EL SEFARDÍ DE ESTAMBUL por Carlos Franz

Hará casi treinta años —un milisegundo en la historia de una lengua— me detuve en el Gran Bazar de Estambul, a comprar unas alpargatas. El tenderete ocupaba menos que un rincón entre un pilar y una tienda de alfombras. El tendero era un cincuentón ceniciento, malhumorado por la estrechez de su destino. O acaso por lo mucho que nos costaba entendernos.

carlos_franzComo todo el mundo sabe, cualquier bazar oriental reúne la más prodigiosa academia de lingüistas naturales en el orbe e. Así que la incomunicación era toda mi culpa por insistir en practicar con él mi turco básico (precios y medidas activados por infinitivos). Por fin, harto de probarme alpargatas equivocadas el comerciante acertó a hablarme. en español. Con altivez hija de la humillación le pregunté cómo era que hablaba —y tan bien— «mi» idioma. Nunca olvidaré su mirada condescendiente. Como si este sudamericano acabara de confirmarle nuestra proverbial arrogancia del «Nuevo Mundo», me espetó: «Mis padres vinieron de la Ispania quinientos años ha»

Acaso ese sefardí de Estambul no sospechaba la lección que me daba su condescendencia. Antes de pasar a Europa yo había recorrido con mochila media América, sin cambiar nunca de lengua. El castellano se me hacía tan poderoso como el paisaje de nuestros países. Se me hacía tan «eterno» como si siempre hubiera estado allí y nunca pudiera irse. Ha bía en mí, en efecto, la arrogancia del lenguaraz de un idioma grande que ni siquiera la cultura podía curar. Ni las voces germánicas de mis abuelos emigrantes suizos y noruegos, perdidas tras los arrullos de mis abuelas criollas sudamericanas; ni la belleza de los topónimos indígenas —que en nuestros sures, donde faltan las ruinas de piedra, son las pirámides intactas de sus culturas desaparecidas— habían bastado para sugerirme la esencial fragilidad de los idiomas

Fue después, en las batallas solitarias de la escritura, en los combates perdidos de la expresión literaria, cuando empecé a entrever la lección implícita en ese encuentro fugaz. El castellano que para el judío español de Estambul había sido tarea y memoria amenazada, para mí había sido riqueza y privilegio. Yo no había hecho nada para merecer el idioma en el que soñaba con ser escritor. Ellos lo habían defendido durante cinco siglos.

Creo que fue sólo cuando empecé a entender la lengua como una herencia que hay que merecer, y no como una riqueza —milenaria en años y millonaria en hablantes— de la cual jactarse, que empecé a acercarme a ser escritor. Por eso, para mantener o acaso incrementar el español en el mundo creo que, más que subrayar su grandeza, nos serviría recordar su bella pequeñez, su delicadeza siempre amenazada. Honrarlo como tarea y no como privilegio. Tal como ese sefardí de Estambul que en la pobreza y el exilio, en la minoría y el margen, seguía cuidando el idioma que sus padres trajeron de la España «quinientos años ha»

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Carlos Franz, escritor chileno, ha publicado las novelas El desierto y El lugar donde estuvo el paraíso
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Fuente: cvc.cervantes.es

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