DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – TERCERA PARTE / CAPÍTULO IV por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

TERCERA PARTE
CAPÍTULO IV

La combinación mecánica de esta historia demanda que dejemos al dominico volver tranquilamente al Palacio episcopal y al maestre tomar todas sus medidas preventivas para leer con alguna paz de espíritu el importante manuscrito que le entregó el confesor. Nuestra atención debe convertirse a los otros personajes, que van a presentarse de nuevo en la escena, y que podría tenérseles por olvidados, según el tiempo que ha transcurrido sin encontrarnos con ellos.

La hechicera María, víctima inocente de una intriga maligna, es !a que exige nuestra preferencia.

Aquella odiosa escena del Palacio episcopal había herido con la mayor viveza su tierna y delicada imaginación. En el examen que solía hacer frecuentemente sobre la extraña posición que ocupaba en casa de Don Alonso de la Cerda, jamás se le había presentado la idea de que pudiese ser la hija de un judío. La clase de libros que había leído, las conversaciones que escuchó siempre y los sermones a que concurría le habían enseñado a mirar la raza hebrea con cierto instinto de horror indefinible; y en este punto participaba plenamente de las preocupaciones de la muchedumbre.

Así, pues, apenas puede describirse cuál fue su terror y espanto al escuchar aquellas ominosas palabras del Deán que le revelaban el secreto de su nacimiento. El profundo desprecio que esta circunstancia debía excitar en el ánimo de todos, los peligros a que iba a verse expuesta, la necesidad absoluta de abandonar la casa hospitalaria de sus padres adoptivos, y sobre todo, la destrucción súbita de toda esperanza de unirse al ídolo de su corazón, al primer hombre que había amado con tal ternura y con tal delicadeza de sentimientos; todo esto junto produjo en aquella alma angelical y pura una insólita conmoción, que hubo de agotar su energía, humillándola hasta el abismo a

que había sido empujada tan intempestivamente por la mano aleve del Canónigo.

¡Pobre María! En sus ilusiones de amor, llegó a figurarse alguna vez que acaso el secreto de su nacimiento dependía de circunstancias, misteriosas en verdad, pero pasajeras y que al fin se le revelaría para realzarla a sus propios ojos, colocarla en un rango distinguido y excitar la adoración de cuantos se acercasen a ella.

Tanto esmero en su educación, tanto amor y cariño, tantos cuidados y atenciones de parte de las personas ilustres que la habían adoptado por hija, tanta deferencia y estimación que le prestaban Don Alonso y su esposa, cuya moral era intachable, cuya categoría social era tan elevada y cuya circunspección y cordura eran ejemplares en la Colonia, todo eso había comenzado a dar un diverso giro a sus cavilaciones frecuentes.

¡Pobre María! Aun en el momento mismo en que recibió la intimación de presentarse en Palacio, comprendiendo, en fin, que se le quería obligar a encerrarse en un convento, todavía creyó en la realidad de esas ilusiones, y aun llegó a persuadirse que eso era una nueva y concluyente prueba de que sus ensueños no eran quimeras.

La fiereza de sus respuestas y la gravedad majestuosa con que se explicó ante el señor Obispo y el padre Comisario, no tanto eran efecto de un carácter noble y elevado, como de la persuación equivocada de la inocente niña.

¡Pobre María! Pero cuando hubo escuchado que era hija de un perro judío, que su dignidad se traducía por soberbia, su circunspección por insolencia y su energía por falta de respeto al Prelado; y que todo esto se llevaba a mala parte, como vicios inherentes a aquella maldita raza… entonces vinieron por tierra sus ilusiones, se creyó la criatura más infeliz, y privada hasta de la facultad de alzar los ojos en presencia de ningún semejante suyo.

Bajo tan aflictiva impresión fue llevada al convento por su bienhechor, Don Alonso de la Cerda; y anonadada con el peso de su desgracia se prestó a todo cuanto se quiso exigir de ella. Así la vimos vestir el hábito religioso en la tarde misma de aquel día en que fue encerrada en el monasterio de las madres concepcionistas de Mérida. Sentía entonces la inmensidad de su desgracia; pero no se atrevía a medirla con el pensamiento.

Pasáronse algunos días sin que una sola lágrima apareciese en sus ojos de esmeralda. Entregada severamente a las prácticas piadosas, sufría con resignación todas las humillaciones a que se le sometía en el noviciado, sin exhalar una queja, ni hacer la más ligera indicación de repugnancia. La abadesa y maestras, a pesar del disgusto que habían experimentado al verse obligadas a admitir en el seno de su comunidad a la hija de un judío, a pesar del profundo horror que sentían al ponerse en contacto con una persona que llevaba en sus venas la sangre de aquella maldita raza, suavizáronze al ver la humildad de la novicia. Tras esto experimentaron un sentimiento de compasión y, al fin, amaron a María, como era imposible dejar de amarla después de conocer y admirar sus bellas prendas.

Sin embargo, María pudo llorar al cabo y desahogar a solas en sentidas quejas todo el dolor de que su corazón estaba poseído. Indignóse, después, de la injusticia de los hombres al condenar a una criatura inocente por culpas ajenas y, aun se atrevió a pensar por primera vez, hasta qué punto podría serle deshonroso tener por padre a un desgraciado judío.

Mientras meditaba más en ello, creía convencerse que ese odio que se profesaba a la raza hebrea era ciego y brutal, que las leyes que proscribían esa raza eran tan temerarias como bárbaras y, que someterse a un capricho tan necio era humillación indigna.

—¡Por qué, pues —exclamaba la pobre novicia—, si mi padre es y ha sido cristiano sincero, si yo lo soy igualmente, nos hemos de avergonzar y humillar ante ciertos seres estúpidos, tan sólo porque descendemos de un pueblo al cual perteneció el fundador del cristianismo!

Pensaba también que no tenía ella prueba ninguna de que en efecto fuese la hija de un hebreo, ni de cuáles fuesen sus personales circunstancias, ni cuáles los antecedentes de aquella filiación, para que en pena de ella se le hubiese condenado a abandonar la protección de Don Alonso y su esposa, para pasar el resto de su vida, que aún comenzaba, entre las paredes de aquel claustro. Todos estos pensamientos, avivados con el recuerdo de su amor perdido, se presentaban ya en tropel a su espíritu y comenzaban a predisponerlo a una resistencia abierta, a una insurrección contra las ultrajadas arbitrariedades del Santo Oficio.

Sin embargo, cuando reflexionaba en el vasto y terrible poder deWese odioso tribunal, cuando recordaba el gran número de historias sombrías y misteriosas que había leído o escuchado acerca de los mártires de la Inquisición, vacilaba y se arredraba en presencia de los numerosos obstáculos que podrían suscitársele, sin tener ningún apoyo, ni persona a quien pedir consejo, ni valor para demandarlo.

Las puertas del convento estaban cerradas a todo el mundo. Las del noviciado lo estaban hasta para las mismas religiosas. De esta suerte, María se encontraba en absoluta incomunicación y carecía hasta del consuelo de ver y abrazar a los protectores de su infancia, o de recibir alguna noticia relativa a ellos.

Muerta para siempre la esperanza, quedaba, sin embargo, en su alma apasionada, todo el amor que había sentido por el joven colegial de San Javier. El hábito de estameña no había podido cambiar en nada la naturaleza de aquel sentimiento. Oraba frecuentemente con la mayor unción, pidiendo al cielo un destello de su luz divina para guiarla en aquel amargo trance: imploraba sollozando ante los altares los auxilios de la gracia, a fin de poder consagrarse más tranquilamente al servicio del Señor, olvidar el mundo y apartar de sí los pensamientos que la ligasen con él.

¡Todo era en vano! La imagen de Don Luis la perseguía por todas partes; y de día en día iba adquiriendo la certidumbre de que le sería imposible someterse a la volntad de sus perseguidores, haciendo en el claustro unos votos que el cielo no podría aceptar. María consideraba que eso habría sido un estupendo sacrilegio, y no podía meditar en ello sin sentirse sobrecogida de horror.

Tal era la situación de su espíritu, cuando un extraño e inesperado accidente vino a acabar de perturbarlo, sumiéndola en un piélago de nuevas dudas y ansiedades. Oraba una noche, y reinaba en torno el más sombrío silencio. De improviso sintió caer a sus pies un objeto, que hubo de llamarle vivamente la atención. Era un pequeño trozo de madera en forma cilindrica, a cuyo rededor venía adherido un retazo de blanco pergamino. En él estaban trazados unos caracteres impresos, que la novicia se apresuró a leer, acercándose a la lamparilla que ardía en el altar del noviciado. Leyó, y con gran sorpresa hubo de comprender que aqueJ pergamino era un billete expresamente dirigido a ella, en estos términos:

“María: Ten valor y cordura. No te sometas a tan extraños caprichos y rehusa enérgicamente toda violencia. Yo velo por tí y no esta lejos el día de tu libertad.”

Imposible parecía a la doncella que aquel billete hubiese sido escrito en Mérida, cuando en toda la Nueva España no había más que una sola imprenta que existía en México. Los caracteres, sin embargo, tenían todas las señales de recientes, y esto hizo confundirse más y más a María. Súbitamente cruzó en su ánimo un pensamiento terrible, que aumentó el horror que comenzaba a sentir. María no estaba exenta de algunas flaquezas de la fantasía, que la educación de la época no pudo corregir, sino fortificar más y más. A la vista de un billete escrito en letra de molde, cuando estaba cierta que no existía en toda la provincia imprenta ninguna, comenzó a vacilar.

El contenido de ese billete distrájola un momento de su primera impresión y sólo fue a buscar en su memoria quién podía haberlo trazado. Don Luis estaba ausente en México, sin esperarse su próximo regreso. Sin embargo, figuróse que tal vez durante el tiempo que había ella consumido en el claustro, pudiera haber vuelto a San Javier. Todo esto pasó rápidamente, como pasan ciertos fugitivos pensamientos que se presentan a un espíritu agitado. Mas luego hubo de fijarse en uno de esos pensamientos revestidos de ciertas ideas accesorias, capaces de anonadar a una alma

intrépida. María se persuadió que aquel billete era obra del demonio, que pretendía arrancar de su corazón todo sentimiento piadoso y alejarla para siempre del Padre de la luz y de las misericordias.

María lanzó entonces un grito pavoroso, preñado de angustia y de consternación.

En el momento mismo, presentóse en la celda la maestra de novicias acompañada de una de éstas, para averiguar la causa de aquel accidente. María vaciló, no pudo explicar cosa alguna. Sospechó en aquel instante que había cometido alguna grave imprudencia que pudiese comprometerla personalmente con la Inquisición, o traer un examen sobre el suceso del billete y poner así en peligro a la noble y generosa persona

que lo hubiese dirigido, si por ventura no fuese el demonio mismo que venía a tentarla bajo de la forma de un billete eserito con letra de molde.

Por tanto, su primer pensamiento al recobrar su presencia de ánimo fue recoger el billete y ocultarlo cuidadosamente. Mas ¡qué horror! El billete había desaparecido, sin dejar de él un solo vestigio. La confusión de María apenas puede explicarse. Cierta y segura de que el pergamino estaba aún en sus manos cuando entraron las personas que vinieron en su auxilio, le era imposible comprender como se hubiese hecho invisible tan súbitamente, si no fuese por las malas artes del defnonio.

Esta idea volvió a arraigarse en su espíritu, y mientras que la maestra y las novicias dirigían preguntas sobre preguntas, para saber el motivo del grito de angustia que las había atraído, María no hacía sino llorar hilo a hilo, más confusa que nunca con aquel suceso.

Pasaron algunos pocos días más. La memoria del billete no se borraba, pareciéndole cada vez más sorprendente y maravilloso que hubiese desaparecido de sus manos. No se atrevía a explicar sus temores y recelos a persona alguna, ni sabía ya qué pensar de aquel extraño suceso.

Una mañana volvía del coro. Bajó a su celda después de haber orado fervorosamente. Al abrir el libro que le había destinado la maestra para entretenerse en su lectura, con no menos asombro que la vez primera, vio un nuevo billete, también en letra de imprenta y trazado sobre un pequeño pergamino. Su contexto era este:

“¡María! No cuadra a tu carácter tal flaqueza. Has estado a punto de comprometer a un amigo tuyo, que se interesa como nadie en tu suerte. No hagas por saber quien soy, porque tu empeño sería inútil. Velo por tí, y eso basta. Ten presente lo que te escribí la vez pasada. Rompe este billete y destruye hasta el último vestigio. Si no quisieses hacerlo, desaparecera de tus manos, como el otro. Dios te guarde.»

La sorpresa cedió el lugar a otras nuevas y más extrañas ideas que asaltaron a María. ¿Quién era ese ente que velaba por su suerte? ¿Qué extraño misterio era ese de escribir en letra de molde, cuando era un hecho obvio y averiguado que en todo el país no había una sola imprenta? Y sobre todo ¿qué significaba esa especie de amenaza de desaparecer de su vista aquel billete, si no era al punto destruido?

El pensamiento del diablo no volvió a mezclarse sino muy ligeramente en estas reflexiones. María entrevió allá en lontananza un cierto porvenir lisonjero, por más que las vías que llevaban allí estuviesen obstruidas y erizadas de peligros. Comenzó a figurarse que el drama de su vida, en vez de terminar en el claustro, sólo debía ver allí el principio de él. Engolfada en este mar de cavilaciones oividóse de destruir al punto el billete recibido; y cuando recordó que la seguridad de su misterioso protector exigía el cumplimiento de aquella orden, encontróse, con nueva y más viva sorpresa: que la amenaza estaba realizada en fin.

El segundo billete había desaparecido de la misma manera singular e inesperada que el primero.

María quedó petrificada de espanto; pero esta vez, por lo menos, su terror fue mudo y silencioso, y no atrajo ningún testigo a presenciarlo.

 

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