En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO VI
En la época de la presente historia, aún no se había edificado el espacioso Seminario conciliar que hoy se ve a espaldas de la casa de los Obispos, pues hasta cien años más adelante realizaron la obra los señores Tejeda y Padilla que tan buena memoria dejaron en el país. En lugar de ese bello edificio, sólo había en la esquina una mala casa de piedra perteneciente a la fábrica de la Catedral, en que vivía “gratis” el bueno del señor Deán. Desde esta casa hasta la habitación del sacristán mayor, junto a la portería de los Canónigos, corría un paredón negro y ruinoso sobre el cual descollaban, con toda su copa, los hermosos y corpulentos árboles tropicales que cubrían, sin orden ni combinación ninguna, la espaciosa huerta del Obispo. En la parte central de esta vieja pared existía una puerta enrejada, destinada a la servidumbre episcopal, correspondiendo en línea recta a la puerta principal que da a la plaza grande.
Obscuras y solitarias que eran en ese tiempo las calles de Mérida, hubiérase tomado como una visión fantástica la aproximación de dos hombres, caballeros, sobre mulas trotonas que en la avanzadísima hora de las nueve y media de la noche, se detuvieron enfrente de la verja de Palacio. Como ya estábamos en ciertos antecedentes, no es fácil de equivocarnos tomando por fantasmas al Deán y sus palafreneros, pues no eran otros los recién venidos. Apeóse su señoría, auxiliado del esclavo, y comunicándole por lo bajo ciertas órdenes para retirar las caballerías, introdújose por la verja, cuyos cerrojos vino a descorrer uno de los muchos semaneros indios que se daban a su Ilma. para el servicio de sus casa. El Deán caminó a tientas por aquella especie de bosque sombrío y tenebroso. Al extremo de él encontró una espaciosa escalera, escasamente alumbrada, subió de prisa su peldaños y cruzó una larga galería, en cuyo término había una puerta pequeña que daba entrada a las habitaciones privadas del señor Obispo. Empujó esta puerta el Deán y, atravesando tres amplios salones, hallose por fin en presencia del Prelado, que junto a un velón leía tan atentamente, que sólo sintió la llegada de su huésped cuando este se dejó caer a plomo sobre un sillón de brazos. El señor Obispo, alzando la cabeza, fijó en el Deán una mirada indagadora, pero este significó a su Ilma.[1] por un ademán negativo, que la comisión no había tenido buen éxito.
-Pero bien, exclamó el Obispo, el padre Prepósito nos habrá marcado el mejor camino. ¿No es verdad?
-¡Mal haya el prepósito!, repuso el Deán, sin acertar a moderarse, recordando su entrevista con el jesuita.
El Obispo hizo un movimiento de sorpresa. El Deán continuó:
-En resumidas cuentas, el padre Prepósito, el Consultor ordinario del Santo Tribunal, es cómplice declarado del judío.
-¡Bah! Siempre está usted dispuesto a juzgar mal del Prepósito, señor Deán, repuso el Obispo deponiendo su actitud.
-Lo que digo, puedo probarlo.
-Vamos, explíquese usted. En resumidas cuentas, ¿qué es lo que ocurre? Sepámoslo, si se pude buenamente.
-Nada, lo más sencillo del mundo, como puede usted su Ilma. conocerlo. Hice a Don Alonso una visita, ridícula en verdad, pues por más esfuerzos que hice no pude traer la conversación al punto que nos convenía. Me dirigí en seguida al Colegio de San Javier y, el bellaco del Prepósito estuvo a pique de arrojarme de su celda, aburriéndome y cortando con mil artificios y réplicas necias la cuestión que pensaba proponerle. Algo, sin embargo hemos adelantado y, es que ya sabemos que la carta dirigida a usted V. S. Ilma.[2] por el Secretario de la Suprema, está en poder del Prepósito.
Por un rápido movimiento instintivo, el señor Obispo tiró de un cajón de su mesa y, desde la primera ojeada se convenció de que la carta consabida estaba en su lugar. Volviéndose pues al Deán le dijo con cierto aire de reconvención:
-¡Vamos! Usted quiere divertirse y, si es así, bien puede guardar sus jocosidades para usarlas con otra persona.
-Lo mismo da, tiene una copia de la carta.
-Imposible, repuso el señor Obispo, extrayendo la carta y poniéndola sobre la mesa. No la he perdido de vista desde que la recibí a la una de la tarde.
-Explíquelo V. S. Ilma. como mejor alcance. Lo cierto es que el jesuita tiene una copia en su poder.
-¿La ha visto usted, por ventura?
-No… en verdad, respondió el Deán, titubeando.
-Y entonces, ¿cómo lo sabe usted?
-El jesuita me lo ha asegurado.
-Y usted lo ha creído, ¿no es esto, señor Deán?
-Ciertamente.
-Pues la verdad, aquí hablando en plata y muy bajito, esa credulidad de parte de usted, con la experiencia y larga práctica que posee, hace más favor a su imaginación que a su sentido común.
El Deán abrió los ojos con cierto aire de azoramiento. El Obispo continuó:
-El jesuita, mi buen señor Deán, le ha sorprendió a usted de la manera más ridícula. Apuesto a que usted le anunció con la mayor sencillez y candor del mundo, que yo había recibido alguna carta de Madrid, relativa a la causa del judío y, aprovechándose de esta noticia, haría su composición en lugar, combinaría rápidamente su plan de ataque y…
-Imposible, interrumpió el deán, dándose una palmada en la frente. Imposible, la cosa pasó de una manera tan natural, que no he podido menos de convenir en el hecho. Si algo hubiera de fingido yo hubiera caído en la cuenta desde luego.
-Quizás no, el Prepósito no es ningún necio para fingir sin apariencia de verdad.
-Ni yo lo soy para dejarme coger en el garlito, repuso el Deán un tanto amostazado.
El obispo, sin hacer mérito de la observación ni dar muestra alguna de querer satisfacer a su interlocutor prosiguió:
-Pero ¿dio a usted alguna prueba de que estaba informado del contenido de la carta?
-Nada de eso, ni era preciso. Por otra parte, V. S. Ilma. sabe muy bien, que yo podría haberle comunicado, si no del todo, parte del contenido de esta carta y, al comenzar la conversación, debió de entender que tal era el objeto de mi visita. Sin embargo, si él no poseyera en realidad el susodicho trasunto, teniendo, como evidentemente tiene, un interés positivo en el negocio, claro es que me habría dejado hablar. Todo lo contrario, el jesuita me ha salido al encuentro en todas direcciones, espada en mano y, ni siquiera me ha dejado medio alguno de explicarle el contenido de esa carta que tan bien podría cuadrar a sus proyectos.
-Vamos, señor Deán, todo eso no quiere decir otra cosa sino que el tal padre Prepósito deseaba confirmar a usted en la creencia de que realmente poseía la copia de que hablamos. Para su objeto, que era sorprender a usted, bastábale eso. A buen seguro que a pesar de tener la “espada en mano”, siguiendo la figura retórica, que usted ha usado, no por eso dejaría usted de explicarse, aunque interrumpidamente, todo lo necesario para ponerle al tanto del suceso. Señor Deán, no lo ha querido creer usted nunca, sin embargo de habérselo repetido varias veces, esos padres sabes más que usted y yo.
Confuso el Deán, guardó algunos momentos de silencio, reflexionando en que hasta cierto punto podría tener razón el Prelado y, que él había sido juguete de los artificios del jesuita. Recordando, sin embargo, todas las particularidades de la conversación, volvió a su primitiva idea y dijo al señor Obispo:
-No deja de hacerme fuerza lo que V. S. Ilma. acaba de decirme, pero tengo para mí que el hecho es cierto y sobre este antecedente debemos obrar. Hay más todavía, si no la copia misma, al menos lo principal de su contenido ha llegado ya a noticia de Don Alonso de la Cerda.
-¿También el jesuita dijo a usted eso?, preguntó el Obispo, sonriéndose.
-Sí tal, respondió el Deán con tono enfático.
-Pues ahora creo menos el negocio de la copia.
-La verdad, me admira mucho esa confianza de V. S. Ilma., dijo el Deán, incorporándose y acercándose a un bernegal lleno de agua para sorber dos tragos y calmar su impaciencia. El señor Obispo siguió aquel movimiento y, deteniéndose frente al Deán, sentole ambas manos sobre los hombros y le dijo:
-Pero venga usted acá hombre de Dios. ¿Tan pronto se ha olvidado usted de las antiguas pretensiones del Prepósito sobre los intereses que se ventilan? ¿No recuerda usted el decidido empeño que tomó en cierto arreglo que dejamos en suspenso, esperando la resolución definitiva de la Suprema, que es el único tribunal sin recurso, que podría contentar a todos los interesados?
¿No concibe usted que el Jesusita sabe perfectamente, porque de eso tiene mil pruebas, que le es más fácil y expedito conseguir sus pretensiones, entendiéndose con nosotros, que sacrificando de golpe los intereses comunes suministrando armas al contrario? Por muy poco que hubiese reflexionado, habría descubierto la verdad, conociendo que todo era un artificio para sacar mayores ventajas. La verdad señor Deán, prosiguió el Prelado, haciendo sobre los hombros de aquel una suave presión, la verdad, el jesuita se ha burlado de usted de la manera más completa.
Confundiose el Deán con esa serie de observaciones que le podían mucho, pero por más impresión que le hiciesen, no acertaba a convenir en la opinión del señor Obispo, porque se le hacía muy cuesta arriba eso de figurarse que un Prepósito de la Compañía de Jesús, simple Rector de una casa profesa, fuese de un ingenio más sutil que todo un Deán de la Santa Catedral de Mérida y, Comisario, además, del Santo Tribunal de la Inquisición, establecida en los dominios de S. M. C. para perseguir la herética pravedad. No hallando de pronto qué replicar, apeló nuevamente al bernegal para mitigar la especie de sed irritante que sentía. El señor Obispo ocupó de nuevo su sillón, el Deán, después de tomar agua, apoyose contra una mesa estrujando entre los dedos las borlas de su cinturón y mirando fijamente al prelado. Pasado algún tiempo, prosiguió este:
-Con que, en resumen, nada se ha adelantado.
Al contrario, si la opinión de V. S. Ilma. es exacta, hoy estamos más atrasados que nuca, porque, si en efecto el padre Prepósito se ha burlado de mi, esto encierra algún grave misterio que sería preciso aclarar de luego a luego. En cualquier otro punto de la monarquía el caso podría ser más serio, pero aquí donde sólo las gentes más débiles pueden ser aseguradas, mientras que las poderosas…
¡Ah! Si el tal padre Prepósito no fuera el favorito de Don Juan de Zubiar y, si el tal Don Juan no fuese tan temido por ciertas personas… ya se lo diría de misas.
-Bien, pero no pudiendo usted, según dice, es inútil que nos pongamos a discurrir sobre hipótesis cuando hay hechos pendientes. Quisiera yo saber, pues, qué fin tuvo la tal entrevista.
-Tanto a Don Alonso como al jesuita les he notificado se presenten aquí mañana a las diez.
-Pues sepa usted que fue ocurrencia y, no es mala, en la que va usted a meterme. Cuando yo esperaba que todo lo arreglaría, sin estrépito, me sale ahora con entrevistas que sólo van a servir para entorpecer este asunto. Pero supuesto que ya no puede remediarse, pongámonos de acuerdo y, ante todas cosas, volvamos a leer la carta. Dice Así:
En el momento en que el señor Obispo desplegaba el pergamino para comenzar la lectura de la carta abrióse una de las mamparas laterales de la cámara y, penetró en ella un anciano y corpulento religiosos de la Orden de Santo Domingo, familiar de S. S. Ilma. y su confesor ordinario. Acercose con paso mesurado al sillón del Obispo y, le dijo por lo bajo dos o tres palabras que el Deán no pudo percibir, pero que produjeron un efecto instantáneo. El Prelado dejó los espejuelos sobre la mesa, plegó de nuevo el pergamino y dijo, dirigiéndose al Deán:
-Me parece mejor que leamos la carta y deliberemos sobre su contenido, con alguna más formalidad. Si usted cree lo mismo, bajaremos al estrado del tribunal.
-Que me place, rezongó el deán, subiéndose el cuello blanco y arreglándose el solideo.
Los tres personajes desaparecieron por la puerta lateral, que había servido al dominico para introducirse en la cámara del señor Obispo.
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