En esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.
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LA HIJA DEL JUDÍO
TERCERA PARTE
CAPÍTULO VII
Profundamente pensativa, María permaneció esperando la vuelta de la religiosa. Presentóse ésta de nuevo, y recobrando el lugar en que estuvo sentada junto a la interesante novicia, anudó así el hilo de su narrativa:
— Ves aquí, hija mía —dijo mostrando a María una pequeña esquela—, ves aquí el funesto desengaño que recibí en medio de mis más placenteras y risueñas ilusiones. Yo he conservado este billete, como un monumento de la perfidia humana, como un preservativo contra las malas tentaciones que pudiesen asaltarme en el claustro; y te protesto, querida mía, que jamás ha dejado de servirme este recuerdo en algunos momentos, muy raros, en que el enemigo común ha venido a perturbarme.
Sor Carlota lanzó un suspiro.
— Esperaba tranquila —prosiguió la hermana— la vuelta de Hinestrosa para fijar definitivamente el día de nuestro enlace. Ansioso estaba el malvado, de que se verificase cuanto antes; yo creí que el buen parecer exigía que pusiese término a semejante estado. Así, pues, estaba resuelta a darle sin más dilación mi mano tan pronto como regresase de la expedición a Veracruz. Más de repente, un sacerdote respetable se presenta en casa una noche, pide hablarme a solas y pone en mis manos este billete.
Entregolo Sor Carlota a María, quien acercándose a la lámpara leyó para sí su contenido, que era el siguiente:
«Señorita: Vuestra riqueza ha tentado la codicia de un hombre infame. Yo no digo que dejéis de poseer muy buenas dotes, físicas y morales… pero no debéis consentir en hacerme una víctima triste de la crueldad y perfidia del Capitán Hinestrosa. Yo soy la madre de sus hijos…»
María arrojó un grito de indignación y pudor, dejando caer el ominoso billete que la hermana se apresuró a recoger y ocultar en uno de los anchos pliegues de su santo hábito.
Hubo en seguida un largo intervalo de silencio. Luego prosiguió la religiosa:
— Por la impresión que ha producido en tí la lectura de esa esquela, puedes, hija mía, figurarte qué clase de afectos me asaltarían en aquel momento crítico. Vergüenza, humillación, lástima, ira… todo junto se presentó a mi espíritu en tropel. El buen eclesiástico contemplaba, mudo, aquella escena silenciosa. Cuando quiso hablar, lo detuve con un ademán, y un raudal de lágrimas brotó de mis ojos. Por toda explicación, le rogué con el mayor encarecimiento me trajese a la dama que había escrito aquel billete, porque deseaba vivísimamente hablar con ella. Ofreciómelo así. Fijamos sitio y hora para la entrevista, que en efecto tuvo lugar. Te ahorraré los pormenores de esta triste conferencia. La víctima de Hinestrosa era una dama joven, bellísima y llena de atractivos. Sedújola bajo falsas promesas, y el infame había convertido en su barragana a una desgraciada, hija de padres honrados, que habían marchado lejos de Campeche a ocultar su vergüenza y deshonor. Aquella familia pobre, pero distinguida, vio eclipsarse en un momento todo su lustre y su esperanza con los artificios del insigne malvado, que prolongaba indefinidamente hacia su víctima, engañándola con promesas falaces. La noticia de mi próximo enlace con su infame seductor llegó hasta ella, y la infeliz estuvo a punto de perder el juicio. Todos sus antiguos y nobles sentimientos volvieron a su espíritu obcecado hasta allí… y reconoció toda su vergüenza y degradación. Por fortuna, siguiendo los consejos de aquel eclesiástico, creyó oportuno dirigirse a mí para explicarme su desgracia, evitar la mía y demandar mi protección. No necesitaba yo de más para detestar al mundo, hija mía; y te confieso que la conducta villana de aquel hombre, a quien me había esmerado en adornar de todas las perfecciones imaginarias, que cuadraban tan bien a la flexibilidad de mi espíritu, decidiome de una vez a alejarme del mundo y sus vanidades, cierta como yo estaba de que me sería imposible hallar ni felicidad, ni paz doméstica en el matrimonio. Entre tanto, consolé a la dama como mejor supe, asegúrela de todo corazón que en adelante dejaría yo de ser un obstáculo entre ella y su seductor y que, sin limitarme a esto sólo, yo dispondría las cosas de manera que se reparase inmediatamente el mal que Involuntariamente le había ocasionado. La infeliz se retiró llena de agradecimiento y de esperanza. Pero aún no conocía yo toda la bajeza y maldad que abrigaba Hinestrosa en su alma corrompida.
La buena religiosa dirigió al cielo una mirada deprecatoria, como para pedir perdón de la severidad con que juzgaba a uno de sus prójimos. María había clavado los ojos en el suelo, y en actitud triste y meditabunda escuchaba el sombrío relato de la maestra, quien prosiguió diciendo después de una breve pausa:
— Volvió, al fin, el malvado Hinestrosa de su viaje a Veracruz, y corrió presuroso a buscar mis sonrisas y miradas que, según me había repetido, eran la fuente de su felicidad. Imposible me fue ver a aquel hombre, sin sentirme sobrecogida de horror, a pesar del empeño que tenía yo en ocultarle mis proyectos para la mejor ejecución de ellos. Extrañó mi despego y lo atribuyó a la mala disposición de mi cuñado en el asunto de su enlace conmigo. Cuando él me habló en estos términos, yo le rogué encarecidamente viniese a verme a la noche en la casa de una señora parienta mía, a quien yo había comunicado mi resolución, que se había apresurado a aprobar, aplaudiendo los motivos que la dictaban. También cité a la dama seducida, y la hice ocultar en un gabinete próximo para que escuchase mi postrera conferencia con Hinestrosa. En efecto, a la hora convenida todos estábamos reunidos, ocupando cada uno su lugar. Hinestrosa, con el lenguaje insinuante y meloso de la hipocresía, me ratificó sus promesas de amor eterno, alabó los encantos de mi persona e hizo un pomposo elogio de mis virtudes. Su larga arenga hubo de terminarse, pidiéndome con encarecimiento que pusiese fin a sus tormentos otorgándole de una vez la mano de la única mujer que había amado en su vida. «¿Está usted cierto, caballero, que yo soy la única mujer a quien ha amado?», pregúntele inmediatamente y fijando en su fisonomía una mirada escudriñadora, que resistió sin desconcertarse. «¿Y puede usted dudarlo, señorita, cuando yo se lo afirmo?», me replicó impasiblemente y con cierto aire de ofendido orgullo. No fui dueña entonces de contenerme. Dejé el asiento y me dirigí a la puerta del gabinete en que estaba oculta la víctima del malvado. Toméla de la mano, la presenté a Hinestrosa y le dije con vehemencia: «Si como yo lo creo hasta hoy, es usted caballero y cristiano, me permitirá usted que al mostrarle una prueba de que su pasión le ha hecho extraviarse del camino de la verdad, le suplique vuelva al del honor, reparando el de esta dama que ha ultrajado. De esta suerte, no sólo le perdonaré el engaño que ha pretendido hacerme, sino, además seré la amiga sincera de ambos, contribuyendo a su felicidad y haciendo así la mía. Capitán Hinestrosa: he aquí la mujer que el cielo le ha deparado. No la rehúse usted, se lo suplico en nombre de Dios vivo.» Hasta aquel momento, jamás había visto la espantosa expresión de las malas pasiones desarrollada en su plenitud en la fisonomía de un hombre. Al ver retratados en la de Hinestrosa el despecho, la rabia, el odio, los celos y la soberbia, creí hallarme en presencia del mismo Satanás. Lancé un grito de horror, y en el instante desapareció de mi presencia aquella forma infernal. Cuando volví en mí de aquella súbita conmoción, encontreme en los brazos de mi parienta desolada. La pobre dama también había partido, desesperada con el mal éxito de mi tentativa. Al siguiente día, después de escribir a mi hermana y su esposo una breve carta en que les significaba mi determinación, embarqueme en unión de aquella buena parienta, que había consentido en acompañarme, y vine a buscar el reposo y la paz de mi alma en la soledad de este claustro, convencida de que no había nacido para unirme a ningún hombre. ¡Cuántas veces, hija mía, creemos que al adoptar una resolución, hemos reflexionado todo lo bastante para no exponernos a un error lamentable! Sobre todo, en la juventud, los impulsos ciegos de la pasión pasan por severos consejos de una razón fría y bien calculada. ¿Qué hubiera sido de mí, cuál habría sido mi funesto destino si aquella dama no se hubiese aventurado a escribirme este billete? Yo hubiera dado mi mano a Hinestrosa, mi suerte habría estado ligada a la suya y hoy… ¡Dios se apiade de mí! arrastraría una existencia infernal y oprobiosa.
María alzó lentamente la vista para clavarla en la expresiva fisonomía de la maestra, como buscando alguna explicación de sus últimas palabras ni estado actual de su afligido corazón. Detúvose un tanto en esta actitud, y volvió después de bajar los ojos persuadida de que la naturaleza de sus sentimientos y afectos era fija e invariable. Ella amaba más que nunca a Don Luis, y por graves e invencibles que le pareciesen las dificultades que podían oponerse a su enlace con el colegial, no por eso era menos cierto para ella que su amor era firme, sólido e inalterable; no siendo uno de los menores motivos de su aflicción al considerarse hija de un judío, el ser esta una mancha que la hacía indigna en su falsa persuasión, de ser esposa de su primero y único amante.
La religiosa pareció adivinar lo que pasaba en el ánimo de la joven novicia, y si hemos de dar crédito a las apariencias, es indudable que aplaudió en su interior todo cuanto significaba la mirada escudriñadora de María. Demostróselo así, estrechándola contra su corazón y apretando cariñosamente una de sus manos. Después de este mudo coloquio, continuó así la religiosa:
— Yo, hija mía, he hallado aquí cuanto buscaba, y diariamente doy gracias a la Divina Providencia por los singulares favores que se digna dispensarme. Al principio, sólo pensé en vivir retirada sin ligarme con ninguno de los votos monásticos; pero la vida del claustro me presentó mil encantos y satisfacciones purísimas, que no todos pueden comprender. En el mundo y en el claustro se puede y debe servir a Dios. Pero en el mundo donde las inquietudes agitan, las ocupaciones distraen, el tumulto confunde, las relaciones cautivan, los ejemplos seducen, los bienes, por más caducos y perecederos, encantan … ¡qué de obstáculos para servir a Dios! En el claustro, todo inspira a él. Pronto me convencí de estas verdades importantes e hice todos mis preparativos para decir el postrer adiós a ese mundo corrompido. Supe que la desgraciada víctima de Hinestrosa había sido totalmente abandonada por aquel perverso, y mi primer cuidado fue asegurar la subsistencia de sus dos hijos, donando a cada uno seis mil pesos. Hice algunas otras obras piadosas y reservé el grueso de mi patrimonio, que monta a más de cien mil pesos, para el hijo de mi hermana, que lo creo con derecho a heredar la fortuna de mi padre. Vestí, en fin, el hábito de monja, y este es el instante en que no he sentido jamás un solo impulso de remordimiento o pesar. Estoy contenta, soy feliz y nada falta a m corazón. Si, como te he dicho, algún pensamiento importuno ha venido alguna vez a perturbarme, muy luego he hallado recursos en mi misma para salir victoriosa de la lucha. Sin embargo, hija mía, yo estoy firmemente persuadida de que para abrazar con provecho la vida monástica, es necesario obrar deliberadamente. Toda apariencia de necesidad, de fuerza o de contradicción, no haría otra cosa que precipitarnos en un infierno de tormentos, precursor del que pudiera esperarnos después… Imponer, por vía de pena, la obligación de hacer unos votos que sólo su espontaneidad puede hacerlos aceptables a Dios, no solamente me parece cruel y tiránico, sino también es seguramente un horrible sacrilegio.
La religiosa cesó de hablar, y María permaneció algunos instantes en silenció meditando en las últimas palabras de la hermana. Algunas lágrimas, en tanto, bañaron sus pálidas mejillas, al comparar la diferente situación de su espíritu, cuando la religiosa era, como ella, una novicia. AI fin se aventuró a decir:
— Madre mía, Dios ha debido colmar a usted de mil felicidades en la vida del claustro. Primero que nada, ha dejado libre su voluntad para hacer esta elección; mientras que a mí…
— Se te quiere obligar, por vía de pena. Ya lo comprendo.
— Lo ha dicho usted. Yo no puedo resolverme a hacer estos votos.
— En tal caso, mi querida, no debes hacerlos. Dios mismo te lo prohíbe, y yo te lo aconsejo, sin embargo de haber recibido en la tarde de hoy una misión totalmente contraria. Has de saber que el señor comisario del Santo Oficio ha venido en persona a comunicarnos un decreto del Tribunal. Se te manda, hija mía, que hagas desde luego los votos, sin esperar el año del noviciado. El Santo Oficio tiene mucha prisa en hacerte profesar.
— Pero yo creo, señora, que eso es imposible —repuso María, sobrecogida de terror y espanto, al saber las nuevas pretensiones de sus perseguidores—. No: yo no puedo. Además, creo que eso es contrario a las leyes eclesiásticas.
— Hija mía, el Santo Oficio tiene amplias facultades para violar, no digo las leyes eclesiásticas, sino las leyes de Dios mismo y de la naturaleza.
La hermana Carlota, sorprendida ella misma de haber aventurado aquellas siniestras palabras, dirigió en torno una mirada de pavor, y aun dio algunos pasos por la estancia fijando en los rincones un ojo vivo y penetrante. María dijo entonces con resolución:
— Pues bien, madre mía, yo no haré los votos antes de tiempo, suceda lo que quiera.
— ¡Pobre niña! ¿Sabes tú cuan crueles y horribles son los tormentos que pueden emplearse contra tí, para forzar tu voluntad?
— ¡Ah! —exclamó la novicia recordando de improviso los detalles de algunas historias que había leído, en que se hacía una circunstanciada relación de varias pruebas de tormento, usadas en todos los Tribunales, pero refinadas a lo infinito en el de la Inquisición. Sintió entonces que le faltaban las fuerzas, y que ni su espíritu podía pensar en ello, ni su débil cuerpo sería capaz de resistir esas pruebas tan duras y brutales—. ¡Madre mía! —continuó—, protéjame usted pues yo no tengo a quien volver los ojos. ¡Todos me han abandonado!
Sor Carlota se enterneció hasta llorar.
— No, hija mía —dijo enjugando sus lágrimas—, no te han abandonado todos. Aquí tienes una amiga pronta a prestarte cualquier servicio; pero háblame con franqueza. Tú me has dicho que amabas a un hombre…
— Sí, señora —dijo María balbuciente—. Mejor dicho, amo a un niño.
— ¿Y crees que él te ama también?
— Así me lo ha jurado mil veces, y yo he debido creerlo.
¡Un niño! —pensó la hermana—. ¿Qué puede hacer un niño?
Dirigiéndose después a María, prosiguió:
— ¿Sabe por ventura ese niño, que te han encerrado en el convento?
— Lo ignora, madre mía. Cuando ocurrió ese suceso, se hallaba muy lejos de aquí.
— ¡Cómo! ¿También es viajero el niño?
— No, señora: es natural de Campeche, y su padre lo había enviado al colegio de San Javier. Pero hace más de un año que ha marchado a México a continuar sus estudios y…
— ¡Su nombre! ¡Su nombre, por Dios! —interrumpió Sor Carlota en voz entrecortado y como espantada de la respuesta que iba a escuchar.
—Don Luis de Zubiaur.
— ¡Dios mío! ¡Mi sobrino… mi heredero… el hijo del hombre más puntilloso e impertinente que hay en toda la provincia!
— ¡Oh! —exclamó María—. Ya lo veo: todo está perdido para siempre. ¡Esta unión es imposible!
Hubo una larga y solemne pausa en aquella escena, en que cada uno de los personajes que en ella intervenían se entregó a profundas y extrañas cavilaciones. Sor Carlota fue la primera que interrumpió aquel largo y sombrío silencio.
— Hija mía —dijo a la novicia—, ya veo cuan grave y crítica es tu posición; pero no la creo desesperada.
— ¡Ah! —murmuró la pobre María—. Ésa es la primera palabra de consuelo que he escuchado. Yo no me había hecho ilusión en este punto, madre mía, y desde el principio resistí las pretensiones de Don Luis. Mi posición en casa de Don Alonso de la Cerda era bastante extraña, para aceptar los obsequios de un joven perteneciente a una de las más ilustres familias de la provincia. Sin embargo, él insistió tanto a pesar de las serias explicaciones que le di, mi corazón se hallaba tan prendado y lleno de su imagen, que mis buenos propósitos cedieron a la energía de la pasión. ¡Yo me figuré que se descubriría, en fin, mi nacimiento y que no sería indigno del suyo! Mas desde el instante en que he sabido que yo era la «hija de un perro judío», como plugo señor Deán llamarme en el Palacio del señor Obispo, todas mis esperanzas se desvanecieron como el humo, dejando en mi alma una huella dolorosa, una impresión horrible que en vano me he empeñado en borrar con la reflexión y mis lágrimas. ¡Ya veo cuán graves y multiplicadas son las dificultades que se han amontonado en mi camino, madre mía! Pero ¡qué puedo yo hacer! Amo más que nunca a Don Luis; y sería para mí más horrible que la muerte misma saber que él me desprecia y ha dejado de amarme, por la fea nota que mancha mi nacimiento. Lloraría lágrimas de sangre, me dejaría morir de dolor, si adquiriese esta triste certidumbre. Ya lo veo, sin embargo, así debe suceder.
— Tal vez no, mí querida, tal vez no. Conozco la nobleza de su corazón, y estoy segura que de su parte…
— Eso me bastaría —interrumpió la novicia—. Yo no aspiro a la realización de un enlace que el buen parecer hará imposible, y al cual resistiría con todas sus fuerzas el rígido caballero Don Juan de Zubiaur.
— Déjame reflexionar, hija mía —dijo la religiosa, incorporándose—. Pero ante todas cosas —añadió sacando de su manga un tinterillo y extendiendo un retazo de papel sobre la mesa del altar— escribe ahora mismo una protesta formal contra cualquiera violencia que se pretenda inspirarte en la profesión que te exigen tus jueces.
María, sin vacilar, se acercó a la mesa, y escribió lo siguiente:
Protesto ante Dios, el Rey y la justicia, que no tengo vocación alguna al estado religioso. Declaro que si las circunstancias me obligasen a profesar en un claustro, eso sería obra de la violencia y de la fuerza; y quiero que esta declaración valga en todo tiempo, y tenga la fuerza necesaria contra mis perseguidores.
MARÍA ÁLVAREZ DE MONSREAL, que es el apellido que me han dado al vestir el hábito religioso.
Recogió Sor Carlota la protesta y guardándola cuidadosamente, dijo a la novicia, despidiéndose:
—Ahora, hija mía, valor y firmeza en la lucha. Tu felicidad pende de esto. Y desaparecieron las últimas sombras de su noble figura, cuando la campana hacia señal para el rezo de maitines.
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