
Nació en Esmirna y fallecido en Ulcinj (Montenegro), Shabbatai Sevi fue una falso mesías que causó un gran cisma en el judaísmo en el siglo XVII.
Sabbatai Sevi Nació en la ciudad de Esmirna, hoy Izmir (Turquía), el 23 de julio de 1623 en una familia sefardí, coincidiendo esta fecha con el día en que los judíos conmemoran la destrucción del templo, y que ya había sido señalada por algunos rabinos como la del nacimiento del mesías. El padre de Zevi era un conocido comerciante de la ciudad, que procedía de las comunidades judías de Grecia, más concretamente de Patras, y un buen conocedor de las tradiciones hebreas.
Muy pronto, siendo casi un niño, Sevi se interesó por la cábala, el misticismo judío, la penitencia, la mortificación del cuerpo y el fiel seguimiento de todas las tradiciones religiosas hebreas. En aquellos años, según cuentan sus biógrafos, el que estaba destinado a ser el mesías se casa, aunque el matrimonio fracasaría tempranamente, y se dedica en cuerpo y alma al estudio de la religión hebrea y sus libros sagrados.
En este período, en que ya se había comenzado a mortificar y que aseguraba que entraba en éxtasis, Sevi comienza a sufrir depresiones, estados de ansiedad y a vivir en una suerte de misticismo que, seguramente, le propició una cierta tendencia al desequilibrio mental, que al parecer ya no le abandonó de por vida. Mientras tanto, su fama de hombre piadoso, erudito y sabio ya le acompañaba y no le abandonaría de por vida. Ya había comenzado sus prédicas y su brillante oratoria le ayudó mucho a difundir sus ideas.
Sus partidarios, como también sus detractores, crecían cada vez más y la seguridad de Sevi aumentaba. Así fue posible que este hombre formado y rigurosamente religioso anunciase, en 1648, que él era el verdadero mesías que esperaban los judíos y los cristianos, el hombre que debía restaurar el reino de Israel. Fue aclamado y ninguno de sus seguidores se atrevió nunca a discutirle sus cualidades casi divinas.
En el acto en donde fue “investido”, en la ciudad de Esmirna, Sevi aseguró que la voz de Dios es la que le había hablado y anunciado que era el verdadero Mesías, el rey de los judíos. Aprovechando ciertas creencias, como las que había sobre que el mesías aparecería en el año 1648, afirmó ante sus seguidores que la redención de los judíos tendría lugar el 8 de junio de 1666.
Sevi, con apenas veinticinco años, había puesto en marcha un movimiento religioso que perduraría hasta la actualidad, pues, al parecer, algunos judíos transmitieron de padres a hijos estas creencias y aún perduran. Evidentemente, las tesis de Sevi no fueron aceptadas por el colectivo de los rabinos e incluso los de Esmirna decretaron una “cherem” en contra suya, lo que equivaldría en el mundo cristiano a una excomunión.
Sin embargo, estos contratiempos no desaniman al joven Mesías y, en 1658, él huye a Constantinopla. Su aureola de hombre santo y piadoso le acompaña y la gente le escucha con auténtica devoción.
De Salónica a Jerusalén
Aunque se desconoce el motivo por el cual abandonó Estambul, hay noticia fehaciente de que el siguiente destino de Zevi fue Salónica, ciudad de una gran importancia en la época otomana y auténtico centro sefardí de los Balcanes. En la ciudad eran mayoría los judíos sefardíes y la vida social y económica estaba muy organizada.
En aquellos días de Salónica, según cuentan los testimonios de la época, el movimiento puesto en marcha por Zevi podría tener algo más de un millón de seguidores, una cifra altísima si tenemos en cuenta que el único medio de difusión en ese periodo era la cultura oral y las prédicas de los rabinos que seguían sus enseñanzas. Sevi causaba controversias. Los sefardíes no aceptaron nunca la presencia de Sevi en Salónica y le “invitaron” a abandonarla.
Sevi, por su parte, tampoco estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y decide salir de la ciudad para continuar con sus prédicas. Desde Salónica, según se cuenta, aunque en esto también hay varias versiones, Sevi viajará hasta El Cairo, atravesando de nuevo Estambul y Esmirna.
De El Cairo, donde hay escasas noticias sobre su estancia, aunque sabemos que residió del año 1660 al 1662, viajó hasta Jerusalén, la capital eterna de los israelíes y el final de viaje de todo judío religioso, que no cesa de repetir para sus adentros y hacia fuera que “el próximo año en Jerusalén”.
Luego, tras su estancia en Jerusalén, regresó de nuevo a El Cairo, donde Sevi volvería a casarse. El nuevo Mesías se encontraba casado, gozaba de numerosos adeptos en todo el mundo judío, era respetado por su pueblo, tenía dinero enviado por sus ricos patrocinadores y se encontraba en el mejor momento de su carrera. Con todo este bagaje, y sintiéndose seguro ante la comunidad judía, viajó hasta la ciudad de Gaza, en Palestina, y se reunió con quien sería uno de sus más firmes apoyos, Nathan Benjamín Levi, más conocido como Nathan de Gaza. Luego viajará a Jerusalén, donde seguiría sus labor religiosa.
El nuevo mesías gozaba de una gran popularidad en Jerusalén y allí donde realizaba sus peregrinaciones era recibido masivamente. Gozaba de un enorme prestigio, que, como era de prever, molestaba enormemente a los rabinos de la ciudad.Ante estos hechos, el mesías decidió trasladarse hacia otra ciudad más receptiva hacia sus doctrinas mesiánicas y donde encontrase menos problemas que en Jerusalén, que siempre le fue hostil y donde los rabinos nunca aceptaron sus doctrinas.

Del esplendor al ocaso
Y Sabbatai Sevi, finalmente, llegó a Esmirna de nuevo, donde se encontraría con su vieja comunidad, su familia y un sinfín de adeptos incondicionales. Allí, llegados al frenesí de toda esta historia, se declara oficialmente como el nuevo Mesías en el año nuevo de 1665, mientras las masas, enfervorizadas, se supone ante la importancia del acto, gritaban: “Larga vida al Rey, larga vida a nuestro Mesías”. Sevi no esperó mucho tiempo en su tierra natal y abandonó Esmirna cegado por el éxito de sus doctrinas, por la adoración ciega que le profesaban sus ciegos e incondicionales fieles.
Nada más llegar a Constantinopla, Sabbatai Sevi fue arrestado por el gran visir, Ahmed Köprülü, quien lo enviaría inmediatamente detenido a un castillo. Allí, una vez que fue escuchado, investigado y tomado declaración, el sultán decidió su definitiva encarcelación.
Unas semanas después, al parecer debido a la traición de el cabalista Nehemiah ha-Kohen, que informó del estado delirante de Sevi a los consejeros judíos del sultán Mehmed IV, la suerte del nuevo mesías iba a cambiar definitivamente. El sultán, pensando que realmente lo que preparaba Sevi era una revuelta, ordenó que llevaran al Mesías ante su presencia, en la ciudad de Edirne, el 16 de septiembre de 1666. Cansado de tanto desvarío y temeroso por la situación que había creado el religioso, provocador de cismas descontrolados y de disturbios graves en el Imperio, el sultán le dio un ultimátum: tenía que realizar un milagro y demostrar claramente ante él que era un mesías, ser ejecutado si no lo cumplía lo que se le pedía o convertirse al Islam. No había alternativa, o el milagro o el final de la causa mesiánica.
Bien demostrado que sus dotes tenían un límite, Sevi optó por la salida más pragmática e inteligente ante la difícil tesitura: se convirtió al Islam y se puso un turbante, al estilo turco, sobre su cabeza. Era el año 1667. El sultán, además, decidió humillarle públicamente y obligó también a convertirse al Islam a su mujer y a todo su servicio, lo que así hicieron.
Sus seguidores se dividieron entre los que pensaban que para vencer al mal había que descender a los abismos, incluso convirtiéndose al Islam, y los que creían que el mesías era un farsante.
Finalmente, Sevi fue descubierto por los turcos rezando y leyendo salmos religiosos en hebreo en una villa cerca de Constantinopla, lo que agotó la paciencia del sultán y de las autoridades imperiales, temerosas de que estuviera preparando una insurrección contra ellos. Así, cansado de sus andanzas y sus mentiras, el sultán Mehmed decidió enviarlo al exilio; Zevi fue obligado a partir hacia la lejana y diminuta ciudad de Dulcigno (hoy Ulcinj), en el remoto principado de Motenegro,,
En Ulcinj, hay que reseñar que Sevi contrajo matrimonio con Esther, hija del rabino Joseph Filosofos, hacia 1675, durante sus últimos años de vida. Un año después, en 1676, moría Sevi sin que la leyenda le abandonara hasta el último momento. Su muerte, según sus adeptos, fue un acto de gran generosidad, ya que su alma se cambió por la de un niño que se había caído de un árbol y estaba a punto de morir. Nada más morir, por cierto, a su tumba comenzaron a llegar cientos de peregrinos para venerarle y sus partidarios transmitirían sus creencias, durante siglos, de padres a hijos. Sabbatai Sevi, el mesías, no había muerto del todo, en cierta medida, y seguía vivo entre sus infatigables e inasequibles fieles.
Por Por Ricardo Angoso
Especial para eSefarad
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