MARDOQUEO NAVARRO- JUDIOS EN AMERICA por Pablo schvartzman

Hojeando los numerosos copiadores de cartas existentes en el Palacio San José, tropezamos con un nombre estampado al pie de muchos centenares de cartas que inmediatamente llama la atención: Mardoqueo Navarro, nombre bíblico y apellido común entre los marranos.

Contrariamente a lo que alguna vez se afirmó ( 10 ), no puede considerarse a Mardoqueo Navarro como secretario del General Urquiza y sí como «encargado de negocios» del procer (11 ).

Según afirma el profesor Macchi, Mardoqueo Navarro era originario de Catamarca y estaba emparentado con familias de arraigo en el país, especialmente con distinguidas personalidades de esa provincia.

Un tío suyo, el general Octaviano Navarro (1826-1884), distinguido militar y político, fue gobernador de Catamarca en dos oportunidades (1856 y 1873), caracterizándose por su administración progresista. El general Navarro introdujo la imprenta en Catamarca, fundando el primer periódico de la provincia, «El Ambato»; estableció el alubrado, fomentó las industrias en general, especialmente la minería.

Otro tío de Mardoqueo Navarro, monseñor Luis Gabriel Segura, fue Obispo de Entre Ríos. Esto no es de extrañar, ya que muchos altos dignatarios eclesiásticos de España y América eran descendientes de marranos. Un hermano de Mardoqueo, Samuel Navarro, trabajó también para el general Urquiza, desempeñándose como encargado del Saladero «11 de Septiembre» de Rosario.

Mardoqueo Navarro poseía una vasta cultura y vino a San José con la misión primordial de organizar la contabilidad de los negocios de Urquiza y es indudable que el procer conocía perfectamente el origen sefardí de su empleado, pero para el espíritu libérrimo del general — que no hacía distingos de carácter racial ni religioso — el origen judío de Mordejai Navarro no representaba ninguna clase de inconvenientes.

Sobre los sentimientos liberales de Urquiza se han escrito muchas anécdotas, pero hay un caso que demuestra fehacientemente cómo pensaba el general.  Había mandado a Italia a un sacerdote con la misión de escoger agricultores para colonizar los campos de Entre Ríos, los que debían seleccionarse únicamente — por expresa disposición de Urquiza — por su idoneidad.

Tergiversando el encargo, el sacerdote comenzó a reclutar los colonos solamente entre los candidatos que
profesaban la religión católica. Llegado esto a oídos de Urquiza, reaccionó enérgicamente y escribió de inmediato al sacerdote haciéndole saber que le había violentado en extremo su incorrecto proceder, ya que claramente se le había encargado que seleccionara a los agricultores por sus condiciones de laboriosidad e idoneidad, no interesando de manera alguna la religión que profesaran, por lo que declaraba caducas sus funciones, ordenándole que regresara de inmediato.

Contaría Mardoqueo Navarro unos 25 años o pocos más cuando entró a trabajar al servicio de Urquiza, en 1859, reemplazando en sus tareas a Vicente Montero, cuñado del procer. Estuvo a su servicio hasta 1862 y durante ese lapso redactó y despachó una impresionante cantidad de correspondencia. Llegaba a escribir hasta 20 o 25 cartas diarias. Navarro solía estampar su nombre bíblico con la grafía fonéticamente hebraica de Mordejai, pero la mavor parte de las cartas copiadas están firmadas «Mardoqueo Navarro»  o sencillamente «M. Navarro».

En los copiadores que se conservan en San José pueden leerse con perfecta claridad las copias de las cartas redactadas por Navarro y si bien es cierto que en su gran mayoría se trata de correspondencia mercantil, no escasean los temas políticos tratados e incluso existen copias de cartas intercambiadas con distinguidas personalidades intelectuales como Peyret, Holmberg, etc.

En «Urquiza: Ultima Etapa», dice el profesor Macchi que en la correspondencia diaria Navarro «entremezcla la política con los asuntos de negocios, con la anuencia de Urquiza sin ninguna duda».

Leyendo esta correspondencia llama la atención el acendrado federalismo de Navarro y el apasionamiento con que expresa su pensamiento político. Esto quizá pueda explicar sus posteriores desacuerdos con el procer, ya que a raíz de las ideas de conciliación nacional de Urquiza que finalmente condujeron a la pacificación del país y a la posterior organización definitiva de la república, muchos entrerrianos desconfiaban de los hombres de Buenos Aires y terminaron por considerar a Urquiza, como se decía al principio, como traidor a los ideales federalistas.

En ningún momento Urquiza temió al juicio de la posteridad. Mejor que nada quizá lo demuestra su rechazo a las pretensiones de un ex secretario suyo, Juan Coronado, que le exigía una fuerte suma de dinero para no publicar un libro que tenía en preparación, «Misterios de San José», en el que difamaba al general y que finalmente apareció en el año 1866 ( 12 ).

Apasionado federalista, ardiente e impetuoso, Mardoqueo Navarro también terminó por tener desacuerdos con su empleador. Después de retirarse de su servicio, hizo lo mismo que Coronado: publicó una obra en la que hacía acusaciones a Urquiza y le reclamaba también el pago de algunos haberes que, según afirmaba, no se le habían liquidado ( ls ).

Hay muchos claros a llenar todavía en la reconstrucción de la biografía de este interesante personaje. Mediante la búsqueda y el estudio de otros documentos y materiales que irán apareciendo con el tiempo, ya que — como se decía — en San José mismo no se ha hecho aún un estudio completo de los libros comerciales existentes en su archivo, se podrá algún día trazar una semblanza más completa de la vida y la actuación en Entre Ríos hace un siglo, de Mordejai Navarro, un muchacho de ascendencia sefardí al servicio del primer presidente constitucional de la República Argentina, organizador de la Nación, colonizador, civilizador y fundador de escuelas.

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10) JACOBO BENMERGUI: «El general Urquiza y su secretario judío Mordejai Navarro», artículo en la revista «Judaica»,  Buenos Aires, Febrero de 1945.

11) Nos referimos a Mardoqueo Navarro como «Encargado  de negocios» del general Urquiza por especial indicación en tal sentido del director del Palacio San José, profesor Manuel E. Macchi.

Ramón Gil Navarro (1828-1883), jurisconsulto, escritor, varias veces diputado nacional, senador, periodista, fundó en Córdoba — con el apoyo de Urquiza — el periódico «El Progreso» (1867). Durante la tiranía rosista vivió en Chile. Angel Aurelio Navarro (1810-1875), también jurisconsulto, escritor y periodista, redactó en Buenos Aires con Marco Avellanda el periódico «El amigo del País» (1833), viéndose luego obligado a emigrar al Brasil por su oposición a Rosas. Allí fue bibliotecario de D. Pedro II. Después de Caseros representó a Catamarca en el Senado Nacional (1862-1868), llegando a ser vicepresidente del alto cuerpo.

12) MANUEL E. MACCHI: «Historia de un libro», C. del Uruguay 1962. 13 Lamentablemente no hemos podido obtener ningún ejemplar ni mayores datos sobre esa publicación la cual, según opinión del director- propietario el Museo Enterriano de Concepción del Uruguay, don Andrés G. García,  fue impresa en esta ciudad y posteriormente se destruyeron los ejemplares de la obra en su casi totalidad. Continuamos, no obstante, en su búsqueda.

Fuente: ispanoamericapresente.blogspot.com.ar

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