En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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Desde 1848, y hasta 1849, Justo Sierra O’Reilly (biografía al final del capítulo) publica a modo de folletín La hija del judío dentro de las páginas de El Fénix de Campeche, firmando bajo el anagrama de José Turrisa. La narración de O’Reilly se vincula con personajes históricos, como el Conde de Peñalva, quien pone en movimiento la acción dentro de la novela; sin embargo, los personajes no corresponden exactamente a la realidad. Baste mencionar que una de las más grandes intrigas presentadas en La hija del judío resulta ser ficción: mientras que en la novela el Conde de Peñalva es asesinado, el archivo de la Catedral de Mérida hace constar que la figura histórica falleció por causas naturales. A lo largo de los numerosos capítulos de esta obra se desarrolla una conspiración en contra de Felipe Álvarez de Monsreal y su esposa, María Altagracia de Corozica. Dicha conspiración se pone en marcha debido a las maquinaciones del Conde de Peñalva, dando como resultado que Álvarez de Monsreal sea acusado ante la Inquisición bajo los siguientes crímenes (así considerados por el Santo Oficio durante el siglo xvii): judaísmo, judaizante, falsedad, sacrilegio y propagación de horribles doctrinas. Una vez muerto don Felipe, las consecuencias de la intriga recaen en su hija María, pues en la lucha por adueñarse de la cuantiosa fortuna de los Álvarez se ven enfrentados los intereses del obispo, la Inquisición y los jesuitas.
LA HIJA DEL JUDÍO
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I

Aquellos de mis lectores, que, como yo, conozcan detalladamente la ciudad de Mérida, recordarán, sin duda, el aspecto fúnebre y ruinoso de cierta casa, que allá, en tiempos remotos, perteneció a una familia ilustre. Acompáñenme hasta el ángulo N. O. de la Plaza mayor, y deténganse al terminar esta dirección. En La esquina occidental de esta segunda cuadra, existen las ruinas de la casa referida. ¿No es verdad que su apariencia es melancólica, y más cuando se reflexiona en el contraste que presentan unas ruinas en medio de un pueblo animado? ¿No es verdad que ese montón de escombros en el corazón mismo de una bella capital, es en alguna manera repugnante? Pues bien: ese contraste no puede menos de influir poderosamente en el ánimo del espectador, y más todavía si se quiere tomarse la molestia de entrar conmigo en los pormenores de la presente historia, estrechamente ligada con las ruinas que está contemplando.
A mediados del siglos XVII, en el lugar de esos desplomados techos y derruidas paredes, había una casa, sino de esplendida, a lo menos de muy decente apariencia. Pertenecía entonces al eminente caballero Don Alonso de la Cerda, sujeto generalmente horrado y respetado en toda la provincia por indios y españoles, así por sus cualidades privadas, como por sus virtudes públicas. Dos veces había sido Don Alonso, Justicia Mayor de Yucatán, y en ambas había mostrado la rectitud, y tanta pureza, que llegaron a ser proverbiales en el país, en una época en que la expoliación más escandalosa, la venalidad y el cohecho eran vicios demasiado comunes en los mandarines y sus allegados.[1] Su esposa podía ser citada como un bello modelo entre las matronas de la capital, por su espíritu caritativo, sus sentimientos religiosos y la severidad de sus costumbres cristianas. Aquella unión había sido larga y feliz; pero el cielo no la había bendecido con ningún fruto. Don Alonso de la Cerda y su esposa Doña María Gertrudis Pardío, no tenía hijo alguno que heredase su nombre ni sus bienes, que eran cuantiosos. Y sin embargo, la esmerada educación que proporcionaba a la niña Doña María, y el vivo amor que la tenían, habría hecho creer, a quién no estuviese en ciertos precedentes, que aquella preciosa criatura era hija de ambos.
Aclaremos el misterio. Para ello, entremos una noche bajo aquel techo protector.
Inútil es hablar del estilo y gusto del mueblaje que se usaba entonces en las casas principales de Mérida. El atraso absoluto de la Colonia en artes y manufacturas, la pobreza general del país, la total incomunicación con el extranjero, el exclusivo monopolio de la Madre patria, el poco estímulo que se le presentaba para frecuentar su trato con una provincia que ningún interés le ofrecía, y mil otras causas harto conocidas, o que pueden bien conjeturarse, indemnizarán a nuestros antepasados de cuanto hoy se dice de sobre la extravagancia y mezquindad de los asientos, mesas y colgaduras que decoraban las habitaciones de Mérida. Me parece que harto sabemos sobre el particular, para detenerme en inútiles descripciones que podían acaso mortificar nuestro amor propio. Porque si hoy conocemos el mármol, el alabastro, la loza de China, el cristal de roca, las alfombras, y, por último, todo ese “assortiment de meubles” que nos envía la industria francesa y hemos alcanzado en estos “tiempos gloriosos y de inmortal memoria,” ni fue culpa de nuestros mayores ignorarlo, ni yo sé, hablando en plata, si habremos ganado mucho, poco o nada, con semejante refinamiento. El hecho es que la sala de Don Alonso era una de las más decentes de Mérida.
Era una noche calurosa del mes de Mayo de 1660. La sala estaba alumbrada como de ordinario; es decir, había en un ángulo de ella un candil con mecha de pabilo perfectamente saturada de aceite de higuerilla; pero además, por vía de lujo, ardía en el altar una candela de cera amarilla colocada en una palmatoria de plata. Las altas y estrechas ventanas de basta y mal pulida madera, estaban plenamente abiertas, para establecer la corriente del aire entre ellas y las puertas que caían al zaguán y al corredor. Don Alonso y su esposa, vestidos en traje casero y sentados en un rudo canapé a la testera de la sala, platicaban íntima y cordialmente sobre asuntos domésticos: la niña de la casa andaban por las piezas interiores: y la servidumbre se ocupaba con afán en los preparativos de la cena, de esa cena agradable y suculenta que las costumbres modernas, haciendo una ruin y sórdida innovación, contra la cual protestan todavía los buenos gastrónomos, han abolido ya, como abolieron también la costumbre patriarcal de comer a las doce del día, tomar un segundo chocolate a las tres de la tarde y merendar a puestas del sol. Y entonces, ¡Oh tiempos venturosos y de grata recordación! no se presentaba ningún caso de apoplejía, pues las gentes, cuando mucho, se moría de un “golpe de calor” o de una ataque de “privación”, del cual no volvían, ni aún para el acto preciso de confesarse y hacer testamento.
No se a derechas, cuál sería el tópico de la conversación que pasaba entre los dos cónyuges; pero tengo para mí, que debió haber sido, relativo a los asuntos particulares de Doña María. Y dígolo, porque durante esta plática, si se escuchaba cerca la voz de la niña, o parecía que sus pasos se encaminaban hacia la sala, interrumpían Don Alonso y Doña Gertrudis su conversación, y guardaban el más profundo silencio, hasta que pasaba el peligro de ser en ella sorprendidos.
Pero un diverso motivo vino definitivamente a cortar aquel diálogo confidencial. Oyóse por la calle el andar grave y monótono de dos mulas, que a poco se detuvieron a la puerta de la casa. Nada extraño ni inesperado había en este suceso; indicaba simplemente la llegada de una visita, pues en aquellos dichosos tiempos, lo de calesas, quitrines y coches, estaba “in rerum posibilitate” colocado en la larga lista del vapor, el daguerrotipo, el telégrafo eléctrico, la homeopatía y otras cosas que ya conocemos, y en la extensa nomenclatura, de los milagros del espíritu humano que aún no hemos alcanzado, pero que vendrán a tiempo, como vinieron al medio día de Europa los bárbaros del Norte, como se inventó la pólvora y se han realizado otras cosas más difíciles de comprender. Esto no es decir, que en materia de carruajes estuviesen nuestros antepasados de aquella época enteramente a ciegas. No tal: pues que el capitán general y el señor Obispo, tenían cada uno de por sí un “forlon” de cuatro ruedas de que tiraban, a falta de frisones, algunos indios destinados a este servicio. Fuera de que, los que habían estudiado y sabían latín, y tenían, además, la autorización competente del inquisidor ordinario para leer la Biblia seguramente estarían enterados de cuanto en ella se dice, relativo a carruajes, con lo cual era bastante para formarse una idea clara y distinta de ellos. Creo que mis lectores y yo estaremos de acuerdo en este punto, y, por tanto, me parece inútil entrar a discutirlo, mucho más si recordamos que es ciertamente muy poco cortés hacer esperar más tiempo en la puerta de la calle al personaje que viene de visita a la casa de Don Alonso. Porque conviene saber, que era uno sólo el personaje, con todo y que las mulas eran dos, pues que en una de ellas, es decir en la que venía atrás, a respetuosa distancia, montaba un negro esclavo que servía de edecán al que venía caballero sobre la otra. Así lo exigía la etiqueta salvo en algunos casos graves y peligrosos, en que la asistencia del palafrenero era urgentemente demandada.
Como Don Alonso, aunque retirado ya de toda intervención en los negocios públicos de la provincia, disfrutaba en ella de los honores de Gobernador, que por concesión regia le fueron conferidos, después de las dos épocas de su administración; y como además, era cultivado su trato por las personas más principales de la noble y leal ciudad en que había fijado su residencia, la visita de un caballero, hábil para salir por las calles lóbregas de Mérida, montado en una mula y acompañado de un “ad latere”, no era un suceso que pudiera perturbar a los dueños de la casa. Sin embargos, latióles con vehemencia el corazón; figuráronse ver llegada la hora crítica de alguna funesta catástrofe, y durante el tiempo transcurrido entre la detención de las mulas y la presencia del recién venido, halláronse los dos esposos asaltados de una angustia mortal.
A pocos momentos apareció en la puerta de la sala, que daba al zaguán, el contorno de una figura elevada e imponente. Era su traje una vestidura talar de seda negra, sujeta en la cintura con una ancha franja azul celeste bordada de oro. Llevaba en los zapatos gruesos hebillones del propio metal, y su blanca y espesa cabellera caía en coposos rizos sobre su cuello y mejillas. Apenas hubo dado un paso para avanzar, cuando incorporáronse Don Alonso y su esposa, para dar la bienvenida al muy ilustre señor Bachiller Don Gaspar Gómez y Güemez, Dean de la Santa Iglesia Catedral y comisario del santo Oficio, cuyas insignias portaba sobre el brazo izquierdo. Sentóse el Dean entre los dos esposos y, pasados los primeros cumplimientos (que no han hecho más que refinarse en cada siglo, pero que ya se estilaban desde los tiempos bíblicos), significó luego su deseo de ver a Doña María. Tampoco este deseo tenía nada de extraño, pues ni uno sólo de los personajes que frecuentaban la casa de Don Alonso, dejaba de mostrar afán en mirar y contemplar esta criatura, ni satisfacción después de haberla mirado y contemplado. Había, sin embargo, en la expresión del Dean, cierto aire incisivo, cierto énfasis que, junto con ciertos precedentes adquiridos en aquel propio día, aterraron a Don Alonso y le hicieron titubear un tanto. Pero esta vacilación pasó como un relámpago. ¿Con qué motivo, ni con qué pretexto, sino fuese usando una falsedad de que era incapaz el dueño de la casa, podría este negarse a la solicitud de su reverencia? Don Alonso envió, pues, recado a Doña María, previniéndola que se
Pocos momentos pasaron entre la orden y su puntual cumplimiento. Abrióse la puerta que comunicaba la sala con las habitaciones interiores y, con paso firme y noble, acercóse Doña María a besar la mano del sacerdote.
Rayaba entonces en los dieciséis años. Nada será más fácil para mí, que presentarla a mis lectores ataviada de la belleza y encantos de una Houri, porque tampoco nada hay más fácil que robar a Alejandro Dumas, Litun Bulwer, Eugenio Sué o Waltter Scott la paleta de los colores que han servido para pintar y encarnar a Haydea, Alicia, Flor de María o Flora Mac-Yvor. Pero todo esto nos alejaría de la exactitud histórica, porque mi María es un hecho, una verdad; y la verdad para lucir brillantemente, no se necesita de vanos adornos. Mi María no era, pues, una belleza extraordinaria y deslumbradora, ni podría llamársele la más linda de las meridanas; pero sobre ser de unas formas regulares y simétricas proporcionadas, sobre poseer un suave color anacarado, una tez limpia y pulida, reinaba en toda ella, principalmente en su boca de púrpura y en sus ojos de esmeralda, un candor, una dulzura y una amabilidad que hechizaba al espíritu más indiferente. Su acento, más que nada, era un sonido inefable: una armonía del cielo.
Su vestido, mal podría llamarse elegante en este siglo, en que el refinamiento se ha llevado hasta la transparencia; mas para aquella dichosa edad, era del más rico y brillante que se estilaba en la Colonia entre las gentes de tono y de caudal. En vez de gasa y olán clarín usábase terciopelo: en lugar de vestidos con monillo y demás adherentes cuya nomenclatura sería larga, las doncellas de aquel siglo y de este país, que siempre anduvo atrasado en modas, cincuenta años por lo menos, llevaban guardapiés y chupín de Flandes y bordados de lentejuelas. No había ese estrechísimo calzado de raso que comprime y reduce el pulido pie de nuestras damas hasta una pequeñez casi fabulosa, y a veces ridícula; pero si las chinelas eran de paño, un si-es-no-es burdo, también los palillos o tacones era de oro, y los lazos de hermoso chamelote. Tal era el vestido de María, llevado sin afectación ni pretensiones.
Satisfecho el primer deseo del Deán, encontróse éste un tanto embarazado a la vista de María, para entablar la conversación sobre un cierto tema, que se había propuesto antes de venir a hacer a Don Alonso aquella visita. Así, pues, ocupose en proponer a la niña algunas cuestiones sobre la historia sagrada y profana, que María satisfizo felizmente. Pidiola después que ejecutase alguna cantata sobre el salterio. No se hizo de rogar; en lo cual no se parece a muchas que yo conozco, porque María ejecutó pronto y bien, mientras que algunas de esas de mi conocimiento, después de hacerse muy caras, nos obsequian de mala gana, y, por tanto, muy mal. También cantó María; y aunque no fue ninguna aria de Rossini o Meyerbeer, ni había sido educada en el conservatorio de París o de Milán, cantó, sin embargo, con una voz nítida y pura; y su “Himno a las estrellas,” bien podía valer tanto como “Casta Diva,” de la Norma, o como el “¡Oh matutini albori!,” de la Donna del lago. Porque estemos en que cada siglo, cada nación y cada pueblo, tienen su carácter peculiar, y, no debe causarnos sorpresa que a María sólo se enseñase lo que era común y corriente en el país, y que ella cantase lo que sabía. Si hay quien exija algo más, sea enhorabuena; pero al prudente lector le queda su derecho a salvo para decir al crítico importuno, que no tiene un átomo de sentido común.
No se había perdido aún la última modulación del canto de María, cuando el reloj de la Catedral dio una hora; las ocho. Un clamor general siguió en todas las iglesias de la ciudad, invitando a los fieles a orar por los fieles difuntos. A esta señal, incorporáronse los cuatro individuos que se encuentran en la escena, y el Deán rezó en voz alta una plegaria. Concluida ésta, suplicó a Don Alonso le viese al día siguiente, a la diez en el Palacio episcopal. A esta invitación, Don Alonso lanzó furtivamente una mirada de inquietud a su esposa, pero respondió que sería puntual a la cita. Despidiose con mil cortesías el Deán, y cabalgando en su mula, mientras el portero le alumbraba con un grueso hachón de viento, se dirigió, no a su casa, sino al colegio de San Javier, para tener una entrevista con el Prepósito de la Compañía de Jesús. Por tanto, debemos trasladarnos a este sitio, si los lectores quieren proseguir la presente historia.
[1] Sirve de advertencia que la necesidad de conservar el interés de esta novela, obliga a incurrir en uno u otro ligero anacronismo; que es muy difícil evitar en las composiciones de este género.- (N. del autor)
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Justo Sierra O’Reilly, nació en el poblado de Tixcacaltuyub, (en maya, la letra “x”tiene el sonido del dígrafo “sh”, como en la palabra show) Yucatán, México en septiembre de 1814 y murió con sólo 47 años en la Ciudad de Mérida, Yucatán en 1861. Terminó estudios de Derecho en el Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México en 1838 y obtuvo el doctorado en 1839 en el Instituto Literario de Yucatán. En 1841 procuró sin mucho éxito organizar la alianza de los Estados de Yucatán y Tabasco contra el centralismo de Antonio López de Santa Anna. Después en 1848 hizo un intento similar para obtener el apoyo norteamericano durante la llamada Guerra de Castas a nombre del gobierno yucateco de Don Santiago Méndez Ibarra, de quien llegará a ser yerno al contraer matrimonio en 1842 con su hija, Concepción Méndez Echazarreta, con quien procreo tres hijos, entre ellos Don Justo Sierra Méndez, nacido en 1848 (decidido promotor de la fundación de la Universidad Nacional de México, que sería, a partir de 1929, la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM). En efecto, durante la insurrección maya que se inició en Yucatán a mediados del siglo XIX, viajó a los Estados Unidos de América en busca de ayuda para salvar a la población blanca de la península. De esta experiencia nació su libro «Diario de nuestro viaje a los Estados Unidos» (publicado por Héctor Pérez Martínez en 1938), mismo que le dedicó a su esposa. Fue diputado al Congreso de la Unión en dos ocasiones. Escribió unas «Lecciones de Derecho Marítimo Internacional» (1855) y tradujo al español el famoso libro de John Lloyd Stephens, «Incidentes del Viaje a Centroamérica, Chiapas y Yucatán (Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan)». Redactó el «Proyecto de un Código Civil Mexicano» (1859-1860) por encargo del gobierno liberal de don Benito Juárez entonces establecido en Veracruz. Este fue su último gran trabajo y lo hizo ya enfermo de muerte. Dentro de su actividad cultural y literaria destaca su participación como director de los periódicos culturales «El Museo Yucateco», (1841-1842) y el «Registro Yucateco», (1845-1849), impresos en Campeche y del periódico noticioso y mercantil «El Fénix», (1848-1851), así como de «La Unión Liberal», (1855-1857). Es autor de leyendas como «La Tía Mariana» que trata asuntos de piraterías (1841) y de crónicas de viajes como: «Impresiones de un viaje a los Estados Unidos de América y al Canadá» (1851), así como de otros estudios históricos, entre ellos «Los Indios de Yucatán», (1857). Escribió también novelas históricas por entregas como: «El Filibustero», (1841), «Un año en el Hospital de San Lázaro», (1845-1846) y «La Hija de Judío», (1848-1849), bajo el seudónimo y anagrama de José Turrisa, mismas que le han hecho merecedor del título de Padre de la Novela Histórica en México. Perteneció a la Academia de Ciencias y Literatura, a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, al Instituto de África y a otras sociedades mexicanas y extranjeras. Don Justo, conjuntó una gran biblioteca y documentos históricos, que fueron parcialmente destruidos cuando su casa de Campeche fue asaltada por las facciones anti-mendistas en agosto de 1857. Se le considera como perteneciente a la escuela romántica pero con características peculiares, con fuertes matices realistas y muy cuidadoso de la verdad histórica en sus novelas. En 1906, se levantó una estatua de bronce en su memoria, en el Paseo de Montejo de la ciudad de Mérida, Yucatán, México, que fue inaugurada por el entonces gobernador de Yucatán, Olegario Molina Solís, en presencia de los hijos de Don Justo Sierra O’Reilly, Justo y Manuel José Sierra Méndez. Reconocido como un erudito y el periodista más importante de la península de Yucatán en su tiempo. También es considerado como el padre de la novela histórica en México.
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