En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
Ver todos los artículos de esta sección
![]()

LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO XVI
Poco antes de las dos de la tarde, salió el Prepósito del encierro del desventurado Juan de Hinestrosa, con el cual había tenido una conferencia de más de cuatro horas. Aunque el dominico estuvo en acecho largo tiempo, esperando hacerse encontradizo con el jesuita, y espetarle otro «iube domne benedicere», casual mente en el momento de salir este, el confesor había acudido a recibir ciertas órdenes del Prelado. De manera que el Prepósito se retiró, ignorando el resultado de la entrevista de Don Alonso con el Obispo y el Comisario; y tan preocupado iba por lo que acababa de escuchar de la boca del preso, que es muy probable se hubiese olvidado totalmente aun de la ocasión de su entrada en Palacio.
El Prepósito comió solo en su celda, sin admitir la compañía de ninguno de los padres, ni aun la del padre Noriega. Encerróse luego, acudió al archivo misterioso y, buscó con avidez otro legajo, diferente del que había leído la noche anterior. Después de un minucioso registro, halló en fin el rollo que le interesaba en aquel momento, y cuyo rubro era «Bosquejo de la historia de cierto embozado del confesonario rojo». El jesuita se consagró a esta nueva lectura, teniendo una pluma en la mano, para hacer anotaciones marginales.
Entre tanto, Don Alonso se dirigió a las cinco de la tarde a la iglesia de Jesús, en donde fue a oírle en el confesonario el director de su conciencia. Lloraba con tal angustia el buen caballero y sufría su cuerpo tales convulsiones que, sin antecedentes del trágico suceso de la mañana, cualquiera le habría tomado por un penitente compungido hasta la última extremidad. Sin embargo, cuando salió de la iglesia para volverse a su casa, parecía ya más tranquilo, su frente estaba serena y radiante de esperanza.
Al punto subió el padre Noriega por la escalera excusada, y tocó la puertecita del repósito. Al cabo de unos minutos, se presentó éste, sorprendido, y como esperando alguna siniestra explicación del socio.
— ¡Triunfó el Deán!, exclamó el padre Noriega.
— ¡Qué es lo que usted dice!, repuso el Prepósito, trayendo a la memoria todas las especies de que se había olvidado momentáneamente.
— Sí, señor; triunfó el Deán, y la pobre hija del judío está ya encerrada en el convento.
— Entonces… ¿la han obligado a tomar el hábito?
— Aún no; pero tal vez la ceremonia podrá verificarse mañana… acaso hoy mismo. La Abadesa ha recibido de la Inquisición, órdenes muy perentorias y estrechas.
— Según eso, ¿se han valido de la fuerza?
— Ni por pienso. La niña ha pedido la clausura.
El socio, con la brevedad que pudo, impuso al Superior de todo lo ocurrido después de su salida de la cámara del señor Obispo.
— ¡Torpeza mía, que no he podido prever este giro, que se daría al negocio!, exclamó el Prepósito, dándose en la frente una palmada.
— Bien; observó el socio, V. R. es el director de la Abadesa. Acudamos a remediar el mal, ya que no supimos precaverlo.
— ¡Un hombre tan necio como el Deán! Ya se ve; el señor Obispo es de talento y sagacidad, y no es extraño lo que está pasando, decía para sí el Prepósito.
—Me parece que no debe V. R. perder tiempo, continuó el socio; hoy cabalmente, es día de confesonario.
— Es cierto; pero usted sabe que yo no tengo la costumbre de ir, sino después del toque de las oraciones.
— No importa, el caso es extraordinario.
— Tiene usted razón, dijo el jesuita, calándose el bonete y arreglándose el cinturón, para salir de casa.
El socio desapareció de la puertecilla.
Y cinco minutos después, el Prepósito salía gravemente por la portería del colegio. Al cruzar la plaza grande, oyó un bullicioso repique de campanas, que le eran muy conocidas. Las campanas de la iglesia de las monjas. Apresuró el paso, y dentro de pocos instantes, llegó hasta la puerta de la iglesia. Una ceremonia solemne se estaba entonces verificando. El señor Obispo, junto a la puerta del comulgatorio y rodeado de una muchedumbre de acompañantes, dirigía una plática expresiva a una joven que iba a vestir el hábito de monja.
El jesuita se deslizó entre los concurrentes y subió hasta las primeras gradas del pulpito. Clavó ansiosamente la vista sobre el grupo de religiosas, y vio a la hija del judío, puesta de rodillas, escuchando con serenidad y aplomo, las palabras del Prelado. Ya era demasiado tarde para impedir la ceremonia; y por lo mismo, permaneció fijo el jesuita en el sitio que escogió, hasta que todo hubo concluido. María fue despojada de sus vestiduras del siglo, y cubierta con el sayo monacal. Presentóse así ante los concurrentes, teniendo en una de sus manos una cruz de tosca madera, y en la otra un cirio ardiendo. El coro de monjas entonó entonces una especie de cántico funeral. Corrióse en seguida el ancho velo del coro, que era como una muralla de bronce entre el mundo y la desgraciada huérfana. Gradualmente fue disipándose la concurrencia y era ya muy entrada la noche cuando el jesuita se encontró sólo en la iglesia. Juzgando inútil acudir al confesonario, salió de allí, y se volvió cabizbajo y pensativo al colegio.
Subió hasta su aposento. En las últimas veinte y cuatro horas habían sobrevenido tantos incidentes, que el Prepósito parecía abrumado y vencido en su lucha con el Deán; pero no era él quien pudiese dejarse abatir por un contratiempo; y así, después de algunos momentos de meditación, despejósele la frente, y una ligera e imperceptible sonrisa de satisfacción agitó sus labios. Cuando entró el padre Noriega en el dormitorio, el Prepósito había recobrado todo su aplomo y sangre fría.
— ¡Con que han consumado la obra! exclamó el socio consternado.
— Sí, repuso el Prepósito; y en verdad que para nada han necesitado de mi cooperación, sin embargo del tenaz empeño que se puso en conseguirla.
— ¡Jesús, mil veces Jesús! Esta es una derrota completa.
— ¿De veras lo cree usted así, mi buen padre Noriega?
— Pues qué, ¿V. R. tiene duda de ello?
— ¡Hombre de poca fe!
— Me deja asombrado V. R. con esa serenidad que muestra, después de venir por tierra uno de sus planes más escrupulosamente combinados.
— ¿Conque, usted cree, que no hay recurso?
— Ciertamente.
— ¡Pues qué equivocado está usted! Nos restan mil todavía.
— Según eso…
— ¡Pobre señor Deán! Ahora está más seguro en nuestras manos; ni se ha hecho cosa más a propósito, que haber inducido a la hija del judío a encerrarse en el convento y vestir el hábito. Todos ellos son nuestros ahora.
Y el Prepósito se acercó al oído de su socio añadiendo por lo bajo — Juan de Hinestrosa ha recobrado el juicio, y he hablado hoy con él, por espacio de cuatro horas.
— ¿Y qué tenemos con eso?, preguntó el socio, admirado.
— ¿Qué tenemos?, replicó el Prepósito, acercando más y más los labios al oído del socio, Juan de Hinestrosa es…
La terminación de la frase apenas pudo ser oída por el padre Noriega; quien, santiguándose repetidas veces, se echó algunos pasos atrás, mirando con asombro al Superior.
— Con que así, prosiguió éste, elevando la voz, no tenga usted cuidado. Vaya usted a dormir tranquilo. Buenas noches.
Y el socio salió en silencio de la celda del Prepósito, sin haberse atrevido a replicar, ni hacer ninguna otra observación.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
eSefarad Noticias del Mundo Sefaradi