DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reillye – Capítulo IV por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

CAPÍTULO IV

 

Veamos ahora quién fue el colegial de San Javier, y por qué serie de incidentes vino, por fin, a establecer sus relaciones con la hechicera doncella de nuestro cuento.

Había en Campeche un rico e ilustre caballero, su nombre, Don Juan de Zubiaur, o de la Villa, no tanto por su ilustración, que en verdad no era muy allá que digamos, sino por su influjo en ambas cortes y por el valer que le dieran sus cuantiosas riquezas. Don Juan tenía el ojo siempre abierto sobre la conducta de los Gobernadores de la provincia; era el perpetuo censor de sus operaciones, y el primero en dar un consejo oportuno para tenerlos a raya. Enérgico y tenaz, como buen vizcaíno, los mandarines cuidaban mucho de guardarle fueros, para moderar su oposición. El asiento que tenía en el Cabildo de la Villa le hacía más temible, porque en él su voz era omnipotente, y las representaciones del Cabildo hallaban agradable acogida e la Corte del gracioso Monarca, por la sencilla razón de que siempre iban a acompañadas del presente de una fragata para el real servicio, o de un cuantioso donativo para sostener la guerra de Flandes. Y entonces casi no había arbitrios municipales, ni l villa poseía fondos ningunos; pero en las grandes emergencias hacíase un prorrateo entre los Regidores, y cada venerable pelucón de aquellos, traía de su casa doce o quince talegas de pesos, para el presente acordado. ¡Oh edad argentina y dorada, que has pasado para no volver! ¡Cómo suspirarían por ti los antiguos monopolistas, los que hacían exclusivamente el contrabando de géneros preciosos, y los que creían que por ser ellos ricos, ya todo el país lo era, y disfrutaba de comodidades y abundancias!

A su vez, tenía Don Juan quién sobre él influyese de una manera decisiva. El Prepósito de la Compañía era el director de su conciencia, y muy rara vez adoptaba una determinación, por insignificante que fuese, sin haber escrito una larga epístola a Mérida, para consultar el juicio del padre jesuita. Cuando el Prepósito había sido Superior de la casa profesa del Señor San José, establecida en la villa de Campeche, en lugar de esas difusas epístolas, mediaban prolongadísimos coloquios; pero trasladado su Reverencia a la Profesa de Mérida, Don Juan se había visto en la necesidad de establecer un correo semanal por su cuenta, porque entonces no los había públicos, con el sólo objeto de enviar sus enormes cartapacios al Prepósito, quien andaba siempre demasiado parco y circunspecto en sus respuestas. Había, además, otro motivo particular para mantener esta correspondencia. Don Juan de Zubiaur tenía un hijo único, heredero de su nombre y de sus riquezas. A la edad de diez años había sido enviado a Mérida aquel niño, para que en el Colegio de San Javier recibiese la esmerada educación que los padres jesuitas proporcionaban a los hijos de las familias poderosas. El de Don Juan, no sólo por este título, sino por los demás que ya conoce el lector, era el alumno predilecto de la casa: el favorito del padre Prepósito.

Don Luis, que tal era su nombre, encerraba en su alma infantil un germen fecundo de nobles y elevadas cualidades, allí había talento, genio, energía, dignidad, combinado todo con la aplicación más asidua y una amabilidad característica. El Prepósito había sabido aprovechar tan fecundos elementos, y en poco tiempo formó de aquel niño el bosquejo de un hombre eminente. Por de contado, también había en aquella alma el principio de grandes pasiones, que podrían llegar a ser nobles o vergonzosas, según el influjo de las circunstancias, bajo de las cuales llegasen a desarrollarse. No era eso un secreto para el jesuita, gran conocedor del espíritu humano. Así, pues, guiaba con singular esmero a su pupilo, le observaba sus primeros pasos en la vida, y cuidaba de que aquel árbol no creciese torcido, sino en la dirección que él mismo le señalaba.

Don Luis había visto repetidas veces a María en las solemnidades religiosas de Jesús; y aunque no puede decirse que desde entonces se sintiese apasionado de aquella noble criatura, sin embargo, su vista era siempre la señal de un regocijo infinito e inexplicable en su corazón.

Más el día de funeral del Rey católico Don Luis volvió al colegio con el ánimo perturbado. Casi por casualidad había visto a María en la pompa fúnebre, y seguramente no pensaba en la doncella de aquel momento. Apenas tenía quince años; pero desde luego sintió los primeros impulsos de una pasión desconocida. Antes de aquel día, su padre, el Prepósito, sus maestros, los compañeros de su niñez, y, sobre todo, sus libros, llenaban exclusivamente su alma; pero desde entonces sintió que tenía corazón, que este corazón estaba destinado a amar, y que el principio de ese amor había sido el encuentro de María en la Catedral. Por extraña e intempestiva que parezca una simpatía semejante, y por más que esa simpatía y sus medios de obrar sean desconocidos, no por eso es menos cierto que existía realmente, y que Don Luis y Doña María, estaban ya bajo de su poderosa influencia.

Así, pues, se amaban sin conocerse, sin habérselo comunicado mutuamente, y, lo que es más todavía, caminando a tropezar con graves y poderosos obstáculos.

Don Luis no era ya aquel joven bullicioso, alegre y expansivo, que se daba a todos, por la dulzura y suavidad de su ánimo. No: concentróse en sí mismo, volvióse melancólico y taciturno y sintió cierta opresión fatigante y desconocida. El jesuita había observado aquel cambio; pero separándose del ejemplo de algunos necios directores, que a fuerza de imprudentes declamaciones quieren descubrir un secreto que no alcanzan, él, por su parte, procuró descubrir el de Don Luis, obrando discretamente y sin darse, en manera alguna, por entendido. Pocos pasos necesitaba dar para llegara a su objeto. Conoció, pues, que Don Luis amaba. ¿Más en dónde hallar el blanco de este amor? Difícil era la cuestión; pero vigilando más atentamente a su joven alumno, hubo por fin de llegar a resolverla. El descubrimiento fue tan raro, como lo había sido el origen de ese amor. Mientras que en el atrio de la iglesia de Jesús se hacía una procesión solemne, observó el Prepósito que el colegial se había inmutado súbitamente, que su faz estaba enrojecida, su boca entre abierta, y que sus ojos, clavados en un objeto, brillaban de un modo irregular. El jesuita siguió cautelosamente aquella mirada, y encontróse con los rutilantes ojos de María. Fijó más la atención, y todo le quedó descubierto. Turbóse el jesuita en presencia de aquel suceso; y previendo cuánta ruina podría resultar de allí, resolvió obrar en consecuencia.

Que en la procesión de Jesús, nuestros dos jóvenes amantes se hubiesen perfectamente entendido, fácil le será alcanzarlo a quien sepa cuán elocuente y enérgica es la expresión de ciertas miradas tras de las cuales suelen parecer que el alma se escapa. Esto no quiere decir que se hubiesen desmentido en nada el pudor, la circunspección y decencia de las miradas castas de María; no. Al contrario, esas mismas cualidades resaltaron tan vivamente en aquel momento, que consumaron en el alma del colegial la más completa revolución.

Desde entonces toda la dificultad vino a reducirse a explicarse de una manera franca y decisiva; pero esa dificultad tenía apariencia de insuperable, tanto más, cuanto que, según todas las probabilidades, la intervención del jesuita había necesariamente de complicarla y aumentarla. Si por ventura Don Luis se apasionara de cualquier otra hija de lo nobles vecinos de Mérida, acaso el Prepósito se hubiera apoderado de aquel amor, y dirigiéndolo con rectitud, habría cooperado a su éxito final. Pero Don Luis se había apasionado de María. En todo evento, está unión era imposible. Así, pues, el jesuita se propuso contrariarla al recibir la primera impresión, sin que su alumno se exasperase por una contradicción abierta y manifiesta. Pero los fríos cálculos del religioso no marchaban tan rápidamente como la pasión naciente que intentaba destruir con ellos. Mientras que el jesuita excogitaba los medios prudentes de llegar con seguridad al fin propuesto, Don Luis marchaba al suyo con una velocidad, que le ponía fuera del alcance de su adversario, si tal nombre pudiere dársele.

Don Luis volvió a ver a María con frecuencia en la Iglesia de Jesús, acompañada del ilustre Don Alonso. Observó, además, que el buen caballero, por costumbre o por devoción, desprendíase el albornoz antes de entrar en la capilla de “Los Dolores” a rezar “la semana mayor”, después de la misa, dejándolo sobre una banca próximo a la puerta de la capilla, y al alcance de la visual de María. Luego que el intrépido colegial hubo combinado su plan de operaciones, en vista de las posiciones del enemigo, comenzó a ejecutarlo cubriéndose antes los flancos y la retaguardia. Salió una mañana de la sacristía, entró a la iglesia con paso imperturbable, acercose a la consabida banca, removió el albornoz que en ella estaba, y a la buena ventura, introdujo ene l bolsillo más recóndito una carta; y siguió su marcha de frente, hasta salir de la iglesia y entrar por la portería del colegio.

María comprendió perfectamente lo que había ocurrido, se estremeció al pensar en las consecuencias de una audacia semejante, y se encontró con la mayor confusión y sobresalto. Concluido el rezo, salió Don Alonso de la Capilla, echose a los hombros su albornoz, portador del temible secreto, y encaminose lentamente a su casa, apoyado en el brazo de María, deteniéndose a cada paso a corresponder al saludo de los caballeros que encontraba, y a las humildes y respetuosas inclinaciones de cabeza que recibía de los indios. Inocente el buen caballero de lo que ocurriera, al entrar en su casa entregó el albornoz a María, como estaba en hábito de hacerlo. Si Don Alonso hubiera abrigado la sospecha más ligera, la turbación y sobresalto de María en aquel momento le habrían dado mucho en qué pensar; pero siendo otro el caso, ni siquiera hubo de notar el incidente. María, acaso más por temor de que la misteriosa carta cayese en manos extrañas, se resolvió a extraerla del bolsillo, no sin haber vacilado mucho tiempo en el partido que habría de adoptar. Ya en sus manos asaltáronle de nuevo mil dudas y objeciones, que al fin, después de una grave y madura deliberación, fueron resueltas favorablemente.

¿Qué quiere el lector que yo le diga acerca del contenido de aquella carta? En verdad, creo inútil formularla aquí; no era más que una conjugación del verbo “amar”, en todas sus voces, tiempos y modos.

Ocurría a la sazón que Don Alonso pagase actualmente un novenario de misas en el templo de Jesús, y tenía por devoción asistir a ellas con la mayor puntualidad, a las cinco de la mañana. De manera que al siguiente día volvió a la iglesia acompañado de la doncella. Cruel había sido la noche precedente para esta pobre criatura; pero al cabo de mil vacilaciones, creyó más prudente y seguro dar respuesta a la declaración amatoria, valiéndose del propio artificio que Don Luis para hacer llegar a manos de éste la esperada contestación. A la hora conveniente, acercose el colegial al pasivo albornoz, convertido en estafeta, introdujo la mano en el bolsillo, extrajo lo que en él halló, y después de hacer las mismas evoluciones que el día anterior, sin ser observado por persona alguna, entró por la portería del colegio. Radiante de felicidad, voló a encerrarse en su aposento. Demasiado joven todavía para suponer dificultades en su nueva carrera, no fue poca su sorpresa al leer el contenido       de la carta. En aquel instante apezgose una nube sombría sobre su hermosa frente española. He aquí lo que leyó- “No soy la hija de Don Alonso de la Cerda; y tengo fundados motivos para creer que soy el vástago de alguna familia proscrita. Sea usted quien fuese, no puedo corresponder a su amor sin abrir a mis pies un hondo abismo, en que acaso le arrastraría. Si en vez de un nombre maldito y la miseria de una huérfana, pudiese con mi corazón ofrecerle con mi corazón riquezas y un ilustre linaje… ¿Por qué me había de avergonzar de confesarle que entonces yo sería muy feliz? A Dios, pues y que se apara siempre. No se empeñe usted temerariamente en una empresa irrealizable. Yo no puedo, no debo amarle. – MARÍA.”

Poco enterado estará en achaque de amores quien llegue a figurarse que la cosa se detuve allí.  No tal; la correspondencia siguió tan activamente, que al final del novenario de misas pagado por el devoto Don Alonso , los dos amantes se había jurado un eterno y perdurable amor; y se lo juraron con tanta sinceridad como entusiasmo. Fácilmente así debe creerse así del candor e inocencia de dos almas casi infantiles, que por primera vez sentían el influjo de una pasión vehemente.

A pesar de la perspicacia del jesuita, que seguía en Don Luis todas las fases de este naciente amor, no pudo comprender cuáles fuesen los medios de recíproca comunicación, que mediaban entre ambos. Conoció sin embargo, la existencia del hecho, y bastábale eso para decidirse a obrar eficazmente. Poco tiempo después de adoptada esta determinación, dejose caer en Mérida, como llovido, Don Juan de Zubiaur; tuvo una larga plática con el Prepósito, y en seguida notificó a su hijo la orden terminante de alistarse para marchar a México, con el fin de emprender en el Colegio de San Ildefonso el curso de sus estudios mayores. No había réplica que hacer a semejante orden; más no fue tan ejecutivo el viaje, que no dejase tiempo a Don Luis para hacer saber a María la resolución paterna. Ratificole sus juramentos, recibiolos nuevamente de ella, y al fin salió de Mérida determinado firmemente a volver en mejor tiempo, superar cualquier dificultad, y unirse con la elegida de su corazón.

María quedó tranquila y resignada; recobró el curso ordinario de sus habitudes, y después de la fe, vino la esperanza. Tal era su situación cuando ocurrió la visita del Deán.

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