Influencia en la música venezolana – rastros de herencia judía

El musicólogo Rafael Salazar compartió con NMI algunos de los rastros de herencia judía que se pueden encontrar hoy en las melodías y ritmos tradicionales de Venezuela

Nacida de los judíos españoles ins­ta­la­dos en Castilla y Aragón, la música se­far­dí es una interesante mezcla de me­­lodías orientales y árabes que, junto a me­lis­mas occidentales, se ha convertido en unidad mu­sical transmitida de forma oral por gene­ra­cio­nes, sintetizando armónicamente las caden­cias de la cultura árabe, cristiana y judía que con­vivieron en España durante la Edad Media.

Existe poca documentación de la época re­la­cionada con los instrumentos con los que se in­terpretaba, por lo que se estima que se can­ta­ba a capela en las sinagogas, y en las calles se le da­ba uso a los instrumentos populares, de ori­gen árabe, que habían sido asimilados.

Cuando, por edicto real del 31 de marzo de 1492, los Reyes Católicos obligaron a los se­far­díes a bautizarse o marcharse, muchos llevaron su música y tradiciones a Turquía, Grecia y Bul­ga­ria. Es muy posible que otro grupo se haya em­barcado en los viajes de descubrimiento y con­quista que se iniciaron ese mismo año, lle­van­do al Nuevo Mundo, de primera mano, sus cos­tumbres semíticas.

La huella semita

Se presume que el músico y cantor judío Al-Man­sur participó en la llegada del genio musical de Bagdad, Ziryab, a la corte de Alhaquem I de Cór­doba. El trabajo de Ziryab fue definitorio en el desarrollo musical de la zona, en la cual es­ta­ble­ció la primera escuela de música e introdujo no­vedades en la teoría y práctica musical de la épo­ca.

Rafael Salazar, musicólogo y compositor, co­men­ta que Ziryab generó un nuevo sistema de afi­naciones, un sistema de modos especiales, creó la primera escuela de canto y de laúd, agre­gó una quinta cuerda a este instrumento, le sus­ti­­tuyó la tapa de cuero por la de madera —tal co­mo lo conocemos hoy—, inventó la púa de plu­ma de águila para tocarlo, las cuerdas de ca­cho­rrillo de león prensada y de seda, entre otros. De ese laúd, también usado para inter­pre­tar canciones sefardíes, nacen diversos ins­tru­men­tos de cuerdas, entre ellos la bandola, here­da­da por Venezuela y muy utilizada en la música tra­dicional.

“Hay un aporte directo del mundo semítico, tan­to árabe como judío, que es el canto de los ca­melleros —puntualiza Salazar—. El canto de Al Huda, que significa mensaje o salutación, y que se interpretaba cuando iban por la cabecera del desierto, cantándole al cielo para poder lle­gar con vida al destino, es idéntico a las can­cio­nes de ordeño o arreo de las tonadas vene­zo­la­nas o colombianas. Son los cantos de faena en ge­neral. Otra influencia importante proviene de los salmos judíos y se deposita en el modo de in­ter­pretar los cantos salmódicos cristianos. En mu­chos lugares eso quedó circunscrito al ám­bi­to religioso. Sin embargo, en Venezuela esos sal­mos se escaparon de la iglesia, pasaron al pue­blo y se convirtieron en canciones populares. Un ejemplo de ellos es la Canción de la Pari­ma, un canto margariteño que interpretaba el Quin­teto Contrapunto, que no es más que un sal­mo religioso, de origen judío, que pasó al mun­do cristiano y de allí a la cultura popular”.

El musicólogo recuerda también una forma de composición y métrica irregular que dio ori­gen a seguidillas de cinco y siete versos. “Hay un can­to aragüeño que dice ‘malaya la cocina, ma­la­ya el humo; malaya quien se fíe de hombre nin­guno’. Ese es un canto de herencia judía en cuan­to a la estructura métrica. Lo que pasa es que las influencias no son lineales, sino que es­tán cruzadas por la cultura judía y árabe, que son familia”.

Otro aporte semítico importante en la mú­si­ca venezolana es el canto modal. El canto tonal es occidental y concluye con acordes de cierre, con la tónica del tema, lo que lo hace muy rí­gi­do. En cambio, en el canto modal el acorde final que­­da suspendido, no cierra, lo que da origen a la improvisación. “Cualquier canción sefardí es así. Y esa herencia la vemos, perfectamente, en nues­tro Pajarillo llanero”, concluye.

Curiosa coincidencia

Hace exactamente 30 años, en la edición nú­mero 401 de Nuevo Mundo Israelita, que cir­culó entre el 28 agosto y el 4 de sep­tiem­bre de 1981 (la misma semana que la actual edi­­ción), las páginas del semanario in­clu­ye­ron una nota de nuestra exdirectora Pris­ci­lla Abecasis donde anunciaba la aparición del nue­vo LP de Cantos sefardíes de So­le­dad Bravo.

“No nos sorprende su disco de can­cio­nes sefardíes, porque su trayectoria ar­tís­tica nos habla de su sensibilidad creadora, de su capacidad para hacer suya la riqueza cul­­tural de algo tan aparentemente remoto co­mo lo es la tradición judía sefardí, y ex­pre­sarla, transmitirla con ese toque per­so­nal que hace poesía de la poesía misma”.

Lorena Rodríguez Morales

Fuente: Nuevo Mundo Israelta

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