DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – Segunda Parte – Capítulo III por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

Segunda Parte – Capítulo III

 

Don Luis halló al jesuita, que ya le esperaba. Los claustros estaban lóbregos y solitarios, los habitantes del colegio se hallaban recogidos, y no se oía sino el rumor del viento en los vastos corredores, y el grito de los serenos en la calle.

— Aquí no estamos bien, sígueme; dijo el jesuita en voz casi imperceptible tomando de la mano al colegial.

Y ambos cruzaron en puntillas las sillerías superiores del colegio llamado de «pasantes». Descendieron por la escalera principal hasta el primer cuerpo del vasto y noble edificio y detuviéronse, en fin, en la puerta del salón de exámenes, conocido con el nombre de «Pequeño general». Aplicó el jesuita una llave a la cerradura, la puerta giró sobre sus goznes, y penetraron juntos en aquella pieza, en medio de la más profunda obscuridad. El conductor de Don Luis cerró tras ellos la puerta, y afirmando el brazo de su joven compañero, llevóle a tientas sobre un pequeño estrado, en donde había varios sillones cubiertos de polvo. Sentáronse allí y Don Luis, reteniendo el aliento, esperó con ansia el desenlace de aquella escena, a la cual daban un aire de solemnidad la hora, el sitio y las tinieblas.

— Lo que voy a revelarte, exige el secreto más profundo; murmuró el jesuita.

— Así lo comprendo, padre mío; repuso Don Luis en voz tan remisa como la de un penitente a los pies del confesor.

— Pon la mano en tu pecho y júrame por el honor de caballero, que sólo harás uso de esta revelación, en el único caso en que se te prevenga.

— Lo juro.

— Con el bien entendido, que este precepto lo has de recibir directamente de mí o del padre Prepósito de San Javier.

— Aceptólo.

— Pero con el bien entendido también, que esta revelación no va a hacérsete, para satisfacer tu vana curiosidad, sino para llenar un objeto grande, noble y piadoso.

— Así lo comprendo.

— Puede suceder, que por consecuencia de esta revelación, te veas obligado a ejercer actos de energía y vigor, arrostrar graves y poderosos obstáculos, luchar con personas más fuertes que tú, lanzarte en grandes peligros, y…

—Acepto todas las consecuencias, dijo resueltamente Don Luis.

— Después de esta conferencia, acaso serás llamado a desempeñar una misión muy delicada, sin conocimiento ni participación de tu padre, que, como ya sabes, posee un carácter severo y puntilloso. ¿Consientes también en ello?

— Sí, señor; porque estoy persuadido que ni usted ni el Prepósito, pueden exigirme algo contra el honor de un caballero español.

— Por de contado; repuso el padre Noriega. Así, pues, ¿consientes, sin titubear, sin temer ningún contratiempo?

— Nada temo; siento ensancharse mi corazón y estoy a todo resuelto.

— Pues bien, escúchame.

Hubo una pequeña pausa. Luego, prosiguió el jesuita.

— El Conde de Peñalva fue un malvado sin freno, un criminal, que desafió públicamente la justicia divina y humana. ¡No había ante quién apelar, contra sus estupendas iniquidades!

— En tal caso… observó Don Luis, debió morir.

— El cielo, continuó el jesuita, armó el brazo de una heroína ultrajada. Sí, una mujer libertó al pueblo yucateco, de aquel monstruo detestable.

— Yo bendigo desde ahora a esta nueva Judit. ¡Gloria y honor a la mujer fuerte, que prestó a sus oprimidos compatriotas un servicio tan eminente!, exclamó Don Luis.

— ¡Sí, fue una heroína! Porque preservó su virtud, castigó al delincuente, libertó a su pueblo; murmuró el jesuita como hablando consigo mismo; y apretando en seguida el brazo de su interlocutor, añadió: Mira, hijo mío, yo creo que cualquiera debería honrarse de tener conexiones con esa digna matrona!

— No hay duda, repuso el colegial casi maquinalmente, pues su atención se había fijado más en la muerte del Conde, que en los comentarios y observaciones del jesuita.

— Para que comprendas, prosiguió éste, los pormenores de aquel extraordinario suceso, voy a iniciarte en un secreto cuya violación, si no descansase yo en la fe jurada, podría exponerme, no a perder la vida, pues sería éste un castigo momentáneo, sino a un perpetuo encierro, acompañado de muy crueles tormentos.

— ¡Ya he dicho a usted que descanse tranquilo! Cuanto usted pueda confiarme, será lo mismo que si jamás hubiese salido de sus labios.

— Bien. Tú no sabes, hijo mío, la historia pública y secreta de las extorsiones e iniquidades a que ha estado sujeta nuestra pobre provincia, en ciento veinte años que lleva de conquistada y sometida a la corona. Su pobreza e insignificancia comparativa, ha hecho que sus quejas y lamentos sean desoídos en la Corte, que sus representaciones sean relegadas a desprecio y, sus más imperiosas exigencia, olvidadas y desatendidas. Ni sacrificios pecuniarios, ni presentes valiosos, ni representaciones de los Cabildos, ni la voz de los Procuradores, nada ha bastado para redimir a Yucatán de la sistematizada depredación a que está condenada, sino intencionalmente, al menos por omisión o menosprecio. Veinte años habrá que, de paso para Roma, fui admitido a la real presencia de S. M. el señor Rey Don Felipe IV, quien, al escuchar el fiel relato de las injusticias e iniquidades cometidas en su nombre en aquella parte de sus dominios, airóse sobremanera contra los ministros, hizo llamar al Presidente del Consejo de Indias y le previno, que en lo sucesivo fuese mejor tratada su «predilecta» provincia de Yucatán, encargándose «al Virrey del Perú» tuviese especial cuidado en su administración. ¡Ni siquiera, se sabía, cuál era la posición geográfica de Yucatán!

— ¡Es posible! Me deja usted pasmado.

— Todo esto ha sido preciso tenerlo oculto para el pueblo, a fin de no hacer caer en ridículo la real persona, desprestigiar su autoridad y exponer a la provincia a mayores males, que acaso terminarían en lo peor que Yucatán pudiera temer, la sublevación de los indígenas, que aún no olvidados de su antigua independencia ni de la humillación que nuestros abuelos les hicieron pasar en la conquista, han maquinado y maquinan constantemente por sacudir ese yugo. Desde el momento mismo en que los individuos de nuestra raza mostrasen disgusto de las injusticias de la Corte, y tomasen de su cuenta hacer una demostración, por otra parte inútil, contra sus pequeños tiranos,

la sublevación de los indígenas sería la consecuencia necesaria. No sé si habrás oído hablar de la insurrección de los orientales, a muy poco tiempo después de la conquista.

— Ciertamente; dos tíos abuelos de mí madre, Don Juan y Don Diego Cansino,

siendo aún bastante jóvenes y llenos de vida y esperanza, fueron cruelmente crucificados por los bárbaros en el pueblo de Chemax, del cual era su padre encomendero.

— Pues bien; otras diversas tentativas han hecho de entonces acá. En tiempo mismo del Conde de Peñalva, de odiosa memoria, una insurrección estuvo a punto de estallar por las crueles extorsiones y despojos de aquel mandarín y fue necesaria toda la prudencia y santidad del señor Obispo, Don Fray Domingo de Villa Escusa y Ramírez, para evitar aquella horrenda calamidad. Sí, hijo mío, la espada de Damocles está pendiente de un cabello sobre nuestra infortunada provincia.

Después de una interrupción corta, prosiguió el jesuita:

— Debes saber, pues, que la primera insurrección de los bárbaros estalló en un momento crítico. Las nuevas leyes de Indias, otorgadas a reiteradas solicitudes del Obispo Don Fray Bartolomé de Las Casas, produjeron una estupenda conmoción en estos países. Si la guerra civil se evitó en México entonces, debióse a la prudencia del ilustrado Virrey Don Antonio de Mendoza. Precipitóla en el Perú la destemplanza del Virrey Don Blasco Núñez de Vela, y gracias a la sabiduría profunda y a la sagaz política del inmortal Don Pedro de la Gazca, Presidente y Visitador de aquel reino, que hubo allí de cortarse un mal que habría privado a la corona de Castilla de su joya más preciosa.

— Es verdad, de todo eso he oído hablar, y aun lo acabo de leer en la historia general de las Indias.

— Pues necesario es que tengas a la vista todos estos precedentes, sabiendo, además, que apenas nuestros mayores quisieron moverse para hacer una demostración contra dichas leyes, cuando se sublevaron los indios y cometieron todas las horribles crueldades de que ya tienes noticia. Por eso, la provincia se había limitado a exponer sus quejas, esperando el remedio de la protección de la corona. Por eso ha sufrido pacientemente las arbitrariedades del Dr. Quijada, la insolencia del Gobernador Gijón, la holgazanería del Gobernador Casas, los monopolios de Voz-Mediano, las usurpaciones de Don Carlos de Luna, la horrible tiranía de Don Juan de Vargas, las liviandades del Marqués de Santo Floro, y las iniquidades de otros varios Gobernadores, por no decir nada de las de sus Tenientes y Asesores. Perdida ya toda esperanza de reparo, ¿qué hacer para disminuir males tan graves?

— Ya lo comprendo; murmuró el colegial; hacerse justicia por su mano.

— Tú lo has dicho. Una buena lógica te ha guiado a esa conclusión.

— Pero la moral…

— No hablemos de eso. Los principios de la moral, no tienen aplicación alguna en los hechos consumados. Un hecho, es una piedra fría e inerte colocada en un monumento histórico.

— Convengo en ello; pero la buena moral nos enseña a calificar esos hechos y a abstenernos de ellos o a imitarlos, según son calificados.

El socio quedó algunos momentos en silencio, como entregado a ciertas reflexiones; luego prosiguió diciendo:

— Yo no vengo a entablar aquí una controversia, enteramente inútil para el caso presente. Y tampoco niego, que tengas razón en lo que dices; mas tus observaciones están fuera de su lugar. Te repito que existen hechos consumados, en los que, sea dicho de paso, yo no tengo participación alguna, a Dios gracias. Yo vengo a revelarte esos hechos, porque son para ti de un supremo interés personal.

Don Luis no fue dueño de impedir un ligero movimiento convulsivo, que hizo sonreír al jesuita, aunque la obscuridad impidió, afortunadamente, que el colegial lo observase; pues sin duda se habría ruborizado de nuevo. El socio prosiguió:

— Los nobles de la provincia, es decir, los personajes más influyentes de los Cabildos de Mérida, Campeche y Valladolid, teniendo a la vista los estatutos de la «Santa Hermandad» y recordando los poderosos motivos que la impulsaron en la madre patria, allá en la época que gobernó la casa de Trastámara, adoptaron la resolución de formar una confraternidad idéntica en la provincia, cuyo carácter esencial fuese el más profundo secreto. Antes que la autoridad pública se apoderase de aquella institución privada, como se hizo en el reinado de Isabel la Católica, la Santa Hermandad fue tan necesaria en Castilla, como pudiera serlo hoy en Yucatán. Los Cabildos de nuestra provincia han formado, pues, una especie de Comunidad, y han comprometido sus personas y haciendas, jurando solemnemente, primero, quejarse siempre, aunque no

sea más que por pura forma, contra todas las violencias e iniquidades de los gobernadores; y segundo, castigarlos, conforme a sus delitos, si de la Corte no viniese el remedio. El gran maestro, llamémosle así, de esta ruda y sangrienta Comunidad es Don Juan de Zubiaur, tu padre.

— ¡Ah!, exclamó Don Luis. El corazón me lo había ya revelado todo.

E inclinando la cabeza, apoyóla contrala mesa.

En aquel momento, el reloj daba las doce. La campana del Carmen tocó a maitines, y el jesuita se incorporó a rezar una oración propia de la hora.

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