DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – TERCERA PARTE / CAPÍTULO V por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

TERCERA PARTE
CAPÍTULO V

Pero María, a pesar de la viveza de su imaginación viciada algún tanto por las extravagantes consejas que en aquella edad se hallaban en boga, tenía un espíritu recto y un sentido común muy delicado. A fuerza de reflexionar llegó a ponerse al nivel de la verdad de los hechos, por más que desconociese los motivos y circunstancias.

Creyó, y creyolo con razón, que una o más personas se habían encargado de protegerla y evitar que hiciese en el claustro los votos monásticos que exigía de ella la Santa Inquisición; que no era imposible hubiese oculto en Mérida algún pequeño aparato de imprenta, con cuyo medio se hubiesen trazado sobre un pergamino los dos billetes que vinieron a sus manos de una manera tan extraña y misteriosa; y, sobre todo, que las personas que le otorgaban su protección estarían en contacto con alguna de las reverendas madres del convento, y probablemente con la maestra misma de las novicias.

A pesar de estas reflexiones, cuya exactitud puede graduar el lector que está en ciertos antecedentes desconocidos a María, la pobre doncella no se atrevía a reconcer como enteramente concluyentes sus conjeturas. Sabía de lo que era capaz el Santo Oficio, y no era imposible que en el hecho de los billetes hubiese alguna oculta acechanza para precipitar a la víctima del abominable tribunal en alguna vía imprudente, que cuadrase perfectamente a los fines de sus perseguidores.

Así, pues, María determinó guardarse contra cualquiera de esas acechanzas que podría muy bien maquinar la Inquisición para perderla, y se propuso tener una conducta muy circunspecta y estudiada, observando escrupulosamente cuanto ocurriese alrededor suyo, evitando, sin embargo, toda afectación, que habría producido un resultado contrario a sus intenciones.

Adoptado este plan de conducta, María recobró su aplomo hasta cierto punto, y no se le escapó el más ligero indicio, que mostrase ante una tercera persona algo de lo que pasaba en su ánimo agitado, ni mucho menos lo relativo a la recepción del segundó billete.

Esta determinación surtió el efecto que se proponía obtener, porque comprendió a no caberle duda, que la maestra mayor de novicias era la portadora de los billetes impresos, que le habían producido tan insólito terror. Subsistía en pie, sinembargo, la duda de sus motivos. Mas después de poquísimos días, este punto vino a quedar, si no enterarhente dejado, a lo menos suficientemente claro para poner a María en camino de hallar la verdad.

Oraba una noche la novicia con todo el fervor que había mostrado desde el primer momento de su entrada en el claustro. Si sus preces al cielo habían tomado o no una dirección diferente, eso no habría podido averiguarlo persona alguna, porque la actitud de María era la misma. Su fervorosa unción no experimentaba variedad alguna. La maestra, que ienía el privilegio de introducirse a todas horas en las celdas de las novicias, se detuvo silenciosamente junto a María, durante uno de esos fervorosos y apasionados éxtasis de la hija del judío.

Tan profundo era el arrobamiento de ésta, que no hubo de notar la presencia de la maestra, sino después de media hora, y cuando la severa y circunspecta religiosa había contemplado a su sabor la abstracción de la doncella. El primer sentimiento de María al notar que era objeto de una observación tan viva, fue el de la sorpresa y en seguida del temor. Pero la hermana Carlota tenía una fisóriornía noble e interesante, y se parecía muy poco a ciertas viejas y fanáticas monjas de algunos romances de la época, que a fuerza de atormentar a las jóvenes quisieran vengarse del mundo que las deshechó hasta obligarlas a encerrarse en un claustro para ocultar su despecho y humillación.

La hermana Carlota en la flor de sus años y cuando era el ídolo de la juventud campechana y el más bello ornato de su sociedad, sintió una inspiración divina, vehemente, irresistible y arrastradora, y fue a buscar en el claustro aquellos dulces y santificados placeres de un alma inocente, pura y entusiasta, que en vano habría buscado en un mundo falaz é indigno de comprenderla. La hermana Carlota había realizado el bello ideal de una monja, según el espíritu y santidad del cristianismo. En el estado religioso «unió con caridad compasiva, a una templanza austera; una simplicidad admirable, a una prudencia consumada; una humildad profunda, a una fortaleza decidida; una mortificación sin exterioridad, a una inocencia inmaculada; una precaución vigilante, a una constancia robustecida y bien asegurada; una preparación continua para la muerte, a un menosprecio generoso de la vida».

Por lo mismo, cesó desde luego la impresión de temor que había recibido María, cesó desde el momento en que pudo contemplar la noble y apacible fisonomía de la maestra, que en aquel momento revelaba un interés lleno de candor y dulzura en favor de la novicia.

—Hija mía —dijo Sor Carlota tomando con ternura una de las manos de María—, tu ánimo esta perturbado y siente alguna oculta pena. Tal vez nuestra respectiva posición te hará ver una distancia inmensa entre ambas y podría retraerte de hablarme con franqueza. Sin embargo, yo también tengo un corazón y puedo comprenderte. ¿Qué tienes, mi buena María? ¿Necesitas de alguna amiga sincera a quien comunicar tus penas? ¿Buscas alguna mano generosa que pueda acudir en tu auxilio? ¿Quieres hallar una alma compasiva que te dé algunos consuelos? ¿Necesitas de los consejos de la experiencia y de la edad madura? Habla entonces. Soy tu maestra, es verdad y pudieras mal comprender mi verdadero interés en tu suerte, pero es preciso que depongas todas tus prevenciones y vengas por fin a conocerme. Yo quiero ser tu amiga, tu confidente tu guía, en este laberinto. Habla, hija mía, yo te lo suplico. Estoy segura que jamás te arrepentirás de haber depositado tu confesión en el seno de la hermana Carlota. Te lo repito: tengo un corazón muy capaz de comprenderte.

María no había escuchado jamás un lenguaje semejante. ¡La amistad! ¡La santa amistad ! Eso ya era demasiado para una pobre y abandonada criatura que no tenía a quien volver los ojos, después de haber sido arrancada del seno de sus padres adoptivos. Había en el acento de la maestra de novicias tal cordialidad, cada palabra suya había herido las fibras del corazón de la hija del judío con tal viveza, que la novicia no dudó un momento que el cielo había escuchado sus sentidas plegarias y enviado en su socorro un ángel de paz y de consuelo.

Cada modulación de la hermana Carlota en aquella hora solemne de recogimiento, cuando la naturaleza entera parecía reposar y reinaba un imponente silencio en el recinto del vasto y sombrío claustro, resonó en el oído de María como una santa y dulce armonía celeste. Desde aquel instante se le figuró vislumbrar el fin de su agonía de dolor y de sufrimiento en el monasterio.

Sin embargo, su impresión fue tan viva, que no pudo responder de pronto a las enérgicas y sentidas interrogaciones de la hermana CarIota; y después de lanzar un profundo suspiro, brotaron de sus ojos de peregrina esmeralda dos copiosos raudales de lágrimas ardientes, recordando en aquel momento las singularidades de su posición, la injusticia de la sociedad, la dureza de los perseguidores de su familia, lo extraño de su destino, sus esperanzas perdidas, sus ilusiones apasionadas, sus ensueños de amor y la instantánea destrucción del edificio de ima felicidad imaginaria, que había estado construyendo lentamente desde el día, aciago para ella, en que aceptó los obsequios del colegial de San Javier, dejándose vencer de los ruegos apasionados de aquel joven inexperto, sin embargo de su primera resolución de rechazarlos. Recordó también aquellas duras y ominosas palabras del Deán, que le cerraban de firme las puertas de toda reconciliación con el mundo, y su llanto entonces se hizo convulsivo y anheloso.

La hermana Carlota permaneció, entretanto, contemplando a María silenciosamente y en actitud solemne, sin atreverse a interrumpir aquel desahogo de un justo dolor reconcentrado hasta allí en lo más profundo de un corazón tan noble, enérgico y generoso. Una que otra lágrima rodaba sobre las mejillas de la santa religiosa, contemplando aquel espectáculo, que le ofrecía en una sola escena la cumplida historia de varias pasiones en lucha y dando gracias al cielo de haberla redimido hasta entonces de un tormento semejante; pero no menos resuelta, por eso a poner la mano en las vivas y sangrientas heridas del corazón de María, que le inspiraba un interés sin límites después que ciertos misteriosos incidentes la habían iniciado, sin pretenderlo, en el secreto de la situación singular de aquella noble y magnánima doncella.

— Señora —dijo María después de haber enjugado sus lágrimas de dolor y de amargura—, es usted muy buena y muy generosa; pero yo soy la más infeliz de las criaturas, sin haber hecho por mi parte cosa alguna, que yo sepa, capaz de excitar la zana e indignación de mis gratuitos perseguidores. El poder de ellos debe ser inmenso, pues que ni mi inocencia, ni el amparo y protección de un caballero tan ilustre y benemérito como Don Alonso de la Cerda, mi padre adoptivo, han sido suficientes para redimirme de sus manos. ¿Qué podría usted hacer en mi favor? ¿De qué serviría la generosa disposición de usted tratándose de la hija de un perro judío, a quien seguramente, por no irritar más al cielo y ofender muy a las claras al buen sentido público condenándola a la hoguera, la han obligado a encerrarse en este claustro para exigirle después unos votos, que en su conciencia no puede hacer a la santa majestad de Dios, que los rehusaría? ¿Quién hay que pueda oponerse y contrariar los designios de la Inquisición?

— Cierto, hija mía, muy cierto —repuso la maestra de novicias inmediatamente, alarmada del extraño giro que tomaban las ideas de la doncella, presentándole un abismo que acaso la buena e inocente religiosa aún no se había atrevido a medir—. Es muy cierto lo que dices, y no seré yo quien te contradiga en este punto. Pero tú has comprendido mal mis intenciones; yo no tengo poder, en verdad, para oponerme a los decretos de la Santa Inquisición, sustrayéndote de su odio, justo o injusto, que eso no me toca en manera alguna calificar. Yo te he dicho que tenía un corazón, que si el claustro y sus austeridades suelen petrificar alguna vez, aún el mío se conserva con toda la susceptibilidad que debió al cielo. Es decir, hija mía, que me creo capaz por esto de dar un consuelo a tu dolor; y que mi edad y mis circunstancias podrían servirte de luz y guía en el penoso laberinto en que te hallas. Y si a todo esto quieres añadir la confianza de una amiga, estoy segura que no te arrepentirás nunca de habérmela otorgado

— ¡Oh, no, señora! —exclamó con emoción la desdichada María—, no puedo yo rehusar lo que usted me brinda con tanta delicadeza y miramiento.

—Pues bien: habla con entera confianza, amiga mía, habla te he dicho. Estamos aquí solas y no debes temer que algún oído importuno escuche tus quejas y vaya a delatarte. Dime, pues ¿eres realmente la hija de un judío?

— -No lo sé, generosa y buena amiga mía: lo ignoro de todo punto. He abierto los ojos en casa de Don Alonso de la Cerda, y este ilustre caballero y su esposa me habían hecho ocupar el lugar de una hija. Más tarde, por mil diversos incidentes hube de comprender que no lo era, y aunque este descubrimiento vino a llenar de amargura los días más felices de mi vida, jamás tuve motivo alguno de sospechar quiénes fuesen mis verdaderos padres, ni por qué extraño conjunto de circunstancias había ido a la casa del noble caballero. Sin embargo, alguna vez llegué a imaginar, que no tendría motivo de sonrojarme por mi nacimiento, pues que en tal caso no habrían cuidado mis padres adoptivos de educarme con tanto amor y esmero. Mas, ya lo sabe usted, amiga mía, el Comisario del Santo Oficio me ha echado en cara la infamia de mi nacimiento, llamándome, ¡Dios se lo perdone! la hija de un perro judío, siendo éste el único y poderoso motivo, seguramente, que ha hecho dictar a ese Tribunal la terrible sentencia de condenarme a vivir y morir en un claustro, arrancándome de la casa de mis protectores y pretendiendo compelerme a pronunciar unos votos contrarios a mi Inclinación.

— Y qué, hija mía, ¿tanta repugnancia así te inspira la vida del claustro? Tambien tiene sus goces santos y apacibies, y la religiosa que llegase a comprender perfectamente la naturaleza de esos goces, sobre. ser una perfecta elegida del Señor, disfrutaría acá, en esta frágil y pasajera vida, de toda la felicidad que pudiera apetecerse.

— Nunca lo he dudado, amiga mía; pero el cielo no llama por un mismo camino a todas las almas. Además…

María sintió encendérsele la sangre, y agolparse a su frente.

— Prosigue, hija mía, prosigue sin temor —dijo la religiosa al observar la vacilación de la pobre novicia.

— Es una flaqueza mía —continuó María titubeando— que yo no habría querido revelar a persona alguna, por no sentirme con valor y fuerzas para hacer esta triste confesión. Su bondad de usted me anima a ello, madre mía; pero todavía me siento asaltada de una penosa duda.

— ¿Dudas, amiga mía, de mi discreción?

— ¡Oh, no tal! —se apresuró a responder la novicia—, de ninguna manera dudo yo ni de su discreción, ni de la suave y generosa bondad de su alma. Temía tan sólo profanar este sagrado recinto con el relato de una historia enteramente mundana. ¡Yo amo a un hombre!

La maestra de novicias hizo a su vez un vivo movimiento de pudor santo, pero bastante discreta y sensata para sorprenderse intempestiva y neciamente de una cosa tan natural y común en la historia de la vida humana, volvió al punto sobre sí; y movida, no de una vana e impertinente curiosidad, sino de un vivo y cándido interés en favor de aquella desvalida y afligida criatura, a quien no podía suponer culpable ni digna de reproche por un amor inocente, acudió a decirle:

— Es preciso, hija mía, que me refieras esta historia; pero espera un momento.

Y diciendo esto, la maestra salió para visitar las celdas de las otras novicia. Al cabo de algunos minutos volvió al lado de María.

 

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