En esta sección, publicaremoss algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
CAPÍTULO III
Dejemos al Deán dirigiéndose por las calles solitarias de Mérida al punto que mejor le convenga, y al jesuita entregándose a sus nuevas labores. Nosotros bien podemos volver a la casa de Don Alonso, y entrar hasta la habitación destinada a María con objeto de examinar su corazón.
Esta adorable criatura, protegida por el amor y desvelos de Don Alonso y su esposa, querida y contemplada por todos los de la casa, ¿era feliz? ¿Sentía en su alma -¡alma de niña!- aquella satisfacción inefable, aquel dulce y suavísimo placer que únicamente resulta del goce íntimo de una aventura sin contradicción, sin obstáculos de ningún género? ¿Había, en fin, misterios en su corazón?
¡Oh, sí! Los había, y muy crueles en verdad.
No bien hubo dado María los primeros pasos en la vida, cuando dirigiendo una atenta mirada a su alrededor, conoció desde luego que se hallaba en una posición extraña y singular. Sintió unas impresiones pasajeras al principio; pensó después y quedó asombrada ante las consecuencias que su pensamiento le ofrecía. Cierto que Don Alonso y su esposa llamábanla “hija”, cierto que el cariño y cuidadoso esmero de estos esposos la protegían contra las asechanzas del mundo. Pero a vuelta de todo ello, notó que nadie le daba el apellido de la casa, que cuando se hablaba de ella, por más que Don Alonso y Doña Gertrudis procurasen evitarlo, era como una persona extraña a la familia, y que se hacían frecuentes alusiones a la infecundidad de aquel matrimonio. María volvió a pensar y a fuerza de pensar llegó a una importante conclusión. ¡Yo no soy hija, pues, de los que he tenido por padres!… Entonces, ¿quién soy? Y para resolver esta cuestión, trajo a su examen una serie de hechos aislados. Don Alonso y doña Gertrudis, si bien le proporcionaban la más esmerada educación, llevando a casa los mejores y más acreditados maestros de la ciudad, evitábanle, sin embargo, todo roce y conexión con las hijas de otras familias. Llevábanla únicamente a los templos; pero, las visitas, los espectáculos o cualquier otra pública concurrencia, todo lo estaba prohibido, sometiéndose el caballero y su esposa a las mismas privaciones sin duda por no hacerlas más crueles a María . Señoras y caballeros frecuentaban aquella casa y, si bien María era siempre llamada a dar muestras de sus raras habilidades, desusadas entonces entre el bello sexo; y aunque la precocidad de los talentos excitaba la admiración de todos, sin embargo, no se mostraba ésta sino con cierto no se qué incisivo, que hería las fibras de su delicado corazón, dejando caer en él gota a gota una amargura profunda, un veneno corrosivo que destruía lentamente las fuentes del placer y de la vida en aquella alma infantil. Entonces observó también, que no sólo el caballero y su esposa le evitaban extrañas conexiones, sino que también las familias relacionadas con ellos coincidían en el mismo objetivo; es decir, rehusaban que sus hijas se pusiesen en contacto con María. Así, pues, formada en el seno y bajo la protección de una de las casas más ilustres de Mérida, encontrábase, sin embargo, sola y desairada por los de fuera de ella.
-Entonces- pensó María, ni soy la hija de Don Alonso, ni tengo título alguno para exigir el aprecio y consideración de los demás. Tampoco soy una hija expósita de esta casa, pues que entonces llevaría su nombre. Soy, pues, la hija de una familia maldita.
Y María lloró, y se abatió su corazón, y empezó en silencio y sin apariencia ninguna, a ser infeliz.
Para llegar a estos resultados, los años habían transcurrido; y cuando María tocó el catorceno de su edad, formó una resolución seria y se dijo a sí misma:
-Pues bien, ignoro quién soy, quienes fueron mis padres, ni la suerte que me ha destinado la Divina Providencia. Mas sea cual fuese mi destino, yo juro que sabré arróstralo con dignidad y firmeza.
El curso de esta historia mostrará si María pudo o no cumplir fielmente su propósito.
Don Alonso y su esposa habíanla seguido atentamente, observando sus dudas y vacilaciones. Habíanla dejado en plena libertad de discurrir sobre su situación, sin atreverse, no obstante, a aventurar una sola palabra, un solo signo que le descubriese el misterio de su nacimiento. Esmerábanse más que nunca en protegerla, en amarla y en hacerle menos sensible aquella aflictiva situación. Convenciéndose al fin, de que la niña estaba resignada, si haber ellos pasado por la prueba, cruel ciertamente para su corazón, de entrar en explicaciones penosas. Su amor, puro, sincero y desinteresado, era el mejor escudo que podía proteger a María contra los insultos y el desprecio de los demás. Persuadiéndose de ello la pobre criatura, y con esta creencia había llegado a recobrar el curso de sus habitudes tranquilas, su resolución de obrar, cuando el caso se presentase, era firme e invariable.
Pero aunque dueña de sí misma y muy capaz, por la energía de su alma, de realizar aquel propósito, no lo era para evitar que llegase a asaltarla alguna de las muchas pasiones que se presentan en el círculo de la vida. María, pues, era presa de una de ellas. Amaba y era amada.
Admiraríase cualquiera, supuestos los precedentes expresados, que María hubiese sido llevada a una situación en que pudiese hallar en medio de un aislamiento absoluto, un corazón que comprendiese el suyo. Para todos, en efecto, era un misterio profundo este amor sino fuese para los dos amantes, y para un tercero, que habiendo llegado a comprenderlo, se arredró ante sus consecuencias, guardó silencio, y por de pronto sólo pensó en destruirlo.
María sólo iba a los templos. Bien, en un templo encontró un amante.
En medio de la pompa y majestad del culto de nuestros padres, cuando al deslumbrado brillo de mil luces, al suavísimo perfume de resinas aromáticas, y a la dulce armonía de cánticos religiosos, suben nuestras plegarias hasta el trono del Excelso; María escuchó una voz mágica que correspondió al punto con una de las fibras de su corazón. Era un día de gran solemnidad en la iglesia de Jesús; los jóvenes colegiales, amaestrados cuidadosamente por los padres de la Compañía en el canto eclesiástico, entonaban desde el coro himnos divinos al Señor; María, inteligente como era en la música, fijó su atención en la voz dulce y melodiosa de uno de aquellos cantores. Acostumbrada a guardar compostura y circunspección en la casa de Dios, permaneció inmóvil, fija la vista en el altar, sin atreverse a volver la cabeza hacia el coro y buscar ahí la fuente de aquella suavísima armonía. La voz no era de un niño, de un ángel enviado a la tierra para cantar las glorias del Señor y difundir así la paz, la benevolencia y el amor en este mundo de miseria. ¡Oh! Quien no sepa comprender los sublimes misterios que encierra el dulcísimo canto de las iglesias, tampoco puede comprender ciertas emociones tiernas del corazón.
Profundamente extasiada, María siguió aquella voz en todas sus modulaciones, sin perder una sola de sus notas; y lo que al principio había sido mera simpatía artística, al concluirse los oficios era algo más serio. María soñó arrebatada en las alas de su imaginación, subió hasta un mundo desconocido, en donde todo era hechizo y amor; allí, como en la encantada isla de Armida, vio jardines amenos, risueños prados, fuentes bulliciosas corriendo sobre florido césped. Allí vio un voluptuoso joven, radiante de gloria y felicidad, que era el rey de aquellos solitarios dominios, que la recibía postrándose a sus pies, despreciado las vanas preocupaciones de la tierra y ofreciéndole su corazón rebozando de amor y de ternura. ¡Dorados sueños de la juventud! ¡Cuán rápidamente pasáis, sin dejar la más ligera huella en el corazón! ¡Cuán pronto os desvanecéis al duro y frío aspecto de la imponente realidad!
Desde aquel momento quedó perturbado el espíritu de María. Sus humildes preces al Altísimo eran frecuentemente interrumpidas, al escuchar aquella voz cuando asistía a las funciones religiosas de Jesús.
Pasáronse así dos meses.
Era un día de gran solemnidad lúgubre en la Santa Iglesia Catedral. Celebrábanse, con noble y majestuosa pompa, las horas fúnebres del finado Rey Don Felipe IV, ídolo de la ciudad de Mérida, porque S. M. habíale otorgado, sin solicitarlo, el título de “muy noble y muy leal,” al anunciar al Cabildo el fallecimiento de su padre, ordenándole levantar pendones para jurarle como sucesor de la monarquía. Había allí la más brillante concurrencia; los cuerpos y comunidades religiosas estaban presentes, los Colegiales de San Javier ocupaban, en bancos de terciopelo negro bordado de plata, el pasillo balaustrado que del coro de los Canónigos sube al Presbiterio, en el cual veíase colocado un espléndido catafalco. Las señoras más principales de la ciudad, vestidas de luto riguroso, habían ido a la Catedral a pedir al cielo el descanso eterno del Gran Monarca, que en los inagotables tesoros de su regia munificencia, había rubricado con su excelsa mano, sin acatar en ello, tal vez, lo títulos y cartas de nobleza de la olvidada capital de una colonia pobre y humilde. María, en unión de Doña Gertrudis, también estaban allí ocupando, uno de los sitios más próximos al pasillo balaustrado.
A las ocho de la mañana comenzó el lúgubre clamor de las campanas. El Capitán general, acompañado de todas las autoridades, entró en la iglesia en medio de pausadas salvas de artillería. El señor Obispo, con inmensa cauda morada entonó los oficios fúnebres con el primer “Requiem”.
Latió con vehemencia el corazón de María. Desde las primeras entonaciones del cántico mortuorio, aquella voz dulce y argentina del colegial de San Javier resaltaba entre las demás. María no pudo vencerse, resolvióse, en fin, a dirigir la vista hacia el punto de donde brotaba aquella armonía divina. Para ello no necesitaba emplear ningún movimiento irregular ni descompuesto, que pudiese ser justamente censurado de alguna persona, aún cuando fuese observado, bastábale hacer un ligero movimiento para satisfacer su inocente curiosidad. La tentación era fuerte, vehemente, irresistible y, María, no resistió.
Miró al fin, y quedó casi petrificada de terror al sentirse bajo la influencia de una mirada penetrante, viva y fascinadora, que la observaba con la atención más escrupulosa. Todos los sueños de María estaban casi realizados. El colegial era un joven hechicero, era un niño dotado de todos los encantos con que la naturaleza suele esmerarse en adornar a sus criaturas,.
Así, pues, la impresión física había sido profunda. Para los que sepan las relaciones que existen entre lo físico y lo moral, no debe ser sorprendente ver principiar de un modo tan raro este singular amor. María ocultó sus emociones, sin embargo, conociendo cuán funesta podría ser esta pasión a ella y al que se la había inspirado. Resolvió dominarse en su conducta ulterior, y empezar de esta suerte a cumplir con su propósito.
¡Pobre niña! El corazón estaba herido en lo vivo; y si bien pudo alejar de todos la sospecha de lo que en él pasaba, no por eso logró borrar la impresión recibida.
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