Héroes españoles contra el Holocausto

Judios detenidos en Budapest – Fuente: Wikipedia

En los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial, un grupo de diplomáticos españoles destinados en legaciones de toda Europa arriesgaron sus vidas y sus carreras por defender un ideal: salvar del exterminio a miles de judíos que huían del horror nazi. 

Junio de 1940, Burdeos (Francia). Entre la nutrida comunidad judía existente en el país –muchos de ellos huidos de Alemania y otros territorios bajo el control nazi–, comienza a extenderse un rumor imparable y esperanzador: en el consulado español de Burdeos, un diplomático está facilitando los visados necesarios para pasar a España y, desde allí, alcanzar Portugal, lugar de partida de numerosos barcos con destino a EE.UU. y otros países del continente americano, lejos de la peligrosa Europa. 

Aquel español que durante una semana del verano de 1940 –con la reciente ocupación nazi de Francia– atendió incansable las peticiones angustiosas de miles de judíos, se llamaba Eduardo Propper de Callejón, en esa época primer secretario de la Embajada española en París. 

Al igual que él, un notable número de diplomáticos españoles destinados en las legaciones de Francia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Grecia o Alemania arriesgaron su vida para salvar la de miles de judíos, amenazados por la terrorífica persecución nazi que se desató en la Europa ocupada durante la II Guerra Mundial. Sus nombres y sus hazañas han permanecido injustamente en el anonimato durante décadas, hasta que en fechas recientes sus actos humanitarios comenzaron a ser reconocidos como merecían. Esta es la historia de aquellos hombres que intentaron enfrentarse al Holocausto con todos los medios a su alcance. 

HÉROES EN LA FRANCIA OCUPADA
El inicio de la carrera diplomática del madrileño Eduardo Propper de Callejón fue casi una premonición de los terribles episodios que le tocarían vivir. En 1918 y con sólo 23 años, el joven diplomático fue destinado a la legación española en Bruselas. Con una Europa enfrascada en los horrores de la Primera Guerra Mundial, Propper tuvo que dar un considerable rodeo por Suiza antes de llegar a su destino, donde quedó a las órdenes del marqués de Villalobar. En los años siguientes fue escalando puestos en su carrera hasta que, con la abdicación del rey Alfonso XIII en 1931, decidió aparcar temporalmente su trabajo diplomático. Su vuelta a la actividad llegó en 1939, ya terminada la Guerra Civil, cuando fue nombrado primer secretario de la Embajada española en París. 

Eduardo Propper de Callejón

Cuando unos meses después, en septiembre de ese año, estalló la Segunda Guerra Mundial, Propper llevó a cabo una de sus primeras acciones en defensa de los judíos. Unos años antes, el diplomático se había casado con Hélène Fould-Springer, hija del barón y banquero judío Eugène Fould y Mary Springer, perteneciente a una rica familia judía de origen austriaco. Conocedor de los terribles sucesos contra los judíos ocurridos en Alemania, y previendo que algo similar podía ocurrir en suelo francés a causa del imparable avance nazi, Propper decidió declarar el Castillo de Royaumont –propiedad de su familia política– como su residencia privada. Allí almacenó buena parte de los bienes de sus suegros y de su cuñada –miembro del clan Rothschild–, entre ellos numerosas obras de arte. Unas valiosas piezas que, sin la protección diplomática española, habrían caído irremediablemente en manos nazis. 

Aquel gesto, fruto de sus vínculos familiares fue, sin embargo, el menos meritorio que llevaría a cabo. En junio de 1940, las tropas alemanas entraron finalmente en París. La ocupación alemana provocó la huida del gobierno francés y de las distintas legaciones extranjeras, que abandonaron temporalmente la capital. Propper fue enviado a Burdeos para hacerse cargo de la plaza diplomática. Cuando llegó allí, acompañado por su mujer y sus hijos pequeños, la situación no podía ser más dramática. Miles de refugiados, en su mayoría judíos, se agolpaban a las puertas del consulado español con la esperanza de obtener la documentación que les permitiría huir del terror nazi. 

Movido por su conciencia, Propper decidió actuar y pidió permiso al embajador, José Félix de Lequerica, quien dejó la decisión en sus manos. La situación era muy complicada. En condiciones normales, la expedición de visados incluía numerosos trámites y requería el visto bueno del Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid. En total, una semana o más de espera, un tiempo que muchos de los judíos que se agolpaban ante el consultado no podían permitirse. 

Ante lo dramático de la situación, Propper tomó la determinación de actuar por su cuenta, de espaldas al gobierno franquista y, aprovechándose de un “agujero” burocrático, comenzó a expedir “visados especiales” que no requerían la confirmación de Madrid. Durante una semana agotadora, Propper firmó y selló miles de visados de tránsito, día y noche, casi sin descanso, y en colaboración con el cónsul portugués, Arístides de Sousa Mendes, a cuyo país se dirigían la mayor parte de los judíos que solicitaban ayuda en el consulado español. Desde suelo luso tomarían después algún barco que les llevaría, a la mayor parte, lejos de Europa. 

Uno de los visados expedidos para ayudar a la huída de los judíos.

Su labor humanitaria no terminó ahí. Con el traslado de la embajada española a Vichy, Propper de Callejón continuó ayudando, dentro de sus posibilidades, a cientos de refugiados y judíos. Para su desgracia, aquel loable gesto iba a tener consecuencias para su carrera. En febrero de 1941, Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco, ministro de Asuntos Exteriores y conocido pronazi y antisemita, castigó su ayuda a los judíos con un traslado inmediato a la legación en Larache, en el protectorado español en Marruecos. Cuando Propper –ya en suelo marroquí– fue galardonado por el gobierno francés con la Legión de honor en reconocimiento a sus méritos, Súñer, visiblemente enojado, escribió en una carta que se la habían concedido por su “ayuda a la judería francesa”. 

En la actualidad, y aunque la cifra exacta se desconoce a causa de la misteriosa desaparición del libro de registro, los historiadores estiman que la noble labor del diplomático español salvó la vida a 1.500 personas, entre ellos cientos de judíos. 

Eduardo Propper de Callejón falleció en Londres en 1972, tras pasar por distintos cargos en delegaciones diplomáticas de EE.UU., Canadá o Noruega. Sin embargo, nunca alcanzó el cargo de embajador, un castigo por su ayuda humanitaria. En compensación, en octubre de 2008 su labor fue finalmente reconocida por el director del Yad Vashem –la institución israelí constituida en memoria de las víctimas del Holocausto–, con la concesión del título de “Justo entre las naciones”. En el acto estaban presentes sus hijos, Felipe y Helena, ésta última madre de la conocida actriz Helena Bonham-Carter

Bernardo Rolland de Miota

De forma paralela a las actividades de Propper, otro diplomático español destinado en Francia, Bernardo Rolland de Miota –cónsul general en París–, destacó también por su ayuda a cientos de judíos.En octubre de 1940, meses después de la actividad semiclandestina de Propper, el gobierno colaboracionista de Vichy estableció una serie de decretos contra los judíos –los llamados Statut des Juifs–, que recortaron paulatinamente sus libertades. Preocupado por las consecuencias que dichas leyes podían tener para los más de dos mil judíos sefardíes de París, Rolland de Miota informó a Serrano Súñer. Éste, que no deseaba generar problemas con sus aliados nazis y franceses, le ordenó que actuara con “pasividad y tolerancia” hacia las leyes antijudías. Rolland, apremiado por su conciencia, hizo oídos sordos y, a pesar del peligro, movió todas las fichas posibles para excluir a los judíos españoles del Statut des Juifs, redactando cartas de protección para cientos de ellos y enfrascándose en una agotadora disputa con las autoridades españolas, francesas y alemanas, en un intento por evitar la expropiación de sus bienes. Para ello, se amparó en el hecho de que en España no existían leyes antijudías, y los judíos sefardíes eran ciudadanos españoles, en virtud de un decreto de 1924 que les reconocía la nacionalidad. 

Prisioneros judíos en el campo de Drancy, 1941. Fuente: Wikipedia.

En 1941, la situación empeoró con el endurecimiento de las leyes antisemitas. En agosto de ese año, las autoridades realizaron una redada en París durante la cual se detuvo a unos 3.000 judíos –algunos historiadores aumentan la cifra hasta 7.000–, entre ellos catorce españoles. Todos ellos fueron enviados al campo de Drancy, que se convirtió en un lugar de tránsito hacia Auschwitz un año más tarde. Rolland de Miota trabajó incansablemente para conseguir la liberación de los catorce judíos sefardíes recluidos en Drancy. Igualmente, el cónsul español también logró poner en libertad a un matrimonio judío español que había sido detenido por las SS en agosto de 1942. En ese tiempo, Rolland logró visados para un pequeño grupo de judíos –algunos de origen español–, que lograron pasar a España gracias a sus gestiones con el Ministerio de Asuntos Exteriores. Poco después lo intentó de nuevo con un grupo mayor, de 2.000 judíos, al que intentó enviar al protectorado de Marruecos. Por desgracia, en este caso las autoridades alemanas no dieron su consentimiento. 

Cuando en 1943 terminó su trabajo en París, Rolland de Miota había ayudado a cientos de judíos, protegiendo sus bienes y salvando a una veintena de su segura deportación a Auschwitz. Antes de abandonar su puesto, aún tuvo tiempo de preparar la salida del país de cien personas, labor que concluyó su sucesor Alfonso Fiscowich, quien también destacó por su ayuda a los judíos a pesar de la indeferencia y trabas de Madrid. 

EL ÁNGEL DE BUDAPEST
El zaragozano Ángel Sanz Briz llegó a la legación española de Budapest en 1943, para sustituir a su antecesor, Miguel Ángel de Muguiro, destituido por sus molestas críticas y quejas sobre la persecución antisemita en el país, y por su ayuda a quinientos niños judíos, a los que consiguió un visado español para escapar del terror. A pesar de estos antecedentes, San Briz, convertido en nuevo encargado de negocios de la embajada, no dudó en continuar la labor de su predecesor, ante lo que él consideraba una persecución inhumana. 

El diplomático aragonés Ángel Sanz Briz

En un primer momento, con Horthy todavía en el gobierno húngaro, la situación resultó más o menos soportable. Sin embargo, con la invasión de las tropas alemanas en marzo de 1944 la persecución contra los judíos se endureció de forma notable. 

Sanz Briz comenzó alojando en la embajada a los judíos que acudían en busca de ayuda. Tras duras conversaciones con el nuevo presidente Ferec Saláis, jefe del partido pronazi de la Cruz Flechada, y el Ministerio de Asuntos Exteriores español, el diplomático obtuvo el permiso para emitir doscientos visados a judíos de origen sefardí. Hábilmente, y como él mismo explicó al periodista Federico Yzart, “estiró” aquellos  documentos hasta el límite: “Las doscientas unidades que me concedieron las convertí en doscientas familias, y luego se multiplicaron indefinidamente con el simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte a favor de los judíos que llevara un número superior al doscientos”. 

Aquella estrategia, de ser descubierta, suponía un serio riesgo para el propio Sanz Briz. Sin embargo, el zaragozano no dudó en seguir adelante, al tiempo que redactaba “cartas de protección” para casi dos mil judíos no españoles, a lo que adjudicó un origen sefardí en los documentos, explicando que estaban bajo protección de la embajada. 

En noviembre de 1944 todo empeoró aún más. El número de judíos en peligro había aumentado de forma considerable y, ante la imposibilidad de alojarlos a todos en la embajada, Sanz Briz tomó una determinación: alquiló ocho casas y, tras colocar en ellas placas anunciando el carácter diplomático de las mismas, comenzó a alojar en ellas a cientos de judíos. Una maniobra inteligente y audaz, pero que no estuvo exenta de riesgos. En más de una ocasión el propio Briz tuvo que acudir de urgencia para evitar detenciones, y un chofer que solía llevar alimentos y medicinas murió a causa de un bombardeo mientras se dirigía a las viviendas. 

Mujeres judías detenidas en Budapest. Fuente: Wikipedia.

Por suerte, el diplomático español no estuvo completamente sólo en aquella arriesgada aventura. En connivencia con otros diplomáticos europeos, como el cónsul suizo Carl Lutz, el sueco Raoul Wallenberg o el nuncio apostólico Angelo Rotta, crearon un entramado clandestino que permitió la salvación de miles de judíos, de otro modo condenados a una muerte segura en el campo de concentración de Auschwitz

A pesar de todos sus esfuerzos, la llegada de las tropas soviéticas en enero de 1945 obligó a Sanz Briz a dejar Budapest, quedando la legación española en manos de su amigo Giorgio Perlasca (ver anexo). Antes de partir, el diplomático maño consiguió liberar a 71 judíos recluidos en un campo de concentración. 

En total, las actividades de Sanz Briz, que nunca recibió el apoyo del régimen franquista, salvaron la vida a unos 5.200 judíos. Sólo 200 de ellos eran realmente de origen sefardí. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, y a diferencia de su colega Propper de Callejón, Ángel Sanz Briz alcanzó el cargo de embajador, puesto que desempeñó en distintos países, hasta su muerte en 1980. Todavía en vida, recibió varios reconocimientos a su labor humana, y en 1991 recibió el título de “Justo entre las naciones”. En octubre de 2008 la embajada española en Budapest honró su memoria con un sentido homenaje. 

EL “AMIGO DE LOS JUDÍOS”
Cuando Julio Palencia llegó a Sofía en 1940, con el cargo de Ministro Plenipotenciario, las leyes antisemitas, al igual que ocurría en otras partes de la Europa ocupada, sometían a la población judía –en este caso unas 50.000 personas– a graves humillaciones y a una terrible privación de derechos. Un escenario sobrecogedor que empeoró aún más cuando, en 1943, Adolf Eichmann –el temible jefe de deportaciones– decidió aplicar a los judíos búlgaros la misma “Solución final” que a los alemanes. Palencia, que manifestó en todo momento su desagrado por los nazis, intentó por todos los medios ayudar a un buen número de judíos. Aunque informó de la situación al Ministerio de Asuntos Exteriores, recibió la misma respuesta que otros de sus colegas: pasividad y tolerancia ante las medidas antijudías. 

En marzo de 1943, el diplomático español contempló impotente cómo los judíos sefardíes, al igual que el resto, eran obligados a realizar trabajos forzados y a identificarse con la estrella de David. A pesar de todo, las maniobras constantes de Palencia evitaron la deportación a campos de concentración de los ciento cincuenta judíos de origen español. 

Angustiado por una situación que se agravaba por momentos, Palencia insistió una y otra vez ante las autoridades búlgaras y alemanas con la intención de defender a los judíos. Aquella obstinación terminó por acabar con la paciencia de las autoridades, hasta el punto de que la policía búlgara comenzó a vigilar todos los movimientos que se producían en la embajada española, interrogando a cualquier visitante. La presión llegó a tal punto que la policía detuvo al secretario de Palencia, que era judío, bajo la grave acusación de espionaje. Como es lógico, las incómodas actividades del español tampoco le granjearon la simpatía de las autoridades alemanas, que se referían a él como “el amigo de los judíos”. 

El punto culminante del desafío de Palencia a las leyes antisemitas llegó con las quejas del diplomático ante la ejecución del judío sefardí León Arié. Palencia no pudo salvarle la vida, pero su valor le llevó adoptar a sus dos hijos y cobijar a la esposa de Arié en la embajada española. Todos  estos “excesos” provocaron su consideración como “persona non grata”, iniciándose una persecución contra él por parte de la temible Gestapo, y se vio obligado a huir del país. No sin problemas, finalmente consiguió llegar a Madrid. Con él iban los hijos y la mujer de Arié. Hoy, las familias de 600 judíos a quienes ayudó a escapar viven gracias a su valor y determinación. 

“AQUÍ VIVE UN ESPAÑOL” 
José de Rojas y Moreno fue el único de los diplomáticos españoles aquí citados que ocupó el cargo de embajador durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su compromiso hacia los judíos perseguidos –especialmente por los de origen sefardí– fue igual de destacado que el de sus colegas. En 1941, recién llegado a su plaza diplomática en Bucarest, Rojas se encontró con un panorama desalentador: al igual que otros rincones de Europa, las leyes antisemitas arrinconaban sin piedad a los miembros de la comunidad hebrea. Su rechazo a los postulados raciales nazis no se hizo esperar: pronto comenzó a denunciar las continuas violaciones de derechos humanos, e hizo todo lo posible por mejorar las lamentables condiciones de vida de los judíos rumanos. En septiembre de 1941, escribió a Madrid con la intención de obtener un permiso que le permitiera extender visados sin esperar la confirmación del Ministerio, argumentando que los judíos de origen sefardí del país habían apoyado, de forma colectiva y sin fisuras, el movimiento nacional. Un mes más tarde las autoridades españolas confirmaron el derecho a los judíos españoles de Rumanía a entrar en España, aunque subrayaron que cada caso debía ser examinado de forma individual, en contra de los deseos de Rojas y Moreno. 

A pesar del contratiempo, el embajador español peleó de forma incansable, al igual que lo había hecho Rolland de Miota en Francia, para evitar la expropiación de los bienes de judíos sefardíes. En este caso sus esfuerzos tuvieron éxito, y en agosto de 1942 se ordenó la protección a dichas propiedades. Además, los judíos españoles quedaban exentos de pagar el impuesto especial judío. 

Entre las distintas iniciativas orquestadas por el embajador para proteger a quienes consideraba súbditos de la patria, destaca especialmente la creación de una serie de carteles, que repartió entre la comunidad sefardí. Dichos carteles, pegados en las fachadas de las viviendas, anunciaban con una tipografía de gran tamaño: “Aquí vive un español”. La medida, aunque aparentemente extravagante, permitió salvar las vidas de muchos judíos. 

En abril de 1943, el diplomático sufrió uno de los momentos más amargos de su misión en Rumanía. Aquel año, un judío español llamado Dario Algranti, junto a su esposa y dos hijas, fueron deportados a un campo de concentración polaco. El embajador hizo todo lo posible por salvar sus vidas, pero fue en vano. Aquel fue el único caso en el que judíos rumanos de origen español sufrieron el horror de la deportación. 

En mayo de 1944, y con la intención de evitar nuevos casos como el de Algranti, Rojas quiso acelerar la salida de 65 judíos con dirección a España, e inició los trámites necesarios con las autoridades alemanas. Desgraciadamente, sus esfuerzos se toparon con un problema inesperado: la negación rotunda de Eberhard von Thadden, en aquel entonces ayudante especial de Adolf Eichmann. Pese a la negativa inicial, el embajador español no se rindió y, tras repetidas quejas al Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, consiguió al fin que los alemanes diesen el visto bueno a la salida de los 65 sefardíes. Animado por el éxito de aquella empresa, Rojas intentó una nueva evacuación de otro grupo judío, pero en este caso, y para su desolación, le fue imposible cumplir su cometido. 

TRENES HACIA LA LIBERTAD
Los esfuerzos de Sebastián de Romero Radigales, cónsul general de España en Atenas, por ayudar a cientos de judíos sefardíes que residían en la capital y en Salónica supusieron un auténtico incordio para las autoridades alemanas en el país. Como prueba, se conservan varias comunicaciones emitidas por el embajador alemán, Günther Altenburg, en las se lamenta de las incomodas y repetidas peticiones del español, que comenzaron sólo unos días después de su llegada a Atenas, en abril de 1943. 

Tropas nazis en Salónica (Grecia). Fuente: Archivo La Vanguardia

Está claro que Romero Radigales actuó bajo el convencimiento de que no había tiempo que perder. Entre los meses de marzo y junio de 1943, más de 45.000 judíos de la ciudad de Salónica habían sido deportados al matadero humano en que se había convertido Auschwitz. Entre las comunidades judías de Atenas y Salónica había en aquellas fechas unos 800 sefardíes, y el cónsul español no dudó en hacer todo lo posible para evitar su muerte. 

Desgraciadamente, las tropas nazis detuvieron a más de 500 sefardíes, y ordenaron su traslado a Auschwitz. Sin pérdida de tiempo, Romero Radigales puso en marcha todos los recursos disponibles para liberarlos. En un primer momento, logró que los alemanes dejasen en libertad a 150 de ellos, que ya se encontraban subidos en el tren que les conducía al campo de la muerte, y consiguió su evacuación a Palestina. Para su desesperación, los 367 sefardíes restantes terminaron en Auschwitz, pero el cónsul español no se rindió fácilmente. Utilizando toda su “artillería” diplomática, y en constante contacto con el embajador alemán en Atenas y el Ministerio de Asuntos Exteriores germano, consiguió primero su traslado a otro campo, el de Bergen-Belsen y finalmente, en febrero de 1944, los alemanes consintieron en liberar a los judíos españoles. Los nazis metieron a los sefardíes en dos trenes distintos, que salieron con varios días de diferencia, y pusieron rumbo a la estación de Cerbère en la frontera franco-española. Los judíos que viajaban en el primer convoy llegó a España el 10 de febrero y el segundo lo hizo el día 13. En realidad la llegada de este último estaba prevista para el día 11 pero, como relata el periodista Eduardo Martín de Pozuelo en un trabajo sobre el episodio, inexplicablemente las autoridades españolas “olvidaron” el segundo tren –con 183 personas a bordo– durante dos días. Una imperdonable torpeza de los responsables franquistas que estuvo a punto de provocar el regreso de los sefardíes al campo de concentración, pues los alemanes habían comenzado a impacientarse por la espera en Cerbère. 

Coincidiendo con aquel suceso, el régimen de Franco estaba sufriendo unas duras críticas a nivel internacional por su presunto trato negativo hacia los judíos. Así que Gómez Jordana, en aquel entonces Ministro de Asuntos Exteriores, decidió aprovechar la loable labor de Romero Radigales y sus “trenes de la libertad” para “demostrar” a la comunidad internacional su ayuda a los judíos. Efectivamente, los judíos salvados por Radigales fueron recibidos en Barcelona, pero poco después se les trasladó a África, sin oportunidad de establecerse en la península. Una mancha que ensució el arriesgado y noble trabajo del cónsul general en Atenas. 

Si la situación, como hemos visto, era sumamente complicada en países como Francia, Grecia, o Hungría, en Alemania el panorama para los judíos –y quienes les ayudaban– era mucho más sombrío. Las graves consecuencias que podían acarrear a un extranjero el auxilio a judíos no amedrentaron, sin embargo, a José Ruiz Santaella, agregado a la embajada española en Berlín. Movido por sus fuertes convicciones cristianas, él y su esposa, Carmen Schrader, decidieron ayudar a una judía llamada Gertrud Neumann. Para ponerla a salvo, en 1944 tomaron la determinación de contratarla como empleada de hogar en su propia casa. Neumann, convencida de la bondad del matrimonio español, les confesó la existencia de muchos otros judíos que trataban de ocultarse de los nazis. Fue así como el diplomático español y su mujer entraron en contacto con la familia Arndt. Al igual que habían hecho con Gertrud, contrataron a Ruth Arndt y su madre Lina, como niñera y cocinera respectivamente, mientras facilitaban alimentos y medicinas al cabeza de familia, el doctor Arndt, que se encontraba oculto. 

Durante varios meses, todos ellos convivieron en la misma casa, intentando que las tres judías pasaran desapercibidas. Cuando a finales de 1944 las tropas aliadas se aproximaron a Berlín, Ruiz Santaella y su familia tuvieron que abandonar la ciudad y regresaron a España. Sin embargo, continuaron enviando toda la ayuda posible desde la península. Gracias a su gesto, aquellas personas lograron sobrevivir al horror nazi, y terminaron estableciéndose en Estados Unidos, manteniendo durante años una relación de amistad. En gratitud a su valerosa ayuda, en 1988 el Yad Vashem declaró a los dos españoles “Justos entre las naciones”. 

Esa misma denominación, de la que ya gozan los citados Ángel Sanz Briz o Eduardo Propper de Callejón, ha sido propuesta recientemente para Sebastián Romero Radigales, Julio Palencia y Bernardo Rolland de Miota. En la mayor parte de los casos, estos hombres no llegaron a ver reconocida su labor mientras vivían y sus nombres, a diferencia de lo ocurrido con el célebre Oskar Schindler, apenas son conocidos. Sin embargo, su valor y dedicación gozan del mayor agradecimiento posible: el de miles de personas, descendientes de aquellos judíos a los que salvaron, y que hoy viven gracias a su decidida lucha contra el horror. 

** NOTA: En febrero de 2009, el programa Crónicas (RTVE) emitió el documental El número de los justos, en el que se recogen las historias de algunos de los personajes aquí citados. Podéis ver el vídeo completo aquí

ANEXO
“JORGE” PERLASCA, EL FALSO EMBAJADOR ESPAÑOL
Cuando Sanz Briz se vio obligado a abandonar Budapest ante la proximidad de las tropas soviéticas –que no reconocían la legitimidad del régimen de Franco–, lo judíos húngaros no quedaron desamparados. Un italiano llamado Giorgio Perlasca, acogido en la embajada española en agradecimiento por su participación como voluntario en la Guerra Civil a favor del bando nacional, continuó la importante labor de Sanz Briz.

Giorgio “Jorge” Perlasca, el falso embajador español.

Perlasca había abandonado el fascismo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y cuando presenció los excesos y abusos nazis contra los judíos decidió colaborar junto a Sanz Briz. Cuando el español tuvo que dejar la ciudad, el italiano cambió su nombre de pila por el de Jorge, y se hizo pasar por nuevo cónsul español, llegando a falsificar un documento en el que, aparentemente, Madrid confirmaba el nombramiento. Las autoridades alemanas tragaron el anzuelo y durante algunas semanas, Perlasca tuvo la oportunidad de seguir refugiando a judíos en las casas alquiladas por Sanz Briz, y continuó expidiendo cartas de protección. Cuando finalmente las tropas comunistas alcanzaron la ciudad en enero de 1945, “Jorge” Perlasca había salvado él solo a más de mil judíos. 

ANEXO
UN DECRETO “CADUCADO”
Durante su trabajo en las distintas legaciones españolas en Europa, algunos de los diplomáticos aquí recordados se valieron de un antiguo decreto que permitía otorgar la nacionalidad española a aquellos judíos de origen sefardí, es decir, descendientes de los expulsados de España en 1492 por los Reyes Católicos. Este decreto, fechado en 1924, fue promulgado por Primo de Rivera pero, curiosamente, dejó de estar vigente en 1930. A pesar de ese “pequeño” detalle, hombres como Propper de Callejón o Sanz Briz, entre otros, se valieron de aquel texto legal para facilitar visados –tanto de tránsito como de entrada– a miles de judíos. Algunos eran realmente sefardíes, pero muchos otros no tenían realmente un origen español, pese a lo cual los diplomáticos no dudaron en alterar nombres y otros datos para permitir su huida a España. 

ANEXO
ESPAÑA Y LOS REFUGIADOS JUDÍOS
Las condiciones exigidas por las autoridades españolas a los miles de refugiados -judíos o no- que intentaron entrar en nuestro país durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial fueron variando a lo largo de la contienda. Desde el fin de la Guerra Civil española, y hasta comienzos de 1940, las leyes establecían que cualquier ciudadano español estaba capacitado para entrar en el país siempre y cuando no hubiera dudas sobre “su adhesión al Movimiento”. En cuanto a los extranjeros, se prohibía tajantemente la entrada a cualquier persona que hubiera tenido negocios con la República, a los masones y a los judíos -exceptuando aquellos que hubieran mostrado su apoyo al bando nacional-, y a los enemigos del Régimen. 

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, surgieron nuevos decretos que modificaron estas condiciones previas. Desde el 1 de mayo de 1940, los consulados españoles debían tramitar las solicitudes de visados de entrada a través de la Dirección General de Seguridad, en Madrid. La única excepción se daba en situaciones que el cónsul considerara extremadamente urgentes, y aún así debía informarse lo antes posible a las autoridades de la capital española. En lo que respecta a los visados de tránsito -que facilitaban el paso por España durante unos tres o cuatro días- podían expedirlos directamente los consulados, siempre y cuando el interesado estuviera también en posesión de un visado portugués. Este era el caso de la mayor parte de los refugiados que solicitaban un visado, pues su intención era huir por barco desde algún puerto luso. En todos los casos, el gobierno español no tenía en cuenta si el solicitante era judío o no. 

A partir de septiembre de 1940, y hasta finales de año, nuevos decretos -hasta un total de cuatro- vinieron a sustituir las anteriores disposiciones. Entre las nuevas normas, se restauraba la condición de que los visados de tránsito fueran autorizados desde el Ministerio de Asuntos Exteriores; a quienes solicitaban entrar en España para tomar un barco en el país se les exigía la presentación del billete de viaje. Por otra parte, la concesión de visados de tránsito quedaba condicionada a que los solicitantes no fueran ciudadanos de países en guerra. Afortunadamente para ellos, muchos de los judíos huidos de Alemania o Austria eran considerados apátridas, por lo que no se les aplicaba la medida. El último decreto del año, fechado el 30 de diciembre, amplió una de las medidas anteriores: aquellos refugiados que desearan pasar por España para embarcar en Portugal debían presentar también el billete para el viaje. También se volvía a permitir la concesión de visados en tránsito sin previo permiso de Madrid. A todos estos requisitos había que sumar alguno más. Si se solicitaba el visado de tránsito, era necesario demostrar que se poseía dinero suficiente para realizar el viaje a través de España. La cantidad, entre 60 y 80 dólares, no era nada excesiva, pero el problema residía en que, a partir de 1942, resultaba prácticamente imposible cambiar dólares por pesetas, y era imprescindible que el dinero fuera en moneda nacional. 

En cuanto a los refugiados que intentaron entrar en España de forma ilegal, este supuesto incluía a quienes falsificaban documentos, no estaban en posesión de ellos, o simplemente carecían de un visado para Portugal. A partir de 1942, las presiones de la Embajada de EE.UU. consiguieron que no se deportara a ningún refugiado ilegal. El destino de los indocumentados que eran detenidos era, generalmente, la prisión. Desde allí eran conducidos a un campo existente en Miranda de Ebro (Burgos). Tal y como señala el historiador Bernd Rother, en su trabajo Franco y el Holocausto, los recluidos en el campo de Miranda de Ebro sufrieron duras condiciones de vida, “aunque no se dieron maltratos arbitrarios, y los judíos no recibieron un trato distinto al del resto de presos”. Con el tiempo, la mayoría de ellos eran evacuados o asistidos por organizaciones humanitarias de países aliados. 

Durante el tiempo que duró la contienda, se calcula que unos 35.000 judíos lograron atravesar España para ponerse a salvo. 

BIBLIOGRAFÍA: 

-CARCEDO, Diego. «Un español frente al Holocausto». Ed. Temas de Hoy, 2005. 

-PAYNE, «Stanley G. Franco y Hitler: España, Alemania, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto». Ed. La Esfera de los Libros, 2008. 

-ROTHER, Bernd. «Franco y el Holocausto». Ed. Marcial Pons, 2005. 

Fuente: Planeta Sapiens 

Agradecemos a nuestro amigo Ernesto Kazez por acercarnos este interesante artículo.

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One comment

  1. Por todo esto, los judíos que saben que sin el consentimiento de Franco, no hubiera sido posible el indiscutible heroísmo de sus bienechores españoles, todos los años, el 20 de noviembre, rezan en la principal sinagoga de Nueva York por Fancisco Franco.

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