DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – TERCERA PARTE / CAPÍTULO III por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

TERCERA PARTE
CAPÍTULO III

 

— Pues señor —dijo el dominico—, obsequiando el encargo que me hizo al partir de aquí el hermano del Conde de Peñalva, no he cesado eje hacer toda diligencia para descubrir el paradero de las riquezas del finado. Confieso mi culpa: yo había llegado a concebir ciertas sospechas ofensivas contra Don Alonso de la Cerda que, como debe usted saber, fue arbitrariamente electo por el Cabildo el mismo día en que se descubrió asesinado, allí Sonde está esa cama, al infeliz del Conde. ¡Ya se vé! Se procedió en este asunto con tal ligereza, y apareció en la conducta de los tres Cabildos cierta uniformidad de ideas y sentimientos, tan raras veces vista en tiempos anteriores, que todo me ha dado lugar a sospechar que había allí alguna maquinación oculta, alguna cosa combinada con bastante anticipación para no errar el golpe.

— ¿Y qué puede usted dudar de esto? Para mí no hay cosa más demostrada.

— No me toca a mí entrar en este examen, ni he recibido misión regia ninguna para hacer esa pesquiza. Puedo, sí, asegurar a usted, que a pesar de que yo dirijo la conciencia de la esposa de uno de los que podían suponerse más interesados en este negocio, nada he descubierto. Y cuenta, con que esa señora tiene en sus manos el corazón de su esposo.

— Será como usted lo dice. Yo no dudo de ello, pero… ¡nadie puede quitarme la aprensión de que el asesinato del Conde fue obra de una conspiración!

— Yo no digo que esto sea imposible, así como no lo es que el alma del Conde venga a revelar a alguno de nosotros, quién fue su asesino.

El Gobernador sintió una horripilación en sus carnes. El dominico prosiguió:

— Lo que yo afirmo es que mis sospechas contra Don Alonso, suponiéndolo autor y cómplice en la sustracción de los caudales del Conde, han sido de todo punto infundadas.

— Eso ya es un paso, ciertamente, para descubrir a los verdaderos ladrones —observó el Gobernador en tono casi irónico.

— Sí tal —respondió el otro sin desconcertarse—. Para haberme apartado del juicio que abrigaba contra ese caballero, he debido, como es de suponer, adquirir algunos nuevos datos en esta historia.

— Veamos cuáles son —dijo el Gobernador, indicando por señas a Juan de Herrada, que se acercase al postigo de la ventana a ver si alguien se había detenido junto a ella por la parte exterior.

Después de haber echado un vistazo, el soldado sacudió la cabeza para indicar que no había novedad en la descubierta.

El dominico, que estaba acostumbrado ya a semejantes pantomimas y evoluciones, sin hacer alto en ellas, prosiguió:

— Creo que habrá usted oído hablar algo acerca de un tal Juan de Hinestrosa, insigne matachín, con sus humos de pirata, al cual concedió el Conde de Peñalva una confianza sin límites en el manejo de sus más principales negocios.

— ¡Juan de Hinestrosa! —exclamó el maestre llevándose la mano a la frente en ademán de invocar un fugitivo recuerdo—. Aguarde usted. ¿ No es un hombre al cual daban el mote de Tuerto?

—Justamente, y por esta vez, no ha sido, en verdad, caprichoso y arbitrario ese mote, porque el tal Hinestrosa es un tuerto decidido.

— ¿Es un tuerto dice usted? Conque ese hombre vive aún.

— ¡Oh, sí, señor! Vive y gracias a mis cuidados está en camino de vivir todo el tiempo suficiente para revelar ciertas verdades terribles.

— Pues… no era esa la idea que yo tenía. El hermano del Conde manifestome un empeño decidido en averiguar el paradero de ese hombre. Después de algunas diligentes pesquisas, adquiri la certidumbre de haber sido preso hace algunos años por el Santo Oficio; y como el actual Comisario ejerce este ministerio desde mucho tiempo atrás, resolvi dirigirme a él a fin de que me ilustrase en el asunto. Escribile una esquela muy atenta, y me respondió lo que va usted a ver ahora mismo.

Incorporóse el maestre, acercóse a la papelera, no sin echar un vistazo a la ventana, abrió una de las gavetas de aquel mueble y extrajo de ella una carta que entregó al confesor para que leyese junto al candil. Este era el contenido del billete:

Señor Gobernador:

Sabe Vuestra Señoría o debe saber por lo menos que en los asuntos del conocimiento privativo del Santo Oficio, nadie puede ni debe mezclarse; y aunque yo en lo particular quisiese satisfacer al por menor los puntos que comprende su esquela, mi delicado puesto me lo prohibiría. Sin embargo, para tranquilizarle y no ponerle en el caso de dar inútiles pasos y hacer investignciones ociosas, le afirmo in verbo sacerdotis, tacto pectore et corona, que muchos años hay que Juan de Hinestrosa esta fuera de toda jurisdicción, si no fuese la divina. Dios guarde, etc.

Br. D. Gaspar Gómez y Güemez.

— Es preciso convenir—dijo el dominico plegando la carta y devolviéndola al Gobernador— en que el señor Deán Don Gaspar Gómez y Güemez, sabe más de lo que

le han enseñado en el colegio laterano LATERANENSE de México. Sin embargo, en esta vez su ciencia va a ser confundida.

— Pero bien…  según se infiere de esta carta, ese bendito tuerto había fallecido.

— Ya se ve que la intención del Comisario ha sido que usted lo creyese sin vacilar. Más yo también puedo afirmarle in verbo etcétera, que el tal Juan de Hinestrosa esta vivo todavía y en disposición de dar a cada uno lo que es suyo, revelando ciertas intrigas no muy decentes que digamos. Y, sin embargo de todo, el Deán le ha dicho a usted la verdad en su billete.

— Pues, ¡qué significa esto! —exclamó un poco picado el maestre.

— Una cosa muy sencilla. Cuando Hinestrosa, cuyo juicio no andaba muy asentado después de la catástrofe del Conde de Peñalva, fue preso por el Santo Oficio por ciertos motivos que no me toca a mí calificar, pero que serán explicados debidamente por ese infeliz, a muy pocos días después se volvió loco furioso enteramente y por último cayó en una insensatez lastimosa, que le hizo perder hasta el uso de la lengua y de sus miembros todos. Entretanto, no había salido de su prisión, ni se había pensado en transladarlo a otra parte en que, sin perjuicio de su seguridad, pudiese prestarse alguna atención a la triste enfermedad de que adolecía. Encerrado en uno de los más obscuros y miserables calabozos de las cárceles del Tribunal, ha sido mantenido allí a cargo y vigilancia del carcelero, bajo la intervención directa de un tal Don Tadeo de Quiñones, familiar del Santo Oficio y sujeto que posee todas las confianzas del Comisario. Este, pues, dijo a usted la verdad al afirmarle que Juan de Hinestrosa “estaba fuera de toda jurisdicción si no fuese la divina”, porque, en efecto, un hombre insensato está muerto civilmente y sólo Dios puede juzgarlo.

— Pues en verdad —dijo el Gobernador— que estos buenos hidalgos de la ciudad y las dos villas me urdiesen alguna de las que acostumbran ¡…! eso ya me lo esperaba de un momento a otro; pero yo no creí que también las gentes de iglesia anduviesen en estos rejuegos y anfibologías para engañar a un hombre honrado.

— Ciertamente que en esta provincia se ven cosas muy singulares —observó el confesor, no sin detenerse un tanto en el examen de su conciencia para conocer hasta qué punto podría comprenderle la segunda parte de la filípica del maestre.

— Y tan singulares —añadió éste— que ya estoy previendo un enredo en el asunto de ese hombre, y no sé cómo saldremos de él. ¿No puede usted decirme quién le ha comunicado todas esas particularidades relativas a Hinestrosa?

— Él mismo en persona.

— ¡Ah, ah! Curiosa debe de ser, por cierto, la historia del caso.

— Sí tal; y va usted mismo a escucharla desde luego.

— Pero antes de todo —dijo el Gobernador encarando con el viejo soldado— abre la puerta, amigo mío, y haz una pequeña excursión por las galerías para observar cómo van las cosas. Mira que el postigo de la cárcel esté bien vigilado, que la servidumbre no se ande en pláticas con las gentes de la calle, ni entreteniendo la mala lengua de los chismosos. Algunos hay que sólo se ocupan en averiguar lo que pasa en Palacio para divertir al pueblo a expensas del Gobernador. Echarás también una ojeada sobre la huerta. Es fama ¡…! que por la puerta falsa se han hecho algunos contrabandos en Palacio; y sobre todo, es fuera de toda duda que por allí se introdujeron los asesinos clel Conde de Peñalva. No te olvides de atizar la lámpara que arde en el oratorio delante de Nuestra Señora de la CuevaSanta; ya sabes que es la patrona de Palacio, y mi especial abogada.

El amigo Juan de Herrada, que estaba acostumbrado a recibir diariamente aquellas intimaciones, apenas escuchó el principio de ellas cuando salió del aposento, sin esperar a que el maestre acabase su discurso, que fue subiendo de punto, en un notable crescendo de voz, a medida que el soldado se alejaba, de manera que las últimas notas fueron demasiado agudas.

Temiendo el maestre que algún oido importuno le hubiese escuchado desde la calle, tomó una pistola, preparándola en una mano mientras que con la otra empuñó la lanza que decoraba el altar, y en este talante se acercó de puntillas a la ventana. Satisfecho de su observación, colocó de nuevo las armas en su respectivo lugar y se situó de centinela avanzada en la puerta del retrete, esperando el regreso de la descubierta que había encomendado al amigo Herrada.

El dominico permaneció, entretanto, arrellanado en su butaca, sorbiendo algunas dosis de tabaco y sonriéndose burlonamente de las estrambóticas evoluciones de su penitente. Al cabo de diez minutos volvieron las cosas a la situación que tenían antes de la salida del soldado, y el reverendo confesor anudó el roto hilo de aquel diálogo.

— Me parece que la historia del suceso de que íbamos hablando debe aparecer a usted interesante, porque o yo no entiendo mucho de achaque de intrigas, o esta historia debe llevarnos como por la mano al descubrimiento de cosas muy curiosas, y entre ellas el cuantioso tesoro del finado Conde de Peñalva…

— A quien Dios haya perdonado —murmuró el maestre haciendo sobre sí la señal de la cruz y mirando de soslayo la cama de colgaduras que, entre sus varias circunstancias ominosas, no era de las menos agravantes, en el concepto del Gobernador, la de haber sido preparada y colocada allí de orden del Cabildo, como parte del equipaje de Palacio.

— Así sea —añadió el religioso—. Tal vez el difunto sería tan malo como se dice, aunque yo tengo mis dudas por lo que me han informado algunos hermanos de la Orden de San Francisco; pero de todos modos, si obtuvo la gracia especial de una verdadera contrición, no hay duda que las puertas del Paraíso le habrán sido abiertas. Ya sabe usted que una larga lista de crímenes se borra cuando hay contrición perfecta, como le he repetido varias veces, aunque no deja de ser un tanto difícil el caso. Mas volvamos al asunto.

— Como a usted plazca, mi buen padre.

— Pues señor, ha de saber usted que luego que vine a esta provincia en compañía de mi Ilustrísimo Prelado, cuya vida guarde Dios por muchos años, obtuve la Secretaría del Comisariato del Santo Oficio por ser en esta provincia el único religioso de la Orden de nuestro gran padre Santo Domingo de Guzmán, glorioso fundador de la Santa Inquisición. Mi encargo no se limita a la papelera y a escribir las notas y providencias dictadas por el señor Comisario; yo soy el único Inspector de las cárceles, y el que da entrada a los Ministros en ellas para oír a algún preso; pero ignoraba de todo punto sus nombres, el paradero de sus causas, el motivo porque se habían iniciado, ni el estado que podían guardar. Sin embnrgo, confieso mi pecado, un día despertó con mucha viveza mi curiosidad. Estaba el Comisariato muy ocupado en enviar a la Suprema ciertos informes y constancias relativas al proceso de un tal Don Felipe Alvarez de Monsreal, encausado por judío y otros crímenes del conocimiento privativo del Santo Oficio, cuando oí repetir el nombre de Juan de Hinestrosa. Ya usted sabe del empeño mostrado por el hermano del Conde en averiguar el paradero de ese hombre, cuya misteriosa desaparición nadie podía explicarse. Así es que el nombre me chocó desde luego y, sin aparentar interés ninguno, que podría haber llevado muy a mal el señor Comisario, que siente contra mí una abierta antipatía, me propuse hallar el ovillo por aquel pequeño hilo que vino a mis manos. Por lo que se dijo a la Suprema, entendí que ese hombre estaba preso todavía en las cárceles de este Comisariato; y con la mejor intención del mundo me propuse aprovechar la oportunidad que me prestaba mi ministerio… Aunque parezca a usted extravagancia —dijo interrumpiendo su narración el dominico— me permitirá suplicarle que ordene al amigo Herrada se sitúe en el postigo de la ventana y vigile la calle.

— ¡Bien pensado, bien pensado! —exclamó el Gobernador, satisfecho de hallar esta vez al dominico enteramente de acuerdo con sus habituales aprensiones.

El soldado no esperó que fuese formulada la orden. La exclamación del maestre le bastó para acercarse a la ventana y colocarse de bruces en el postigo, en donde permaneció lanzando miradas a derecha e izquierda a través de la densa obscuridad que reinaba en la calle de El Jesús; pues debe saberse que en aquel tiempo eso del alumbrado no estaba en uso en el país, ni se conocía, y tal vez no se sospechaba que pudiese existir. Hasta la época del malogrado Don Lucas de Gálvez no empezó a tenerse ninguna idea de la necesidad y utilidad de tan importante mejora en el ramo de policía.

— Entre los pocos presos —prosiguió el dominico— había un infeliz: aquel que cuidaba con más empeño Don Tadeo de Quiñones. El aspecto repugnante de ese desdichado era verdaderamente repulsivo; y por más compasión que inspirase su estado de insensatez y parálisis de sus miembros, había en su fisonomía alguna cosa que aterraba. No tenía más que un solo ojo, porque del otro sólo existía la enorme cavidad en que estuvo; pero ese ojo único dejaba caer a plomo unas miradas satánicas. La barba y el cabello le habían crecido de una manera prodigiosa, y las profundas arrugas que surcaban su frente y mejillas le daban la apariencia más horrible.

El maestre acercó todavía más su butaca a la del dominico para escuchar mejor.

— Después de mucho discurrir en el asunto —continuó el confesor— llegué a sospechar que este preso era el tuerto Hinestrosa, amigo y confidente de aquel desdichado caballero que encontraron muerto en este sitio. Pero yo no hallaba medio seguro de descubrir la verdad, porque proceder a una averiguación indiscreta podía ofrecerme un disgusto de consecuencia con el Comisario, que tan prevenido se halla en contra de mi humildísima persona. Me aventuré, pues, a dar un paso que no dejaba de causarme horror y repugnancia. Me introduje una noche en la prisión de aquel insensato, que me vio entrar sin hacer el más ligero movimiento. La mortecina lamparilla que ardía en el calabozo, dejaba caer su equívoca luz sobre aquellas facciones siniestras. Fuime aproximando hasta tomarle una de sus heladas y cadavéricas manos. Nada, ningún signo se percibía de que hubiese notado mi presencia. «Hermano —dijele entonces—, ¿no tiene usted necesidad de alguna cosa? Pídamela aunque sea por signos.» La misma inmovilidad. Ya que había llevado la prueba hasta aquel punto, no me pareció cuerdo dejarla allí y echar pie atrás, sin embargo de que el terror comenzaba a apoderarse de mí de una manera vehemente. Insistiendo, pues, volví a decirle:  «Hermano Hinestrosa…». AI escuchar ese nombre, el preso alzó la cabeza y fijó en mí aquel ojo único capaz de aterrar al más intrépido. Me creí entonces en buen camino, aunque sembrado de precipicios. Repetí el apostrofe, «!Hermano Hinestrosa! ¿Se acuerda usted, hermano mío, de su desventurado amigo el Conde de Peñalva?». «¿Quién nombra aquí a ese maldito?». Replicó con voz de trueno el que pasaba por mudo e insensato en concepto del carcelero y de todos los individuos del Tribunal.

El Gobernador no pudo menos de estremecerse y hacer la señal de la cruz repetidas veces.

— Confieso a usted, maestre —prosiguió el narrador— que estuve a punto de huir despavorido de aquel sitio; pero ya estaba yo muy avanzado en la empresa para darla de mano. No le cansaré a usted con más pormenores; sólo le diré que entablamos después una conversación misteriosa por algunas noches, y que al fin he llegado a obtener la más ilimitada confianza de ese desdichado. A tal punto ha llegado esta, que habiéndole introducido tinta, papel y plumas en su calabozo, me ha trazado esta confesión.

El dominico extrajo de uno de los numerosos escondites de su hábito un cartapacio que entregó al Gobernador, encargándole su lectura en aquella noche, pues era preciso hacer uso de aquella confesión lo más pronto posible. El maestre ofreció que así lo haría, y después de algunas reflexiones y advertencias se despidió el confesor, dejando al maestre en ascuas por leer el contenido de aquel escrito.

 

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