Necesidad de perdonar

Ignacio Martínez de Pisón, Premio Nacional de Narrativa por 'La buena reputación'
Ignacio Martínez de Pisón, Premio Nacional de Narrativa por ‘La buena reputación’

Los años ochenta vinieron cargados de interesantes perspectivas literarias, y los nombres de Arturo Pérez Reverte, Almudena Grandes, Ignacio Martínez de Pisón, Felipe Benítez Reyes, Juan Miñana o Ignacio Vidal Folch se asomaban al panorama narrativo. Tres décadas después constituyen, en su variedad, una generación de interesantes novelistas. Un arte de masas inundaba los espacios para el entretenimiento desde amplias perspectivas, satisfacía a un público socialmente deseoso de una cultura esquilmada durante años. La España democrática y el ascenso de un esperanzador PSOE propició esa totalización que preconizaba Javier Marías, «aquello que hace posible que le guste a una minoría selecta, también le guste a una mayoría popular». De aires nuevos se calificaba la producción, entre 1984 y 1985, de La media distancia (1984), de Alejandro Gándara; El rapto del Santo Grial (1984), de Paloma Díaz-Mas; La ternura del dragón (1984), de Ignacio Martínez de Pisón; El año de Gracia(1985), de Cristina Fernández Cubas; La dama del Viento Sur (1985), de Javier García Sánchez, o los veteranos Enrique Vila-Matas, Historia abreviada de la literatura portátil (1985) y Miguel Sánchez-Ostiz, El paisaje de la luna (1984). Lo curioso y significativo, los rasgos que unieron o desunieron a estos autores –porque hoy hablaríamos de coincidencias anecdóticas, más que generacionales–: una ansiosa sed de absoluto en García Sánchez, una engañosa e irónica ligereza en Vila-Matas, actitudes fantásticas y evocadoras en Fernández Cubas y Martínez de Pisón, o esa vocación rural de Llamazares que convergen en opciones y actitudes estéticas que llaman la atención, o un alejamiento de la narrativa de posguerra que obliga a situarse en uno u otro lado, porque su horizonte literario les alejaba de una poética dependiente.

 

PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA

 

La narrativa de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), señala Ramón Acín, posee un factor innovador frente a la producción literaria precedente; para Enrique Murillo sus obras constituyen un fenómeno normal en nuestras letras, proceden de una tradición foránea que entiende la narración de forma muy distinta a como se acostumbraba en los ochenta; esta especie de «modernización» se constata en algunos otros autores que, como señala Masoliver Ródenas, se iniciaban en los setenta, Fernández de Castro, Azúa, Molina Foix o Marías, con aspectos técnicos que rechazan el realismo e incorporan técnicas del cine, la música o modelos extranjeros que promueven una libertad imaginativa, o una narratividad interesante. En la obra de Martínez de Pisón se observa, según Robert C. Spires, dos tendencias: la yuxtaposición de formas ajenas, y esa capacidad de trascender las fronteras de lo racional.

La literatura ilumina ese sentido permanente y cambiante que le otorgamos a la identidad, una permanencia que todos ansiamos, porque las personas cambian a lo largo de su existencia, le otorgamos la importancia suficiente al paso de los años, y comprendemos que una historia contada enseña cómo nuestra existencia es una simple tarea de resistir, pese a las múltiples derrotas que arrastramos a lo largo de nuestra vida. Ocurre en La buena reputación (2014), la historia del matrimonio formado por Mercedes y Samuel, ella hija de un militar católico, y él un judío en la Melilla colonial, hombre de confianza del régimen franquista y líder de la comunidad hebrea en la ciudad, hasta que un día el mundo ordenado e idílico que vive Samuel se rompe; entonces deberá replantearse muchas cosas, buscará con ahínco esa «buena reputación» y, alejado de los dorados años vividos, descubrirá que ha vivido de espaldas a la realidad.

Martínez de Pisón fabula sobre la Melilla de 1957, un lugar idílico donde, acabada la Guerra Civil, los judíos viven en una afable existencia, así lo hace Samuel, miembro importante de su Consejo Comunal, bien relacionado con autoridades civiles y militares, orgulloso de haber sido aceptado como socio de la Hípica, aunque a veces detecta que los elogios de la comunidad judía encierran una recriminación, o una burla. Su negocio en Melilla, con intereses en Málaga, le permite un nivel de vida más que desahogado. Desde el principio en el matrimonio formado por Mercedes (católica practicante), Samuel (judío) y sus hijas, Miriam y Sara, ha quedado establecido que el hogar se regirá por las creencias de la esposa, con alguna mínima concesión a la religión del marido. La vida transcurre felizmente, la familia celebra dos fiestas de Año Nuevo, la católica, y el Rosh Hashaná, y asisten gentiles, mujeres que fuman y hombres que beben más de la cuenta, aunque sus hermanas Rebeca y Esther, judías estrictas, se quejan de la relajación religiosa del hermano. De forma periódica, y con la disculpa de los negocios, Samuel hace una visita a Tetuán, donde lleva una segunda vida de la que Mercedes no sospecha nada. La inminente desaparición del protectorado de Marruecos, y cómo afectará la independencia al norte de Africa, produce incertidumbre en los judíos de la colonia, al tiempo que se habla del recién creado estado de Israel y la dificultad de llegar hasta él. Un día este mundo ordenado e idílico se rompe y Samuel deberá replantearse muchas de las cosas de su vida futura. Mercedes, una mujer posesiva, dirige la vida de todos con mano de hierro, les obliga a seguir el camino marcado para cada uno, indiferente al dolor que ocasione, incluso tras su muerte dejará «atados» a sus descendientes, esclava siempre de «la buena reputación» no descansa ni al final de sus días. Miriam, la segunda generación, está acostumbrada a ser tratada con condescendencia, anulada y en un segundo plano tras su hermana mayor, Sara, a la que todos admiran; intenta contentar a todos, fundamentalmente a su madre, se casará con el primero que se lo pide: Ramiro, un hombre sólido y consistente, y tendrá dos hijos gemelos, Daniel y Elías. Aparentemente todo va bien, y cuando se le presenta la oportunidad de triunfar, no logra su propósito. Elías, la tercera generación, está convencido de su vocación religiosa, duro e intransigente con las debilidades ajenas, como el resto de su familia vivirá grandes cambios, crecerá a pasos agigantados en una época de incertidumbre y contradicciones, una sociedad de grandes transformaciones, y su vocación teatral interferirá con los planes que su abuela contempla para él. Daniel ha vuelto a Melilla obligado por las decisiones tomadas por su abuela, al contrario que Elías es irresponsable aunque simpático, amigo de las juergas y del alcohol. La pequeña ciudad le parece una cárcel, y el trato con sus tías, las viejas judías, penoso. Un suceso brutal le hará descubrir otro mundo, otra realidad, que le obligará a implicarse en una causa que él considera justa.

En esta novela el lector vive no solo la vida de los integrantes de esta familia –abuelos, padres y nietos–, Martínez de Pisón realiza una pequeña crónica de Melilla, Tetuán, Málaga, Zaragoza y Barcelona, y reflexiona si esta no es la misma historia de otras muchas familias con las que muchos hemos convivido durante años, y volvemos a sentir ese deseo de volver a preguntarnos, de volver al pasado para perdonar y, finalmente, también ser perdonados por las actitudes diferentes tomadas.

El Premio Nacional de Narrativa confirma el valor de una obra, sólida y ambiciosa, que el jurado ha valorado como «un retrato del mundo judeo-español en Melilla en la época del Protectorado y el complejo desarrollo de una red de relaciones familiares en el marco de un relato extenso muy fiel a la tradición novelesca».

‘La buena reputación’. Autor: Ignacio Martínez de Pisón. Editorial: Seix Barral. Barcelona, 2014.

Por Pedro M. Domene

Fuente: diariocordoba.com

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