crímenes e infames intrigas. Encendióse en ira su pecho y juró allá en su interior que castigaría al Conde. Exigió de Don

Felipe le entregase el puñal ensangrentado aún, y le rogó que evitase toda ocasión de un choque con el Conde. «Es un villano —le dijo— y si una vez ha pretendido asesinarte, no le faltarán medios de realizarlo a mansalva. El castigo debe ser proporcionado a sus crímenes y debemos esperar que suene la hora fatal.» Los dos amantes ratificaron sus juramentos de amor, y disipose así la tormenta suscitada en el ánimo de Don Felipe. Pero a vuelta de todo esto, había allí una verdad terrible: el odio profundo del Gobernador, enardecido por la envidia y los celos. Así, pues, él no estaba tranquilo mientras pasaban estas explicaciones: todo lo observaba y lo sabía por conducto de Hinestrosa que se había procurado medios de penetrar en los secretos de aquella familia. Fijose día para la boda, y cuando se hallaban reunidos todos los testigos y convidados, un criado se presentó con una carta para el Cura que iba a dar la bendición nupcial.

— Otra infamia del Conde, sin duda  —observó Don Luis.

— Por de contado: el Cura tomó la carta que apenas contenía dos líneas. El efecto producido en el ánimo del Cura fue instantáneo. Fijó sus miradas llenas de espanto sobre Don Felipe, y desconcertado y balbuciente significó que era preciso suspender la ceremonia. Consternáronse los circunstantes e iban ya a retirarse de la escena, cuando el novio, más sorprendido que todos, se arrojó a la puerta para cerrarla, gritando, transportado de indignación: «Señoras y caballeros: No quiero ser hoy el juguete de una intriga. Este es un lance de honor, y exijo del señor Cura nos explique en público qué es lo que ha ocurrido». Don Álvaro, Don Alonso y todos los presentes, hicieron con calor la misma demanda y el Cura, para satisfacerla, al fin leyó el contenido de la carta, que decía así: «Guardaos, padre Cura, de bendecir el matrimonio de Don Felipe Álvarez de Monsreal y Doña María Altagracia de Gorozica. Os va en ello la conciencia y tal vez la vida. Ese caballero es judío». «¡Judío!» —repitieron con horror los circunstantes, y como si temiesen contagiarse de judaísmo o ser enviados a las cárceles del Santo Oficio, sin más examen ni explicación, a pesar del afecto con que Don Felipe era generalmente tratado, precipitáronse a la puerta, la forzaron y echaron a andar más que de prisa por aquellas calles, figurándose que venían en pos suya los familiares de la Santa Inquisición. Sólo permanecieron en el Salón, Don Álvaro, los novios, el Cura, Don Alonso de la Cerda y su esposa, y algunos individuos de la familia. Don Álvaro, sospechando el origen y fundamento de aquella intriga, no bien hubo pasado la primera impresión, se dirigió al Cura suplicándole que procediese sin tardanza a la ceremonia. Mas el Cura resistiose formalmente y sólo en fuerza de mil reflexiones consintió en verificarla, si el señor Obispo no oponía objeción ninguna, después de enterársele de aquel incidente. En su consecuencia, Don Alonso de la Cerda y el Cura cabalgaron en sus muías, y se dirigieron a las casas episcopales, sin embargo de ser ya muy entrada la noche.

Avivose la impaciente curiosidad de Don Luis y por algunos momentos pareció enteramente olvidado de la especie que con tanta energía había excitado sus cavilaciones.

El padre Noriega prosiguió:

— Era entonces Obispo de Yucatán el ilustrísimo señor Don Fray Domingo de Villa-Escusa y Ramírez. Aunque anciano y achacoso, a la vista de las horrendas iniquidades y escandalosa conducta del Capitán general, se había inflamado su espíritu de un santo celo, y amonestado al Gobernador para que se detuviese en medio del precipicio y alzase su brazo opresor e inicuo extendido sobre aquella infortunadísima provincia. El Conde trató con desprecio y altivez al santo Prelado, procurando suscitarle embarazos y dificultades en el ejercicio de su apostólico ministerio. El respetable varón no pudo menos de unirse a los Cabildos para elevar las comunes quejas al Rey pidiendo el remedio de tan estupendos males; y éste había sido un nuevo motivo de las persecuciones del Conde contra el Prelado. Hallábase éste ocupado en sus habituales lecturas piadosas, cuando el Cura y Don Alonso fueron introducidos a su presencia. Enterado el señor Obispo de lo ocurrido, mirando con severidad al Cura díjole en términos claros: «Padre, ignoráis de todo punto vuestro deber. Id ahora mismo a reparar el escándalo que habéis causado. Yo no sé quién es Don Felipe Álvarez de Monsreal; mas sea quien fuese, habéis procedido mal en acoger una delación anónima que no ofrece prueba ninguna, ni siquiera indica el medio de buscarla. Fuera de qué ¿Don Felipe no está bautizado? ¿No cumple con sus deberes cristianos? Podrase decir que es hijo o descendiente de algún judío, fea y horrible mancha por cierto; pero ¿qué doctrina os enseñó jamás que eso fuese un impedimento dirimente del matrimonio? Id con Dios, hermano y recibid ambos mi pastoral bendición en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén». El Cura, un tanto desconcertado, y Don Alonso, muy satisfecho y tranquilo, besaron la mano del Prelado, cabalgaron de nuevo en sus mulas y volvieron al lugar de la escena, en donde a la consternación causada por el suceso anterior, siguió la satisfacción más cumplida. En el acto celebrose el matrimonio por palabras de presente, conforme a los ritos canónicos, entre Don Felipe Álvarez de

Monsreal y Doña María Altagracia de Gorozica.

— ¡Ah! —exclamó Don Luis—, me ha vuelto usted el alma al cuerpo, padre mío.

— Según eso, esta unión ha excitado todas tus simpatías —observó el socio.

— Sin duda alguna —repuso el colegial.

— ¡A pesar del judaísmo de Don Felipe! —replicó el jesuita con aire de admiración.

— ¿No dijo, pues, el señor Obispo que era cristiano?

— Pero podría ser de familia hebrea…

— Y eso… ¿qué más da?

— Valiente pregunta por cierto. Según te explicas… no tendrías inconveniente en desposarte con la hija de un judío.

— ¿Con la hija… de un judío?

— ¡Pues!… con la hija de un judío.

— Mas el caso es diferente, me parece.

— ¿En dónde está la diferencia? —preguntó algo amostazado el jesuita.

— La verdad… padre mío… bueno sería que no me tomase usted por objeto de sus comparaciones. Me está usted haciendo, sin intención, un mal inexplicable.

Hubo una larga y sombría interrupción después de aquel diálogo. Durante ese tiempo, cada uno de los personajes de esta escena se engolfó en un mar de cavilaciones a cual más extrañas. Cada uno navegó hacia el rumbo que creyó más seguro para llegar al término de su viaje imaginario.

— Mas volvamos a nuestra historia —dijo el socio, aparentando haberse olvidado enteramente de las últimas palabras de su alumno—. Como la interrupción de la boda había sido tan pública, causó una sorpresa extraordinaria la noticia, difundida al siguiente día de haberse realizado, en fin, a pesar de la declaración de la carta anónima y de las amenazas terribles que comprendía. Nadie pudo explicarse la conducta del rígido Don Álvaro de Gorozica, tan pagado de su alcurnia y limpieza de su sangre, ni menos la cooperación activa de Don Alonso de la Cerda, espejo de la nobleza de toda la provincia. Por lo que respecta al Conde de Peñalva y al Capitán Hinestrosa, si bien quedaron desconcertados a tan imprevisto desenlace, su indignación subió hasta un punto inconcebible. El Conde juró sobre su ánima, que su venganza sería ruidosa. A las ocho de la mañana de ese propio día, el buen Cura que había celebrado el desposorio fue encerrado en las obscuras cárceles del Santo Oficio y hasta hoy se ignora en Mérida su paradero.

— ¡Jesús, qué iniquidad!

— Cuenta con los juicios precipitados, hijo mío: «a la Inquisición, chitón».

Un movimiento convulsivo agitó los miembros de Don Luis; de pavor no, sino de ira e indignación. El socio prosiguió:

— Cuando el Conde de Peñalva se hallaba entregado a sus transportes de furor y desarrollando, en consorcio de Hinestrosa, los medios de satisfacer su encono y resentimiento, el Capitán de guardias anunció la presencia en Palacio de Don Alonso de la Cerda y Don Felipe Álvarez de Monsreal. «Que entren ahora mismo» —gritó el Conde sin dar lugar a ninguna reflexión. Medio minuto después Don Alonso y Don Felipe se hallaban delante del Conde de Peñalva.

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One comment

  1. precioso trozo de historia en España,con la Inquisición e da gusto leer esos libros felicitaciones!

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